El Cebo (Es Geschah am Hellichten Tag)

Con carnada viva se pesca mejor

Por Emiliano Fernández

El Cebo (Es Geschah am Hellichten Tag, 1958), dirigida por el húngaro Ladislao Vajda, es sin duda una de las obras maestras del film noir y el cine de suspenso de fuerte impronta dramática porque supo recuperar un motivo doloroso a nivel social que bordea el tabú, el asesinato de niños, y llevarlo a regiones formales muy distintas con respecto a la histeria masiva y los tribunales populares de El Vampiro Negro (M, Eine Stadt sucht einen Mörder, 1931), de Fritz Lang, y el punto de vista infantil y la triste virulencia del ecosistema de los adultos de Si Muero antes de Despertar (1952), de Carlos Hugo Christensen, dos de los mojones previos e ineludibles dentro del rubro que nos compete. La propuesta asimismo constituyó uno de los primeros casos de la historia del cine en el que el film en cuestión no sólo salía al mercado en paralelo a una adaptación literaria sino que esta última, en este caso una novela corta, se apartaba de manera decisiva de la gran pantalla porque optaba por invertir el desenlace para trastocar todo el sentido de la narración, algo que se explica por el hecho de que el protagonista principal, el popular actor Heinz Rühmann, le impuso al autor de la trama, el dramaturgo suizo Friedrich Dürrenmatt, que colaborase en materia del guión con Hans Jacoby -y eventualmente con el propio realizador, Vajda- y en esencia volcase el final amargo primigenio, basado en el investigador policial no hallando/ encarcelando al homicida de purretes, hacia un remate tradicional en el que el oficial de turno demostrase su valía y diese con el psicópata. En La Promesa: Réquiem para la Novela Policial (Das Versprechen: Requiem auf den Kriminalroman, 1958), el libro que preparó en simultáneo Dürrenmatt mientras se concebía y filmaba la película, el chiflado muere en un accidente de tránsito y las tácticas poco éticas del inspector protagonista en última instancia no son eficaces ni alcanzan para redimirlo, un esquema ideológico que respondía a dos grandes críticas del suizo para con los estereotipos del formato en aquel entonces, primero la noción pueril de que siempre se detiene al culpable a lo rubricación de las instituciones públicas, algo que los hechos niegan de manera profusa, y segundo la homologación de la pesquisa a la resolución de una ecuación matemática que depende de la habilidad para tapar su rastro del criminal y de la destreza del policía para atraparlo leyendo o interpretando las pistas, planteo también refutado por la praxis ya que lo aleatorio imprevisto siempre interviene como tercera y muy altisonante pata que escapa por completo al control de los susodichos.

 

Vajda, un típico cineasta y artesano errante de mediados del Siglo XX que se paseó por su Hungría natal, Francia, Italia, el Reino Unido, Portugal, Alemania, Suiza y especialmente España, estaba atravesando su etapa de gloria a escala profesional, la década del 50, y venía de una recordada trilogía de colaboraciones con el extraordinario niño actor Pablito Calvo, hablamos de Marcelino, Pan y Vino (1955), Mi Tío Jacinto (1956) y Un Ángel Pasó por Brooklyn (Un Angelo è Sceso a Brooklyn, 1957), por ello su volantazo hacia el extremo expresivo opuesto, una retahíla de crímenes contra mocosos, suena a un chiste interno -tan irónico como morboso- que de sopetón le permitió aplicar las lecciones aprendidas de sus admirados Lang, Robert Wiene y Georg Wilhelm Pabst, en sintonía con el cuidado en la puesta en escena, cierto tono alegórico de índole comunal fatalista, un naturalismo seco en lo que atañe a las actuaciones y por supuesto una conjunción de fotografía esplendorosa y trasfondo muy pegado a la crueldad del espíritu y las emociones aunque también del Estado y sus personeros. Matthäi (Rühmann) es un detective de las afueras de Zúrich a punto de abandonar su cargo por un trabajo en Jordania cuando un vendedor ambulante avejentado, Jacquier (Michel Simon), descubre en el bosque el cuerpo de una nena que fue asesinada con una navaja, Gritli Moser. El oficial se hace cargo de la investigación pero luego debe cederla a su segundo, el Teniente Henzi (Siegfried Lowitz), aunque no sin antes verse obligado a informar del hecho a los padres de la chica (Hans Gaugler y Margrit Winter) y a prometerle a la madre que hallará al responsable. Henzi se obsesiona con la culpabilidad de Jacquier, cuya inocencia es evidente, y lo lleva al suicidio luego de horas de interrogatorio y de asustarlo con falsas acusaciones. Matthäi desiste de su periplo hacia Jordania porque prefiere quedarse en Suiza hasta encontrar al homicida, tomando de evidencia un dibujo de la occisa y considerando que este no es un caso aislado sino obra de un asesino en serie que ya lleva dos muertes más en su haber, siempre nenas de la misma contextura física porque el hombre debe ser un misógino pusilánime que no puede meterse con una hembra adulta y opta por reventar a chiquillas ya que tampoco tiene hijos, datos ofrecidos por un psiquiatra. El detective alquila una estación de servicio en una carretera que conecta las escenas de los crímenes y utiliza de cebo a una niña, llamada Annemarie (Anita von Ow), contratando a su madre como una ayudante y empleada doméstica, la Señorita Heller (María Rosa Salgado).

