Por regla general es Hollywood quien suele vampirizar la cultura, historia, idiosincrasia y minucias de diversa naturaleza de sociedades foráneas para nutrir la voraz industria cultural norteamericana, casi siempre necesitada de acentos y múltiples variaciones coyunturales que permitan mantener las estructuras narrativas de siempre y satisfagan esa obsesión del marketing de incluir distintos detalles globales en pos de despertar empatía en el jugoso mercado planetario, uno que hasta las décadas del 80 y 90 era considerado muy secundario con respecto al autóctono estadounidense. Pocas son las excepciones a este mandato cuasi supremo del mainstream y un claro ejemplo de ello es I como Ícaro (I comme Icare, 1979), diminuta maravilla de Henri Verneuil que recupera una colección verdaderamente insólita de ingredientes exóticos para construir un thriller político y testimonial de una calidad esplendorosa: todo transcurre en un país sin determinar -que parece una cruza entre Canadá y yanquilandia- cuya principal lengua es el francés y cuya sede de gobierno es una ciudad de construcciones modernistas algo ridículas símil Brasilia, aquella utopía arquitectónica del presidente Juscelino Kubitschek que desde una concepción desarrollista ingenua quiso solucionar los problemas sociales con cemento o simples ladrillos apilados, sumado a esto encontramos que el grueso de la crónica responde a un magnicidio inspirado en primera instancia en el asesinato de John F. Kennedy del 22 de noviembre de 1963, a cargo de una clara conspiración que fue tapada por la Comisión Warren señalando el accionar de un sólo tirador, Lee Harvey Oswald, y en segundo término en el suicidio del socialista Salvador Allende del 11 de septiembre de 1973 en ocasión del Golpe de Estado comandado por el genocida Augusto Pinochet, movida amparada por la Agencia Central de Inteligencia alias CIA y toda la administración en general de Richard Nixon durante el apogeo de la Guerra Fría y del infame Plan Cóndor de coordinación entre prácticamente todos los regímenes dictatoriales de América Latina para reprimir sin más a la oposición política de izquierda.
Como si lo anterior fuese poco, I como Ícaro incluye una subtrama que reconstruye de principio a fin el denominado Experimento de Milgram de 1961, una célebre experiencia comandada precisamente por el psicólogo Stanley Milgram que analizó los márgenes de obediencia a la autoridad por parte del sujeto social mediante un engaño muy sencillo en el que un bípedo cualquiera controlaba una picana aplicada a un tercero y así se la pasaba dándole choques eléctricos bajo la insistencia de una supuesta figura de autoridad que lo instaba a castigarlo porque no respondía de manera correcta a un cuestionamiento basado en la habilidad de la memoria, suerte de versión preliminar y light del mucho más tenebroso Experimento de la Cárcel de Stanford de 1971 a cargo de otro investigador poco ético del comportamiento humano, Philip Zimbardo, quien dividió a los participantes entre guardias y prisioneros en un penal simulado al extremo de que el trato humillante y sádico de los primeros sobre los segundos llevó al descontrol de las condiciones supuestamente estables del estudio y a su cancelación prematura. El guión de Verneuil y Didier Decoin comienza con el homicidio de un presidente que acaba de ser reelegido por cuatro años más, Marc Jarry (Gabriel Cattand), y la formación de una comisión investigadora que determina que el único responsable es un tal Karl Eric Daslow (Didier Sauvegrain), quien se supone disparó tres balas con un fusil automático desde un edificio lindante a la ruta del jerarca nacional para luego suicidarse de un tiro. De los seis integrantes de la comisión sólo uno se niega a firmar las conclusiones, el fiscal Henri Volney (Yves Montand), el cual de inmediato recibe plenos poderes para continuar con la investigación y así pide la colaboración del público para que le hagan llegar filmaciones del asesinato, mediante las cuales descubre una serie de muertes extremadamente sospechosas de testigos cruciales del magnicidio que sitúan en primer plano la existencia de un complot con pruebas y testimonios fabricados a instancias de Richard Mallory (Jacques Sereys), jefe del servicio secreto y cínico profesional de turno.
