Para mediados de la década del 60 el mainstream norteamericano estaba en pleno proceso de transición entre el Hollywood Clásico, basado en fórmulas estancas consideradas intocables, y el Nuevo Hollywood de la década del 70, más cercano a la experimentación y el nihilismo de las vanguardias europeas como el realismo poético, el neorrealismo y la Nouvelle Vague, coyuntura en la que muchos actores y actrices veteranos no conseguían trabajo o estaban relativamente olvidados -rodando propuestas algo marginales o series televisivas- debido a que a escala de la memoria cinéfila e industrial se los relacionaba con el período previo. El único gremio al que históricamente siempre le importó un comino la edad de los intérpretes, ya que suele incorporar papeles para todos los rangos etarios, es el terror, género que desencadenó una revalorización exploitation de un puñado de actrices entradas en años como consecuencia del éxito inesperado de ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962), dirigida por Robert Aldrich y protagonizada por las rivales en la vida y en la gran pantalla Bette Davis y Joan Crawford. El denominado hagsploitation o psycho-biddy o Grande Dame Guignol fue una variante de los thrillers, el drama y el horror psicológico centrada en mujeres mayores perdiendo la cordura, ocultando secretitos sucios, rapiñando riquezas ajenas y/ o comportándose como unas psicópatas hechas y derechas, corriente comercial que tuvo su auge entre los 60 y los primeros años de la década siguiente y de la que se beneficiaron las dos legendarias actrices citadas y otras más en sintonía con Olivia de Havilland, Zsa Zsa Gabor, Shelley Winters, Ruth Gordon, Geraldine Page, Tallulah Bankhead, Barbara Stanwyck, Simone Signoret, Elizabeth Taylor, Joan Fontaine, Ava Gardner, Eleanor Parker y Lana Turner. La Niñera (The Nanny, 1965), obra maestra de Seth Holt, constituye un caso extraño porque si bien a nivel formal puede catalogarse como un hagsploitation de la época, hay que aclarar que asimismo responde al andamiaje de los thrillers taciturnos y minimalistas británicos y a la tradición del terror no sobrenatural de la recordada Hammer Film Productions, la máxima responsable de la faena en su conjunto y de su gustito por los arcanos sustentados en una convivencia que arrastra mentiras lacerantes a lo largo del tiempo como puñales de la reincidencia y el masoquismo.
Para comprender la estatura del film que nos ocupa debemos sopesar la carrera de Holt, uno de los directores más talentosos y problemáticos del cine inglés de aquel entonces: el señor comenzó trabajando como editor y productor durante los 40 y 50 en el principal estudio del Reino Unido de la posguerra, Ealing Studios, antes de saltar a la dirección y entregar por un lado propuestas interesantes y hoy olvidadas, como Ningún Lugar a Donde ir (Nowhere to Go, 1958), Estación Seis Sahara (Station Six Sahara, 1963) y Ruta Peligrosa (Danger Route, 1967), y por el otro lado una racha suprema con tres de las mejores producciones de la Hammer, la presente, Un Grito de Terror (Taste of Fear, 1961) y La Tumba de la Momia (Blood from the Mummy’s Tomb, 1971), este último un proyecto completado por Michael Carreras debido a la muerte de un ataque cardíaco del realizador a raíz de esos disgustos con el alcohol que lo acompañaron toda la vida y lo llevaron en algún punto a abandonar en 1967 una adaptación sobre Monsieur Lecoq, el famoso detective de la Sûreté creado por Émile Gaboriau, y los proyectos que terminarían convirtiéndose en If…. (1968), de Lindsay Anderson, y Diabolik (1968), de Mario Bava. Basándose en la estupenda fotografía de Harry Waxman, la edición rigurosa de Tom Simpson y un guión impecable de un veterano del horror y de la Hammer en especial, el también productor Jimmy Sangster, a su vez inspirado en la novela homónima de 1964 de Merriam Modell alias Evelyn Piper, aquella de la también genial Bunny Lake ha Desaparecido (Bunny Lake Is Missing, 1965), de Otto Preminger, otra faena misteriosa centrada en niños, en esta oportunidad Holt nos regala una batalla campal apenas contenida en un hogar británico entre un niño pequeño llamado Joey Fane (William Dix), quien acaba de salir de una institución para jóvenes con trastornos emocionales a posteriori de una reclusión de dos años porque sus padres lo culpan de haber asesinado a su hermana menor Susy (Angharad Aubrey), y una niñera veterana sin nombre manifiesto (Davis), mujer en apariencia adorable, sumisa y paciente que no sólo supo criar a los dos vástagos del matrimonio reglamentario, la ama de casa neurótica y melancólica Virginia (Wendy Craig) y el mensajero de la realeza y padre semi abandónico Bill Fane (James Villiers), sino a la misma Virginia y su hermana solterona, la Tía Pen (Jill Bennett).
