El Escritor Oculto (The Ghost Writer)

Crímenes de guerra y tutela política

Por Emiliano Fernández

Enmarcadas en la guerra contra el terrorismo o “guerra contra el terror”, un eufemismo con resonancias hollywoodenses bastante risibles por su maniqueísmo y demagogia barata, la Guerra de Afganistán (2001-2021) primero, encarada contra los talibanes en el poder para que entregasen a Osama Bin Laden, y la Guerra de Irak (2003-2011) después, justificada en vínculos locales con Al Qaeda y en especial la supuesta presencia de armas de destrucción masiva desarrolladas y atesoradas por Sadam Huseín, fueron dos mega operaciones bélicas posteriores a los Atentados del 11 de Septiembre del 2001 en suelo yanqui a instancias de una colación de países conformada además por el Reino Unido, Australia y Polonia, cuyo mando supremo residía en el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y su vice, Dick Cheney, quien fuera el CEO entre 1995 y 2000 de Halliburton, firma que dominaba -y todavía hoy controla- la fracturación hidráulica para pozos petrolíferos en todo el mundo y precisamente muy beneficiada en ambas invasiones -por adjudicación directa, sin licitación pública alguna- en materia de la suculenta “reconstrucción” de las naciones arrasadas. Más allá del hecho de que ambos conflictos derivaron en desastre porque Afganistán terminó de nuevo en manos de los talibanes en 2021 y en Irak nunca se encontraron las mentadas armas de destrucción masiva y para colmo el territorio quedó preso de la Guerra contra el Estado Islámico desde el 2014 hasta nuestro presente, una faceta que se suele pasar por alto es la que involucró al principal socio a escala internacional de Bush, el Primer Ministro del Reino Unido Tony Blair, un payaso de derecha semejante al presidente yanqui que dio una imagen muy rastrera tanto por el apoyo permanente a nivel de las mentiras detrás de las operaciones como por el fiasco de las armas, las corruptelas de los petrodólares, los miles de civiles muertos, la incapacidad de estabilizar la zona y las torturas contra reos árabes del 2003 y 2004 en la prisión de Abu Ghraib, en Irak, durante la ocupación del país por parte de Estados Unidos y sus socios, todos episodios que le valieron a Blair una fuerte condena social interna que se tradujo en la renuncia del 2003, en protesta contra la invasión de Irak, de un antiguo colega de gobierno, Robin Cook, señor que fuese su secretario de relaciones exteriores entre 1997 y 2001 y que por entonces se desempeñaba como lord presidente del consejo y líder de la Cámara de los Comunes, cargos pomposos que ocupaba desde 2001.

 

Otro que le soltó la mano al primer ministro británico fue un amigo de fuera del gobierno, el periodista y novelista Robert Harris, quien después de la renuncia de Blair en 2007 por aquel desgaste bélico prolongado -fue sucedido por Gordon Brown, asimismo del Partido Laborista- encaró un roman à clef, El Fantasma (The Ghost, 2007), en el que denunciaba sin muchas metáforas toda la farsa de la guerra económica predatoria/ parasitaria disfrazada de “cruzada por la democracia” y en el que específicamente atacaba al ex mandatario no tanto por fascista y genocida sino por haber autorizado el uso ilegal de fuerzas especiales de las milicias inglesas para arrestar a sospechosos de terrorismo y entregarlos a la CIA para ser interrogados, denigrados y torturados en alguna de las muchísimas bases que la agencia posee a lo largo y ancho del planeta, en suma parte de una retahíla de barbaridades como el haber enviado a Irak unos 45 mil soldados británicos sin la autorización de la ONU y por ello mismo haber provocado los Atentados del 7 de Julio de 2005 en Londres, un panorama que eventualmente conduciría a la condena en ausencia del 2011 en Malasia por crímenes de guerra de Bush y Blair. La adaptación cinematográfica de la novela, El Escritor Oculto (The Ghost Writer, 2010), dirigida por Roman Polanski, es un thriller maravilloso y muy elegante que fue escrito por el realizador y el propio Harris, todo un especialista en ficción histórica que a su vez ofició de responsable de las tramas de Patria (Fatherland, 1994), de Christopher Menaul, Enigma (2001), de Michael Apted, Arcángel (Archangel, 2005), de Jon Jones, El Oficial y el Espía (J’Accuse, 2019), del genial Polanski, Múnich en Vísperas de una Guerra (Munich: The Edge of War, 2021), de Christian Schwochow, y la serie El Índice del Miedo (The Fear Index, 2022), a cargo de David Caffrey. Aquí se mantiene el contexto de la Guerra de Irak y de las “relaciones íntimas” entre yanquilandia y el Reino Unido, con una evidente sumisión tácita del segundo ante Estados Unidos, y Blair responde al nombre de Adam Lang (Pierce Brosnan) y Cook se llama Richard Rycart (Robert Pugh), sin embargo el protagonista principal es un personaje sin nombre en la piel del glorioso Ewan McGregor, un negro literario o escritor fantasma encargado de pulir las memorias de Lang, ya escritas gracias al trabajo previo de un tal Mike McAra, el cual falleció ahogado en un episodio a bordo de un ferry que fue catalogado como un accidente o quizás suicidio.

