Silkwood

Corporaciones venenosas y asesinas

Por Emiliano Fernández

Mike Nichols fue un caso bastante extraño en el ámbito del entramado artístico yanqui porque el señor se pasó toda su trayectoria combinando con eficacia el teatro y el séptimo arte, fue querido por todos dentro de ambos rubros, se hizo de una fama de ser uno de los mejores directores de actores de Estados Unidos -lo que por suerte se correspondía con la realidad- y empezó su carrera como realizador cinematográfico con dos grandes éxitos, las hoy legendarias ¿Quién le Teme a Virginia Woolf? (Who’s Afraid of Virginia Woolf?, 1966) y El Graduado (The Graduate, 1967), a lo que se suma el dato curioso de que el susodicho tuvo una primera fase profesional vinculada a un célebre dúo cómico con Elaine May de la década del 50 e inicios de los 60, Nichols and May, artífices de una serie de tres álbumes de comedia que marcarían a muchas generaciones futuras de colegas y público, Improvisations to Music (1958), An Evening with Mike Nichols and Elaine May (1960) y Mike Nichols & Elaine May Examine Doctors (1961). En materia de la gran pantalla, a posteriori del díptico de los comienzos el norteamericano realizaría dos maravillosos clásicos de principios de los 70, Trampa-22 (Catch-22, 1970) y Conocimiento Carnal (Carnal Knowledge, 1971), y se empantanaría con dos films sinceramente olvidables, El Día del Delfín (The Day of the Dolphin, 1973) y Dos Pillos y la Heredera (The Fortune, 1975), por lo que para la época de Silkwood (1983) venía de ocho años de no filmar nada y de consagrarse a diversas puestas teatrales en Broadway, amén de encargarse del documental símil concert movie Gilda Live (1980), sobre un show de Gilda Radner, conocida entonces por su hilarante desempeño en Saturday Night Live. Como hiciese tantas veces en el pasado, aquí Nichols se vuelve a reinventar a partir de una excelente trama de las debutantes Nora Ephron y Alice Arlen, la primera una guionista y directora que sería muy famosa con el devenir de los años, lo que resultó en uno de los mejores trabajos de denuncia y/ o exponentes del enclave testimonial de los 80, obra que retoma ítems de Costa-Gavras como el costumbrismo ultra politizado.

 

La película que nos ocupa es una reconstrucción de la etapa final de la existencia de Karen Silkwood (1946-1974), una de las mártires de los movimientos sindical, antiatómico y anticorporativo, pobre mujer que luego de trabajar dos años en una planta de producción de combustible nuclear de la compañía Kerr-McGee cerca de la pequeña ciudad de Crescent, en el Estado de Oklahoma, fue envenenada con plutonio y posiblemente asesinada por la empresa justo en el momento en que iba a reunirse en Oklahoma City, la capital, con David Burnham, un periodista del New York Times, y Steve Wodka, un representante de la sede nacional del Sindicato de Empleados Atómicos donde ella militaba, todo porque la fémina venía denunciando repetidas violaciones a las normas de seguridad y de protección de la salud por parte de Kerr-McGee, un conglomerado dedicado a la exploración y producción de petróleo, gas natural, perclorato y uranio con un colorido historial de contaminación ambiental, fraudes impositivos, infraestructura defectuosa de toda índole, destrato hacia los empleados y hasta aprovechamiento de territorios en disputa política/ militar como el Sahara Occidental para extraer impunemente hidrocarburos. Aquí nada menos que la genial Meryl Streep compone a Silkwood, quien en la planta se encarga de mezclar plutonio y óxido de uranio y vive en una casa algo mucho destartalada con dos compañeros de trabajo, su novio Drew Stephens (Kurt Russell), destinado a otras faenas bien manuales, y su amiga lesbiana Dolly Pelliker (Cher), dedicada en sí a la limpieza en general del establecimiento nuclear. Separada y madre de tres hijos pequeños que viven con el padre, Karen es víctima de contaminaciones inexplicables repetidas en la planta, transferida a metalografía, donde se sacan radiografías para el control de las varas de combustible atómico, y comienza a militar en el sindicato, desde el que denuncia la sutil eliminación de imperfecciones en los negativos para no dejar constancia alguna de las varas de combustible defectuosas que se entregan a los clientes de Kerr-McGee, las plantas generadoras de energía atómica del país.