Joey desconfía de manera patológica de la anciana, se niega a ingerir cualquier alimento preparado por ella y la hace jurar cada día que no ingresará al cuarto de baño mientras el nene se asea, lo que motiva al padre a partir hacia Beirut por un encargo laboral y a la madre a replegarse de nuevo sobre sí misma y a entregarse a episodios de llanto y tristeza profunda que curiosamente dejan al purrete y a la niñera como los únicos bípedos que se comportan como adultos responsables de sus actos en la lujosa residencia londinense en cuestión. Más allá de la debilidad de la pareja paterna y la dependencia de ambos cónyuges para con la niñera/ cocinera/ mujer de limpieza/ ama de llaves/ consejera multifunción, la versión del muchacho del incidente principal la conocemos a través de su amistad con una vecina adolescente de un departamento de un piso de arriba del edificio, Bobbie (Pamela Franklin), hija de un médico, el Doctor Medman (Jack Watling), bella señorita a la que le cuenta que la verdadera artífice de haber matado a Susy fue la anciana, quien dos años atrás debía cuidar a los chicos ante la ausencia de los progenitores y de repente salió del lugar luego de una llamada telefónica, conduciendo a la nena a jugar sola por la casa y a caerse dentro de la bañera al pretender recuperar su muñeca, lo que le generó un golpe que pudo ser fatal o no, detalle que en última instancia no importa porque a su regreso la señora comenzó a llenar el recipiente de cerámica sin chequear su interior y así la nena terminó muriendo sí o sí, en esta ocasión por ahogamiento. Luego de envenenar sutilmente a la madre para que la manden al hospital y de conducir a Pen hacia un infarto, la cual siempre tuvo un corazón débil desde que padeció fiebre reumática cuando bebé, el personaje de Davis le relata a la tía moribunda del niño de qué se trató aquella llamada telefónica que la llevó a dejar la casa, en esencia todo fue un encuentro final con su hija muerta como consecuencia de un aborto clandestino, vástago al que renunció para cuidar a los niños del clan acomodado Fane, por ello al descubrir el cadáver de Susy su mente se vino abajo pero no al punto de permitir que la relación de confianza, esencial para el oficio de las niñeras, desaparezca, así las cosas le echó la culpa al muchacho ante sus prejuiciosos padres y éste asimismo se enredó psicológicamente entre el odio y la repulsión crónica hacia la niñera.
El desarrollo de personajes es pausado y en verdad exquisito porque pudiendo caer en los estereotipos y las simplezas modelo hollywoodense, opta por retratar las fortalezas y las miserias de cada habitante del atribulado hogar a través de escenas gloriosamente actuadas y planificadas al dedillo. A diferencia de otros exponentes desquiciados y homicidas del Grande Dame Guignol, la protagonista de La Niñera no es una chiflada maquiavélica de por sí o un caníbal de la plutocracia sino un ser enfermo y necesitado de atención y en este sentido Holt ofrece una exégesis bastante piadosa de los padecimientos mentales del purrete y de su cuidadora, el primero mostrándose agresivo y faltándole el respeto sólo después del episodio del fallecimiento de su hermanita, ese en el que observó a la veterana bañar el cuerpo de Susy como si todavía estuviese viva en un acto que lo condujo a entender su locura, y la segunda una mujer abnegada que literalmente consagró su vida a esa esclavitud moderna llamada “trabajos de cama adentro”, planteo que la dejó con la culpa de no haber atendido las necesidades de su propia hija y que se vio maximizado en función de una posible acusación de no ser eficaz en su trabajo, el núcleo mismo de su existencia, por ello en aquel momento no le quedó otra opción que culpabilizar a quien se transformaría de inmediato en su enemigo declarado, Joey. Davis y Dix están perfectos pero también suma mucho lo hecho por la vulnerable Craig, el pedante inglés marca registrada Villiers, la esnob aunque simpática Bennett, la entrañable Aubrey y sobre todo esa prodigiosa Pamela Franklin que venía de Los Inocentes (The Innocents, 1961), de Jack Clayton, y que luego brillaría en La Casa de Nuestra Madre (Our Mother’s House, 1967), también de Clayton, La Noche del Día Siguiente (The Night of the Following Day, 1969), de Hubert Cornfield, Los Mejores Años de Miss Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie, 1969), de Ronald Neame, De Repente, la Oscuridad (And Soon the Darkness, 1970), de Robert Fuest, y la querida La Leyenda de la Casa del Infierno (The Legend of Hell House, 1973), de John Hough. Sinceramente muy pocos relatos de misterio de ayer, hoy y siempre han entregado una perspectiva tan humanista y tan controlada como la del opus de Holt, quien evitando el desenlace enrevesado de Un Grito de Terror y la efervescencia freak de La Tumba de la Momia aquí nos presenta un arrepentimiento a último minuto de la niñera, justo cuando estaba por ahogar a Joey en la misma bañera donde murió Susy, que nos acerca al terreno de un drama mundano de frustraciones y venganzas entrecruzadas en donde mucho más importante que la escalada de agresiones entre los contendientes, son las pasiones de fondo, el dolor acumulado sin posibilidad de canalizarlo en algo que llene el alma y finalmente los regímenes de verdad dentro de la burguesía anodina más hermética, esa en la que se suele dar por sentado que los adultos tienen la última palabra en torno a quién está cuerdo y quién no y en la que se suele considerar que los niños no pasan de ser meros testigos inocentes de todo lo ocurrido o por lo contrario diablillos maléficos sin sustento real para sus travesuras y salidas inesperadas, reduccionismo que poco y nada tiene que ver con la praxis material ya que allí los mayores lejos están de ser garantía de certezas y los niños funcionan como “incubadoras” a largo plazo de los problemas de los anteriores y todas sus complejidades…
La Niñera (The Nanny, Reino Unido/ Estados Unidos, 1965)
Dirección: Seth Holt. Guión: Jimmy Sangster. Elenco: Bette Davis, William Dix, Wendy Craig, Pamela Franklin, Jill Bennett, James Villiers, Jack Watling, Angharad Aubrey, Maurice Denham, Harry Fowler. Producción: Jimmy Sangster. Duración: 93 minutos.