Secretos & Mentiras (Secrets & Lies)

Completamente vulnerables

Por Emiliano Fernández

Muchas veces al sopesar la trayectoria y el estilo como director y guionista del británico Mike Leigh, sin duda uno de los artistas más parejos a escala cualitativa que haya dado aquellas postrimerías del Siglo XX y este comienzo del Siglo XXI gracias a un bajo perfil y un ideario minimalista que le ha ganado muchos admiradores acérrimos a lo largo de los años, se suele divagar un poco mucho a nivel analítico aseverando que sus retratos del proletariado y las clases bajas o populares del Reino Unido -y sobre todo Londres- le deben mucho a los dramas domésticos, a la par intimistas y claustrofóbicos, de Yasujiro Ozu, uno de los maestros ineludibles del cine japonés clásico junto a grandes luminarias como Kenji Mizoguchi, Akira Kurosawa y Masaki Kobayashi, y al realismo poético y esa honestidad tragicómica del Jean Renoir de su claro período de gloria, el anterior a la Segunda Guerra Mundial de La Gran Ilusión (La Grande Illusion, 1937), La Bestia Humana (La Bête Humaine, 1938) y La Regla del Juego (La Règle du Jeu, 1939), no obstante a decir verdad el ADN profesional de Leigh está vinculado al mismo ambiente anglosajón y aglutina cinco vertientes en términos de influencia directa y para nada disimulada: primero encontramos un dejo del cine social obrerista y de tensión pura in crescendo de Ken Loach, aunque en este caso de una militancia de izquierda menos marcada o bastante más sutil, en segundo lugar viene la impronta innegable de la Nueva Ola Británica de fines de la década del 50 y comienzos de los 60, enmarcada especialmente en el cinéma vérité tácito y los kitchen sink dramas primigenios de gente como Lindsay Anderson, Jack Clayton, Tony Richardson, Karel Reisz, Bryan Forbes y John Schlesinger, en tercera instancia encontramos un apego a las comedias clásicas -ubicadas entre el costumbrismo y la mega ironía nacional- de Ealing Studios de mediados del Siglo XX, sobre todo las de Alexander Mackendrick en línea con maravillas como ¡Whisky en Abundancia! (Whisky Galore!, 1949), El Hombre del Traje Blanco (The Man in the White Suit, 1951) y El Quinteto de la Muerte (The Ladykillers, 1955), en cuarto lugar tenemos aquellas tres famosas colaboraciones entre Joseph Losey y Harold Pinter, El Sirviente (The Servant, 1963), Accidente (Accident, 1967) y El Mensajero del Amor (The Go-Between, 1971), faros absolutos en cuanto a la visceralidad que desnuda emociones más o menos negadas, y finalmente se sitúa una influencia muy pasada por alto por la prensa y el público aunque por demás obvia, hablamos del cine de John Cassavetes y de su gustito por la improvisación anárquica y creadora que va a parar en serio al producto final, a contrapelo de lo que suele ocurrir en el mainstream y toda su rigidez conservadora.

 

