Cementerio sin Cruces (Une Corde, un Colt)

Como hombres humillados

Por Emiliano Fernández

Cuando el western chauvinista, zonzo y racista tradicional, género que prácticamente había nacido con el séptimo arte, comienza a colapsar en términos ideológicos a mediados del Siglo XX, sobre todo gracias a la intervención de films como El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), del gran John Huston, A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, El Desconocido (Shane, 1953), de George Stevens, y Vera Cruz (1954), de Robert Aldrich, surge de a poco en las décadas del 60 y 70 una nueva camada de películas y realizadores que ofrecerán variadas y flamantes interpretaciones del acervo estándar y de los recursos paradigmáticos del formato, en este sentido vale tener presente la corriente neorrealista a la latinoamericana de Dios y el Diablo en la Tierra del Sol (Deus e o Diabo na Terra do Sol, 1964), de Glauber Rocha, la existencialista freak de El Tiroteo (The Shooting, 1966) y A Través del Huracán (Ride in the Whirlwind, 1966), ambas de Monte Hellman, la apocalíptica de El Gran Silencio (Il Grande Silenzio, 1968), de Sergio Corbucci, la crepuscular meditabunda y violeta de La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), de Sam Peckinpah, la surrealista y esotérica de El Topo (1970), de Alejandro Jodorowsky, la hippona lírica de Pistolero sin Destino (The Hired Hand, 1971), de Peter Fonda, la darwinista social descocada de La Partida de Caza (The Hunting Party, 1971), de Don Medford, y esa terrorífica irónica de La Venganza del Muerto (High Plains Drifter, 1973), del tremendo Clint Eastwood. Sin embargo la vertiente más revolucionaria, muy conectada con el Akira Kurosawa de Rashômon (1950), Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954) y Yojimbo: El Guardaespaldas (Yôjinbô, 1961), fue el spaghetti western, en esencia la matriz histórica y discursiva de la que beben todas las modalidades señaladas como brazos de un mismo río, en su conjunto volcados a una nostalgia que reconoce que ya finiquitaron los tiempos de la ingenuidad y el heroísmo de cartón pintado símil Hollywood.

 

Ahora bien, mientras que muchos westerns de la segunda mitad del Siglo XX en adelante efectivamente retomaron el costado sardónico del spaghetti y hasta sus planteos operísticos en sintonía con lo hecho por el querido Sergio Leone en Érase una vez en el Oeste (C’era una volta il West, 1968) y la Trilogía del Dólar o Trilogía del Hombre sin Nombre, aquella de Por un Puñado de Dólares (Per un Pugno di Dollari, 1964), Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965) y El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), no tantos recuperaron el tono pesimista mortuorio subyacente salvo excepciones como Cementerio sin Cruces (Une Corde, un Colt, 1969), genialidad de Robert Hossein, una de las banderas más claras de la corriente cinematográfica intra western especializada en la idiosincrasia melancólica y/ o fantasmal, esa que a su vez iría a parar a una nueva tradición que va desde Ned Kelly (1970), de Tony Richardson, Del Mismo Barro (McCabe & Mrs. Miller, 1971), de Robert Altman, y Jeremiah Johnson (1972), de Sydney Pollack, hasta opus recientes en línea con Noticias del Mundo (News of the World, 2020), de Paul Greengrass, Old Henry (2021), de Potsy Ponciroli, y El Poder del Perro (The Power of the Dog, 2021), de Jane Campion. Cementerio sin Cruces, de hecho, es la única película que sobrevivió en la memoria cinéfila de un Hossein que empezó su carrera como actor allá en los años 40, rubro en el que ganó cierta popularidad gracias a la eterna Rififí (Du Rififi chez les Hommes, 1955), de Jules Dassin, y la saga que comenzó con Angélica, Marquesa de los Ángeles (Angélique, Marquise des Anges, 1964), de Bernard Borderie, intérprete estupendo que lamentablemente jamás recibió demasiado crédito como realizador porque le tocó en gracia consagrarse a estos menesteres en los 50 y 60, cuando estaba en auge una Nouvelle Vague que se dedicó a masacrarle cada una de sus películas por lo que consideraban un marco melodramático fastuoso que se pisaba la cola todo el tiempo a pura desproporción.

