El Pagador de Promesas (O Pagador de Promessas)

Con la cruz al hombro

Por Emiliano Fernández

La hibridación es el régimen cultural dominante en prácticamente todo el globo y esto tiene que ver no sólo con la necesidad humana de combinar costumbres, creencias y disciplinas para sobrevivir de la mejor manera posible sino también con la tendencia intrínseca del hombre a escapar de las cárceles del fundamentalismo doctrinario y de cierta idea utópica de pureza idiosincrásica que nada tiene que ver con una realidad en la que la inestabilidad, el cambio y los conflictos son monedas corrientes porque las fantasías de permanencia se deshacen de a poco o directamente se extinguen como la vida misma. En la modernidad, por supuesto, la hibridación está direccionada por el mercado dentro del laicismo burgués y su obsesión con reemplazar al componente místico/ religioso/ espiritual de antaño por la superficialidad de las emociones a escala popular y el bagaje cientificista o tecnocrático del usufructo en lo que atañe a lo institucional, no obstante la hegemonía cultural por parte del aparato capitalista nunca es completa del mismo modo que los crueles credos del pasado, léase la otrora elite gubernamental o social que dominaba sobre el vulgo, jamás controlaban del todo el sentir y las idas y vueltas de unas mayorías cuyo horizonte está constituido por manifestaciones culturales emergentes, otras residuales y esas externas enchufadas por la oligarquía del momento, sea aquella del clero + la aristocracia autóctona o la del marketing mierdoso de los enclaves comerciales planetarios uniformizadores del Siglo XXI. Ahora bien, no hay mejor lugar en el mundo para pensar la complejidad y diversas contradicciones de la hibridación que nuestra América Latina, una región que unifica las manifestaciones metafóricas de los aborígenes, el cristianismo petulante de siempre de la lacra europea y finalmente aquel animismo colorido de los esclavos traídos desde África sobre todo por los portugueses, de allí que Brasil acumule la mayor parte de las religiones afroamericanas que surgieron de modo clandestino en clara fusión con este catolicismo amparado por el Estado.

 

El Pagador de Promesas (O Pagador de Promessas, 1962), de Anselmo Duarte, es una de las principales películas que ayudan a entender este fenómeno de amalgama cultural y sin duda una de las obras latinas más famosas en todo el planeta porque consiguió alzarse con la Palma de Oro en el Festival de Cannes y hasta fue nominada al Oscar a Mejor Película Extranjera, algo impensado en la época para un opus proveniente del cono sur. Basado en la puesta teatral homónima de 1959 de Alfredo de Freitas Dias Gomes alias simplemente Dias Gomes, un dramaturgo de ideología comunista que sufrió la censura de la Dictadura Militar en Brasil (1964-1985) y debió volcarse a la escritura de telenovelas para subsistir, el guión del propio realizador funciona como una fábula social, áspera y muy inteligente sobre un campesino empobrecido, Zé (Leonardo Villar), que llega a Salvador de Bahía trasportando una inmensa cruz con el objetivo de dejarla en el interior de la Iglesia de Santa Bárbara y agradecer a la susodicha el milagro/ la gracia de haber sanado al gran amigo y compañero de trabajo del protagonista, un burro bautizado Nicolau al que se le cayó sobre su cabeza una rama de árbol durante una tempestad, lo que derivó en una hemorragia y la promesa de Zé en un templo de candomblé de dividir su tierra entre otros campesinos menesterosos y llevar la cruz hasta la iglesia en el día de la santa, homologada a su vez a Iansã o Iansán, exponente femenino de los orishas o espíritus de las religiones africanas que entraron en el ideario cultural local durante el extenso período de la esclavitud, el cual se cerró recién en 1888. El cura de turno, Olavo (Dionísio Azevedo), le impide cumplir su mandato espiritual luego de escuchar que el origen de todo es un burro, que imitó el vía crucis caminando siete leguas con la cruz al hombro -ya con la piel despedazada- desde su humilde granja hasta la ciudad y que para colmo la promesa se efectuó en un altar de candomblé, culto considerado muy sacrílego como la umbanda, el batuque, la quimbanda y otras religiones afrobrasileñas.

