Henry: Retrato de un Asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer)

Coto de caza

Por Emiliano Fernández

La infancia de Henry Lee Lucas (1936-2001) no fue precisamente agradable porque sufrió una catarata de maltratos por parte de su sádica y enajenada madre, desde desnutrición, analfabetismo y palizas constantes hasta ser vestido de niña y obligado a ver cómo la mujer se prostituía, amén de que siempre se consideró que la fémina asesinó a su esposo, un alcohólico al que también golpeaba a pesar de que le faltaban ambas piernas por haber sido atropellado por un tren de carga, dejándolo morir de frío a la intemperie después de una discusión. Luego del clásico patrón infantil de los asesinos en serie, como torturar y violar a animales y encarar una vida criminal basada en robos, vagabundeos y peleas al paso que lo condujeron a reformatorios y hasta al presidio, por fin se saca de encima a su progenitora cuando un día le corta el cuello con un cuchillo en pleno altercado, así lo sentencian a 40 años de prisión aunque sólo cumple diez y en 1970 es liberado por hacinamiento carcelario. Su carrera criminal abarcó asaltos, secuestros, violaciones, homicidios, abusos sexuales y mucha necrofilia y desmembramiento de cadáveres a lo largo y ancho de Estados Unidos, siempre en movimiento y siempre cambiando los métodos para dificultarles las cosas a las autoridades al momento de intentar capturarlo o siquiera identificarlo. Intentó formar una familia casándose con una amiga de una hermana pero comenzó a abusar de las hijas de su mujer hasta eventualmente cansarse y retornar a la ruta, donde en un merendero para menesterosos de Jacksonville, Florida, conoció a Ottis Toole (1947-1996), un retrasado mental gigantón, homosexual, víctima de incesto, satanista, pirómano, caníbal y también ladrón, violador y asesino en serie que trabajaba de taxi boy, generándose un vínculo amistoso/ sexual/ homicida que duró años y los llevó a una espiral de crímenes aberrantes de todo tipo. La sociedad delictiva, en la que Ottis violaba y torturaba a los hombres y Henry a las mujeres aunque sólo después de fallecidas para satisfacer su necrofilia, en parte se quiebra cuando aparece en escena la sobrina de apenas 12 años de Toole, la ligeramente retrasada y también criminal Frieda “Becky” Powell, la cual se convertiría en novia de Henry y a quien utilizaban como cebo para ingresar en casas de familia y masacrar a los ocupantes. Ya separado de su compadre de fechorías, Lucas retoma las rutas aunque ahora acompañado por Powell y ambos terminan trabajando para una anciana, Kate Rich, a la que le roban dinero, y en una comuna religiosa de Texas, donde Henry se desempeñó como techista, no obstante el señor comete quizás el mayor error de su vida cuando acuchilla a una Becky que deseaba regresar con su familia y a posteriori hace lo propio con la anciana, dejando todo servido para que lo conecten con los cuerpos y finalmente lo arresten en 1983.

 

Una compleja serie de factores, como los repetidos maltratos de la policía y de los otros detenidos en el presidio, un eventual intento de suicidio y hasta su propia necesidad de ser reconocido a escala popular, llevaron a Lucas a lucirse como un mentiroso compulsivo y a hacerse responsable de un enorme volumen de asesinatos que no había cometido con vistas a mejorar sus condiciones de detención y satisfacer su ansia de fama, dos requisitos que se cumplieron porque los oficiales insólitamente le permitieron leer los archivos de crímenes sin resolver y debido a que la andanada de confesiones le permitió a los uniformados y al sistema legal de Texas cerrar cientos de casos vía una jugada que hizo avanzar la carrera de muchos burócratas y esbirros del Estado, incluso consiguiéndole a Henry en 1998 que la esperable sentencia de muerte se convirtiese en una cadena perpetua gracias al gobernador, nada menos que el execrable George W. Bush, futuro presidente de yanquilandia. Lucas moriría de una falla cardíaca en prisión y Toole de complicaciones por su cirrosis, también en la cárcel luego de sucesivas condenas de muerte por incendios y masacres varias en Florida que asimismo fueron conmutadas en prisión perpetua a través de las apelaciones de sus abogados y los datos que suministró para “resolver” crímenes visiblemente cometidos por otros. Henry: Retrato de un Asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, 1986), ópera prima del director y guionista John McNaughton, recupera el colorido devenir de Lucas y es sin duda uno de los grandes clásicos del cine de horror de corte documentalista, cruento, sincero, visceral y anti moralización berreta modelo mainstream o cualquier clase de convalidación institucional, una obra que resultaría muy influyente dentro del campo de los thrillers de invasión de hogar en particular y de coto de caza de asesinos en serie en general porque a pesar de formar parte de una larga tradición setentosa y ochentosa de chiflados sanguinarios y de una crudeza exaltada, esa que va desde La Masacre de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), de Tobe Hooper, y Las Colinas Tienen Ojos (The Hills Have Eyes, 1977), de Wes Craven, hasta Maníaco (Maniac, 1980), de William Lustig, y La Angustia del Miedo (Angst, 1983), de Gerald Kargl, lo cierto es que desencadenaría de una forma u otra una retahíla de imitaciones como por ejemplo Sucedió Cerca de su Casa o Man Bites Dog (C’est Arrivé près de chez Vous, 1992), de Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde, Pecados Capitales (Seven, 1995), de David Fincher, Horas de Terror (Funny Games, 1997), de Michael Haneke, Los Extraños (The Strangers, 2008), de Bryan Bertino, y El Guante de Oro (Der Goldene Handschuh, 2019), de Fatih Akin, entre otras propuestas que apostaron desde la industria o el indie al impacto sin artificios ni catarsis.