 

Quizás lo más extraño detrás de Silkwood, más allá de su valentía dentro de un acervo hollywoodense no muy apegado a las faenas testimoniales y las embestidas contra el gran capital oligopólico, sea su retrato profundamente obrero, meticuloso y marginal, algo también muy poco usual en el ecosistema del cine yanqui y su fetiche con la clase media profesional independiente: gran parte del generoso y muy bien administrado metraje de 131 minutos está dedicado a construir un lienzo reposado y paciente en torno a una típica vida del lumpenproletariado, hablamos en esencia de muy escaso tiempo para los hijos y la pareja, inestabilidad laboral permanente, desconfianza hacia las autoridades castradoras y sus amigos explotadores, malas condiciones de trabajo, miedo a ser echado en cualquier momento, sumisión acrítica por parte de muchos de los compañeros y asedio cíclico de la dirigencia para incrementar la producción o controlar a los trabajadores de diferentes formas, algo que en el relato está simbolizado en el maquiavélico gerente general, Mace Hurley (Bruce McGill), aunque también en el médico mercenario de la planta, Earl Lapin (Charles Hallahan), y en el encargado -y único compañero de ella- en metalografía, Winston (Craig T. Nelson), no sólo un espía de Hurley sino además un acosador en serie que se le tira encima a todas las mujeres que ve. El film no construye una santa sino una persona real, por ello la muestra descuidando su relación con Stephens al punto de pasarse todo el día en el teléfono, obsesionarse con encontrar una forma de sacar los negativos del lugar como prueba ante la prensa y hasta engañándolo con un compañero del sindicato, Paul Stone (Ron Silver), quien por orden de un dirigente superior, Max Richter (Josef Sommer), la insta a conseguir evidencia más por publicidad que por verdadero interés en el bienestar de los trabajadores de la planta, la cual por ejemplo cuenta con dos duchas para 75 personas por turno que están siempre cansadas porque son condicionadas a trabajar 12 horas seguidas para llegar a cumplir los contratos de producción de Kerr-McGee. Drew eventualmente la abandona y Pelliker también se queda sola cuando su pareja, una bella y rubia maquilladora de cadáveres llamada Ángela (Diana Scarwid), regresa con su marido, no obstante los tres vuelven a reunirse cuando la compañía contraataca después de que la mujer testifica ante la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos acerca de las violaciones a las normas de seguridad y salud, en esencia introduciendo plutonio en el recipiente contenedor de las muestras de orina que habitualmente los empleados debían entregar a la empresa, lo que la llevó a contaminar gran parte del baño de su casa, la cocina y la heladera y a envenenarse a sí misma sin saberlo al extremo de comprometer ambos pulmones. La noche de su fallecimiento del 13 de noviembre de 1974, a la edad de apenas 28 años, Silkwood viajaba con su auto hacia la reunión en Oklahoma City cuando fue chocada de atrás por otro vehículo y conducida a estrellarse contra la banquina de la ruta, todo para colmo con la esperable desaparición de unos documentos y negativos que por fin había conseguido sacar de la planta y que pretendía entregar al reportero del New York Times para poner al descubierto de manera definitiva a una Kerr-McGee que constituye un ejemplo más de la destrucción de la vida a instancias de las corporaciones extraccionistas, energéticas, alimenticias y farmacéuticas, rubros especializados en manipular “materias primas” que implican catástrofes y martirios silenciosos para el ser humano y la naturaleza.

