Taxi para Tobruk (Un Taxi pour Tobrouk)

Conociendo al enemigo

Por Emiliano Fernández

Gran parte del cine norteamericano industrial volcado a la Segunda Guerra Mundial, tanto aquel realizado durante el conflicto como en el período posterior, estuvo orientado durante años a demonizar a los alemanes primero con fines políticos/ militares propagandísticos y luego simplemente por el clásico aprovechamiento retórico del adversario por antonomasia ya construido en el imaginario popular de yanquilandia y demás países asociados, situación que sólo comenzó a quebrarse en la década que separa a las dos películas fundamentales que desarmaron el reduccionismo histórico de turno, hablamos de Doce del Patíbulo (The Dirty Dozen, 1967), de Robert Aldrich, y La Cruz de Hierro (Cross of Iron, 1977), de Sam Peckinpah, la primera encargada de demostrar hasta qué punto se pueden hallar forajidos en casa y utilizarlos en combate, aquí a través de un relato en el que unos convictos mutaban a instancias del Estado en un pelotón con una misión semi suicida comandado por el Mayor Reisman (Lee Marvin), y la segunda directamente poniéndose en los zapatos del enemigo para humanizarlo y subdividirlo entre los oligarcas gerenciales y unos soldados símil carne de cañón a martirizar, ahora mediante el accidentado derrotero de una unidad a cargo del Sargento Rolf Steiner (James Coburn) y sus luchas contra el aristocrático y maquiavélico Capitán Stransky (Maximilian Schell), engendro deseoso de esa condecoración del título. Ahora bien, incluso antes que aquellas los franceses realizaron una película extraordinaria que sintetiza todos los planteos vanguardistas posteriores, Taxi para Tobruk (Un Taxi pour Tobrouk, 1961), dirigida por Denys de La Patellière y escrita por el susodicho, René Havard y el querido Michel Audiard, encargado de siempre de todos los diálogos, una obra que no sólo prescinde de la condena boba de Hollywood, esa facilitada por una distancia espacial, simbólica y cultural tendiente a homologar las barrabasadas de los altos mandos del territorio con todo el conjunto de la tropa como si fuese un manojo homogéneo sin rispideces internas y variopintas de toda clase, sino que pone en primer plano la posibilidad de colaboración entre opuestos y la dificultad de seguir peleando cuando entra a jugar en la dialéctica bélica el conocimiento mutuo verdadero por el tiempo y la intimidad compartidas a pura fraternidad sutilmente involuntaria, algo que se vincula con aquella reconstrucción material de las naciones destruidas y la correspondiente a los lazos intra europeos después del acecho y las bombas y masacres generalizadas entre los Aliados y las Potencias del Eje.

 

La acción se sitúa en la Campaña del Desierto Occidental o Guerra de África del Norte, una subcontienda que duró entre 1940 y 1943 y que en esencia pasó, en primera instancia, por las escaramuzas entre los ineptos fascistas italianos y los británicos, los primeros queriendo dominar la zona sirviéndose de su colonia, Libia, como punto neurálgico, y en segundo lugar, por la serie de choques entre las fuerzas de los Aliados y el Afrika Korps del mítico Erwin Rommel alias “El Zorro del Desierto”, un militar brillante que se lució durante la Primera Guerra Mundial y que logró una retahíla de victorias sobre sus lelos e inexpertos contrincantes hasta luego sufrir una enorme escasez de suministros, léase agua, víveres y armamento, debido a que el centro de atención para Adolf Hitler mutó del desierto africano y sus pozos petroleros al Frente Ruso, símbolo evidente -como en el caso de las Guerras Napoleónicas- de una derrota progresiva por el voluminoso territorio a cubrir y la guerra de guerrillas implementada por los soviéticos. Teniendo por telón de fondo aquellas Primera y Segunda Batallas de El Alamein, Egipto, de julio y octubre/ noviembre de 1942, lo que implica el declive ya casi terminal del Afrika Korps y su puerto favorito de contacto con Europa, Tobruk, en Libia, el relato se centra en una unidad castrense de la Francia Libre de Charles de Gaulle que pierde a su teniente en los enfrentamientos y debe valerse sola en su periplo de vuelta desde el Tobruk ocupado por los alemanes hacia El Alamein para reunirse con el resto de los Aliados. Al mando del Brigadier Theo Dumas (Lino Ventura), un ex campeón de boxeo y dueño de un bistró parisino que vive en Londres, sus tres supuestos subordinados aunque pares en la praxis, ese también exiliado François Gensac (Maurice Biraud), el judío hiper antinazi Samuel Goldmann (Charles Aznavour) y el ex detenido y hoy fugado Jean Ramírez (Germán Cobos), terminan vagando en el vasto desierto sin saber bien dónde están y para colmo se quedan sin vehículo cuando Ramírez, el encargado de la ametralladora, le dispara a un avión germano y éste les devuelve el favor destruyendo el jeep, la comida, la bebida y la radio. En plena caminata bajo el sol ardiente descubren a cuatro soldados comiendo del bando contrario, a quienes asesinan para tomar su vehículo y provisiones, y así hallan agazapado al mandamás, el Capitán Ludwig von Stegel (Hardy Krüger), un oficial al que toman prisionero de inmediato para entregarlo a las autoridades aliadas en Egipto justo en el momento en el que pretendía comunicarse con sus superiores.

