En el Abismo (Over the Edge)

Consecuencias de la estigmatización

Por Emiliano Fernández

Muchas veces al hablar de En el Abismo (Over the Edge, 1979), dirigida por Jonathan Kaplan y escrita por Charles S. Haas y Tim Hunter, se la suele incluir a puro automatismo y/ o vagancia en la misma bolsa de las otras películas que surgieron a fines de la década del 70 para entender/ explotar/ analizar el fenómeno de las pandillas juveniles y sobre todo el surgimiento del punk como movimiento contracultural de influjo retro vanguardista que no se limitaba a lo musical porque solía abarcar la vida, cultura e ideario de los adolescentes y adultos jóvenes de gran parte del globo, grupo de realizaciones variopintas en línea con Los Guerreros (The Warriors, 1979), de Walter Hill, Noches de Bulevar (Boulevard Nights, 1979), de Michael Pressman, Calles de Sangre (Walk Proud, 1979), de Robert L. Collins, y Los Pandilleros (The Wanderers, 1979), de Philip Kaufman, entre otras. A diferencia de aquellos trabajos, sinceramente la mayoría de ellos bastante esquemáticos y tontuelos al punto de que no envejecieron para nada bien debido a su pretensión exploitation y algo aniñada de incorporar elementos de Romeo y Julieta (Romeo and Juliet, 1597), de William Shakespeare, a la dinámica suburbana de la exclusión social, la vehemencia, la paranoia y temáticas semejantes, el film que nos ocupa sí explora de manera maravillosa y realista los pormenores de su momento y hasta se podría decir que mantiene una enorme vigencia gracias a que la dialéctica del terror burgués a la delincuencia y la tendencia a confinarse en barrios cerrados o comunidades fortificadas de probeta continúan en el candelero a pesar de las décadas transcurridas desde el estreno de la película, en suma una mezcla prodigiosa de film noir de rebelión infantil, melodrama de abulia suburbial e historia de aprendizaje/ bildungsroman/ coming of age que hace foco en la falta de interés de los padres para con sus hijos, la tendencia plutocrática a medirlo todo en términos de dinero y acumulación de riqueza, las utopías de cartón pintado a lo proto country o colectividad alejada del bullicio urbano pero no tanto, el papel represor de una policía que de “proteger y servir” tiene poco y nada, los negociados inmobiliarios posmodernos de los dirigentes políticos y finalmente la complicidad de la lacra educativa, con profesores y personal no docente a la cabeza, en esto de demonizar a los purretes prejuzgándolos como “enemigos en potencia” a reprimir.

 

Más allá de todo este entramado psicológico, social, institucional y massmediático amigo de vincular a los alumnos con la delincuencia hasta el punto de provocar un odio tan grande que, precisamente, va acercando a los chicos a actos criminales como el vandalismo, las drogas y el hurto, En el Abismo asimismo echa mano del típico aburrimiento y frustraciones de las primeras dos décadas de la vida de la mayoría de las personas, esas en las que uno es demasiado joven como para ser tomado en serio por completo por los adultos pero también progresivamente demasiado grandecito como para no hacerse responsable de sus actos, aunque sin caer en el estereotipo de centrarse en vecindarios de clase baja de alguna gran metrópoli o en los gigantescos cordones empobrecidos que viene dejando el capitalismo desde comienzos del Siglo XX: aquí la trama, basada en sucesos reales acontecidos en una comunidad planificada de Foster City, en el Estado de California, perteneciente a una clase media setentosa con niveles muy elevados e inusuales de criminalidad juvenil, indaga en la alienación que sufren los chicos de New Granada, otra colectividad burguesa en desarrollo pero ahora en los suburbios de Denver, en Colorado, donde conviven mocosos que viven en monoblocks habitacionales para clanes de bajos recursos y “nenes bien” que disfrutan de casas muy espaciosas con garaje y todas las comodidades imaginables. Así las cosas, los protagonistas son dos adolescentes, el lumpen Richie (debut en pantalla de Matt Dillon) y el burgués Carl (excelente desempeño de Michael Eric Kramer), quienes como todos los niños del pueblo se la pasan siendo acosados por la principal autoridad de la policía, el Sargento Doberman (Harry Northup), a su vez perro faldero del presidente de la asociación de propietarios, el petulante Jerry Cole (Richard Jamison), cuya única obsesión es vender los terrenos que quedan vacantes en la comunidad como el que está enfrente del centro de recreo de los purretes, el único lugar que sienten propio debido a que los planificadores de New Granada y los actuales habitantes no tuvieron en cuenta que una cuarta parte de los que allí viven tiene 15 años o menos, por ello los chicos matan el tedio con alcohol, sexo, drogas, vandalismo y el viejo y querido rock and roll que aporta un marco subversivo ante la estigmatización de los padres, los docentes, las autoridades públicas y la maldita policía.