 

El agente de este negro literario, Rick Ricardelli (Jon Bernthal), es precisamente quien le consigue el trabajo al servicio de Rhinehart, una editorial desesperada por finiquitar el libro porque pagó diez millones de dólares a cambio, en una reunión en la que asisten también el abogado norteamericano del ex mandatario, Sidney Kroll (Timothy Hutton), y el director y el editor de Rhinehart, John Maddox (Jim Belushi) y Roy (Tim Preece), respectivamente. Obligado a trasladarse desde Londres a Martha’s Vineyard, una isla de la costa este de los Estados Unidos, en Massachusetts, porque Lang se hospeda en una casa de diseño símil brutalismo perteneciente al dueño de la editorial, Marty Rhinehart, y además está en medio de una gira por yanquilandia para recaudar fondos para esa infaltable fundación de todo oligarca semi retirado de la política, al protagonista se le impone un plazo de un mes para terminar el libro y le prometen 250 mil dólares de salario, siempre que respete la condición de no sacar el material escrito e impreso por McAra de una habitación muy particular de la residencia, en esencia sede de una pugna silenciosa entre la amante de Adam, su asistente Amelia Bly (Kim Cattrall), y la esposa del hombre, Ruth Lang (Olivia Williams), todo a la vista del personal de seguridad y los sirvientes asiáticos del lugar. Justo cuando la criatura de McGregor accede a la soporífera autobiografía y comienza la ronda de entrevistas con el ex primer ministro para humanizarlo un poco, éste debe ausentarse y viajar a Washington D.C. para conseguir respaldo político inmediato debido a que su ex secretario de relaciones exteriores, Rycart, lo acusó por crímenes de guerra ante la Corte Penal Internacional de La Haya, en los Países Bajos, a raíz del secuestro en Pakistán de presuntos terroristas de linaje árabe -todos ciudadanos británicos, para colmo- y su entrega a la CIA para interrogatorios sustentados en vejámenes y torturas, lo que efectivamente deriva en una investigación que recibe el apoyo y la cooperación del gobierno inglés en funciones, de la facción contraria, el Partido Conservador, y que fuerza a Lang a no abandonar Estados Unidos, una de las pocas naciones del globo que no reconoce la jurisdicción de la Corte. El escritor comienza una rauda investigación que abarca el hallazgo de fotos viejas de Adam que Mike extrajo del archivo del primero, el testimonio de un lugareño veterano (el eterno Eli Wallach) que asevera que el cuerpo de McAra fue plantado porque no debería haber aparecido en la costa oeste de la isla debido al curso de las corrientes, el extraño “accidente” de una testigo que vio unas linternas durante la jornada del fallecimiento de Mike y después terminó en coma al caerse de las escaleras, la curiosidad de Ruth sobre la pesquisa en general -y un affaire de una noche con el escritor- y finalmente una charla bastante incómoda con Paul Emmett (Tom Wilkinson), compañero de universidad del ex primer ministro en Cambridge y sujeto vinculado a una empresa muy turbia a lo Halliburton, Hatherton Corporation, homologada a la CIA y los contratos castrenses en la “guerra contra el terror”, planteo que lleva al negro literario a inferir el homicidio de su predecesor, escapar de sus sicarios y aliarse con Rycart, quien denunció a Lang con pruebas varias descubiertas por McAra en este cuasi film noir de tutela política y romántica basada en agentes secretos volcados al control prostibulario.

