El absurdo y el grotesco son dos herramientas retóricas que prácticamente han desaparecido del cine contemporáneo -y del arte y la cultura en general a escala planetaria- para dejar lugar a la triste supremacía primero del realismo burgués más desabrido y redundante, por supuesto en su acepción primermundista/ acomodada/ hollywoodense, y segundo de una fantasía pueril muy escapista que a esta altura parece digna de retrasados mentales que no pueden responsabilizarse de nada por su nula capacidad intelectual, típico infantilismo de reincidencia eterna sobre lo mismo cual espirales de la ignorancia que se retroalimentan sirviéndose de la evasión ad infinitum. En este sentido el cineasta sueco Roy Andersson constituye una anomalía absoluta porque ha estado especializándose precisamente en un cine existencialista del absurdo que piensa el costado más patético de la vida y también el más nimio, siempre enfatizando que detrás del ridículo que acompaña a diario a los seres humanos es posible identificar significados que van desde lo adorable, pasan por lo bizarro y llegan a lo francamente monstruoso. El señor empezó su carrera allá lejos y hace tiempo, en las postrimerías del hippismo y sus utopías de cambio social para mejor, cuando un año después de graduarse como director en el Instituto Sueco del Cine encaró su maravillosa ópera prima, Una Historia Sueca de Amor (En Kärlekshistoria, 1970), literalmente un melodrama adolescente que fue sucedido por la fatídica e incomprendida Giliap (1975), fracaso total de crítica y público que funcionó como su primera aproximación a la comedia negra mezclada con la gesta prosaica, la crítica social y aquel esperpento. A posteriori de la friolera de 25 años, en los que Andersson se dedicaría a rodar cientos de cortos publicitarios y a fundar en Estocolmo su productora Studio 24 para mantener una independencia creativa plena, el sueco regresaría con la llamada Trilogía de la Vida, esa de Canciones del Segundo Piso (Sånger från Andra Våningen, 2000), La Comedia de la Vida (Du Levande, 2007) y Una Paloma se Posó en una Rama a Reflexionar sobre la Existencia (En Duva Satt på en Gren och Funderade på Tillvaron, 2014), obras ya completamente episódicas y surrealistas que a su vez fueron sucedidas por la semejante Sobre el Infinito (Om det Oändliga, 2019).
Muy lejos de la seriedad sepulcral del gran estereotipo de esta cinematografía nacional en concreto, Ingmar Bergman, y amigo efectivamente de los títulos minúsculos de películas o por el contrario, de esos kilométricos símil Lina Wertmüller como el de la propuesta que nos ocupa, Andersson se especializa en una relectura sardónica, meticulosa y despojada de toda pompa de esas pinturas vivientes o “tableaux vivants” que en términos del séptimo arte fueron perfeccionadas por Serguéi Paradzhánov y Peter Greenaway y utilizadas en mayor o menor medida por realizadores muy variopintos como por ejemplo Toshio Matsumoto, Jørgen Leth, Wes Anderson, Park Chan-wook, Nicolas Winding Refn, Ruben Östlund y los argentinos Mariano Cohn y Gastón Duprat, estrategia que consiste en situar una cámara fija en un escenario de tipo teatral y construir una mínima interacción entre los personajes vía un balance delicado entre el preciosismo de la puesta, su sustrato mordaz, las impostaciones descabelladas del caso y la parodia tácita con respecto a ese cine mainstream actual, como decíamos antes dividido entre el gigantismo hollywoodense para oligofrénicos y un registro realista anodino centrado en la clase media metropolitana y sus estupideces ombliguistas. Como ocurre con los otros dos exponentes de la Trilogía de la Vida, Una Paloma se Posó en una Rama a Reflexionar sobre la Existencia no cuenta con una trama clásica y funciona como una hilarante colección de viñetas alrededor de personajes más o menos constantes en línea con una profesora de flamenco (Lotti Törnros) que acosa sexualmente a uno de sus alumnos (Oscar Salomonsson), un capitán de barco que renunció y mutó en peluquero (Ola Stensson), un teniente que nunca puede acudir a sus citas (Jonas Gerholm), la bella dueña cantora de un bar de 1943, Limping Lotta (Charlotta Larsson), una nena obesa que desea recitar un poema en un acto escolar, Wilma (Wilma Kinnman), nada menos que el Rey Carlos XII de Suecia (Viktor Gyllenberg) en lucha contra los rusos durante la Gran Guerra del Norte (1700-1721), y sobre todo dos vendedores ambulantes, envejecidos y fracasados, el adusto Sam (Nils Westblom) y el “llorón” Jonathan (Holger Andersson), quienes viven en un departamento kafkiano y son lo más cercano a los protagonistas de este “no relato”.