 

En el principio del relato Mark Perry (Vincent Spano), otro púber, le dispara con un rifle de aire comprimido a Doberman y se consagra a la fuga junto a un cómplice, no obstante el oficial arresta a Carl y Richie con la intención de interrogarlos/ asustarlos en la comisaría para que revelen la identidad de los responsables, algo que los jóvenes no hacen y por ello son retirados por sus respectivos padres, Richie por su madre de escasos recursos (Laura Brew-Sluder), con la que comparte la animadversión contra las figuras de autoridad, y Carl por su padre vendedor de Cadillac, Fred Willat (Andy Romano), a su vez casado con una mujer, Sandra (Ellen Geer), que tampoco sabe cómo lidiar con el chico porque está tan obcecada en su propia vida como su marido. Juntándose además con otros amigos como Claude (Tom Fergus) y Johnny (Tiger Thompson), Carl termina siendo golpeado por Mark cuando lo provoca luego de verlo con la chica de la que está enamorado, Cory (Pamela Ludwig), y pronto deduce que Cole y su padre instaron a Doberman a cerrar el centro recreativo más temprano, incluso antes del horario ya infantil de las seis de la tarde, para mostrar a un millonario texano, Sloan (Lane Smith), el terreno de enfrente, donde en un principio se iban a construir un autocine y un bowling y ahora el proyecto se volcó hacia un parque industrial. El sargento presiona al dealer vernáculo, Tip (Eric Lalich), para que le diga cuál fue su último cliente y así entra en el centro y arresta a Claude con marihuana encima, lo que genera una rebelión de los chicos, que Carl destroce el motor del coche de Sloan y que vayan en conjunto a apretar a Tip para que confiese y arrojarlo al agua de su lujoso condominio alrededor de un lago artificial, consiguiendo exacerbar el odio de los padres y desde ya anular la venta al texano. Todo termina de explotar cuando Tip señala a los involucrados en el asunto y le dice a Doberman que Richie le apuntó con un revólver, arma a su vez robada de una casa por Cory y su amiga Abby (Kim Kliner), provocando que los dos chicos quieran huir en la camioneta de la madre de Richie aunque sin darse cuenta de que son seguidos por el policía en lo que eventualmente muta en persecución y asesinato del personaje del estupendo Dillon cuando saca el revólver ante el uniformado, el cual le dispara detonando a su vez una feroz revolución juvenil contra los adultos de la metrópoli.

 