 

Como tantos otros personajes claustrofóbicos de la carrera de Polanski, en sintonía sobre todo con los protagonistas de El Cuchillo bajo el Agua (Nóz w Wodzie, 1962), Repulsión (1965), La Danza de los Vampiros (Dance of the Vampires, 1967), El Bebé de Rosemary (Rosemary’s Baby, 1968), Macbeth (1971), ¿Qué? (Che?, 1972), Barrio Chino (Chinatown, 1974), El Inquilino (Le Locataire, 1976), Tess (1979), Búsqueda Frenética (Frantic, 1988), Perversa Luna de Hiel (Bitter Moon, 1992), La Novena Puerta (The Ninth Gate, 1999), la galardonada El Pianista (The Pianist, 2002), Oliver Twist (2005), La Piel de Venus (La Vénus à la Fourrure, 2013), Basada en Hechos Reales (D’après une Histoire Vraie, 2017) y la misma El Oficial y el Espía, a medida que avanza el relato nuestro escritor fantasma de McGregor va cayendo en un pozo más y más profundo semejante a aquella madriguera del Conejo Blanco que descubría la mocosa titular de Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas (Alice’s Adventures in Wonderland, 1865), novela de Lewis Carroll, con la gran diferencia de que dicho mundo de los absurdos, los delirios y las paradojas altisonantes ahora es sustituido por el entramado de la geopolítica contemporánea, uno burdo y mafioso a más no poder que el realizador polaco lee desde el suspenso hitchcockiano de entorno cerrado y desde una dialéctica de espionaje testimonial setentoso hasta la médula que a su vez reemplaza las connotaciones de antaño de la Guerra Fría por los negociados mitómanos y plutocráticos en torno a la seguridad o la defensa, los recursos energéticos, el fetiche informativo, la obsesión colateral con la imagen pública y especialmente esa demostración de fuerza en la palestra internacional inventando enemigos en secuencia para “impresionar” a rusos y chinos o mantener aceitada la multimillonaria industria bélica estadounidense. La construcción ficticia de la propia identidad, un latiguillo central por las memorias falseadas de turno según las necesidades políticas de Lang, adquiere un lugar predominante en la historia gracias a la típica mordacidad del realizador, pensemos en este sentido que el único personaje sin nombre es el protagonista y que su labor de editor de un doble trabajo previo, el de McAra en términos de la autobiografía y de la investigación en torno al complot para callarlo y detener su traición en sociedad con Rycart, se condice con lo hecho por Blair en relación a las patrañas originales de Bush, esas que no sólo reprodujo sino que perfeccionó sistemáticamente a través de sus muchísimas defensas de la Guerra de Irak en los medios masivos de comunicación. Apuntalada en un desenlace amargo y espléndido, una fotografía muy cerebral de Pawel Edelman, la excelente música del querido Alexandre Desplat y un desempeño parejo y siempre fascinante por parte de todo el elenco, El Escritor Oculto opta por señalar el patetismo unilateral de las “relaciones carnales” entre el Reino Unido y los yanquis subrayando que Lang es apenas un monigote que se cree libre cuando en realidad responde a las argucias de esa Ruth de Williams que funciona como una versión hiperbólica de la esposa de Tony, Cherie Blair, verdadera acólita de Emmett y por ello titiritera en las sombras bajo el mandato de la CIA, entidad que siempre que puede privilegia la alternativa del autoengaño inducido por sobre la manipulación directa o la cooptación de voluntades…

 

El Escritor Oculto (The Ghost Writer, Reino Unido/ Francia/ Alemania, 2010)

Dirección: Roman Polanski. Guión: Roman Polanski y Robert Harris. Elenco: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Jon Bernthal, Jim Belushi, Timothy Hutton, Kim Cattrall, Eli Wallach, Tom Wilkinson, Tim Faraday. Producción: Roman Polanski, Alain Sarde y Robert Benmussa. Duración: 128 minutos.

Puntaje: 10