 

Hossein, que como director se había paseado por géneros como el film noir, el misterio, el espionaje, el drama hogareño, el thriller, el relato histórico e incluso el western vía El Sabor de la Violencia (Le Goût de la Violence, 1961), aquí construye un homenaje a quien define como su amigo en la dedicatoria final de la propuesta, Leone, para el cual había aportado un mínimo cameo en Érase una vez en el Oeste y a quien invitó a dirigir una secuencia muy particular de Cementerio sin Cruces, gesto entrañable que asimismo se traduce en imitar determinados rasgos de estilo del maestro italiano y recuperar a uno de los guionistas de la epopeya con Charles Bronson, Henry Fonda, Claudia Cardinale y Jason Robards, un Dario Argento que a posteriori fue ninguneado por el francés, diciendo que no participó en realidad del guión, y que estaba en su primera etapa profesional, aquella de guionista previa a su debut como realizador con El Pájaro de las Plumas de Cristal (L’Uccello dalle Piume di Cristallo, 1970). Todo gira alrededor del desquite de María Caine (Michèle Mercier, la protagonista junto a Robert de la franquicia de Borderie), una mujer que fue obligada a presenciar el ahorcamiento de su marido, Ben (Benito Stefanelli), luego de que una familia mafiosa de ganaderos, comandada por el patriarca y tirano Will Rogers (Daniele Vargas), se vengase porque el finado y sus hermanos, Thomas (Guido Lollobrigida) y Eli (Michel Lemoine), les quitaron una buena cantidad de monedas de oro que a su vez salieron del robo del ganado de los Caine. Como los hermanos son unos cobardes que sólo piensan en fugarse a México porque los Rogers les quemaron el rancho, María contrata como verdugo conceptual a un otrora amigo de ella y Ben, Manuel (Hossein), hombre misterioso que vive en un casino abandonado de un pueblo derruido e inhóspito. Manuel, siguiendo órdenes de la viuda, secuestra a la única hija de Will, Diana (Anne-Marie Balin), para hacerla violar por Eli y Thomas y humillar a sus enemigos al obligarlos a darle un entierro formal a Ben.

 

Si bien por un lado, como decíamos antes, el director y coguionista retoma ingredientes fundamentales del cine del italiano, como un ritmo narrativo sosegado, diálogos escasos y ultra filosos, juegos preciosistas con la puesta en escena, el zoom y los primeros planos, el trauma psicológico, el gran enigma sobre la identidad del antihéroe principal, la inoperancia de la ley -aquí representada en un sheriff corrupto, en la piel de Pierre Collet, que no sirve para nada y trabaja para los Rogers- y hasta detalles notorios como una banda sonora de André Hossein, padre de Robert, que imita a las de Ennio Morricone y desde ya la viuda y el cruel ahorcamiento del flashback de Érase una vez en el Oeste, por el otro lado sustituye el dejo operístico marca registrada de Leone con un influjo espectral y afligido sutil que tiene que ver con la destrucción de los vínculos de afecto y el ciclo de nunca acabar de la revancha, algo que Manuel le advierte desde el vamos a una María que luego de consumar su venganza se siente vacía e insensible al punto de esperar en apatía la contraofensiva del clan rival, por ello en la segunda mitad del film domina un ascetismo prototípico del cine francés de cadencia arty que también se entronca con las obsesiones de Hossein como artista, especialmente la degradación moral, la culpa, las frustraciones y una desnudez emocional digna del que va directo al patíbulo por motu proprio después de hacer lo que supuestamente estaba destinado a hacer, un esquema que se repite en sus otras obras de la época antes del semi retiro del séptimo arte, léase El Vampiro de Düsseldorf (Le Vampire de Düsseldorf, 1965), Yo Maté a Rasputín (J’ai tué Raspoutine, 1967) y Punto de Entrega (Point de Chute, 1970), todas también protagonizadas por el señor. Resulta esclarecedor que el realizador le haya permitido dirigir a Leone la única escena cómica del lote, la del chascarrillo contra Manuel por parte de los Rogers en una comilona, ya que el resto del metraje rankea en punta como uno de los westerns más taciturnos y trágicos de la historia…

 

Cementerio sin Cruces (Une Corde, un Colt, Francia/ Italia, 1969)

Dirección: Robert Hossein. Guión: Robert Hossein, Dario Argento y Claude Desailly. Elenco: Robert Hossein, Michèle Mercier, Guido Lollobrigida, Daniele Vargas, Serge Marquand, Pierre Hatet, Pierre Collet, Michel Lemoine, Anne-Marie Balin, Benito Stefanelli. Producción: Jean-Charles Raffini y Jean-Pierre Labatut. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 9