Resulta difícil de determinar las razones por las que La Hora del Espanto (Fright Night, 1985), ópera prima como director del hasta entonces guionista Tom Holland, se convirtió con el transcurso de los muchos años en una obra de culto dentro del terror, propuesta tan chiquita y tontuela como disfrutable y paradójicamente astuta: en esencia el éxito de la película, en lo que atañe a su buena llegada entre el público del cine de género, tiene que ver con dos factores, primero la naturalidad polanskiana del guión de Holland, quien optó por tirar por la borda lo que hubiese sido la premisa central en otra época, léase el suspenso generado a partir de la duda de si ese vecino de al lado es o no es un vampiro, para volcarse en cambio a un planteo bélico minimalista entre el protagonista paradigmático del acervo ochentoso hollywoodense, un adolescente, y efectivamente ese sujeto elegante de la casa próxima sobre el que no existe duda alguna en materia de su condición de chupasangre, y segundo la combinación de ingredientes y formatos porque si hay algo que caracteriza a La Hora del Espanto, ésta ubicada en la comarca de la ironía posmoderna autoconsciente del horror, justo en el medio entre por un lado The Rocky Horror Picture Show (1975), de Jim Sharman, y Fundido a Negro (Fade to Black, 1980), de Vernon Zimmerman, y por el otro La Nueva Pesadilla (New Nightmare, 1994) y Scream (1996), ambas del maravilloso Wes Craven, es su idea de aglutinar la efervescencia sexual de las comedias estudiantiles, la costumbre del escepticismo social e institucional en todas las odiseas sobrenaturales, el voyeurismo de los thrillers de cepa hitchcockiana, el terror gótico sexualizado y algo trash de la Hammer Productions o las traslaciones de Roger Corman de relatos de Edgar Allan Poe, y finalmente la prototípica fantasía de aquella década -entre lo pueril y la adultez en éxtasis o neurótica- obsesionada con los dilemas identitarios de los púberes, las distintas facetas de la vida, el ecosistema comunal en tanto amenaza, la atracción y repulsa/ condena que genera el compañero o compañera sexual y la caducidad ya definitiva del cine clásico.
La Hora del Espanto, clara influencia en epopeyas posteriores que asimismo mezclaron el terror vampírico y pinceladas de comedia, como por ejemplo Que no se Entere Mamá (The Lost Boys, 1987), de Joel Schumacher, Cuando Cae la Oscuridad (Near Dark, 1987), de Kathryn Bigelow, Escuadrón Antimonstruos (The Monster Squad, 1987), de Fred Dekker, Del Crepúsculo al Amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), de Robert Rodríguez, e incluso la misma Buffy, la Cazavampiros (Buffy, the Vampire Slayer, 1997-2003), de Joss Whedon, hizo por los adictos a la hemoglobina lo que El Regreso de los Muertos Vivos (The Return of the Living Dead, 1985), de Dan O’Bannon, por los zombies, Diabólico (The Evil Dead, 1981), de Sam Raimi, por las cabañas tenebrosas en el bosque, Re-Animator (1985), de Stuart Gordon, por los científicos frankensteineanos/ lovecraftianos, Los Cazafantasmas (Ghostbusters, 1984), de Ivan Reitman, por las amenazas paranormales, Gremlins (1984), de Joe Dante, por los animalitos a priori inofensivos pero peligrosos, Maniac Cop (1988), de William Lustig, por los vigilantes y homicidas dementes, Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), de John Landis, por los licántropos, El Terror Llama a su Puerta (Night of the Creeps, 1986), otra de Dekker, por los adorables parásitos cerebrales, House (1985), de Steve Miner, por las casas embrujadas, La Noche de los Demonios (Night of the Demons, 1988), de Kevin Tenney, por las fuerzas imparables del infierno, y Payasos Asesinos del Espacio Exterior (Killer Klowns from Outer Space, 1988), de Stephen Chiodo, por los bufones homicidas interplanetarios. Esta estrategia de resucitar latiguillos y/ o esquemas en declive u olvidados se diferencia mucho de la parodia cínica extrema, esa omnipresente desde los años 90 hasta nuestro Siglo XXI, porque el opus de Holland se sirve de las ridiculeces del género no tanto para burlarse de ellas sino para redondear un producto furiosamente entretenido que las homenajea y revitaliza con cariño, sinceridad y una madurez ya anómala en la infantilización del acervo mainstream de los 80.