Auxiliado por el Profesor David Naggara (Roger Planchon), investigador de la Universidad de Layé que utilizó a Daslow en un ensayo similar al de Milgram que a su vez probó su devoción a la autoridad aceptada y respetada cual ciudadano promedio lobotomizado por el poder capitalista, y el testimonio del único testigo que sobrevivió a la topadora homicida institucional, Franck Bellony (Jean Lescot), quien ayuda a terminar de entender que el chivo expiatorio ocultaba el accionar de un testigo falso que señaló el edificio a la policía, Nicky Farnese (Henry Djanik), un sujeto que marcó -con la apertura de un paraguas- el momento justo del disparo según la cercanía y disposición de Jarry, el mafioso hondureño Carlos De Palma (Jean Négroni), y finalmente el sicario en sí, el asesino experto italiano Luigi Lacosta (Michel Albertini), Volney se ve obligado a descartar a Farnese, quien se niega a contradecirse porque recibió diez mil dólares por su testimonio, y a los finados en cuestión, Daslow y un Lacosta que aparece con un tiro en su rostro dentro de un coche en un río, por ello se consagra a un De Palma que estuvo preso por fraude fiscal y fue liberado antes de tiempo por Mallory, en cuyo departamento un asistente del fiscal, Charly Feruda (Pierre Vernier), ingresa ilegalmente con un cerrajero del hampa y descubre un cassette con mensajes codificados sobre las distintas fases de una operación ultra secreta llamada Cenit, centrada en un Golpe de Estado en una nación no tan lejana, Kawar, para dar de baja de modo escalonado al presidente socialista Bonavas mediante sabotaje económico, político, mediático y social hasta su eventual muerte en un viaje aéreo y reemplazo por un dictador militar conectado con De Palma. Así como Bonavas se parece a Allende, Jarry a Kennedy y Daslow a Oswald, el film les refriega en la cara a los norteamericanos la verdad que no quisieron aceptar y desde ya Volney mantiene un evidente paralelismo con Jim Garrison, el único fiscal que se atrevió a investigar la muerte de Kennedy después del despropósito de la Comisión Warren, lo que derivó en fracaso porque aquel acusado, Clay Shaw, fue absuelto.
Dejando de lado el melodrama y el maniqueísmo bobalicón de Hollywood, Verneuil por un lado construye una de las grandes obras maestras del rubro del asesinato político, muy en la tradición de films como El Embajador del Miedo (The Manchurian Candidate, 1962), de John Frankenheimer, Z (1969), de Costa-Gavras, El Día del Chacal (The Day of the Jackal, 1973), de Fred Zinnemann, Acción Ejecutiva (Executive Action, 1973), de David Miller, Complot Parallax (The Parallax View, 1974), de Alan J. Pakula, JFK (1991), de Oliver Stone, y Los Secretos del Poder (State of Play, 2009), de Kevin Macdonald, amén del gran Francesco Rosi de Salvatore Giuliano (1962), El Caso Mattei (Il Caso Mattei, 1972) y Excelentísimos Cadáveres (Cadaveri Eccellenti, 1976), y por el otro lado vuelca el relato hacia un prodigioso tono documentalista de quid seco que se da el doble lujo de exprimir a Montand, aquí adusto y meticuloso a más no poder, y a un Ennio Morricone mucho más “conservador” que de costumbre acorde con las necesidades de sobriedad de la trama y la música, esta última más orquestal clásica que aquellas bizarreadas para el spaghetti western aunque igual de hermosa y certera. El director y guionista, un artesano prolífico que estaba atravesando la etapa final de su carrera, hace gala de un manejo exquisito del suspenso y la puesta en escena que corre a la par del desarrollo de la intriga alrededor del envilecimiento de determinadas ramas fascistoides del Estado, el régimen de complicidad popular por apatía, la necesidad de un montaje verosímil en la ficción y los engaños, la independencia antidemocrática y demencial de los servicios de inteligencia, el rol imperialista de todos los países del Primer Mundo, la costumbre de siempre del ser humano con poder de pretender perpetuarse en sus prebendas, e incluso esa sospecha de que acercarse a la verdad siempre resulta mortal, de allí la estupenda metáfora de Ícaro del título y la inolvidable escena final del homicidio de Volney y la destrucción de sus evidencias fuera de pantalla, quien como el personaje de la mitología griega derritió esa cera que unía sus alas al volar cerca del Sol…
I como Ícaro (I comme Icare, Francia, 1979)
Dirección: Henri Verneuil. Guión: Henri Verneuil y Didier Decoin. Elenco: Yves Montand, Michel Albertini, Gabriel Cattand, Henry Djanik, Jean Lescot, Jean Négroni, Roger Planchon, Didier Sauvegrain, Jacques Sereys, Pierre Vernier. Producción: Henri Verneuil. Duración: 129 minutos.