Siempre resulta polémico asignarle un lugar a ¡Ay, Carmela! (1990) dentro de la carrera en general de Carlos Saura ya que para muchos es la última gran película indiscutible del director y guionista español, una suerte de cierre lamentablemente algo prematuro a una trayectoria brillante que hasta ese momento había abarcado primero una “etapa de oro” correspondiente a sus obras primigenias y muchas de sus colaboraciones con su pareja de entonces, Geraldine Chaplin, léase Los Golfos (1960), La Caza (1965), Peppermint Frappé (1967), El Jardín de las Delicias (1970), Ana y los Lobos (1973), La Prima Angélica (1974), Cría Cuervos (1976), Elisa, Vida Mía (1977) y Mamá Cumple 100 Años (1979), y segundo una década del 80 todavía interesante -aunque ya visiblemente inferior, si la comparamos con el período previo- en la que el señor comenzó a trastabillar con algunas propuestas mediocres que fueron compensadas por films como Deprisa, Deprisa (1981) y El Dorado (1988) y su excelente trilogía musical de la época con el bailarín Antonio Gades, Bodas de Sangre (1981), Carmen (1983) y El Amor Brujo (1986). A posteriori Saura fue espaciando cada vez más sus convites de ficción y se fue perdiendo de a poco en una infinidad de documentales de pretendida antropología musical que ya no tenían ni la chispa ni la novedad ni mucho menos el nervio de sus trabajos con Gades, apenas destacándose sus curiosos thrillers criminales ¡Dispara! (1993), Taxi (1996) y El 7º Día (2004), más alguna que otra rareza en la línea de Tango (1998) y Goya en Burdeos (1999), además una de las últimas actuaciones del genial Francisco Rabal. En ¡Ay, Carmela! vuelve a colaborar con uno de los socios de la etapa de oro de su trayectoria, Rafael Azcona, también guionista histórico del querido Luis García Berlanga, y la jugada desde ya levanta muchísimo el nivel cualitativo de escenas y diálogos y redondea una obra exquisita acerca del rol concreto de los artistas en la vida pública y política de los países con una industria cultural extendida.
Saura fue mutando de modo paulatino y en términos estilísticos con el transcurso de los años, desde aquel “neorrealismo a la española” de sus primeras odiseas, pasando por los dramas de cadencia sepulcral de los 70 y los primeros coqueteos con el musical de los 80, hasta finalmente arribar al eclecticismo de la década del 90 y el nuevo milenio, lo que por cierto nos deja con una ¡Ay, Carmela! que en la praxis se ubica a mitad de camino entre el neorrealismo, los dramas cerebrales y la no muy trabajada vertiente cómica de su carrera, algo así como una versión retrocostumbrista de las ironías de Mamá Cumple 100 Años pero sin el surrealismo y sin aquellas denuncias acerca del carácter represivo y reprimido de la execrable dictadura franquista. La historia, basada en la puesta teatral homónima de 1987 de José Sanchis Sinisterra, mira a todo ese horror oscurantista y católico que se avecina mediante el espejo de la Guerra Civil Española, en la que tres artistas de variedades, la bailarina Carmela (Carmen Maura), su pareja Paulino (Andrés Pajares) y el asistente mudo de ambos y guitarrista Gustavete (Gabino Diego), recorren el Frente de Aragón en 1938 dando espectáculos para la tropa republicana que consisten en bailes y canciones típicas, recitados de poesías del enorme Antonio Machado, alguna que otra serie de pedos de Paulino y exaltaciones simbólicas para mantener alta la moral de los soldados. Padeciendo hambre y mucho frío, y siempre con el riesgo de morir en los bombardeos o las contiendas terrestres, los artistas deciden robar combustible y volver a su ciudad de origen, Valencia, pero terminan siendo capturados por las huestes falangistas, encerrados en un campo de prisioneros republicanos y obligados por un supuesto director teatral italiano, el Teniente Ripamonte (Armando De Razza), a montar un espectáculo para -el asunto se invierte- levantar la moral de la tropa nacionalista, contradiciendo sus convicciones ideológicas so pena de ser faenados como tantos otros que cayeron y caen bajo el fuego de los franquistas.
