Avatar: Fuego y Cenizas (Avatar: Fire and Ash, 2025), nueva película de James Cameron dentro de la saga que comenzase con Avatar (2009) y continuase de la mano de Avatar: El Camino del Agua (Avatar: The Way of Water, 2022), no es sólo un festín visual como suele decir la crítica de cine más idiota y mercenaria volcada a los consumos mainstream, lelos que hacen un culto de la chatarra, sino también una estupenda parábola sobre el estado del mundo de hoy en día en materia de la destrucción del planeta y el desvío de recursos desde las mayorías populares hacia los sectores más concentrados de la economía, mensaje que enerva a la prensa clasicista de derecha y la fauna cinematográfica arty porque los pone en la incómoda posición de asumirse como conservadores y/ o filofascistas que no saben cómo reaccionar cuando un blockbuster propone un discurso sincero de choque. En términos prácticos Avatar: Fuego y Cenizas no logra superar -por muy poco, hay que decirlo- la primera película pero sí sobrepasa la secuela previa dentro de una cosmovisión que por un lado continúa denunciando el imperialismo plutocrático estadounidense y europeo a través de la metáfora tácita de la Conquista de América, eufemismo por la esclavitud primero y el genocidio después de los pueblos indígenas a instancias de la lacra española, portuguesa, francesa, inglesa y neerlandesa, entre otras, y por el otro lado complementa el asunto con las Rutas de las Especias de la Edad Media en adelante y con los enfrentamientos entre las distintas tribus del continente americano durante el período precolombino, nos referimos respectivamente a lo que en pantalla se denomina Comerciantes del Viento (Wind Traders), unos Na’vi nómadas y proto capitalistas, y clan Mangkwan, uno de los antagonistas de la realización porque es una estirpe aborigen belicosa volcada a la rapiña ya que vive en las inmediaciones de un volcán que eventualmente incendió toda vegetación o posibilidad de conseguir alimentos de forma pacífica, en esencia el opuesto exacto con respecto a cómo viven -o solían vivir, debido a las guerras de liberación contra esta mafia colonialista- los clanes Omatikaya, de las junglas/ árboles, y Metkayina, perteneciente a mares y océanos.
Por suerte Cameron sigue combinando el western revisionista, el engranaje testimonial, el melodrama y el relato de aventuras, un combo perfecto para la clase de épica folletinesca de izquierda que se propone construir, y nos ahorra aquel fetiche hollywoodense para con los pueblos originarios en “versión civilizada” o amigables para con el gusto del espectador posmoderno promedio, léase los mayas, aztecas e incas, por ello nuestros infaltables Na’vi, unos humanoides azulados y de apariencia felina amantes de los dreadlocks, son bastante rústicos y es precisamente esa visceralidad la que calza de maravilla tanto en su impronta espiritual, un budismo con fuertes ingredientes de animismo, como en su filosofía política al momento de enfrentarse a la entidad humana que pretende asentarse en Pandora, luna del planeta Polifemo, la Administración del Desarrollo de Recursos (Resources Development Administration o RDA), en este caso apuntamos a la unión de los clanes para expulsar con trabajo de hormiga -y muchas flechas y lanzas- al ejército mecanizado de los invasores. La inclusión de los Mangkwan en el guión, nuevamente firmado por el realizador canadiense y el matrimonio de Rick Jaffa y Amanda Silver, resulta muy interesante porque el principal villano del relato, el Coronel Miles Quaritch (Stephen Lang), aquel humano reencarnado en un avatar modelo Na’vi, ahora adquiere ribetes maquiavélicos cercanos a Francisco Pizarro o Hernán Cortés en lo que atañe a la estrategia de aliarse con la tribu local más dispuesta a traicionar a sus semejantes, por supuesto esos Mangkwan encabezados por la psicopática Varang (Oona Chaplin), con vistas a eliminar toda resistencia siguiendo el principio de “divide y vencerás” de Julio César y Napoleón, en el film original orientado a la obtención de unobtainium, un mineral muy valioso que oficiaba de superconductor a temperatura ambiente, y en las dos secuelas obsesionado con amrita, una mixtura entre el espermaceti, el ámbar gris y el aceite obtenido de la grasa de esos cachalotes que fueron diezmados en el pasado reciente hasta la casi extinción, en el universo melvilleano de Avatar representados mediante una enorme criatura marina llamada tulkun, ser gregario, emocional e inteligente.