 

El relato de Dürrenmatt, artífice de las historias de obras tan disímiles como La Visita (The Visit, 1964), de Bernhard Wicki, La Mejor Noche de mi Vida (La Più Bella Serata della mia Vita, 1972), de Ettore Scola, Apuesta Fatal (Der Richter und sein Henker, 1975), de Maximilian Schell, Hienas (Hyènes, 1992), de Djibril Diop Mambéty, y Justicia (Justiz, 1993), de Hans W. Geissendörfer, exuda una gran meticulosidad y un realismo en verdad inusitado para su época, pensemos en este sentido que el eventual villano, Schrott (Gert Fröbe), sujeto que en el dibujo de Moser aparecía como un gigante de traje oscuro dándole erizos a la víctima en el bosque y con un automóvil de fondo, es un dominado patético que atrae a las mocosas con trufas de chocolate -o con títeres y haciéndose pasar por mago- y que está casado con una arpía y empresaria farmacéutica (Berta Drews), marimacho que a su vez no sólo lo maltrata sino que le reprocha su vagancia porque fue su chófer y este es su segundo y aburrido matrimonio, teniendo del primero dos hijos ya grandes que no conviven con la pareja. En este punto hay que tener presente que El Cebo desencadenó una serie de remakes variopintas, la italiana de 1979 de Alberto Negrin, la húngara de 1990 de György Fehér, aquella holandesa de 1996 de Rudolf van den Berg, la alemana de 1997 de Nico Hofmann, la hindú de 2018 de Ram Kumar y la norteamericana de Sean Penn, Código de Honor (The Pledge, 2001), la mejor por lejos del lote debido a la excelente actuación de Jack Nicholson como el detective protagonista, rebautizado Jerry Black, y porque incorporó el final de la novela de Dürrenmatt, el preferido por el autor por sobre la movida retórica de la película en pos de limpiar moralmente al oficial, recordemos que en el opus de Vajda el policía reconoce ante Heller que utilizó a su vástago como carnada viva, idea que obtiene de un niño pescando truchas al costado de un río y aclarándole que son depredadoras y es necesario una mosca, un gusano o un pequeño pez para atraparlas, ardid que sirve sin más para atraer a Schrott y en última instancia escamotearle a Annemarie sustituyéndola con una muñeca con vestimenta a tono, una jugada precautoria que lleva a la detención del culpable y desencadena el perdón tácito de la progenitora de la nena hacia Matthäi cual espejo invertido del film de Penn, donde el personaje de Nicholson defrauda la confianza de la hembra, Lori (Robin Wright), con la que inició un romance, exponiendo a su hija en balde, Chrissy (Pauline Roberts), ya que el homicida fallece en un accidente del camino.

 

Más allá de esta contraposición entre la redención original de la gran pantalla y el dejo apesadumbrado del libro y de buena parte de las remakes, las cuales tienden a reproducir el paulatino descenso en el alcoholismo y la locura del Matthäi del papel al verse privado de una resolución satisfactoria del caso y al haber faltado a aquella promesa dedicada a la madre de la nena asesinada, se podría aseverar que la película del húngaro compensa este detalle mediante la subtrama que involucra el martirio del pobre Jacquier, en esta ocasión mucho más víctima que Heller y su hija porque el vendedor ambulante, un menesteroso y vagabundo que ya había caído preso tres meses por robo y por ello confiaba en los instintos investigativos del implacable detective protagonista, se transforma con rapidez en el chivo expiatorio de turno a instancias de Henzi y su superior, el Comandante de Policía (Heinrich Gretler), algo que queda en primer plano al comparar la escena inicial en la que Matthäi lo salva de ser linchado por parte de lugareños que lo señalan simplemente por haber dado aviso a las autoridades sobre el cadáver, por un lado, y todo el desarrollo subsiguiente hasta su suicidio, ahorcándose en una celda, cuando los colegas del detective lo presionan bajo esa misma lógica facilista e impulsiva, por el otro lado, aunque ahora encarando al asunto desde la impunidad del aparato gubernamental y su falta de piedad frente a la debilidad, vejez y soledad de Jacquier. Apuntalada en exquisitas interpretaciones de Rühmann, Simon y Fröbe y un buen desempeño en fotografía de Heinrich Gärtner, El Cebo funciona como un estudio tanto de los fetiches profesionales llevados al extremo de ese sacrificio ciego que se extiende de manera compulsiva hacia el círculo afectivo cercano, siempre implicando la relación de paternidad postiza del policía para con Annemarie, como de la imposibilidad de delimitar con precisión el espacio de la vida privada/ íntima y el de la existencia pública/ laboral, dos dimensiones que se funden en aquella legendaria gasolinera que administra Matthäi con la obsesión de fondo de anotar las patentes de los rodados de Coira porque sólo éstas tienen en su escudo una representación de una especie de alce capricornial similar a un garabato en el dibujo de la malograda Gritli que se parecía a una hormiga, ejemplo de la incompatibilidad entre la interpretación infantil de los sucesos, reducida a sus elementos fundamentales aunque sin mayor complejidad, y su homóloga enrevesada patológica de los adultos, esos que pueden llegar a la enajenación más maniática sin siquiera darse cuenta…

 

El Cebo (Es Geschah am Hellichten Tag, Suiza/ España/ República Federal de Alemania, 1958)

Dirección: Ladislao Vajda. Guión: Friedrich Dürrenmatt, Ladislao Vajda y Hans Jacoby. Elenco: Heinz Rühmann, Siegfried Lowitz, Michel Simon, Heinrich Gretler, Gert Fröbe, Berta Drews, María Rosa Salgado, Anita von Ow, Margrit Winter, Hans Gaugler. Producción: Lazar Wechsler y Artur Brauner. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10