El Sanatorio de la Clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra)

Cornucopia de abundancia

Por Emiliano Fernández

El Sanatorio de la Clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra, 1973) es una de esas películas que instauran un universo propio que se diferencia de prácticamente cualquier otro enclave artístico, sólo manteniendo asociaciones con otras obras del mismo creador, hoy el director y guionista polaco Wojciech Has, señor que a lo largo de su carrera combinó una vertiente profesional sustentada en dramas psicológicos realistas, opus donde la intimidad era sinónimo de desajustes existenciales varios, y otra volcada a la fantasía alucinatoria en la que confluyeron todas las marcas formales y temáticas por las que sería conocido en el ámbito internacional, léase travellings majestuosos, escenografías de una enorme riqueza, una picaresca deforme con inclinaciones líricas, una coyuntura retórica claustrofóbica y un fetichismo por determinados objetos y personajes que se repiten a lo largo del relato. De hecho, el film que nos ocupa retoma el formato de viaje surrealista desbordante -a mitad de camino entre la imaginación, los hechos históricos y la memoria del protagonista principal- de El Manuscrito Encontrado en Zaragoza (Rekopis Znaleziony w Saragossie, 1965), una propuesta que hasta hace poco era la más célebre del cineasta y que durante las últimas décadas viene siendo opacada por El Sanatorio de la Clepsidra ya que ésta es mucho más compacta, coherente y dinámica que la anterior, la cual a pesar de ser también una obra maestra del cine polaco sufre un poco de dispersión general a lo largo de sus tres horas de duración. La obsesión de Has con edificar coyunturas herméticas pobladas por una fauna onírica que resulta más importante que el adalid central y su periplo aquí es llevada hasta sus últimas consecuencias, incluso superando al delirio controlado y las extravagancias de El Manuscrito Encontrado en Zaragoza y Las Tribulaciones de Baltasar Kober (Niezwykla podróz Baltazara Kobera, 1988), la última película como realizador del polaco y una nueva aproximación al motivo del derrotero fantástico gloriosamente aparatoso, kitsch y alienado.

 

Basándose en la novela homónima de 1937 de Bruno Schulz, en esencia una colección de cuentos cortos interconectados de impronta ensoñada acerca del fallecimiento del padre del escritor y la infancia de Schulz como judío en el Imperio Austrohúngaro, la trama comienza como película de terror con la llegada en un tren cuasi espectral de Józef (Jan Nowicki), un hombre joven, al nosocomio del título, un hospital derruido y abandonado que está a cargo del Doctor Gotard (Gustaw Holoubek) y una única enfermera (Janina Sokolowska), con la que el médico mantiene encuentros sexuales que se evidencian desde el vamos cuando el protagonista la encuentra acomodándose el uniforme y las tetas. La visita en sí tiene que ver con el objetivo de chequear el estado en que se encuentra el anciano padre de Józef, Jakub (Tadeusz Kondrat), un veterano que en el mundo prosaico debería estar muerto pero que en la realidad paralela/ esotérica del sanatorio todavía sigue vivito y coleando porque el lugar cuenta con la insólita propiedad de crear una suerte de limbo terrenal en el que los pacientes escapan a la parca vía un intervalo temporal premortuorio que se alarga indefinidamente y que dispara episodios surrealistas en consonancia con una somnolencia muy prolongada. Józef, después de ver a su progenitor durmiente, también es invitado por el médico a echarse una buena siesta y así empieza una retahíla de escenas fantásticas que abarcan no sólo el devenir del protagonista sino también el de Jakub, algo así como su escurridizo compañero de viaje en este acertijo onírico compartido a través del cual tratan de salir con vida en medio de una enajenación que jamás cuestionan y perciben desde la más hilarante naturalidad y -en términos concretos- con la algarabía de un niño, precisamente la fase de la vida que parece dominar la odisea ya que muchos de los personajes secundarios con los que Józef se topa lo tratan como a un crío debido a que sus recuerdos, el derrotero histórico de Polonia, las utopías individuales y los espejismos más bizarros se unifican incesantemente.

 

El asunto arranca cuando por una ventana el joven se ve a sí mismo llegando al nosocomio y yéndose con un muchacho llamado Rudolf (Filip Zylber), todo un fanático de los sellos postales, y luego cuando visita a su madre (Irena Orska), la cual sufre por las repetidas ausencias de Jakub de la mano de periplos por el interior del país que no tienen mucho que ver con la vida sedentaria del clan y hermanada a una ignota tienda, lo que paulatinamente deriva en diversos encuentros con su padre, madre, Rudolf y dos hermosas señoritas que parecen dedicarse a la prostitución, Adela (Halina Kowalska) y Bianka (Bozena Adamek), y en una infinidad de situaciones grotescas con judíos ortodoxos en éxtasis, mercados y celebraciones populares desquiciadas, expediciones coloniales improvisadas, personajes históricos de cera que cobran vida de golpe cual autómatas robotizados y hasta animales variopintos como elefantes, monos, cocodrilos, pelícanos, gallinas, caballos y perros. Casi siempre utilizando a las camas como portales/ puntos de conexión entre un episodio y el otro, con el protagonista arrastrándose por debajo y encontrando a algún chiflado que oficia de introducción a lo siguiente, el relato asimismo está estructurado en torno a la presencia de un guarda ciego de tren (Mieczyslaw Voit) que Józef conoce a bordo de la formación ferroviaria que lo conduce al sanatorio y con el que se va tropezando una y otra vez a lo largo de la faena retórica, algo así como un personaje metafórico que simboliza el carácter inaprehensible de los acontecimientos expuestos y la riqueza de la imaginación humana, aquí tomando la forma en pantalla de sucesos formidables y quijotescos que le escapan a la razón instrumental o al aburrido campo racional porque no encajan en la praxis cotidiana y se abren camino en tanto latencias esplendorosas de la ilusión, como ítems -homologados a ideas y anhelos, sin duda- que “empujan” a la realidad en pos de concretizarse más allá de las restricciones que el universo material/ humano/ social guste de imponer sobre la psiquis.