 

Al inicio algo difícil porque el alemán, un militar de carrera con esposa e hijo que vivió dos años en París en la Ciudad Universitaria, se niega a ayudar a sus captores, la convivencia de a poco mejora debido a que el prisionero le ofrece el botiquín médico al hebreo, un doctor, para que le cure una quemadura infectada a Gensac y los asiste en materia de la toma de decisiones para sobrevivir en el páramo, desatascar el jeep de la arena y trazar un curso que los saque de los médanos interminables. Necesitados de combustible para seguir el viaje, se hacen pasar por nazis y se suman a un convoy de alemanes que van a Siwa, oasis de Egipto, donde consiguen gasolina luego de noquear a Von Stegel aprovechando que Samuel habla algo de alemán, incluso debiendo esquivar a un francés prisionero que reconoce al doctor. Luego de sobrevivir a unos bombardeos que llevan a Dumas alias Dudú y al reo a quedar enterrados bajo la arena removida, con este último convidando después una botella de coñac a los excavadores que lo rescataron, la afabilidad llega a un punto tan extremo que cuando quedan varados de nuevo con el vehículo y con riesgo de que se vuelque los galos bajan para empujar y dejan al volante -y solo con las armas- a Ludwig, señor que pasa a controlar temporalmente la situación porque los mantiene prisioneros y los exhorta a que lo ayuden a desencajar el jeep de la arena, algo a lo que el cuarteto se rehúsa y así provoca como respuesta que el germano les niegue el agua bajo el calor arrasador. El capitán no puede vigilarlos en soledad porque los soldados franceses se turnan para dormir de a pares durante la noche y en la mañana todo vuelve al estado previo y luego almuerzan caracoles cocinados por Von Stegel, sin embargo la tranquilidad dura poco ya que en el derrotero a El Alamein se topan con un campo minado y repleto de alambre de púas, al que deciden atravesar siguiendo sus propias huellas de antaño aunque ahora sin el mapa que detalla la localización de las cargas explosivas, ese que quedó en Tobruk junto al cuerpo del teniente. Al perder el “rastro seguro” del camino y optar retroceder para rodear el campo, el alemán salva al brigadier de morir pero François pisa una mina y termina muy malherido en su abdomen, lo que los lleva a seguir el viaje y a eventualmente parar unos kilómetros antes de la ciudad aliada en Egipto para que Goldmann le coloque una inyección al convaleciente, donde Dumas considera seriamente liberar al enemigo como signo de agradecimiento hasta que un tanque francés ve al vehículo nazi y abre fuego, matándolos a todos excepto a Theo.

