Proyecto Florida (The Florida Project)

Contrastes del capitalismo salvaje

Por Emiliano Fernández

La pobreza no es precisamente uno de los tópicos predilectos del cine contemporáneo, como sí lo fue durante las décadas del 70, 80 y 90 en lo que respecta al enclave indie. En el nuevo milenio, a medida que el volumen de menesterosos aumentaba sin parar por esa tendencia del capitalismo a la especulación y la concentración económica en detrimento de cualquier atisbo de justicia o equidad, el grueso de los responsables de la industria -esto aconteció en todo el mundo, no sólo en Estados Unidos- se fue infantilizando cada vez más con el objetivo de refritar viejas fórmulas de los géneros de siempre bajo la quimera comercial de “apostar a seguro” en una nostalgia que nos condena a ver una y otra vez las mismas premisas hasta el hartazgo, para colmo destiladas de todo componente revulsivo. La otra cara de esta invisibilización de la escasez generalizada tiene que ver con el hecho de que la enorme mayoría de los directores actuales son burgueses de muy buen pasar y ese clásico aislamiento de la clase social poco margen deja para siquiera intentar conocer los problemas del resto de la comunidad, más allá de los clichés baratos que se suelen utilizar en el séptimo arte para retratar al paso a ese “otro” del que poco se sabe ni se quiere saber.

 

Muy lejos de lo que podemos definir como la vertiente exploitation que pretende erigir un seudo show del horror suicida -bastante patético y facilista, por cierto- de los marginados, pensemos por ejemplo en los impresentables Larry Clark, Harmony Korine y semejantes, Sean Baker en cambio se las ingenió para dar forma a una obra sincera que simplemente desea describir un estilo de vida al límite, en primera instancia dejando de lado la opción de atosigarnos con un sermón meloso sobre el ideario de los excluidos y en segundo término concentrándose en las estrategias de los susodichos para sobrevivir en un contexto social de constante persecución por parte del estado y de ninguneo sistemático por el resto de la sociedad (lo que en este caso significa que los sectores privilegiados -cada vez más endogámicos y más poderosos- consiguen contagiar su indiferencia y falsa seguridad a los lúmpenes). El director y guionista construyó una carrera a base de seguir a los marginados con su cámara sin ser condescendiente frente al gran público sentimentaloide ni fabricar ensayos soporíferos para los festivales internacionales ni armar esas condenas implícitas para que los espectadores burgueses respiren aliviados con un “menos mal que no soy yo”.

 

De hecho, la película que hizo conocido a Baker en el ámbito global, Tangerine (2015), era una hilarante anomalía que acompañaba por las calles de Los Ángeles a dos travestis en las vísperas de Navidad en pos de una “venganza de amor” contra una tercera en discordia y el mismísimo novio de una de ellas, nada menos que el proxeneta de ambas y un narco lelo del suburbio: si bien los opus previos del realizador tenían un marco conceptual similar y también se imponían como pantallazos inteligentes y minimalistas de los grupos excluidos del capitalismo salvaje actual, lo cierto es que aquel film terminó de cerrar su idiosincrasia como autor porque le permitió en simultáneo demostrar que todavía es posible un cine verdaderamente independiente que le escape a las romantizaciones y conseguir la proeza de apuntalar el enorme corazón de los personajes más con sus acciones -y con sus reacciones, sobre todo- que con las diatribas sobreexplicativas, redundantes, grasientas y bobaliconas del mainstream de nuestros días. Proyecto Florida (The Florida Project, 2017), la sucesora de Tangerine, funciona como una “obra espejo” de la anterior, ahora reemplazando a los travestis con unos niños que corretean anárquicos en un hotelucho de las afueras de Walt Disney World.

 

Nuevamente el estadounidense hace magia con actores y actrices sin experiencia previa o con muy poco bagaje escénico a cuestas, logrando un retrato crudo aunque necesario de la negligencia parental en las capas sociales consideradas “pobres” en el país del norte (remarquemos que aquí se habla de pobreza y no de miseria, el escalón más bajo del delirio colectivo consensuado -y santificado por los estados- de no hacer nada ante la hambruna y la falta de techo de gran parte de la población). Así como en nuestro sur se forman gigantescas villas en las inmediaciones de las capitales, en el otro extremo del planeta tienen edificaciones que albergan de manera temporaria -y a condición de que se paguen las tarifas correspondientes- a todos aquellos que viven en la frontera entre el hogar alquilado y el dormir en la calle. La propuesta en sí no cuenta con una trama propiamente dicha porque se preocupa por registrar, con un claro influjo documentalista, la rutina de Moonee (Brooklynn Prince), una nena de seis años que vive con su madre Halley (Bria Vinaite), una chica que la mantiene vendiendo perfumes a turistas y con la comida que le dan los misioneros de una iglesia y las viandas que le prepara Ashley (Mela Murder), una vecina y camarera de un restaurant que le entrega alimentos a cambio de que cuide a su pequeño hijo Scooty (Christopher Rivera), a su vez amigo de Moonee. Todos residen en el Magic Castle, un motel berreta que apunta a los turistas que llegan a Orlando para visitar el complejo recreativo aunque en realidad está repleto de parias que viven con lo justo, como bien lo sabe el administrador Bobby (Willem Dafoe), quien se la pasa soportando las travesuras de los nenes y lidiando con la falta de recursos de todo tipo de los adultos, los inquilinos en sí.