 

Si bien la propuesta juega durante gran parte del metraje con el humor negro, el absurdo y la sátira con respecto al estado ruinoso de la Polonia comunista de entonces y de cualquier bien que cae dentro del acervo administrativo de los países contemporáneos y su desinterés en lo que atañe al mantenimiento de los recursos públicos y todo el patrimonio nacional, a decir verdad durante el último acto, ese que se abre con Józef finalmente despertando en el hospital y se cierra con la muerte de Jakub y su propio deceso símil metamorfosis en un nuevo guarda de tren, la historia se vuelca hacia una reflexión apesadumbrada alrededor de las miserias y derrotas de Polonia y la comunidad hebrea local durante la Segunda Guerra Mundial, señalando no sólo el Holocausto -en el que el propio Schulz, el autor del libro de base, moriría- sino también las complicidades judías en el exterminio comandado por los nazis, suerte de contrapunto para con las festividades de los primeros capítulos y su sutil crítica en lo que atañe a la ortodoxia religiosa, la parafernalia de los rituales, el misticismo arcaico hebreo y el aislamiento e impermeabilidad cultural de la comunidad en su conjunto. Esta idea de sobrepasar a la novela para incluir al mismo autor y su óbito dentro de la trama -Józef sería su álter ego, por supuesto- es una decisión magistral por parte de Has que será copiada por muchos directores a futuro a manera de comentario metadiscursivo en el que la creación se come al creador, subrayando de paso la trascendencia perenne de la obra de arte y la fragilidad pasajera del cuerpo humano que la concibió en medio de un “huracán” de nociones y criterios representativos superpuestos que aquí aparecen enmarcados en el caos que se construye en torno al protagonista y que lo supera por mucho, tratándolo a veces como una excusa para sopesar las bellas paradojas vitalistas/ mortuorias que pululan en un ecosistema anárquico, furioso y para nada interesado en asignar sentido estanco o inmóvil a las vicisitudes, sketchs, minucias y/ o tribulaciones que desfilan ante nuestros ojos incautos.

 

Saturando el devenir visual de travellings y contrapicados que a posteriori serán retomados por Terry Gilliam y diversas generaciones de cineastas, en El Sanatorio de la Clepsidra el director y guionista perfecciona lo hecho en ocasión de El Manuscrito Encontrado en Zaragoza y exprime con desparpajo e inteligencia el contexto situacional de la acción, cuidando cada objeto, personaje o animal que forma parte de la macro puesta en escena, en esta oportunidad balanceando el fetiche con los espacios abiertos de índole costumbrista, por un lado, y un minimalismo de puertas adentro de colores histéricos, ironías, erotismo inconformista y un sustrato lúgubre cercano a la decrepitud y la melancolía, por el otro lado. Los soliloquios poéticos de un campeón intuitivo y homologado a la locura se dan la mano con los pechos casi siempre al aire de las mujeres, tanto para agraciar la vista masculina como por simple acto de libertad que no se deja someter a lo que se espera en materia del “decoro” comunal, otro de los varios enclaves -como la prudencia o la sensatez o la seriedad- que terminan siendo lanzados por la ventana a lo largo del exuberante film. La misma alusión a la clepsidra, un reloj de agua que data del Antiguo Egipto y constituye el antepasado directo de los relojes de arena, se explica por su condición de símbolo de la parca para los polacos, esa muerte que en última instancia le gana a las vueltas del tiempo dentro de las paredes del nosocomio e indica que hablamos de la finitud y de un período ensoñado pero transitorio semejante a la vida diaria, “un tiempo regurgitado, de segunda mano”, como le dice Józef a Gotard antes de transformarse él mismo en otro fantasma del universo creativo cual cornucopia de la abundancia que expulsa bondades de todo tipo y de repente se seca, comprensiblemente generando una enorme frustración y la sensación de sentirse estafado porque de un momento a otro el patio de juegos desaparece, o mejor dicho muta en un ocaso etéreo donde resulta indistinguible la frontera entre realidad y ficción…

 

El Sanatorio de la Clepsidra (Sanatorium pod Klepsydra, Polonia, 1973)

Dirección y Guión: Wojciech Has. Elenco: Jan Nowicki, Tadeusz Kondrat, Irena Orska, Halina Kowalska, Gustaw Holoubek, Mieczyslaw Voit, Bozena Adamek, Janina Sokolowska, Filip Zylber, Henryk Boukolowski. Producción: Urszula Orczykowska. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 10