Charley Brewster (William Ragsdale) es un mocoso de 17 años que descubre que su nuevo vecino de la residencia lindante, Jerry Dandrige (Chris Sarandon), es un vampiro que adora decapitar a sus presas, señor de la noche -con colmillos más que prominentes y la capacidad de seducir/ hipnotizar a las hembras- que tiene en alta estima a una señorita largamente muerta, la cual fue su pareja en otros tiempos, y mantiene un vínculo homosexual con su propio Renfield/ asistente personal, Billy Cole (Jonathan Stark), una criatura híbrida entre chupasangre y humano. Con su padre aparentemente fallecido y su madre casi siempre ausente por trabajo, Judy (Dorothy Fielding), Charley recibe la incredulidad del policía de turno, el Detective Lennox (Art Evans), su mejor amigo, el mega tarado de Edward “Evil Ed” Thompson (Stephen Geoffreys), su novia, la frígida y romanticona idealista de Amy Peterson (Amanda Bearse), y hasta su ídolo, Peter Vincent (Roddy McDowall), por un lado una conjunción entre Peter Cushing y Vincent Price y por el otro un presentador de un ciclo de TV de cine de horror que tuvo una etapa de fama como actor especializado en encarnar a cazadores de vampiros modelo Abraham van Helsing, precisamente como Cushing. Si bien Evil Ed le recomienda utilizar crucifijos, ajos y agua bendita y Amy le paga a Vincent para que se presente en casa de Dandrige en pos de una farsa de desenmascaramiento, todo se va al demonio porque Judy invita a Jerry al hogar familiar y el conductor de Noche de Miedo (Fright Night), quien es despedido de su trabajo porque la gerencia del canal lo considera de “vieja escuela” en tiempos de hegemonía del slasher, descubre que el vecino no aparece reflejado en los espejos, así el chupasangre deja de lado el perfil bajo y convierte a Evil Ed en un siervo suyo y luego se prepara a hacer lo propio con Amy, ninfa idéntica a su amor perdido. Entre el asesinato con estacas de Thompson, metamorfoseado en lobo, y Cole, el cual se derrite y muta en arena, Charley y Peter rescatan a la chica y matan a Dandrige -en su apariencia semi humana, después de convertirse en murciélago- con la inefable luz solar.
Holland siempre fue un artista muy desparejo y la sentencia es aplicable tanto a su primera fase profesional, la de guionista, como al período posterior, de realizador, basta con pensar que durante aquellos primeros años conviven el buen nivel de sus dos colaboraciones con el australiano Richard Franklin, Psicosis II (Psycho II, 1983) y El Joven Héroe (Cloak & Dagger, 1984), con trasheadas absolutas como Sangre de Bestia (The Beast Within, 1982), de Philippe Mora, Clase 1984 (Class of 1984, 1982), de Mark L. Lester, y Condenada sin Salida (Scream for Help, 1984), de Michael Winner, amén del desbarajuste por venir ya que en su faceta como director sólo es posible rescatar la presente película y su otro mojón dentro del horror ochentoso, Chucky: El Muñeco Diabólico (Child’s Play, 1988), debido a que fracasó en el terreno de la comedia de acción de Belleza Mortal (Fatal Beauty, 1987), el neo film noir de Ambición Fatal (The Temp, 1993), el subgénero de las adaptaciones de Stephen King de Maleficio (Thinner, 1996) y Los Langoliers (The Langoliers, 1995) y los intentos tardíos de regreso de la mano de propuestas que no vio casi nadie, en sintonía con Cuentos Retorcidos (Twisted Tales, 2014) y Piedra, Papel o Tijeras (Rock, Paper, Scissors, 2017). La Hora del Espanto no sólo supera a la apenas correcta secuela de 1988 de Tommy Lee Wallace, a la paupérrima remake del 2011 de Craig Gillespie y al desastre del 2013 de Eduardo Rodríguez que oficiaba de corolario/ nueva acepción de la trama de siempre, sino que además nos regala estupendos trabajos de Ragsdale, Sarandon, Bearse y Geoffreys y una de las últimas grandes apariciones del querido Roddy McDowall, genio con una carrera larguísima y muy recordado por componer a Cornelius y César en la saga comenzada con El Planeta de los Simios (Planet of the Apes, 1968), de Franklin J. Schaffner. El realizador y guionista homologa a la pubertad con una nostalgia por épocas extintas y sale ganando gracias al encanto camp del film y una frescura en la que los efectos especiales de Richard Edlund tienen mucho que ver, casi todos condensados en un remate apoteósico y certero…
La Hora del Espanto (Fright Night, Estados Unidos, 1985)
Dirección y Guión: Tom Holland. Elenco: Chris Sarandon, William Ragsdale, Amanda Bearse, Roddy McDowall, Stephen Geoffreys, Jonathan Stark, Dorothy Fielding, Art Evans, Stewart Stern, Heidi Sorenson. Producción: Herb Jaffe. Duración: 107 minutos.