A diferencia de tanto cine mainstream impresentable del Siglo XXI, la saga de películas de colores pasteles de Cameron logra combinar de modo perfecto espectáculo, sostenido en el CGI más bello jamás concebido, y mensaje, este último -como decíamos con anterioridad- vinculado a preocupaciones ambientalistas/ ecológicas pero también a la dimensión militar y paradójicamente humanista que siempre caracterizó a la producción artística del director, de allí que hoy pase al primer plano la resistencia de los tulkuns y los clanes Omatikaya y Metkayina frente a la embestida en conjunto del Capitán Mick Scoresby (Brendan Cowell), mercenario/ cazador símil Ahab al servicio de la RDA para matar a las ballenas tuneadas, Quaritch, una vez más bajo el mando de sus superiores Parker Selfridge (Giovanni Ribisi) y la General Frances Ardmore (Edie Falco), y finalmente Varang, otra de las sacerdotisas de los Na’vi, una Tsahik, que en esta ocasión aporta primero variedad idiosincrásica, siendo precisamente una apóstata que niega la deidad femenina de la especie azulada, esa Eywa que es la mismísima naturaleza de Pandora, y segundo una exacerbación de la hibridación cultural ya largamente presente en la saga, pensemos que Varang muta en la compañera romántica de Quaritch reproduciendo -y en gran medida opacando- aquel romance de los protagonistas, Jake Sully (Sam Worthington), otro humano del eje castrense reconstituido en un avatar azulado, y Neytiri (Zoe Saldaña), princesa hoy hiper racista de los Omaticaya, matrimonio que en el comienzo de Avatar: Fuego y Cenizas está en duelo por la muerte de su hijo mayor en el desenlace del opus de 2022, Neteyam (Jamie Flatters), lo que los deja con dos vástagos naturales, Tuk (Trinity Bliss), la hija menor, y Lo’ak (Britain Dalton), adolescente y narrador de este tercer eslabón, más dos hijos adoptivos que desarrollan un vínculo semi incestuoso, Kiri (Sigourney Weaver), suerte de figura cristiana muy vinculada a Eywa porque nació sin padre de ese avatar en animación suspendida de la Doctora Grace Augustine (la querida Sigourney de nuevo), y Miles “Spider” Socorro (Jack Champion), el vástago del tremendo Quaritch, a quien rescató de una muerte segura en el capítulo previo.
Más allá de los flamantes romances del coronel y la líder de los Mangkwan y de Kiri y el púber humano, Spider, efectivamente extremando el mestizaje luego de las relaciones entre Jake y Neytiri y entre Lo’ak y Tsireya (Bailey Bass), princesa de los Metkayina, los otros dos núcleos de la faena son el objetivo de Scoresby de cazar a todos los tulkuns durante un encuentro anual en las aguas de los Metkayina, proyecto homologado a una masacre que especialmente Lo’ak y Payakan, su amigote del orden de los cetáceos, pretenden evitar haciendo que los tulkuns abandonen su pacifismo recalcitrante, y la pugna que se genera alrededor de Spider, el cual iba a ser “restituido” a los humanos por los Comerciantes del Viento hasta que el plan se viene abajo por el ataque de Varang y compañía al comienzo de la trama, por ello Kiri hace su magia con la ayuda de Eywa y logra que pueda respirar el aire de Pandora sin esas máscaras reglamentarias que todos los seres humanos deben llevar en la luna de Polifemo, astro del sistema estelar Alfa Centauri, en este sentido los colonos pretenden estudiarlo para duplicar el asunto y llegar a habitar fácilmente todo el planeta, nuestra América arrasada en pantalla. Cameron reemplaza a los protagonistas de los films previos con los personajes de Champion, Weaver y la estupenda y sexy Chaplin, hija de la legendaria Geraldine, y le sigue profesando cariño a las criaturas de Lang, aquí todavía más “paternal” que antes, y Jemaine Clement, comediante neozelandés en la anatomía de un biólogo marino que se rebela contra la planificación genocida de Scoresby, el Doctor Ian Garvin. Avatar: Fuego y Cenizas, ya sinónimo de una experiencia sensorial con reglas propias, esquiva el maniqueísmo hollywoodense insoportable de siempre y apuesta por el sincretismo contradictorio, cargado de complejidad moral/ procedimental, de allí el título y el dilema entre repetir el ciclo de odio y violencia o tratar de ponerle fin pero sin tampoco dejarse humillar por los centros imperialistas de poder que depredan con locura lo natural y cosifican a cualquier población nativa que se les ponga en el camino hacia la acumulación de riqueza, sin duda el latiguillo del capitalismo salvaje extractivista del nuevo milenio…
Avatar: Fuego y Cenizas (Avatar: Fire and Ash, Estados Unidos/ Nueva Zelanda, 2025)
Dirección: James Cameron. Guión: James Cameron, Rick Jaffa y Amanda Silver. Elenco: Oona Chaplin, Sigourney Weaver, Jack Champion, Sam Worthington, Zoe Saldaña, Stephen Lang, Brendan Cowell, Jemaine Clement, Edie Falco, Britain Dalton. Producción: James Cameron y Jon Landau. Duración: 197 minutos.