Menos que Cero (Less Than Zero)

Conociendo el fracaso

Por Emiliano Fernández

Al séptimo arte, como a cualquier estructura ficcional, le encanta los cuentos con moraleja y/ o advertencias morales porque hasta el trabajo más pretendidamente superficial anhela justificarse en algún punto más allá del terreno del entretenimiento, en esencia dejando alguna enseñanza al espectador o consumidor cultural. Si nos concentramos en los fetiches temáticos por excelencia del rubro, las drogas y el alcohol, y en la faceta más moderna o “madura” del tratamiento cinematográfico y en ocasiones televisivo, queda claro que las faenas pioneras se dividen en dos etapas, la primera conformada por Días sin Huella (The Lost Weekend, 1945), de Billy Wilder, El Hombre del Brazo de Oro (The Man with the Golden Arm, 1955), de Otto Preminger, y Días de Vino y Rosas (Days of Wine and Roses, 1962), de Blake Edwards, y la segunda compuesta por More (1969), de Barbet Schroeder, Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), de Jerry Schatzberg, El Ocaso de una Estrella (Lady Sings the Blues, 1972), de Sidney J. Furie, Pregúntale a Alicia (Go Ask Alice, 1973), telefilm de John Korty, y La Rosa (The Rose, 1979), de Mark Rydell, entre otras. Una verdadera escalada en lo que atañe al estreno de propuestas sobre la temática se produce durante los años 80, época de apogeo de los cárteles colombianos y mexicanos, de las epidemias de heroína primero y cocaína más crack después y de una intensificación de la represión en Estados Unidos y la demonización de los usuarios/ enfermos, sobre todo a través de la Guerra contra las Drogas (War on Drugs), de un excrementicio Ronald Reagan que exacerbó las políticas de Richard Nixon, y la campaña publicitaria “Sólo di no” (Just Say No), responsabilidad de la esposa del anterior y primera dama del país, la también repugnante Nancy Reagan. Sin duda los clásicos del período en cuestión son Christiane F. (Christiane F.: Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), de Uli Edel, Bajo el Volcán (Under the Volcano, 1984), de John Huston, Sid & Nancy (1986), de Alex Cox, Menos que Cero (Less Than Zero, 1987), de Marek Kanievska, La Tensión (The Boost, 1988), de Harold Becker, Bird (1988), de Clint Eastwood, y El Coraje de Volver (Clean and Sober, 1988), opus de Glenn Gordon Caron, todas ellas subrayando la estigmatización social -en muchas oportunidades franca discriminación- y el masoquismo o más bien costado pesadillesco que las adicciones arrastran de una forma u otra, casi siempre prometiendo recreación y osadía.

 

Desde ya que la estela no termina allí y durante la década siguiente o postrimerías del Siglo XX el asunto continuaría de moda a través de otra catarata de films con moraleja, pensemos para el caso en obras ya bastante más cínicas/ impostadas o menos naturalistas/ ascéticas en la tradición de Rush: Un Viaje al Infierno (Rush, 1991), de Lili Fini Zanuck, Cuando un Hombre ama a una Mujer (When a Man Loves a Woman, 1994), de Luis Mandoki, Adiós a Las Vegas (Leaving Las Vegas, 1995), película de Mike Figgis, Diario de un Rebelde (The Basketball Diaries, 1995), de Scott Kalvert, Trainspotting (1996), de Danny Boyle, Gia (1998), célebre odisea para HBO de Michael Cristofer con Angelina Jolie, y Réquiem para un Sueño (Requiem for a Dream, 2000), de Darren Aronofsky. Descartando realizaciones foráneas, centradas en fases históricas previas o simplemente de impronta biográfica, en la década del 80, un período decadente e hiperbólico que le escapa por igual al nihilismo de los 70 y al exceso de autoconciencia de los 90 y el nuevo milenio, sobresalen El Coraje de Volver, un trabajo un tanto mucho sermoneador con Michael Keaton, La Tensión, convite histérico protagonizado por Sean Young y un James Woods monumental, y Menos que Cero, conocida en castellano bajo los poco sutiles títulos de Corrupción en Beverly Hills y Golpe al Sueño Americano, obra escrita por Harley Peyton, quien luego se convertiría en uno de los principales guionistas y productores de Twin Peaks (1990-1991), la serie de David Lynch y Mark Frost, a partir de la novela debut homónima de 1985 de Bret Easton Ellis, señor que luego inspiraría Psicópata Americano (American Psycho, 2000), de Mary Harron, Las Reglas de la Atracción (The Rules of Attraction, 2002), de Roger Avary, y Los Confidentes (The Informers, 2008), de Gregor Jordan, y escribiría otras faenas polémicas pero mucho menos interesantes como Los Cañones (The Canyons, 2013), de Paul Schrader, La Maldición de Downers Grove (The Curse of Downers Grove, 2015), de Derick Martini, y Asesinos de Caras Sonrientes (Smiley Face Killers, 2020), de Tim Hunter. Como todo producto de la idiosincrasia de Ellis, en este caso muy higienizado por Hollywood, Menos que Cero funciona como una autopsia de la apatía, el consumismo, la violencia apenas camuflada, la paranoia y el hedonismo freak de los sectores privilegiados del capitalismo salvaje y neoliberal que asciende durante los años 70 y 80 y domina nuestro Siglo XXI.