 

McNaughton, más allá de las fuentes citadas, demuestra ser un fan de Alfred Hitchcock porque abre el film con una colección de tomas de escenas de crímenes muy deudoras de Psicosis (Psycho, 1960) y Frenesí (Frenzy, 1972), suerte de representación seca y al mismo tiempo ensoñada de las carnicerías de nuestro Henry (Michael Rooker), señor que trabaja como exterminador de plagas domésticas y que nos regala a una señorita desnuda, violada y acuchillada en un pastizal, un par de cuarentones fusilados en un asalto a una licorería, una puta con el culo de una botella clavado en la cara mientras yace en el baño de un hotel y otra mujer flotando boca abajo en ropa interior en un lago. El guión del director y Richard Fire, sustentado más en viñetas volcadas al desarrollo de personajes que en una narración cronológica clásica, se mantiene fiel a los episodios verídicos salvo detalles como el hecho de que en pantalla Becky (Tracy Arnold) no es una niña sino una veinteañera y ex stripper que sufrió abusos sexuales por parte de su padre y que abandonó a su marido golpeador, Leroy, y a su hija, Laura Lee, con su madre/ la abuela de la nena, a lo que se suma que no es la sobrina sino la hermana de Ottis (Tom Towles), hoy un delincuente y narcotraficante con tendencias homosexuales e incestuosas que trabaja en una estación de servicio y que conoció a Henry en el presidio, a posteriori convirtiéndose en su amigo aunque no amante. Los dos varones viven juntos en soledad hasta que llega Becky y comienza a trabajar en una peluquería lavando el pelo de las clientas, inconsciente de las correrías de un Henry que introduce al en un principio timorato Ottis en el placer de las humillaciones, el dolor y la muerte, pasando de estrangular en soledad a una burguesa en su hogar a quebrarle el cuello a dos meretrices ya con su cómplice, apuñalar con un soldador y romperle un televisor en la cabeza a un vendedor de electrodomésticos robados, fusilar a un hombre cualquiera que detiene su automóvil para auxiliarlos y reventar a toda una parentela mientras filman las vejaciones y asesinatos. Henry en esencia es impotente sin masacres de por medio y por ello se frustra cuando desea entablar una relación más o menos tradicional con Becky, a quien le confiesa que su madre prostituta y alcohólica lo golpeaba, lo vestía de mujer y lo obligaba a mirar cómo se acostaba con sus clientes, por ello mismo la mató como finiquita la existencia de Ottis cuando lo encuentra sodomizando y estrangulando a su hermana, así el hombre termina apuñalado en su ojo derecho con el mango de un peine y luego rematado en el abdomen y descuartizado en la bañera del inmundo hogar del clan. Henry convence a Becky de partir hacia el rancho de su hermana en San Bernardino, California, sin embargo después la asesina y deja una maleta con su cuerpo adentro al costado de una ruta inhóspita.

 

