Fresas y Sangre (The Strawberry Statement)

Contracultura u oposición política ardua

Por Emiliano Fernández

El llamado Verano del Amor de 1967 fue una suerte de movimiento social con base en San Francisco, California, y resonancias mundiales vinculado a los valores y fetiches centrales del hippismo, como por ejemplo la revolución sexual, las drogas alucinógenas, la oposición a la Guerra de Vietnam, el rock psicodélico, la vida en comunas, aquel ambientalismo en ciernes, la diversidad cultural, ese gustito por viajar, el hinduismo, la meditación, el credo antiautoritario, la repetida prédica en pos de la “no violencia” y el rechazo al statu quo y el consumismo capitalista, frente a los cuales se proponía un nuevo estilo de vida centrado en el respeto al entorno esencial -reemplazo de la razón instrumental por la convivencia con la naturaleza- y en diversos criterios a mitad de camino entre el socialismo y el anarquismo, siempre desconfiando del Estado, las empresas y el pelmazo promedio reaccionario del vulgo. Si bien el Verano del Amor debe ser leído en simultáneo como producto de un largo desarrollo histórico, que se remonta a la etapa posterior a la Segunda Guerra Mundial y la progresiva pérdida de legitimidad de los adultos ante unos hijos que advertían el sustrato castrador y genocida de la cultura occidental tradicional, y como cúspide del hippismo en términos prácticos, ya que el dejo utópico y algo ingenuo de fondo tocaría un techo porque el establishment dejaría de tolerarlo y pasaría al acoso y la persecución más vehementes, lo cierto es que también representó el comienzo de la muerte o declive del movimiento porque la represión de los gobiernos obligó a los jóvenes a tomar posición en lo que atañe a las ansias de cambio del momento, si canalizarlas en un enfrentamiento contra el poder o dejar que éste gane la pulseada, en este sentido la fase del idealismo dejó en gran medida paso a la primera opción, esa de la politización más agresiva, y por ello al año siguiente tuvimos manifestaciones de descontento que provocaron brutalidad policial, militar y parapolicial como la Primavera de Praga, en la hoy extinta Checoslovaquia, la Masacre de Tlatelolco, en México, y el Mayo de 1968 en Francia, cenit del maridaje entre alumnos y proletarios.

 

Cuando se habla de la convulsión social en Estados Unidos post Verano del Amor se suele enumerar a episodios variopintos de 1968 como las protestas en la Convención Nacional Demócrata de Chicago, aquellos asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy y la Masacre de Orangeburg, suceso en el que la policía abrió fuego contra estudiantes negros que se manifestaban contra la segregación matando a tres e hiriendo a 28, no obstante hubo un caso particular que pinta de pies a cabeza las complejas tensiones que caracterizaban a la sociedad de entonces en un estado de cuasi guerra civil, las protestas de abril de 1968 en la Universidad de Columbia, una institución educativa privada de Manhattan, Nueva York, que por un lado estaba afiliada al Instituto de Análisis de Defensa, tecnócratas expertos en investigación de armas que trabajaban para el Departamento de Defensa de Estados Unidos con vistas a colaborar en el “esfuerzo bélico” detrás de la Guerra de Vietnam, un conflicto por demás estancado e interminable, y que por el otro lado pretendía construir un gimnasio segregado, léase con entradas autónomas tácitas para negros y blancos, y para colmo sobre un terreno de un parque público que estaba muy cerca de Harlem, una comunidad de clara idiosincrasia afroamericana mayoritaria. La rauda oposición al acuerdo con los fascistas del Departamento de Defensa y al proyecto del gimnasio segregado derivó en la toma por parte de los estudiantes de las instalaciones y diferentes edificios de la universidad, lo que puso al descubierto las posiciones en pugna porque los blancos pretendían sobre todo cortar el lazo entre Columbia y el aparato científico cómplice de la Guerra de Vietnam y los negros buscaban frenar el gimnasio sí o sí y sabían que el reciente homicidio de King les jugaría a favor en las negociaciones con las autoridades, temerosas de revueltas populares a raíz del asesinato del líder máximo del movimiento por los derechos civiles, amén de un grupito de estudiantes de derecha -atletas y miembros de fraternidades- que bloqueó las puertas de la calle para evitar el ingreso de alimentos y permitir la salida de cualquier desertor ocasional.

 

El resultado final fue el mismo de tantas acciones de izquierda de la época, una represión salvaje de la policía con gases lacrimógenos que en este caso cayó sobre los estudiantes caucásicos debido a que los negros pudieron negociar mediante abogados, 132 estudiantes y cuatro profesores heridos más 700 manifestantes arrestados de por medio, en suma una mega protesta que quedó inmortalizada en un libro de memorias de James Simon Kunen, La Declaración de la Fresa (The Strawberry Statement, 1969), título sarcástico que hace referencia a un patético comentario de ninguneo por parte del vicedecano de posgrado, Herbert Deane, para con los alumnos en lucha, “que los estudiantes voten ‘sí’ o ‘no’ sobre un determinado tema significa tanto para mí como si me dijeran que les gustan las fresas”. La adaptación hollywoodense de turno a instancias de la Metro Goldwyn Mayer, Fresas y Sangre (The Strawberry Statement, 1970), también conocida bajo el nombre de Las Fresas de la Amargura, es una película completamente olvidada por el público hispanoparlante pero muy tenida en cuenta por su homólogo anglosajón ya que fue una de las primeras y más explícitas intentonas del mainstream de abordar la temática de la rebelión estudiantil norteamericana de 1968, en esencia un film desparejo aunque interesante que ficcionaliza el relato de Kunen, escrito cuando tenía apenas 19 años, a través tanto del personaje de Simon (Bruce Davison), estudiante algo lelo de una universidad de San Francisco que se radicaliza de a poco para luchar contra los vínculos de la institución con el Departamento de Defensa y contra un proyecto edilicio de expansión que le come a los negros una plaza y un centro infantil, como de su círculo cercano, hablamos de su cuasi noviecita militante, Linda (Kim Darby), un amigo y compañero estudiante, Elliot (Bud Cort), el principal organizador de la toma de las instalaciones universitarias, también llamado Elliot (Bob Balaban), y un atleta que está con Simon en el equipo de remo de la casa de estudios y asimismo se vuelca hacia las movilizaciones de izquierda con resultados bien dolorosos, George (Murray MacLeod).