 

La película no tiene historia alguna y nos ofrece una colección de secuencias volcadas al desarrollo de personajes que pintan el mismo exacto “punto muerto” existencial, apenas con un puñado de cambios de tanto en tanto: después de un prólogo sucinto ambientado en la graduación del colegio secundario de los tres protagonistas ricachones de Los Ángeles, Clay Easton (Andrew McCarthy), su eventual ex novia Blair (Jami Gertz) y el mejor amigo de ambos, Julian Wells (Robert Downey Jr.), el derrotero en sí comienza seis meses luego cuando el primero recibe una llamada telefónica de la ninfa para invitarlo a regresar con motivo de la víspera navideña, así el joven de 20 años viaja desde la Costa Este, donde estudia en una universidad, hacia la ciudad donde todavía residen Blair y Julian, flamante pareja venida a menos porque no pretenden cursar carrera alguna y ambos son adictos a la cocaína. Mientras Clay y Blair se acercan cada vez más y recuperan la fogosidad de antaño, Julian no deja de profundizar su espiral descendente porque fracasó un proyecto personal, la apertura de una compañía discográfica, y un plan de respaldo que había improvisado en el camino, la compra de un bar y club nocturno con 15 mil dólares pedidos prestados a su tío, Robert Wells (Michael Greene), el cual retira su palabra y el dinerillo después de hablar con el padre del muchacho, Benjamin Wells (Nicholas Pryor), quien lo expulsó de la casa y prácticamente lo desheredó debido a sucesivos robos por parte del también veinteañero para financiarse la drogodependencia. Lo peor del periplo de Julian no pasa por la dimensión familiar sino por el vínculo con su dealer del jet set, Rip (James Spader), ex compañero de escuela de esta fauna juvenil que acumuló una fortuna vendiéndole polvo blanco a la alta burguesía de California y que no se toma para nada bien que el personaje de Downey Jr. le deba 50 mil dólares, por lo que lo obliga vía su matón, Bill (Michael Bowen), a prostituirse realizando sexo oral a la clientela gay de Palm Springs. El asunto va escalando en tensiones entre un Clay en plan vacacional, una Blair que trabaja de modelo y vive esnifando cocaína y un Julian siempre al borde del óbito por sobredosis, sin embargo cuando todo parecía arreglarse, de la mano de los tres amigos apoyándose mutuamente de nuevo y superando las amenazas mafiosas de Rip, Julian desperdicia una vez más una tregua con su progenitor y a posteriori de una pelea con el narcotraficante y Bill colapsa en el Corvette rojo de Easton.

