La Colina (The Hill)

Crueldad y soldaditos de juguete

Por Emiliano Fernández

La Colina (The Hill, 1965), construida alrededor de un guión de Ray Rigby basado en su puesta teatral homónima escrita junto a R.S. Allen, a su vez inspirada en la experiencia de Rigby dentro de los muros de una prisión militar británica durante la Segunda Guerra Mundial, es una de las obras maestras de la primera etapa de la carrera del mítico realizador norteamericano Sidney Lumet, él solito una usina interminable de películas legendarias que en esos primeros años como director cinematográfico incluyeron a 12 Hombres en Pugna (12 Angry Men, 1957), Piel de Serpiente (The Fugitive Kind, 1960), Largo Viaje de un Día Hacia la Noche (Long Day’s Journey Into Night, 1962), El Prestamista (The Pawnbroker, 1964) y Punto Límite (Fail Safe, 1964), todos brillantes pasos iniciales de un periplo que llegaría a su cúspide durante la década del 70 con sus diversos clásicos del período. El film que nos ocupa constituye uno de los dramas antibélicos más despiadados y angustiantes jamás rodados, una epopeya apasionante que más que simplemente denunciar el sinsentido estándar de las guerras -sustrato temático paradigmático dentro del rubro, analizado por cientos de propuestas semejantes- lo que en verdad hace es imponerse en tanto estudio muy detallista acerca de la insensibilidad humana, la vacuidad de la obediencia militar sin conciencia alguna y explícitamente la complicidad que se construye en instituciones en las que un mínimo sector dirigente concentra todo el poder y una masa proporcionalmente muy superior de súbditos se deja mandar a puro sometimiento tácito o evidente, garantizando el control mediante un consenso inmaterial/ subjetivo/ abstracto que nos habla de las mismas relaciones sociales, los ideales que traen a colación y las injusticias que se suelen avalar sólo porque un grupito de psicópatas -o aspirantes a serlo- decidieron construir una carrera en la burocracia de la estratificación demente o fueron señalados por el Estado o algún oligarca privado para cumplir tal rol, al cual internalizaron con fanatismo y desde esa típica estupidez unidimensional humana amiga de la ceguera que impone su voluntad por defecto.

 

En sí la película no tiene una historia propiamente dicha y está sustentada en el desarrollo de personajes, factor que de hecho le llamó la atención al extraordinario Sean Connery, una mega estrella de entonces que venía de interpretar a James Bond/ 007 en El Satánico Dr. No (Dr. No, 1962), De Rusia con Amor (From Russia with Love, 1963) y Dedos de Oro (Goldfinger, 1964), siendo La Colina en términos prácticos la principal responsable -junto a Marnie (1964), de Alfred Hitchcock, aunque en menor proporción- de su interés posterior por los papeles de mayor complejidad y envergadura dramática que constituyesen un reto profesional y en simultáneo lo ayudasen a despegarse del mote de “héroe elegante del cine de acción y espionaje baladí” en el que el mainstream anglosajón lo había confinado. Todo transcurre en una prisión militar inglesa en alguna parte del desierto de Libia durante la Segunda Guerra Mundial, una especie de campo de concentración que se especializa en castigar delitos -considerados relativamente menores- cometidos por las tropas británicas en el contexto del enfrentamiento bélico, como por ejemplo el hurto, la deserción, las peleas, la insubordinación o las borracheras. El lugar está controlado por un Comandante (Norman Bird) casi siempre ausente y sólo preocupado por el sexo, el Sargento Mayor Wilson (Harry Andrews), un desquiciado que se la pasa repitiendo que su misión es doblegar/ quebrar a los reclusos para que se transformen de nuevo en “hombres” y puedan volver al frente para servir y ampliar las fronteras del Imperio, y una amplia gama de guardias entre los que se destacan el Sargento Harris (Ian Bannen), un sutil ápice de humanismo dentro del campo, y el Sargento Williams (Ian Hendry), un nuevo e hiper sádico centinela que trabajó en el sistema carcelario civil, pretende escapar de los bombardeos nazis sobre el Reino Unido con el cargo en cuestión y en esencia anda detrás de una promoción en consonancia con su objetivo de demostrar a ojos de Wilson, el verdadero cabecilla de la prisión, que posee “lo que hace falta” para ocupar su rol en la casta administrativa e incluso aspirar a mucho más.

 

A la cárcel arriban cinco flamantes reos, léase los soldados Jock McGrath (Jack Watson), un experto en generar peleas que atacó a tres miembros de la policía militar, Jacko King (Ossie Davis), un británico negro que sustrajo tres botellas de whisky del comedor de sargentos, George Stevens (Alfred Lynch), un pobre hombre casado que ansía volver con su esposa y por eso intentó desertar y regresar a Inglaterra, y Monty Bartlett (Roy Kinnear), un cleptómano crónico que viene de robar diez neumáticos de vehículos oficiales, a los que se suma un ex Sargento Mayor que ha sido degradado hace poco a soldado raso, Joe Roberts (Connery), por haberse negado a acatar órdenes que implicarían el suicidio de todos sus subordinados y por haber golpeado a su superior directo, precisamente el imbécil que invitaba a la masacre absurda de siempre. Anticipando la tradición del séptimo arte de las embestidas contra las instituciones dedicadas a la destrucción física, psicológica y moral de sus miembros, esa que incluye a obras como La Leyenda del Indomable (Cool Hand Luke, 1967) y Atrapado sin Salida (One Flew Over the Cuckoo’s Nest, 1975), la realización sistematiza y pone al descubierto las diferentes posiciones ideológicas/ actitudinales que conviven en el campo de prisioneros y que salen a la luz a partir del asesinato de Stevens, un soldado que hacía trabajo de oficina y es sentenciado a un suplicio que se concentra en el implemento de tortura favorito del penal y de Wilson en particular, una montaña artificial de arena y roca -“la colina” del título- que los reclusos deben subir y bajar una infinidad de veces bajo el sol ardiente a lo largo de cada jornada. El responsable directo de la muerte es Williams, quien atormentó al finado con brutalidad y le prohibió ver al Oficial Médico (Michael Redgrave) a pesar de las advertencias de Roberts y del piadoso Harris, quien para colmo le avisó al Sargento Mayor del comportamiento sádico reiterado del nuevo guardia, con Wilson respondiendo que nadie socavará su mentada autoridad y que el doctor -a quien él mismo coacciona/ manipula a diario- certificó que Stevens estaba apto para los castigos.