De hecho, es a través del leitmotiv del dúo de vendedores itinerantes que nunca pueden concretar una venta ante nosotros, especialistas en artículos ñoños y/ o anacrónicos como dientes de vampiro con colmillos extra largos, bolsas de risas de vieja escuela y máscaras de un único y paupérrimo engendro del averno, bautizado “Tío un-solo-diente”, que el director analiza las paradojas de los bípedos y sus contradicciones, basta con pensar que la dupla de amigos y colegas comparte la dinámica de un matrimonio porque arrastran deudas en conjunto por productos no vendidos o no cobrados, son permanentemente amonestados por el conserje del edificio (Roger Olsen Likvern), debido a la música o sus charlas, y en esencia se la pasan peleando porque Sam ocupa el lugar habitual del hombre, egoísta y algo abusón/ sádico, y Jonathan hace las veces de la mujer, cayendo en excesos de masoquismo, histeria o sentimentalismo. Mediante escenas adicionales en sintonía con algún que otro capítulo picaresco, como el de los dos amantes acostados en la playa que se acarician (Simon Westberg y Amanda Johansson) mientras el perro de la pareja opta por echarse a dormir, aquellas dos secuencias más oscuras, la del primate inmovilizado en un laboratorio y recibiendo electrochoques en su cerebro y la de los esclavos negros siendo quemados vivos por tropas imperiales ante los ojos de la oligarquía decrépita europea, y esa macabra y bufonesca introducción por triple, la del burgués que tiene un infarto abriendo una botella de vino, la de la anciana moribunda que quiere llevarse su dinero y joyas a la tumba -con sus hijos impugnándolo todo en la cama del hospital- y la del pasajero de un buque que fallece y desencadena que otro se apodere de la cerveza que había pagado en el restaurant, Andersson sopesa las múltiples dimensiones del ser humano en tanto criatura solitaria, muy mediocre, rimbombante, imprevisible, torpe, frágil, estrafalaria, demente, terca, fascinante, cruel, boba, porfiada, ensimismada, asesina y especialmente absurda y antojadiza, por ello el título alude a una pintura de Pieter Brueghel el Viejo, Los Cazadores en la Nieve (Jagers in de Sneeuw, 1565), en la que los hombres de turno son observados por unos pájaros que bien podrían tratar de entender qué están haciendo los humanos con sus armas y sus perros.
La realización se maneja por binomios que ayudan a comprender el marco conceptual de la experiencia y a darle sentido a una progresión fragmentada que aquí alcanza su máximo esplendor después de los dos ensayos previos, Canciones del Segundo Piso y La Comedia de la Vida, de este modo el film se mueve entre Samuel Beckett y Tom Stoppard, entre James Joyce y Franz Kafka, entre Aki Kaurismäki y Jim Jarmusch, entre Eugène Ionesco y Harold Pinter, entre Luis Buñuel y Jean Cocteau, entre Fiódor Dostoyevski y César Vallejo, entre Ken Russell y Terry Gilliam, entre el Jacques Tati de Playtime (1967) y aquel Stanley Kubrick de Barry Lyndon (1975), entre los citados Paradzhánov y Greenaway, entre la comedia negrísima y la tragedia ontológica, entre el humor seco y el comentario social bien ácido, entre el surrealismo polanskiano y ese neorrealismo tan amado a lo Vittorio De Sica, entre Federico Fellini y un extrañamiento narrativo homologado al esperpento semi onírico o quizás pesadillesco -las caras pintadas de blanco nos hablan de ello- y finalmente entre Pieter Brueghel el Viejo y el poema en cuestión de la gordita lela de Kinnman, uno que no puede recitar por su autismo y por la intervención de otro de esos docentes new age tan repugnantes como condescendientes, aventura lírica sobre otra paloma que se posó sobre otra rama aunque para reflexionar acerca de una existencia equiparada al hecho de que no tenía/ no tiene dinero. Más interesante y mucho más coherente que Sobre el Infinito, un trabajo desparejo, complementario y volcado sutilmente al Wim Wenders etéreo modelo Las Alas del Deseo (Der Himmel über Berlin, 1987), Hasta el Fin del Mundo (Bis ans Ende der Welt, 1991) y ¡Tan Lejos, tan Cerca! (In Weiter Ferne, so Nah!, 1993), Una Paloma se Posó en una Rama a Reflexionar sobre la Existencia por un lado sabe coquetear con mano maestra con el musical, las anacronías surrealistas y la artificialidad paradigmática del cine en su conjunto, características fundamentales en pantalla del acervo artístico del sueco, y por el otro lado se mete con la farsa de la comunicación humana, hoy por hoy saturando la película de personajes que hablan por teléfono constantemente pero no dicen nada de valor, apenas el latiguillo vacuo y siempre intercambiable de “me alegra saber que estás bien”…
Una Paloma se Posó en una Rama a Reflexionar sobre la Existencia (En Duva Satt på en Gren och Funderade på Tillvaron, Suecia/ Alemania/ Noruega/ Dinamarca/ Francia, 2014)
Dirección y Guión: Roy Andersson. Elenco: Nils Westblom, Holger Andersson, Viktor Gyllenberg, Charlotta Larsson, Lotti Törnros, Jonas Gerholm, Ola Stensson, Oscar Salomonsson, Roger Olsen Likvern, Wilma Kinnman. Producción: Pernilla Sandström y Philippe Bober. Duración: 100 minutos.