 

Si bien la película edifica un retrato multidimensional de la protagonista, tampoco deja de lado -en lo que a complejidad y respeto identitario se refiere- a su novio Stephens, quien sueña con abandonar ese entorno de trabajo tan nocivo e instalar su propio taller mecánico, algo que con el transcurso del tiempo lleva adelante, y a una Dolly Pelliker que en la praxis material/ fuera de la pantalla se llamaba Dusty Ellis (1953-2012), un personaje casi tan fascinante y misterioso como Karen que continuó militando en contra de las compañías de energía atómica, en contra de las prácticas contaminantes habituales y en contra del Estado que las permite y ampara en pos del lucro eterno, llegando incluso al colapso psicológico progresivo debido al acecho mafioso al que la sometió Kerr-McGee vía repetidos intentos de violación de domicilio, acoso que derivó en una Ellis cada vez más perturbada que sufrió diversos accidentes y se volcó a una vida criminal con toma de rehenes, hurtos, vandalismo y enfrentamientos con los esbirros de la ley. En términos de la carrera de los estupendos Kurt Russell y Cher, Silkwood representó un enorme paso adelante porque les permitió ser tomados en serio como actores dramáticos por parte del mainstream de su tiempo, basta con recordar que él venía de ser un actor infantil de larga data y de tres colaboraciones con su amigo John Carpenter, léase Elvis (1979), Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981) y La Cosa (The Thing, 1981), y una en clave de comedia cínica con el primer Robert Zemeckis, Autos Usados (Used Cars, 1980), mientras que ella había empezado a actuar en las descartables Buenos Tiempos (Good Times, 1967), de William Friedkin, y Chastity (1969), de Alessio de Paola, ya en el primer período de crisis de Sonny & Cher, aquel recordado dúo musical con Sonny Bono, pudiendo levantar el nivel cualitativo gracias a la inmediatamente previa Vuelve a la Tienda de Baratijas, Jimmy Dean (Come Back to the 5 & Dime Jimmy Dean, Jimmy Dean, 1982), de Robert Altman. El trabajo de Streep, como siempre, es extraordinario y prueba lo bien que le sentó a su carrera aquella gloriosa racha inicial de realizaciones compuesta por Julia (1977), de Fred Zinnemann, El Francotirador (The Deer Hunter, 1978), de Michael Cimino, Manhattan (1979), del querido Woody Allen, Escalada al Poder (The Seduction of Joe Tynan, 1979), de Jerry Schatzberg, Kramer vs. Kramer (1979), de Robert Benton, La Amante del Teniente Francés (The French Lieutenant’s Woman, 1981), de Karel Reisz, En la Quietud de la Noche (Still of the Night, 1982), también de Benton, y La Decisión de Sophie (Sophie’s Choice, 1982), de Alan J. Pakula. En esta ocasión Nichols recupera una de sus marcas registradas de siempre como cineasta, el naturalismo delicado en escenas con pocos cortes que permiten el lucimiento de los intérpretes y la aparición de detalles específicos de la identidad de los protagonistas, algo que el Hollywood posterior destruiría sin más con un montaje frenético y la tendencia a sobreexplicar todo mediante diálogos redundantes que no sólo desarman el hipotético suspenso sino que sabotean la magia visual del cine al nivel de idiotizar a buena parte del público impaciente y bobalicón que se genera como consecuencia directa de tales tácticas, aquí por suerte desaparecidas porque el enfoque impiadoso, minimalista e ideológicamente honesto del equipo detrás de cámaras subraya la claustrofobia y enorme mediocridad de los ambientes de trabajo del nuevo capitalismo necio y semi robotizado que intercambia a los empleados y los exprime y descarta de modo cotidiano cual objetos sin ningún valor real…

 

Silkwood (Estados Unidos, 1983)

Dirección: Mike Nichols. Guión: Nora Ephron y Alice Arlen. Elenco: Meryl Streep, Kurt Russell, Cher, Craig T. Nelson, Diana Scarwid, Ron Silver, Charles Hallahan, Josef Sommer, Bruce McGill, David Strathairn. Producción: Mike Nichols y Michael Hausman. Duración: 131 minutos.

Puntaje: 10