 

La película, dirigida por Stuart Hagmann, un realizador mediocre de raigambre televisiva aquí entregando su única obra memorable en el séptimo arte, y escrita por Israel Horovitz, fundamentalmente un dramaturgo que se encargó de los guiones de Los Intocables (Gli Intoccabili, 1969), opus de Giuliano Montaldo, ¡Qué Buena Madre es mi Padre! (Author! Author!, 1982), de Arthur Hiller, El Amanecer de un Siglo (Sunshine, 1999), de István Szabó, y Mi Vieja y Querida Dama (My Old Lady, 2014), dirigida por él mismo, en primer lugar resulta un tanto mucho esquizofrénica a nivel de su estructura dramática, con una larga primera parte de romance hippón entre Linda y Simon y un remate discursivo violento que abarca la represión policial y el ya convencimiento del protagonista de la necesidad del embate contra los esbirros de la ley, y en segunda instancia se propone retratar las utopías y la capacidad de movilización de los años 60 pero también la metamorfosis del idealismo de los comienzos, la fase del Verano del Amor, en radicalidad política organizada, el ciclo de protestas estudiantiles de 1968. Con una edición psicodélica, inserts irónicos de Kennedy y Richard Nixon, mucha cámara en mano, algunas tomas subjetivas, travellings bien kitsch e incluso proto videoclips con canciones de Joni Mitchell, Crosby, Stills, Nash & Young, Thunderclap Newman y el Neil Young solista, más el gran latiguillo de las protestas, Give Peace a Chance (1969), de John Lennon, el film adopta la posición del outsider, la criatura tontuela de Davison, en un inicio más preocupado por el remo y el sexo que por el devenir revolucionario, para explorar la efervescencia blanca de entonces y buscar más la empatía que el “vuelco intelectual” del espectador, por ello en pantalla se deja de lado la protesta afroamericana, por ello domina el melodrama con chispazos de agite de izquierda y por ello la realización tantas veces -con razón- ha recibido acusaciones de levedad hollywoodense y baches narrativos o instantes melosos muy aburridos. Sin llegar a los talones del mejor cine testimonial de la etapa, aquel sublime de Francesco Rosi, Costa-Gavras y Gillo Pontecorvo, la propuesta por lo menos se mete con tópicos muy delicados del momento como la Guerra de Vietnam, el pacifismo, las drogas, la energía contracultural del rock, la sindicalización estudiantil, el obrerismo anarquista, aquel ímpetu antisegregacionista/ integrador, la brecha generacional con los progenitores, la influencia del Che Guevara y la izquierda del Tercer Mundo, la urgencia de una cultura ya laica, el combate contra el militarismo chauvinista y en especial la denuncia de la conscripción como sistema de reclutamiento genocida y como institución lobotomizadora comunal, una que “fabrica” a los fascistas y energúmenos del pueblo junto con los medios de comunicación. Desde ya que al hablar de Fresas y Sangre se tiende a ponderar la potencia del desenlace, la pesadilla represiva, en detrimento de todo lo demás, secuencia de hecho muy poderosa que se mueve en consonancia con las masacres de indígenas de otros clásicos del cine antiimperialista en sintonía con los westerns Soldado Azul (Soldier Blue, 1970), de Ralph Nelson, Pequeño Gran Hombre (Little Big Man, 1970), de Arthur Penn, y Un Hombre Llamado Caballo (A Man Called Horse, 1970), de Elliot Silverstein, sin embargo la propuesta de Hagmann y Horovitz, dúo que volvería a colaborar en Cree en mí (Believe in Me, 1971), dramón sobre la adicción a la metanfetamina de una pareja burguesa (Michael Sarrazin y Jacqueline Bisset), no condona desde el relativismo ideológico la intolerancia de las autoridades universitarias y gubernamentales, una posición repetida en muchas epopeyas testimoniales pasadas y futuras del mainstream, y analiza a la contracultura como un compromiso de cambio con la realidad y una oposición política muy ardua, en contraposición a lo que sucede en nuestro Siglo XXI porque la apatía y la pereza del nuevo milenio llevan a la comodidad y a la cobardía de las redes sociales para exponer cualquier rechazo en detrimento de la verdadera militancia, esa de las calles y del fuego…

 

Fresas y Sangre (The Strawberry Statement, Estados Unidos, 1970)

Dirección: Stuart Hagmann. Guión: Israel Horovitz. Elenco: Bruce Davison, Kim Darby, Bud Cort, Murray MacLeod, Tom Foral, Bob Balaban, Michael Margotta, Jeannie Berlin, James Coco, Danny Goldman. Producción: Irwin Winkler y Robert Chartoff. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 6