La estrategia de contratar a actores foráneos para aumentar el atractivo de la película de turno en el mercado mundial se volvió estándar en muchos países del globo desde la segunda mitad del Siglo XX aunque por supuesto con las diferencias del caso y según las posibilidades concretas de la industria cinematográfica de cada nación, un espectro muy grande que en muchas ocasiones obedece a regímenes de coproducción y que abarca desde aquella Argentina marginal de fines de los 80 y principios de los 90, recordemos al Daniel Day-Lewis de Eterna Sonrisa de Nueva Jersey (Eversmile, New Jersey, 1989), de Carlos Sorín, y al Marcello Mastroianni de De eso no se Habla (1993), de María Luisa Bemberg, hasta el constante flujo de estrellas anglosajonas y europeas en el ámbito del cine de género italiano de los años 60, 70 e incluso 80, sobre todo en los campos interrelacionados del spaghetti western, el giallo, el poliziottesco y el cine de autor, panorama en el que no hay que confundir las locaciones nacionales fetichizadas por parte de troupes extranjeras con la estrategia específica a la que hacemos referencia, ejemplos de lo primero son España en los 60 para el spaghetti western y la misma Italia en los años 50 para el péplum. Un exponente curioso y tantas veces olvidado de “importación de luminarias” es el ozploitation, o cine de explotación de Australia, y el responsable crucial de turno, el productor australiano Antony I. Ginnane, todo un especialista en incorporar actores de Estados Unidos y el Reino Unido esquivando las sanciones de las autoridades locales, de las que se servía en gran medida para el financiamiento, y las críticas de aquellos trabajadores cinematográficos vernáculos, evidentemente opacados por sus colegas de tierras lejanas: el señor en su etapa de gloria, léase entre fines de los 70 y mediados de los 80, aceitó una diminuta aunque estable usina de actores importados con base en una Australia que utilizaba de estudio de filmación pero siempre con los ojos puestos en el mercado estadounidense, el más redituable del planeta.
Ginnane, que fue crítico de cine y fundó una distribuidora especializada en exploitation y películas artísticas, había arrancado su heterogénea actividad como productor con bodrios eróticos de la época símil Fantasma (Fantasm, 1976), de Richard Franklin, y su secuela El Retorno del Fantasma (Fantasm Comes Again, 1977), de Colin Eggleston, más algún que otro opus familiar como La Dama del Fuego Azul (Blue Fire Lady, 1977), de Ross Dimsey, no obstante todo cambia con el éxito en el mercado internacional de Patrick (1978), clásico del horror telequinético dirigido por Franklin, escrito por el mítico y por entonces debutante Everett De Roche y protagonizado por la británica Susan Penhaligon, así el productor se obsesiona con Chantal Contouri, una actriz griega que ya venía trabajando en el enclave audiovisual australiano y había adquirido cierta popularidad por una telenovela, Número 96 (Number 96, 1972-1977), asignándole dos realizaciones -con la clara idea de convertirla en una estrella global- que fueron dirigidas por sendos profesionales del ambiente de la TV, primero Instantánea Siniestra (Snapshot, 1979), un drama fallido con elementos de giallo a cargo del debutante Simon Wincer, y segundo Sed (Thirst, 1979), estupenda ópera prima de Rod Hardy a partir del único guión que John Pinkney escribiría para cine, una epopeya de terror vampírico y mucho control mental coprotagonizada por el inglés David Hemmings y el norteamericano Henry Silva. Contouri no se transformaría en una ninfa solicitada en el extranjero, de hecho después cae en el olvido y se refugia en trabajos televisivos, y por ello Ginnane sigue campante con su memorable seguidilla de obras de género, esa que incluye a Arlequín (Harlequin, 1980), faena de Wincer con Hemmings y el también británico Robert Powell, El Sobreviviente (The Survivor, 1981), dirigida por Hemmings y estelarizada por Powell y el estadounidense Joseph Cotten, y Extraño Comportamiento (Strange Behavior, 1981), propuesta de Michael Laughlin con los yanquis Michael Murphy y Louise Fletcher.