 

Lo mejor de La Colina sin duda pasa por el prodigioso desarrollo de personajes que ofrece desde el minuto uno y sobre todo a partir del instante en que Stevens cae muerto en el suelo de la mazmorra debido al cansancio, desencadenando un motín que únicamente se apacigua cuando Roberts acusa en público a Williams por la muerte de su compañero de celda y frente a los ojos de los también testigos King, Bartlett y McGrath, así el Sargento Mayor ordena que el susodicho y King, el otro que desea narrar lo sucedido, vean al Comandante y presenten su queja de manera oficial: la dinámica de poder queda a la intemperie porque Williams continúa haciendo lo que quiere dentro de los muros del presidio ya que Wilson no mueve ni un dedo para detenerlo y el guardia golpea cobardemente -junto a otros dos colegas- al personaje de Connery, rompiéndole un pie, lo que provoca un conflicto abierto entre los dos bandos principales, el humanista representado en Harris y el Oficial Médico y el fascistoide y enajenado de Williams y el Sargento Mayor; generando asimismo distintas posiciones dentro de los presos que comparten la celda, enmarcadas en un Bartlett ultra pusilánime que se lava las manos de todo y pretende ser trasladado a otro calabozo para no tener que comprometerse con nadie, un McGrath que también cae en una postura egoísta pero de a poco se va cansando de los múltiples abusos del poder, un King que se solidariza con el fallecido porque él mismo tiene que soportar el constante racismo de Wilson y Williams, y finalmente un Roberts que ya está harto de la “obediencia debida” y el seguir órdenes sin chistar que sólo sirven a las cúpulas y a ortodoxos mediocres como el Sargento Mayor y el atroz guardia al que éste defiende, militares de carrera que jamás estuvieron en el frente y que ponen todas sus energías en un reglamento castrense ya largamente caduco que simboliza un ideal masculino marchito y los criterios inflados de otros tiempos del Imperio Británico, léase la etapa de expansión y consolidación de la Revolución Industrial y todas aquellas aventuras colonialistas correspondientes a la era victoriana (1837-1901).

 

Aquí Lumet recurre a su mano maestra a la hora de adaptar obras de teatro o de dar forma cinematográfica a guiones muy basados en la interrelación dialógica entre los protagonistas, talento que puede verse en el trecho profesional que va desde 12 Hombres en Pugna hasta Equus (1977), una capacidad realmente inusual en el contexto del séptimo arte porque el realizador era un especialista consumado en esto de transmitir la tensión arrolladora del material escrito/ teatral sin renunciar a la puesta en escena muchísimo más rica que habilita la pantalla grande, logrando además transportar al espectador a las temperaturas sofocantes que debió sobrellevar el elenco durante el rodaje en la locación central, nada menos que la aridez semi desértica de Almería, en España. En este sentido, resulta supremo el tramo final del metraje desde la acusación de Roberts contra Williams, pasando por la salvaje paliza, el glorioso altercado verbal entre Joe y Wilson, la “locura” y dimisión de King, y la hilarante escena en el despacho del Comandante, hasta el remate en la celda cuando se terminan de perfilar las posiciones en pugna dentro de la cárcel y parece resultar victorioso el bando del doctor y Harris, no obstante el despiadado Williams a último minuto se propone chantajear al Oficial Médico y asesinar sin más a Roberts, generando así una golpiza contra el guardia por parte de unos King y McGrath asimismo cansados de sus atropellos mafiosos al amparo de Wilson y de payasos castrenses ortodoxos semejantes, quienes se ufanan de su autoridad pero suelen convertirse en títeres del esquema enrevesado y maquiavélico de psicópatas ambiciosos y de cotillón como Williams, clásico producto del entramado hegemónico del ámbito estatal/ militar/ político/ policial/ capitalista/ cultural/ económico/ institucional de nuestros días. La enorme crueldad de estos “soldaditos de juguete”, como los llama Joe de modo despectivo, aunada al genial desempeño de Connery, Andrews, Davis y compañía, viabiliza una estupenda reflexión sobre la banalidad de las instituciones de disciplinamiento y control social, metaforizadas en una montaña del castigo ridículo símil regocijo caníbal…

 

La Colina (The Hill, Reino Unido, 1965)

Dirección: Sidney Lumet. Guión: Ray Rigby. Elenco: Sean Connery, Harry Andrews, Ian Bannen, Alfred Lynch, Ossie Davis, Roy Kinnear, Jack Watson, Ian Hendry, Michael Redgrave, Norman Bird. Producción: Kenneth Hyman. Duración: 123 minutos.

Puntaje: 10