Como suele ocurrir en el caso de la mayoría de las películas de Saura, el planteo de base es muy sencillo aunque las ramificaciones son diversas: en primera instancia tenemos una comparación permanente en el desarrollo retórico entre Carmela, una mujer sincera que no teme decir lo que piensa y por ello el show de Ripamonte se vuelve un serio problema ya que incluye un número satírico/ insultante con una bandera republicana dedicado a los reos de las brigadas internacionales, y Paulino, un oportunista y un cobarde bien pragmático que tiende a acomodarse a la situación que sea por más que se traicione a sí mismo casi por completo, siempre más preocupado por salir con vida -ratificando la imposición que sea- que por velar por los intereses del bando democrático en contra de la ferocidad de los fascistas, aquí representados en la amalgama explícita entre la Alemania de Adolf Hitler, la Italia de Benito Mussolini y la España de Francisco Franco; en segundo lugar tenemos el entramado metadiscursivo que vuelca hacia la comarca de la diferenciación entre ficción y realidad aquellos distintos niveles narrativos de Elisa, Vida Mía y/ o el extraordinario y recordado doppelgänger de Chaplin de Peppermint Frappé, ahora enfatizando que estamos frente a un relato sobre individuos que a su vez luchan por construir un relato escénico que en simultáneo aleje a la tropa de las masacres y barrabasadas de la contienda y los impulse ideológicamente a continuar las batallas con renovado ímpetu bélico, especie de círculo vicioso que se retroalimenta por más que en el fondo busque privilegiar el dejo escapista/ cómico/ vulgar del arte, la verdadera especialidad de la troupe de artistas protagónicos; y finalmente está el contrapunto entre los caóticos milicianos republicanos del público del inicio de Carmela, Paulino y Gustavete, todos alegres, mal equipados y ultra desesperados en un trajín de talante defensivo, y la frialdad de los mucho más disciplinados soldados falangistas, cuyo entrenamiento, organización y financiamiento son por demás superiores.
Tanto Carmen Maura y Andrés Pajares como Gabino Diego y Armando De Razza están perfectos porque crean a personas reales, no simples caricaturas de lo que podría ser una epopeya farsesca, ya que aquí se piensa el papel del arte dentro de la militancia política en tanto usina creativa que modela conciencias populares o refuerza principios ideológicos que ya estaban presentes en el intelecto de los sujetos, lo que lleva a que los artistas de turno queden muy expuestos al escarnio social más impulsivo/ fetichizante o a la franca revancha cuando una facción política opositora toma el control del país y los somete a la falta de trabajo, el exilio, la muerte o a exigencias intrínsecamente degradantes como la que retrata ¡Ay, Carmela! a lo largo de un metraje que muestra de manera minuciosa las frustraciones existenciales de los protagonistas, la picardía con la que deciden hacerles frente y el trágico devenir que atraviesan en el final, cuando ella es asesinada por un energúmeno nacionalista durante el mentado número de la bandera. Es precisamente en ese suceso del desenlace donde podemos identificar la genialidad de Saura, Azcona y Sanchis Sinisterra porque Ripamonte, en su triste ingenuidad, pensaba que vestir a Carmela con el paño republicano en un sketch erótico grasiento sólo ofendería a los prisioneros, no obstante el episodio asimismo enerva a los franquistas y el teatro en cuestión estalla en un odio entrecruzado en el que la frontera entre ficción y realidad nuevamente desaparece y deriva en ese balazo en la frente del personaje de la magnífica Maura. Las primeras palabras de Gustavete del final, metáfora de la esperanza agridulce de que por lo menos una parte de la sociedad española siga haciéndole frente a la dictadura luego de la derrota republicana, algo que obviamente no fue así primero por la sumisión masiva y segundo por la falta de castigo a los atropellos, torturas y asesinatos franquistas en la restitución democrática posterior al fallecimiento del patético caudillo en 1975, en esta ocasión se unifican con el ardiente clamor de la canción popular homónima de 1936 -con una melodía que se remonta al Siglo XIX- que le da el título al film, esa que nos recuerda los sacrificios y las múltiples privaciones arrastradas por el bando republicano -“no tenemos municiones ni tanques ni cañones”- y la necesidad de seguir luchando no sólo contra los repugnantes fascistas de ayer y hoy sino también contra los inusitados cómplices circunstanciales, aquí los moros y los legionarios, referencia a la ayuda adicional que tuvieron los sublevados de los mercenarios marroquíes y las huestes de la Legión Española, suerte de imitación ibérica de la célebre Legión Extranjera Francesa…
¡Ay, Carmela! (España/ Italia, 1990)
Dirección: Carlos Saura. Guión: Carlos Saura y Rafael Azcona. Elenco: Carmen Maura, Andrés Pajares, Gabino Diego, Armando De Razza, José Sancho, Mario De Candia, Miguel Rellán, Edward Zentara, Rafael Díaz, Antonio Fuentes. Producción: Andrés Vicente Gómez. Duración: 102 minutos.