El guión de Haas, célebre por su trabajo extraoficial en Tron (1982), de Steven Lisberger, y sus dos colaboraciones con Joe Dante, Gremlins 2: La Nueva Generación (Gremlins 2: The New Batch, 1990) y Matinee (1993), y Hunter, a posteriori realizador de las interesantes Tex (1982), A la Orilla del Río (River’s Edge, 1986), Una Vida cada Día (The Saint of Fort Washington, 1993) y Control (2004), trabaja el más que entendible hastío pueril y toda su angustia por persecuciones sistemáticas mediante un naturalismo envidiable que no cae en ningún momento en los clásicos clichés o caricaturas del mainstream porque se mantiene firme cerca de los muchachos y muchachas y sus preocupaciones, por ello compatibiliza el desprecio acumulado que Carl siente ante su progenitor, un personaje muy asociado a la oligarquía de propietarios comandada por Cole, con el nacimiento de un romance con Cory, su amistad de siempre con el querido ácrata Richie y hasta su relación en metamorfosis con Mark, a quien en un inicio detesta por los problemas en los que lo metió y aquella golpiza nocturna y luego comprende cuando lo ve tan aburrido, tan extraviado y tan preso de los caprichos mierdosos de los adultos como él mismo, llegando a asociarse con el susodicho a la hora de destruir y prender fuego todo y encerrar a los docentes, padres, Cole y Doberman en el colegio cuando estaban en una agitada reunión para discutir cómo manejar de allí en más a los purretes después de la muerte de Richie, por supuesto con el sargento abogando por mano dura, el jerarca de los propietarios lavándose los garfios y sólo interesado en la especulación inmobiliaria, los profesores echándole la culpa a los progenitores abúlicos del montón y Fred denunciando lo anterior y hasta reconvirtiéndose hacia la autorreflexión paterna en lo que atañe al fracaso de la comunidad en general en eso de escuchar y respetar las necesidades de los hijos que ellos trajeron al mundo y a ese emporio suburbano en especial, el cual resultó no ser tan idílico ni tan cómodo ni tan seguro como esperaban a priori. Kaplan, que había empezado su trayectoria trabajando para Roger Corman y luego filmaría cosillas tan variadas como por ejemplo las recordadas Truck Turner (1974), Proyecto X (Project X, 1987), Acusados (The Accused, 1988), Obsesión Fatal (Unlawful Entry, 1992) e Inocencia Robada (Brokedown Palace, 1999), condimenta el cóctel con múltiples referencias a bandas que en su momento estaban en lo más alto de su popularidad y/ o destreza creativa en sintonía con The Cars, Ramones, Cheap Trick, Van Halen, Kiss, Little Feat y AC/DC, subrayando lo importante que es la construcción de modelos simbólicos alternativos de vida cuando los hogareños y educativos son sinónimos no sólo de conformismo y mediocridad sino de prohibiciones, castigos y un hostigamiento en espiral de nunca acabar. La franqueza y la efusividad de En el Abismo, sin duda la mejor odisea de revuelta estudiantil posmoderna, tampoco esquivan el sustrato catártico de la violencia, esa que las autoridades y su altanería infinita inspiran en los mocosos, porque la obra llega al punto de matar al personaje más desdeñado y pusilánime del lugar, Doberman, ejemplo perfecto de las fuerzas de represión que son buenas acosando a pobres diablos, infantes o chivos expiatorios pero no sirven de nada contra el crimen organizado, aquí pereciendo cuando Mark cambia el aire comprimido por una escopeta robada y le dispara a la patrulla con Carl adentro, quien consigue escapar justo antes de que el automóvil estalle dentro del bendito centro de recreación. El opus de Kaplan supera el típico retrato de la rebelión juvenil cual “problema pasajero” atávico de esa fase de la existencia porque vuelca todas sus herramientas retóricas a evidenciar cuán verdaderos y sensatos son los purretes en sus apreciaciones y cuán necios e insensibles pueden ser sus padres en tanto ejemplos de lo que les espera a futuro si se olvidan de lo sucedido y optan por la sumisión estándar de unas mayorías prestas a seguir reproduciendo los mismos patrones de siempre de una sociedad enferma que privilegia el egoísmo y la antropofagia general en detrimento de la solidaridad, esa que precisamente muestran los chicos entre sí cuando Carl, Mark, Abby y muchos más son llevados -ironía agridulce mediante- en un vehículo amarillo símil ómnibus escolar a la penitenciaría mientras son saludados desde un puente por Cory, Claude y Johnny y suena de fondo la genial Ooh Child (1970), de Five Stairsteps en la bella voz de Valerie Carter…

 

En el Abismo (Over the Edge, Estados Unidos, 1979)

Dirección: Jonathan Kaplan. Guión: Charles S. Haas y Tim Hunter. Elenco: Michael Eric Kramer, Matt Dillon, Pamela Ludwig, Vincent Spano, Tom Fergus, Harry Northup, Andy Romano, Ellen Geer, Richard Jamison, Lane Smith. Producción: George Litto. Duración: 95 minutos.

Puntaje: 10