Altas Sierras (High Sierra, 1941), de Raoul Walsh, no es sólo -como se suele decir- la película que transformó en estrella a Humphrey Bogart, quien por entonces estaba relegado a papeles secundarios, sino también el film que cimentó su amistad con el extraordinario John Huston, el guionista de turno, su compañero de andanzas nocturnas y otro gran bebedor con el que volvería a trabajar en ocasión del otro mojón insoslayable de la versión inicial del “mito Bogart”, nada menos que El Halcón Maltés (The Maltese Falcon, 1941), ópera prima como realizador de Huston y la primera de las seis geniales colaboraciones entre el señor -en su faceta de director- y el actor, siendo las restantes A Través del Pacífico (Across the Pacific, 1942), El Tesoro de Sierra Madre (The Treasure of the Sierra Madre, 1948), Huracán de Pasiones (Key Largo, 1948), La Reina Africana (The African Queen, 1951) y La Burla del Diablo (Beat the Devil, 1953). De hecho, Bogie venía de sorprender con una gran participación en La Pasión Manda (They Drive by Night, 1940), el trabajo previo del muy prolífico Walsh, pero nada hacía prever que por fin obtendría un papel a su altura que le permitiese desplegar toda su presencia en pantalla, algo que sucedió por su insistencia ante el magnate hollywoodense de turno, Jack L. Warner, para que le diera el rol masculino principal, Roy Earle, un gangster de mediana edad con una condena de cadena perpetua por robo y asesinatos que recibe de golpe un indulto por parte del gobernador del Estado de Indiana, todo cortesía de su otrora jefe y amigo, el avejentado Big Mac (Donald MacBride), quien sobornó al político para liberar a Roy y así convertirlo en la figura central en un asalto a un hotel de lujo en el pueblito turístico de Trópico Springs, en California.
Luego de encontrarse con la mano derecha de Big Mac, el ex policía Jake Kranmer (Barton MacLane), el protagonista marcha hacia California en automóvil y en el camino se topa con una pareja de abuelos (Henry Travers y Elisabeth Risdon) que viajan junto a su bella nieta, Velma (Joan Leslie), a Los Ángeles luego de perder la granja por deudas bancarias, periplo que tiene por destino la casa de la madre de la chica, único lugar del que dispone la familia para vivir. Earle sigue las instrucciones de Big Mac y termina en unos bungalows cercanos a las montañas en donde suelen reunirse los tres secuaces del robo, léase el informante interno y empleado del hotel Louis Mendoza (Cornel Wilde) y los dos encargados de abrir las cajas de seguridad del lugar, un par de jóvenes llamados Red Hattery (Arthur Kennedy) y Babe Kozak (Alan Curtis). Grande es la sorpresa de Roy cuando descubre que Babe trajo a una fémina que conoció en un salón de baile, Marie Garson (Ida Lupino), a la que considera fuente de problemas porque vaticina una disputa entre los muchachos por ella, por eso le pide que se vaya aunque la mujer lo termina convenciendo de lo contrario ya que el verdadero problema es el tal Mendoza, de quien Marie advierte a Earle por su tendencia a ser un bocón y un fanfarrón que incluso le comentó el plan del atraco. Al tiempo que adopta a un afable perrito callejero, Pard, el cual según el empleado negro del hospedaje, Algernon (Willie Best), trae mala suerte debido a que todos sus dueños/ cuidadores previos murieron, el protagonista se enamora de Velma, pagándole una costosa operación para curar su pie zambo a pesar de que la chica ya tiene un pretendiente, y en simultáneo Marie le toma afecto a Earle, en especial porque Red y Babe son muy inestables como hombres.