El carácter revolucionario del opus de McNaughton radica en la simpleza absoluta de su nihilismo ya que concretamente todas las víctimas resultan pobres diablos indefensos, la escoria inoperante estatal brilla por su ausencia y en suma la impunidad está garantizada por el canibalismo distante y egoísta de una sociedad obsesionada con el ventajismo cual jungla de cemento en la que conviene ser los leones antes que el amplio surtido de las presas de turno, planteo ideológico inherentemente misantrópico y fatalista que Henry le inculca a Ottis justo como ocurriese en aquella praxis real, donde el primero era bastante más inteligente que el segundo por el sustrato primario y animalizado de Toole, el cual consideraba a su compinche infaltable una especie de iluminado del arte criminal y la vida en la comunidad prosaica, esa en la que la mayoría de las transgresiones quedan sin castigo alguno por parte tanto del supuestamente todopoderoso Estado como de los semejantes/ iguales de a pie, casi siempre secuaces pasivos o activos en el atolladero en cuestión. La película, rodada en 16 milímetros a lo largo de apenas 28 días y con un presupuesto de 110 mil dólares, en sí fue terminada en 1986 pero recién comenzó a exhibirse en festivales internacionales en 1989 y consiguió un estreno comercial propiamente dicho en 1990, lo que indica hasta qué punto llegó a sensibilizar a los espectadores del momento y cuán cobardes eran los productores en las sombras de la odisea, los hermanos Malik B. y Waleed B. Ali, ignorantes de la joya cassavetiana que tenían entre manos y del interés morboso que despertaría de allí en más en generaciones de cinéfilos amantes de lo macabro lacerante y realista vinculado al dolor en serio y no al look impostado hollywoodense cool/ canchero de la violencia, la sangre y la muerte, escapismos siempre inofensivos que en nada se condicen con el mundo cotidiano y los huracanes de degradación que éste suele imponer a las masas populares. En este sentido, la estética rústica documentalista de la fotografía de Charlie Lieberman y la edición de Elena Maganini calza de manera perfecta con la orientación de la faena en su conjunto hacia el análisis de un cruel asesino múltiple de la clase obrera cual marginal eterno que ni siquiera se molesta en usufructuar el costado luminoso superficial del “sueño americano” como su colega loquito Ted Bundy o muchos otros parecidos, adeptos a aparentar seguridad, simpatía, cordialidad y un sentir burgués promedio de familia y trabajo tradicionales, todo a su vez también reforzado por las estupendas y muy naturalistas actuaciones de Tom Towles, Tracy Arnold y el debutante Michael Rooker, un conserje devenido en interprete cinematográfico y televisivo de primera línea. El director, quien también utiliza de modo magistral la música entre lírica y ominosa de Ken Hale, Steven A. Jones y Robert McNaughton, composiciones tracción a sintetizadores volcados al ambient y al dream pop más oscuro, nunca más volvería al nivel de calidad de Henry: Retrato de un Asesino aunque vale aclarar que entregaría otras epopeyas más o menos interesantes como la ultra bizarra Los Ocupantes (The Borrower, 1991), la amigable Una Mujer para Dos (Mad Dog and Glory, 1993) y los neo noir Vida Normal (Normal Life, 1996), Criaturas Salvajes (Wild Things, 1998) y Lansky (1999), amén de regresos algo tardíos pero dignos al terror apesadumbrado en sintonía con La Cosecha (The Harvest, 2013) y El Cuento de Haeckel (Haeckel’s Tale, 2006), episodio de McNaughton inspirado en un relato de Clive Barker para Masters of Horror (2005-2007), la recordada serie televisiva de Mick Garris transmitida por Showtime. Quizás el mayor mérito del film no pase solamente por humanizar a los homicidas en general y darles un rostro y una idiosincrasia específica ni tampoco por exprimir al extremo la sensación de peligrosidad acechante truculenta de los centros urbanos y hasta las regiones bucólicas menos célebres, sino por reforzar permanentemente esa noción que homologa al gozo con la brutalidad y la humillación del prójimo, algo que viene pegado al ser humano desde siempre y que en términos prácticos suele ser barrido debajo de la alfombra del inconsciente colectivo para atesorar un poco de esperanza centrándose ilusoriamente sólo en la faceta creadora o positiva de los bípedos, por ello el desfile de atrocidades que aquí nos ofrece McNaughton, Rooker, Towles y compañía en última instancia se entronca con aquel nihilismo irónico exacerbado del Pier Paolo Pasolini de Saló o las 120 Jornadas de Sodoma (Salò o le 120 Giornate di Sodoma, 1975), otro carnaval imparable de una lujuria que pone el dedo en la llaga de todo el suplicio que suelen causar los depredadores humanos, sean los poderosos psicópatas/ diletantes del statu quo comunal o los muertos de hambre como Lucas y Toole, subproductos de sociedades enfermas plagadas de abulia, miseria e inequidades siempre tendientes a reproducir todo este ciclo del espanto onanista para nunca detener su marcha…

 

Henry: Retrato de un Asesino (Henry: Portrait of a Serial Killer, Estados Unidos, 1986)

Dirección: John McNaughton. Guión: John McNaughton y Richard Fire. Elenco: Michael Rooker, Tom Towles, Tracy Arnold, Mary Demas, Lisa Temple, Brian Graham, Sean Ores, Rick Paul, Eric Young, David Katz. Producción: John McNaughton, Steven A. Jones y Lisa Dedmond. Duración: 82 minutos.

Puntaje: 10