 

La película de Duarte va mucho más allá de la reflexión acerca del choque dialéctico entre la intelligentsia católica ortodoxa, simbolizada en el Padre Olavo y en otros exponentes de mayor jerarquía de esta inquisición cristiana apenas disimulada, y la heterodoxia mucho menos quisquillosa y más literal de los amigos de la macumba, por ello Zé recurre a Iansã y no a otro orisha porque es la maestra de las tormentas y los rayos y -desde el punto de vista de los practicantes del candomblé- no tiene problema a la hora de confundir su identidad con la de Bárbara de Nicomedia o Santa Bárbara del calendario/ popurrí católico, en este sentido El Pagador de Promesas pronto redobla su propuesta retórica porque en su segunda mitad homologa el desarrollo a una típica denuncia del circo mediático/ policial/ popular/ estatal alrededor de una tragedia o hecho curioso o delito, tradición que va desde Cadenas de Roca (Ace in the Hole, 1951), de Billy Wilder, Rescate (Ransom!, 1956), de Alex Segal, y El Milagro del Padre Malaquías (Das Wunder des Malachias, 1961), de Bernhard Wicki, hasta Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), de Sidney Lumet, El Cuarto Poder (Mad City, 1997), de Costa-Gavras, y Venganza (Vengeance, 2022), de B.J. Novak. Duarte, dicho de otro modo, no sólo señala la triste ingenuidad de Zé sino que enfatiza el costado maquiavélico, pérfido y/ o parasitario de todos los que tiene a su alrededor: su esposa Rosa (Glória Menezes) le mete los cuernos y se asoma como aspirante a puta de un proxeneta del barrio de la parroquia, Bonito (Geraldo Del Rey), quien hace todo lo posible para que su amigo inspector (Enoch Torres) ordene el arresto del campesino para ya sumar a la hembra a su establo encabezado por Marly (Norma Bengell), meretriz que subraya en público la infidelidad ante los oídos de un poeta (Roberto Ferreira), el dueño gallego de un restaurant cercano (Gilberto Marques) e incluso un periodista (Othon Bastos) que convierte a este Zé inculto en un “Cristo marxista” a favor de la reforma agraria y en contra de la explotación.

 

Duarte, un actor que saltó a la escritura de guiones y luego a la dirección de largometrajes en la etapa de transición que va desde el apogeo de las “chanchadas”, dramas y comedias musicales grasientos que dominaron entre los años 30 y los 50, hasta el surgimiento del célebre Cinema Novo durante aquella década del 60, en El Pagador de Promesas, su única película conocida o siquiera disponible en el mercado internacional, se mantiene más cerca del realismo social -a la vez crudo e irónico- del Luis Buñuel de Los Olvidados (1950), El Bruto (1953), El Río y la Muerte (1954), Nazarín (1959), La Joven (The Young One, 1960) y Viridiana (1961) que de la búsqueda de una autenticidad vernácula del por entonces naciente Cinema Novo, movimiento encabezado por el querido Glauber Rocha que por un lado recuperaba el frenesí rupturista del neorrealismo italiano y la Nouvelle Vague de los 50 y 60 y por el otro lado sí se vinculaba en cierta medida al opus de Duarte en el sentido de la pretensión narrativa de fondo de unificar la sátira o el alegato político occidental y las inquietudes de la hibridación cultural de la periferia tercermundista, ya dejando de lado tanto la imitación burda decimonónica de las elites culturales de América Latina, esas que miraban a Europa en busca de una “iluminación” que jamás existió, como lo meramente indígena o africano, pureza quimérica que -como decíamos antes- venía siendo violada con mucha alegría por siglos y siglos de sincretismo cultural, simbólico, comunal, ideológico y religioso. La obra maestra de Duarte, una de las mejores películas de la historia del cine a secas, desmitologiza las estupideces y engaños de la sociedad de masas, explora el sustrato plutocrático de los núcleos de poder, se burla de la fetichización informativa, condena la represión fascista -esperable asesinato final de Zé de por medio por parte de los esbirros de la ley- y sobre todo pone al descubierto lo fácil que resulta manipular al pueblo y convertir a víctimas perplejas o “pobres diablos” inflexibles en estampitas o figuras reverenciadas…

 

El Pagador de Promesas (O Pagador de Promessas, Brasil, 1962)

Dirección y Guión: Anselmo Duarte. Elenco: Leonardo Villar, Glória Menezes, Dionísio Azevedo, Geraldo Del Rey, Roberto Ferreira, Norma Bengell, Othon Bastos, Gilberto Marques, Enoch Torres, Antonio Pitanga. Producción: Oswaldo Massaini. Duración: 92 minutos.

Puntaje: 10