Si bien a simple vista la realización de Walsh, basada como decíamos en un guión de Huston y W.R. Burnett inspirado a su vez en la novela homónima del segundo de 1940, respeta los patrones clásicos de las heist movies del film noir, con una primera mitad de desarrollo de personajes, preparación general del asalto y una convivencia conflictiva entre los encargados de llevarlo a cabo, y una segunda parte que retrata el robo en sí, la imperiosa huida de los representantes de la ley y el cruento enfrentamiento final con los susodichos, la propuesta en verdad va mucho más allá por la complejidad intrínseca del Roy Earle de Bogart, planteo sumamente extraño en los policiales negros del período y mucho más en sus homólogos de las décadas posteriores: él mismo habiendo nacido en una granja de Indiana y luego convirtiéndose en un exponente del submundo criminal citadino, la rudeza del hombre se explica tanto por su experiencia en el rubro como por los ocho años que pasó en la cárcel, tiempo que de todos modos no logró endurecerlo porque todavía atesora la posibilidad de que se hagan realidad sus sueños bucólicos de infancia y adolescencia, por supuesto simbolizados en la tranquilidad y el amor en potencia que tiene para darle la veinteañera Velma, pero el no reconocimiento de la realidad lo lleva a estrellarse con la misma cuando la muchacha rechaza su propuesta de casamiento porque no está enamorada de él y prefiere privilegiar a su otro pretendiente, más joven, circunstancia que asimismo deriva en que Roy deje de resistir los encantos de Garson y la acepte como una mujer que se acopla más a lo que la vida y el crimen han hecho de él, un amasijo de frustraciones, dolor y pequeñas alegrías que nada tiene que ver con la ingenuidad bobalicona de Velma.
Este excelente manejo del sustrato melodramático de la historia constituye el preludio perfecto para la típica catarata de problemas e imprevistos de los segundos actos de las caper movies, un esquema aquí enmarcado en el disparo del protagonista a un guardia de seguridad que se hace el héroe, la muerte de Red y Babe en un accidente automovilístico durante la fuga, la captura del “cantor” Mendoza y el fallecimiento de Big Mac de un ataque al corazón, lo que obliga a Roy y Marie a entregarle a un tercero, Art (Robert Strange), el botín, un montón de joyas pertenecientes a los turistas del hotel, y esperar unos días a que le dé su parte en efectivo. Definitivamente Altas Sierras no supera a la gran obra maestra de la carrera de Walsh, Alma Negra (White Heat, 1949), sin embargo consigue la proeza de balancear con perspicacia y esmero el drama, el romance y la acción dentro de un cóctel en el que brillan secundarios como esa Marie de la prodigiosa Lupino, el Doctor Banton (Henry Hull), un médico al servicio de los mafiosos, y un Kranmer que pretende llevarse las joyas a posteriori de la muerte de Big Mac, generando un enfrentamiento del que Earle sale con un balazo en el abdomen. La película incluye también un dejo irónico y azaroso muy interesante a través del can, ese Pard que en realidad era el perro personal de Bogart, Zero, un animal que pasa a representar dentro del relato al compañero ideal y fiel del protagonista pero también al destino más cruel y determinista, ese que en el desenlace arrincona a Roy en las sierras del título con policías, reporteros carroñeros, curiosos al paso y hasta un francotirador que lo mata a pura cobardía por la espalda, Slim (Frank Cordell), todo porque el ladrido del perrito delata que su amada Marie está en las inmediaciones y así el hombre sale a su encuentro. Parafraseando a un Banton que cita a John Dillinger, mítico ladrón de bancos y paladín popular en épocas en las que el sistema financiero destruyó a la economía de gran parte del planeta, Earle corre hacia su muerte cual verdadero estado de libertad que permite poner un punto final a las penurias de un día a día en donde esquivar la explotación y las injusticias del capitalismo equivale a hacerse de un arma y salir a robar…
Altas Sierras (High Sierra, Estados Unidos, 1941)
Dirección: Raoul Walsh. Guión: John Huston y W.R. Burnett. Elenco: Humphrey Bogart, Ida Lupino, Alan Curtis, Arthur Kennedy, Donald MacBride, Cornel Wilde, Joan Leslie, Henry Hull, Henry Travers, Elisabeth Risdon. Producción: Mark Hellinger y Hal B. Wallis. Duración: 100 minutos.