 

Ya desde su mismo título, una referencia irónica al destino pretendido del oficial alemán para poder bañarse en su casa en Libia y no precisamente una alusión a esa El Alamein que tanto anhelan los supuestos protagonistas principales, los combatientes galos, Taxi para Tobruk desarticula todos los estereotipos de ayer, hoy y siempre del cine bélico anglosajón y especialmente hollywoodense, basta con pensar que el capitán, un soldado mucho más experimentado que sus captores y con una vocación militar firme, se transforma en el líder tácito del grupo no sólo porque todos aprenden a respetarlo y admirarlo sino por el simple hecho de que el brigadier, el jerarca explícito por rango marcial del pelotón, se la pasa consultándole su opinión sobre los diferentes dilemas del periplo y cuál sería la opción más conveniente en esta exquisita aventura de supervivencia superpuesta que le debe mucho a la arquitectura dramática de El Salario del Miedo (Le Salaire de la Peur, 1953), de Henri-Georges Clouzot, en esta oportunidad reemplazando a la nitroglicerina con los uniformes militares, el chauvinismo y el odio arrastrado, todos ítems muy peligrosos que subrayan una lucha por salir con vida en la que la aridez del desierto y la desconfianza entre los hombres, todos distintos y en gran medida desconocidos como aquellos del poblado sudamericano del magistral opus de Clouzot, constituyen los grandes obstáculos a vencer a través de una cotidianeidad colaborativa que exige sí o sí una comunicación y cooperación de todos para con todos. Como muchas películas antimilitaristas y antibélicas del globo, el film de Denys de La Patellière, prácticamente su único convite memorable más allá de la amena pero inferior El Tatuado (Le Tatoué, 1968), nos presenta un desarrollo en el que las cicatrices de la conflagración se van curando de la mano de la eclosión y del descubrimiento de la idiosincrasia y la voluntad de ese otro a priori demonizado en función de prejuicios que sólo sirven a las cúpulas gubernamentales y los popes del capitalismo concentrado privado, dos gremios nauseabundos expertos en el arte de encontrar adversarios conceptuales casi siempre inventados para pintarse a sí mismos como salvadores del vulgo; lo que por cierto trae a colación el delicado desprecio implícito a la población civil del prólogo, con las familias y demás ingenuos que quedan atrás, y sobre todo el epílogo, cuando un parisino soberbio del montón (Dominique Rozan) ataca verbalmente a Dumas por no sacarse la gorra como manifestación de respeto durante un desfile de tropas en los Campos Elíseos ya en la Francia liberada, símbolo en primer lugar de la ignorancia popular en materia del sacrificio detrás de la guerra y en segunda instancia de la ridiculez general del conflicto, la separación por países, la retórica armamentista y los homenajes huecos y tardíos de las dirigencias pancistas subsiguientes, todo a su vez ilustrado mediante el hecho de que son los propios galos, léase un tanque de la Francia Libre gaullista, quienes masacran por equivocación a los protagonistas sin siquiera chequear la identidad de sus blancos o tomar prisioneros, dos opciones que el mismo grupo de Theo asimismo reproduce en el comienzo al acribillar a los germanos del jeep y optar por capturar al oficial de mayor rango. Los geniales diálogos de Audiard, un artesano irrepetible de la palabra, y la legendaria música de Georges Garvarentz, gran colaborador de Aznavour en materia compositiva, se acoplan a la perfección con el glorioso desempeño del elenco, con Ventura y Krüger a la cabeza, en esta faena tan apasionante como humanista acerca del absurdo bélico y la necesidad de conocer al antagonista para descubrir los muchos puntos en común, evitar las competencias superfluas y dejar de lado criterios cosificantes y utilitaristas basados en esa insensatez y esa explotación imperialista que tanto dolor y tanta angustia generan en todo el planeta…

 

Taxi para Tobruk (Un Taxi pour Tobrouk, Francia/ España/ República Federal de Alemania, 1961)

Dirección: Denys de La Patellière. Guión: Michel Audiard, René Havard y Denys de La Patellière. Elenco: Lino Ventura, Hardy Krüger, Maurice Biraud, Charles Aznavour, Germán Cobos, Dominique Rozan, Ellen Bahl, Roland Malet, Carlos Mendy, Roland Ménard. Producción: Denys de La Patellière. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 10