Leigh comenzó en el ecosistema teatral en los años 60 y de a poco, durante las décadas siguientes, saltó primero al cine, de la mano de aquella admirable ópera prima hoy semi olvidada, Momentos Sombríos (Bleak Moments, 1971), y a posteriori a la televisión, en este sentido pensemos en la seguidilla compuesta por Mientras tanto (Meantime, 1983), Cuatro Días en Julio (Four Days in July, 1984) y Un Sentido de la Historia (A Sense of History, 1992), preludio práctico para la profundización de la pata cinematográfica de su carrera de la mano de trabajos gloriosos como La Vida es Formidable (Life Is Sweet, 1990), Desnudo (Naked, 1993), Secretos & Mentiras (Secrets & Lies, 1996), El Secreto de Vera Drake (Vera Drake, 2004) y Un Año Más (Another Year, 2010), otros un poco menos interesantes o algo deslucidos, en sintonía con Grandes Esperanzas (High Hopes, 1988), Simplemente Amigas (Career Girls, 1997), A Todo o Nada (All or Nothing, 2002) y La Felicidad Trae Suerte (Happy-Go-Lucky, 2008), y una última tanda de opus apenas dignos o memorables, si los comparamos con las cúspides de la producción artística del cineasta inglés, que por cierto sobrepasan en calidad a prácticamente cualquier película de su tiempo, en este grupo hallamos a films como Topsy-Turvy (1999) o las recientes Sr. Turner (Mr. Turner, 2014) y Peterloo (2018). Ahora bien, la gran obra maestra de Leigh sigue siendo y siempre será Secretos & Mentiras, una epopeya maternal suprema de reconstitución idiosincrásica que responde a su sensibilidad más descriptiva que narrativa y que se centra en el encuentro entre dos mujeres a priori muy diferentes, Cynthia Rose Purley (la magnífica e imprevisible Brenda Blethyn), una londinense cuarentona, blanca y de clase menesterosa que trabaja en una fábrica de cajas de cartón, y su hija de 28 años que tuvo siendo apenas una adolescente, Hortense Cumberbatch (Marianne Jean-Baptiste), una optometrista negra de clase media cuya madre adoptiva hace poco falleció y por ello, ya sin padre desde hace tiempo, opta por contactar a una funcionaria estatal, Jenny Ford (Lesley Manville), para averiguar el nombre de su progenitora real y por pasar por alto el consejo de la trabajadora social en lo que atañe a dejarle manejar a ellos, el gobierno, la primera comunicación entre ambas con la meta de no lanzarse hacia una aventura de descubrimiento que puede no ser correspondida del otro lado. Hortense cuenta con hermanos adoptivos y una amiga, Dionne (Michele Austin), pero se siente sola al igual que Cynthia, en esencia una alcohólica y depresiva que se enajenó a toda su familia por su comportamiento histérico y siempre cuasi sollozante, provocando que las dos se lleven bastante bien y comiencen a salir juntas y a conocerse sin prejuicios.

 

En innumerables ocasiones el realizador afirmó que el trasfondo conceptual de Secretos & Mentiras pasó por su triple pretensión de cubrir temáticas algo interrelacionadas como la identidad de los sujetos, los vericuetos de la adopción en nuestros agitados días y el devenir de las flamantes generaciones de jóvenes negros -o de cualquier otra colectividad cultural, étnica o regional juzgada minoritaria en el Reino Unido, como la musulmana o la hindú- que consiguen salir de la marginalidad y trepar a escala comunal hacia estratos económicos de mayor poder adquisitivo y mejores condiciones de vida mediante el acceso a carreras universitarias o puestos laborales jerárquicos, privilegio del que sus padres no gozaron a escala general por ser inmigrantes de primera o segunda generación. En el clan Purley, un huracán en miniatura de temperamentos intensos, felicidad a cuentagotas y ausencias que son siempre a la par afectivas y muy materiales, nos topamos tanto con la desesperación subyacente en Desnudo y El Secreto de Vera Drake como con el sarcasmo costumbrista paradigmático de La Vida es Formidable y Un Año Más, lienzo heterogéneo construido a través de la fotografía precisa, naturalista y para nada intrusiva de Dick Pope -sin caer en el preciosismo patológico posmoderno del artificio reluciente pero tampoco en la teatralidad del acervo arty de cadencia retro festivalera- y del excelso trabajo de las dos protagonistas y el resto del elenco, recordemos lo hecho por el gran actor fetiche de Leigh, Timothy Spall, en el rol de Maurice, hermano menor de Cynthia y fotógrafo semi ricachón, una Phyllis Logan que compone a Mónica, la esposa ama de casa, consumista y caracúlica crónica del anterior que detesta a su cuñada y sufre molestias menstruales bien severas, mujer tachada de arpía trepadora y esnob por parte del personaje de Blethyn, y Claire Rushbrook en el papel de Roxanne, la segunda hija de Cynthia y eje de una relación bastante tóxica con su madre porque la muchacha, próxima a cumplir los 21 años, trabajando para el ayuntamiento londinense como barrendera y de novia con el constructor de andamios Paul (Lee Ross), se la pasa peleando con la cuarentona en una eterna competencia en pos de quién es la más hiriente del dúo en la cotidianeidad de entrecasa, amén de las diminutas aunque agraciadas intervenciones de Elizabeth Berrington como Jane, hilarante asistente/ recepcionista en el negocio de fotografía de Maurice, y de Ron Cook como Stuart Christian, el propietario previo del gran estudio fotográfico -y ex tienda de antigüedades- del personaje del siempre genial Spall, sujeto que se lo vendió para probar suerte en Australia hasta desembocar en su ruina financiera total, quedarse sin esposa y sin madre y regresar ya perturbado a Londres.