 

El film de Kanievska, un británico que había dirigido otra película interesante, Otro País (Another Country, 1984), acerca de la formación del futuro espía soviético Guy Burgess, y que sería responsable de un par de opus sumamente fallidos, el caper cómico Donde Esté el Dinero (Where the Money Is, 2000) y el thriller de espionaje Tercera Identidad (A Different Loyalty, 2004), por un lado sistematiza con paciencia los componentes del decadentismo ochentoso símil Lado B de la cultura del lujo y la ostentación artificialoide, sobre todo el egoísmo, las fiestas, el sexo casual, las drogas, la claustrofobia, los desvaríos pueriles, la abulia, el sadismo, las mentiras y la vacuidad o mediocridad intelectual e ideológica, y por el otro lado pinta de pies a cabeza la bancarrota ética de la juventud burguesa de ayer y hoy, esa que en pantalla muta en sinónimo de primero una nostalgia permanente para con la falta de responsabilidades de la niñez o pubertad, segundo un culto por la apariencia en función del cual “lucir bien” resulta más importante que la sinceridad de la tristeza o la felicidad, tercero una cocaína y un crack omnipresentes que hacen las veces del lenguaje del ocio y cuarto una indiferencia nada sutil en relación a la utopía de promoción social homologada a las carreras universitarias, esta última muy importante desde siempre en las clases bajas y medias. Menos que Cero, título que remite al primer single de My Aim Is True (1977), el álbum debut de Elvis Costello, recordada canción sobre el fascista inglés Oswald Mosley, como decíamos antes rebaja mucho la carga iconoclasta y pirotécnica de la novela de Ellis, libro que tendría una secuela tardía, Suites Imperiales (Imperial Bedrooms, 2010), y que por cierto está más centrado en la heroína y en un Rip más tenebroso -en el texto tiene a su disposición a una mocosa de doce años que funciona de esclava sexual, siempre desnuda, drogada y atada a su cama- y un Clay que de “cruzado antidrogas” no tiene nada, de hecho en las páginas consume, es bisexual y adopta una actitud pasiva ante el calvario de Julian y otras criaturas del montón, no obstante la epopeya que nos ocupa compensa su redundancia en trama y diálogos gracias a la exquisita fotografía de Edward Lachman, muy influenciada por la publicidad y los videoclips como casi todo el acervo audiovisual del momento, al excelente desempeño de Spader y Downey Jr. por sobre los rezagados McCarthy y Gertz, todos actores vinculados a la usina de comedias de la época del grasiento John Hughes, y al soundtrack de ambient dreampopero de Thomas Newman y la colección de canciones que en general condimentan la acción, popurrí de rhythm and blues, el primer hip hop masivo, chispazos rockeros varios y aquella furia metalizada de la segunda mitad de los años 80, destacándose los aportes de gente como Aerosmith, David Lee Roth, The Bangles, Red Hot Chili Peppers, Run-DMC, Poison, The Cult, Public Enemy, Glenn Danzig, Slayer, LL Cool J, Joan Jett and the Blackhearts y los más veteranos Roy Orbison, The Doors, Count Five y The Jimi Hendrix Experience. Por supuesto que la paradójica realización anticipa ese sustrato de plástico o de diseño del cine de los 90 en adelante al ofrecernos un retrato del reviente visceral noctámbulo y sus efectos en la vida cotidiana, aquí engolosinándose con un Julian que derrapa en la indigencia y la explotación sexual menos glamorosa, pero el encanto del film va más allá de la “cápsula del tiempo” en materia de la insensibilidad y el simulacro de bienestar porque puede no ser una de las mejores películas de los 80 pero sí una de las más representativas o sinceras por el cuidado puesto en la depravación ampulosa/ preciosista/ grotesca vista desde las anteojeras de Hollywood, en este sentido Menos que Cero posee el doble mérito de pegarle a la banalidad autodestructiva de su tiempo, sin la comodidad artística de esa mirada retrospectiva fetichizada por el cine del Siglo XXI, y de analizar a unos parásitos sociales que homologan al dinero con la felicidad mientras ofician de sanguijuelas o jueces/ verdugos de su entorno desde una superioridad moral inexistente, hoy sufriendo por aquello que más los asusta, un fracaso al que conocen por primera vez cuando se rompe la torre de cristal que sus papis levantaron para ensalzarlos y protegerlos hasta paulatinamente caer en la alienación de la posmodernidad y sus callejones sin salida…

 

Menos que Cero (Less Than Zero, Estados Unidos, 1987)

Dirección: Marek Kanievska. Guión: Harley Peyton. Elenco: Robert Downey Jr., James Spader, Andrew McCarthy, Jami Gertz, Nicholas Pryor, Michael Bowen, Michael Greene, Tony Bill, Donna Mitchell, Sarah Buxton. Producción: Jon Avnet y Jordan Kerner. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 7