Ubicada entre el surrealismo paródico, el terror gótico, el thriller de encierro, las parábolas antitotalitarias de ciencia ficción y el drama irónico sobre adicciones, Sed constituye una propuesta bastante extraña incluso para su momento porque utiliza al vampirismo de excusa para hablar de tópicos como la depredación de la naturaleza, la industria de los alimentos, la hipocresía comunal al respecto, el adoctrinamiento culinario social, el parasitismo entre los mismos seres humanos, la locura inducida moderna, el lavado de cerebros vía drogas, psicología o fuerza bruta y sobre todo la farsa de la pugna entre carnívoros y vegetarianos cuando en el capitalismo toda la industria alimentaria masiva es un espanto casi por igual, además el film puede leerse tranquilamente como una crítica a la psiquiatría y el sistema carcelario desde la reformulación de los pormenores de los campos de concentración y las distopías absolutistas del sci-fi. La trama es semi inexistente y apenas si gira alrededor del secuestro de una burguesa de muy buen pasar económico, Kate Davis (Contouri), por parte de una secta/ comunidad/ organización llamada La Hermandad, en esencia un conjunto de lunáticos propensos a la hematolagnia que operan como un culto obsesionado con beber sangre para mantener su juventud y poder, por ello tienen montadas diversas “granjas” en las que drenan la hemoglobina del ganado humano previa hipnosis narcótica que los hace muy sumisos. Davis, que se resiste a transformarse en una de ellos sólo por el hecho de aparentemente ser la descendiente de Erzsébet Báthory (1560-1614), una condesa húngara famosa por sus múltiples asesinatos en pos de sangre para mantenerse joven y bella, intenta escapar de sus captores sin lograrlo y muta en eje de una disputa entre dos posiciones sobre su “tratamiento”, la mano dura de la Sra. Barker (Shirley Cameron), una fémina adepta a profundizar el lavado de cerebro hasta las últimas consecuencias, y la tibieza del Dr. Fraser (Hemmings), otro de los jerarcas del culto que trabaja con un amigo, el Dr. Gauss (Silva).
Centrándose en latiguillos sutiles propios de la comedia negra más cruel y sarcástica, como el fetiche con el cientificismo burdo conductivista, una ceremonia solemne de conversión en la que la protagonista debe beber la sangre de una víctima masculina fresca sirviéndose de una ridícula prótesis de colmillos metálicos o la misión de fondo de La Hermandad de separar a Kate de su pareja, el arquitecto Derek (Rod Mullinar), para obligarla a casarse con un miembro prominente del linaje más aristocrático de la secta, el Sr. Hodge (Max Phipps), todo a su vez mediante la asistencia de un cónclave variopinto que incluye al espía Sean (Robert Thompson, aquel personaje titular de Patrick), Sed por un lado ofrece un muy buen manejo del suspenso, un glorioso soundtrack de Brian May -no confundir con el guitarrista de Queen- y un puñado también majestuoso de secuencias oníricas, como la del encuentro amatorio a orillas de un lago con Derek/ Hodge, la de la ducha de sangre en su hogar y la de la sirvienta Lori (Rosie Sturgess) derritiéndose y la habitación en cuestión sufriendo un terremoto de lo más bizarro, y por el otro lado recupera aquel canibalismo social de Cuando el Destino nos Alcance (Soylent Green, 1973), del querido Richard Fleischer, y el dilema entre condicionamiento y libre voluntad de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, amén del tufillo a cordero sacrificial que arrastra Davis símil su homólogo del Sargento Neil Howie (Edward Woodward) de El Hombre de Mimbre (The Wicker Man, 1973), la obra maestra de Robin Hardy con un guión de Anthony Shaffer. Contouri está bien como personificación de otro de los tantos núcleos conceptuales del film, el conflicto “aristocracia idealizada versus capitalismo desabrido posmoderno”, sin embargo sinceramente no es muy buena actriz que digamos ni tampoco carismática o bella en serio, en suma aportando la mínima base para el elegante opus de Rod Hardy, evidente admirador del Terence Fisher de la Hammer Productions y un señor que regresaría a la TV para a posteriori sólo dirigir dos faenas más para el séptimo arte, las olvidables Robinson Crusoe (1997) y Un Verano para Toda la Vida (December Boys, 2007), esta última con Daniel Radcliffe y la primera con Pierce Brosnan como el náufrago de la novela de 1719 de Daniel Defoe. Sed, asimismo, sería uno de los últimos films interesantes de Ginnane en mucho tiempo hasta la recordada Asesinos Cibernéticos (Screamers, 1995), aquella película de Christian Duguay con un guión de Dan O’Bannon basado en un cuento corto de Philip K. Dick, La Segunda Variedad (Second Variety, 1953), derrotero que lo llevó a pasearse por Nueva Zelanda, Filipinas y Canadá y a coquetear con los “dramas elevados” en ocasión de En Estado de Shock (Mesmerized, 1985), de Laughlin y con los estadounidenses Jodie Foster y John Lithgow, y Un Extraño Amor (High Tide, 1987), obra de Gillian Armstrong protagonizada por la actriz australiana Judy Davis, para terminar derrapando en una retahíla eterna de propuestas bélicas, gestas de aventuras y odiseas de acción muy en la tradición de los 80 y 90, sin nunca renunciar del todo a sus orígenes en el horror y la ciencia ficción…
Sed (Thirst, Australia, 1979)
Dirección: Rod Hardy. Guión: John Pinkney. Elenco: Chantal Contouri, David Hemmings, Shirley Cameron, Max Phipps, Henry Silva, Rod Mullinar, Rosie Sturgess, Robert Thompson, Walter Pym, Amanda Muggleton. Producción: Antony I. Ginnane. Duración: 96 minutos.