La Cacería (The Hunt)

Contra la cultura de la literalidad

Por Emiliano Fernández

A primera vista La Cacería (The Hunt, 2020) parece otro rip-off de El Malvado Zaroff (The Most Dangerous Game, 1932) pero en realidad su horizonte conceptual es La Última Cena (The Last Supper, 1995), porque aquí a los seres humanos no se los caza por deporte sino por su afiliación política/ ideológica, lo que convierte a la película en una interesante y valiente anomalía dentro del anodino panorama cinematográfico de nuestros días: así como la mayoría de los exploitations tardíos del clásico de Irving Pichel y Ernest B. Schoedsack apostaban por el formato “fascistas nauseabundos persiguiendo a tarados de centro o centroizquierda”, ahora todo el asunto se da vuelta porque el guión de Nick Cuse y Damon Lindelof -este último responsable de grandes series como Lost, The Leftovers y la reciente Watchmen– se juega por una sátira muy agresiva contra ambos extremos, haciendo que unos adalides de esa seudo izquierda new age actual de cartón pintado y sin verdadera conciencia social se carguen a unos energúmenos adeptos a las armas o a negar los cambios climáticos.

 

La trama arranca cuando una de las doce víctimas despierta antes de la cuenta en el lujoso avión privado que lleva a los cazadores y por ello mismo debe ser faenado de inmediato, corte de por medio vemos cómo una colección de personajes variopintos despierta en una zona desconocida y cómo los que -estereotipos hollywoodenses mediante- pintaban como los protagonistas en cuestión, una rubia (Emma Roberts) y un carilindo (Dean J. West), terminan en pedazos. Luego de esa autoironía a la Psicosis (Psycho, 1960), la trama apuesta a una especie de clase B con presupuesto que no ahorra en gore y hermosos detalles truculentos en ocasión de las sucesivas muertes y la esperable aparición entre las víctimas de una “oveja negra” que sí sabe pelear por su trasfondo militar, la tremenda Crystal (Betty Gilpin), una mujer que descubre que no están en Estados Unidos sino en Croacia y que primero se asocia -muy a su pesar- con un tal Gary (Ethan Suplee), un negacionista de la crisis de refugiados, y luego con Don (Wayne Duvall), un vejete pajuerano y conservador.

 

La película, dirigida por Craig Zobel, no se anda con metáforas complicadas y va directo al grano ridiculizando tanto a la derecha oligofrénica contemporánea, repleta de ignorantes del vulgo y las corporaciones que se sumergen en delirios paranoicos permanentes, un egoísmo fanático, la basura religiosa antiaborto y la destrucción de la vida silvestre, como a los payasos que simulan ser “progres” y lo único que dan es risa porque jamás salieron de sus burbujas burguesas patéticas, hablamos de -sobre todo- los snobs de cotillón, las feminazis misándricas, los hipsters y bobitos alternativos de pose, los populistas que la van de “abiertos” pero en verdad son bien intolerantes, los pelmazos huecos de las redes sociales cual ágora omnipresente, los infradotados de la corrección política a los que les interesa nada la cultura y todos los otros imbéciles que ayudan a sostener a gobiernos de demagogos de derecha disfrazados de heterodoxia, hoy por hoy todo un sector en auge al igual que su complemento cual yin y yang, léase los empresarios metamorfoseados en políticos kitsch.

 

En contra de la realización se podría decir que su devenir narrativo es un tanto errático y que tarda bastante en encontrar un tono paródico a su medida, circunstancia que por suerte compensa con la virulencia de las escaramuzas y con esa invaluable Crystal de una Gilpin con las tetas infladas como síntoma de su poder retórico intrínseco y/ o frialdad homicida (si la experiencia estaría volcada en serio al underground la encontraríamos desnuda reventando a los gritos a los cazadores, no con cara de constipada y muy pocas palabras como sucede aquí). Películas sobre la vieja “afición” de los seres humanos a matar seres humanos las hay muchas y mejores, como por ejemplo Carrera contra la Muerte (The Running Man, 1987), Juego de Supervivencia (Surviving the Game, 1994) y Batalla Real (Batoru Rowaiaru, 2000), no obstante La Cacería es otra obra atractiva del heterogéneo Zobel, cuyos trabajos previos fueron ese exponente de terror cristiano llamado Z for Zachariah (2015) y la excelente y muy tétrica Compliance (2012), un drama basado en un episodio real sobre una “bromita” que desnudaba cuánto de obediencia acrítica hay en el supuesto reino social de la individualidad y la autoafirmación. Mucho más que acerca de la guerra explícita entre una nueva izquierda y una nueva derecha -ambas igual de absurdas y tontuelas- la película versa sobre la cultura de la literalidad de nuestros días, esa suerte de antiintelectualismo porfiado que no sabe leer entre líneas y ha perdido por completo el sentido del humor, detalle que queda de manifiesto en la vuelta de tuerca del desenlace y en la misma obsesión de todos los personajes por imponer su óptica/ opiniones al resto de la humanidad como si fuesen receptáculos de una verdad absoluta revelada desde las alturas…

 

La Cacería (The Hunt, Estados Unidos, 2020)

Dirección: Craig Zobel. Guión: Nick Cuse y Damon Lindelof. Elenco: Betty Gilpin, Hilary Swank, Wayne Duvall, Ethan Suplee, Emma Roberts, Dean J. West, Macon Blair, Christopher Berry, Ike Barinholtz, Glenn Howerton. Producción: Jason Blum y Damon Lindelof. Distribuidora: UIP. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 6