 

Luego de unos escupitajos a un auto y la reprimenda posterior, el asunto deriva en la amistad entre Moonee, Scooty y Jancey (Valeria Cotto), la nieta de la damnificada de turno. El catalizador del “no relato” es un incendio provocado por los purretes en una casa cercana abandonada y la decisión de Ashley de prohibirle a Scooty que se junte con las niñas, circunstancia que exacerba el carácter iracundo de Halley al punto de generar unas cuantas peleas a su alrededor y eventualmente recurrir a la prostitución para pagar el alojamiento, lo que la pondrá frente a las cuerdas debido a la hipocresía generalizada y la persecución de siempre de la policía y los servicios de protección infantil. El personaje de Dafoe es algo así como un representante de los parásitos que viven de esta gente desesperada y al mismo tiempo lo más cercano a la voz de la razón, porque es el único que comprende la situación que atraviesa Halley, ayudándola en más de una ocasión para que la joven no termine dilapidando las últimas alternativas de garantizarle una vida decente a su hija, la cual -al igual que su madre- se pasa sus jornadas tracción a hedonismo, despreocupación y meta puteadas a cualquiera que se cruce en su camino. El círculo vicioso de la autodestrucción por parte de individuos que no conocen otra forma de vivir, precisamente porque fueron criados con múltiples privaciones, ya ha sido analizado muchas veces en el pasado, no obstante -como decíamos al inicio- el cine actual gusta de hacer la vista gorda y encerrarse en una infinidad de pavadas triviales que nada dejan a futuro, por ello mismo opus como el presente cumplen su función con un gran sentido de la oportunidad que si encima viene respaldado de talento, como en este caso, la combinación resulta doblemente gratificante.

 

El cineasta se las arregla para trabajar desde la sutileza el contraste entre por un lado la desesperación de Halley y todos los que, al igual que ella, padecen un eterno aislamiento tanto económico como cultural, político y hasta en términos de distancia (no nos olvidemos de la disposición de muchas ciudades del norte, con sus construcciones muy separadas entre sí destinadas a los autitos de los oligarcas, condenando a la claustrofobia de los guetos a la mayoría de los habitantes), y por el otro lado la fantochada del circo de los parques temáticos del Estado de Florida (desde ya que Baker utiliza al gigantismo apático y gélido del complejo turístico como una muestra más de las mentiras del sueño americano, la comercialización de la niñez y en especial la locura detrás del hecho de que a metros de una de las usinas más ricas del planeta exista una barriada paupérrima de atormentados por las injusticas sociales). En Proyecto Florida -el título es irónico, se refiere al nombre que tuvo Disney World durante su desarrollo- los mocosos se comportan como nenes reales, sobre todo jugando y gritando sin un ápice de los discursillos iluminados que el mainstream suele hacerles proferir a los pequeños, y Dafoe por su parte regresa a lo mejor de su carrera, transmitiendo su sabiduría actoral mediante el rostro, su postura física y los modismos al hablar. Mención aparte merece Vinaite, una chica hermosa que se carga muchas escenas al hombro a pura confrontación con su entorno. Como sucedía en Tangerine, aquí nuevamente el desenlace es el verdadero punto de ebullición de los sentimientos ocultos tras la máscara de una fortaleza homologada a la agresión non stop, un final memorable que le moja la oreja al emporio de Mickey Mouse y termina de subrayar el encuentro entre la enajenación del capitalismo y esa inocencia malograda que se resiste a morir con todas sus fuerzas…

 

Proyecto Florida (The Florida Project, Estados Unidos, 2017)

Dirección: Sean Baker. Guión: Sean Baker y Chris Bergoch. Elenco: Brooklynn Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Valeria Cotto, Mela Murder, Christopher Rivera, Aiden Malik, Josie Olivo, Caleb Landry Jones, Macon Blair. Producción: Sean Baker, Chris Bergoch, Kevin Chinoy, Andrew Duncan, Alex Saks, Shih-Ching Tsou y Francesca Silvestri. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 9