 

Como casi siempre sucede en la acepción intimista y ultra meticulosa del cine de Leigh, la realización en sí puede leerse con un extenso preámbulo para esa escena final igualmente fascinante en la que pasamos del pequeño shock contenido, léase el encuentro entre Cynthia y Hortense de manera privada, a la bomba atómica familiar con motivo de la fiesta por los 21 años de Roxanne, en la casona de Maurice y Mónica, y de la esperada revelación en público de que la optometrista de clase media, una invitada a la celebración que su madre hace pasar por una compañera de la fábrica a ojos del resto de la parentela, es también un vástago de la Señora Purley, lo que en suma equipara en amargura silente a las dos féminas de mayor edad debido a que el comportamiento metiche y obsesivo de Cynthia para con Roxanne se explica por esta punzada en el costado que fue la niña que otrora debió entregar en adopción, luego de lo que parece haber sido una violación que el director maneja desde el campo de lo “no dicho”, y en paralelo el carácter adusto de Mónica y su mal humor se condicen con el hecho de que no puede tener hijos y por ello, precisamente, odia a la cuasi abandónica Cynthia, que entregó un vástago a terceros y crió de manera desastrosa al otro, y considera como un sustituto a la distancia a la propia Roxanne, de quien ella y su marido tienen un retrato enmarcado y en función de ello proponen a su hogar como sede para festejar el natalicio de la chica vía una barbacoa. Este bello entramado melodramático de personajes y sus voluntades en choque, todas completamente vulnerables a pesar de esas corazas de los “secretos y mentiras” del título, enfatiza cuánto se parecen las enemigas a muerte, Cynthia y Mónica, las dos autovictimizándose sin cesar o situándose como heroínas a conveniencia cuando muchas veces fueron victimarias, y cuán cerca están la hija negra y la madre blanca en materia de una complementación recíproca, la primera arrastrando una curiosidad de toda una vida acerca de la identidad de su verdadera progenitora, incluso esperando al fallecimiento de sus padres adoptivos para comenzar a buscarla, y la segunda considerando -con toda la razón del mundo- que jamás recibió demasiado amor ni por parte de Maurice, a quien crió después de la muerte de la madre de ambos hasta que el hombre eventualmente se alejó a instancias de Mónica, ni por parte de Roxanne, la cual resiente la impronta caníbal sobreprotectora de Cynthia. El film, en última instancia, piensa las idas y vueltas del cariño, las vidas perdidas y a veces recuperadas y por supuesto la frontera en la que la agresión o desconfianza superficial muta en la necesidad de exteriorizar traumas para que el otro, un falso contrincante, entienda el quid de un dolor que se confunde con risas…

 

Secretos & Mentiras (Secrets & Lies, Reino Unido/ Francia, 1996)

Dirección y Guión: Mike Leigh. Elenco: Brenda Blethyn, Marianne Jean-Baptiste, Timothy Spall, Phyllis Logan, Claire Rushbrook, Elizabeth Berrington, Michele Austin, Lee Ross, Lesley Manville, Ron Cook. Producción: Simon Channing Williams. Duración: 142 minutos.

Puntaje: 10