Mucho se esperaba a priori de La Tierra Prometida (Bastarden, 2023), la última película del realizador y guionista Nikolaj Arcel, y en este caso la aseveración incluye tanto el costado positivo de la frase, léase la expectativa ante el derrotero previo auspicioso del cineasta, como la faceta más bien negativa del asunto, en este caso cierto morbo porque el trabajo inmediatamente anterior del señor dejaba bastante que desear, nada menos que su aterrizaje en el ecosistema cinematográfico anglosajón. Dicho de otro modo, si dejamos de lado su vertiente profesional orientada a los guiones para terceros, rubro en el que brilló en ocasión de films varios como por ejemplo Luchadora (Fighter, 2007), de Natasha Arthy, Los Hombres que no Amaban a las Mujeres (Män Som Hatar Kvinnor, 2009), neoclásico de Niels Arden Oplev, Jinetes de la Justicia (Retfærdighedens Ryttere, 2020), de Anders Thomas Jensen, y la tetralogía del Departamento Q (Afdeling Q), cuatro exponentes del noir nórdico que abarcan a El Guardián de las Causas Perdidas (Kvinden i Buret, 2013) y El Ausente (Fasandræberne, 2014), ambas de Mikkel Nørgaard, Una Conspiración de Fe (Flaskepost fra P, 2016), de Hans Petter Moland, y La Pureza de la Venganza (Journal 64, 2018), de Christoffer Boe, amén de alguna que otra aventura infantil relativamente pasable como sus dos colaboraciones animadas de índole paródica con Thorbjørn Christoffersen, Viaje a Saturno (Rejsen til Saturn, 2008) y Ronal, el Bárbaro (Ronal Barbaren, 2011), el film tontuelo de superhéroes Antboy (2013), de Ask Hasselbalch, y sobre todo su debut en el séptimo arte Pequeños Espías (Klatretøsen, 2002), opus de Fabian Wullenweber que después tendría su remake hollywoodense con Kristen Stewart vía Atrápenlos (Catch That Kid, 2004), de Bart Freundlich, la verdad es que la faceta principal del danés, la de director y artífice de sus propias historias, puede pendular de manera hiperbólica ya que sus dos propuestas más famosas deben catalogarse sin medias tintas como una de las mejores del Siglo XXI, La Reina Infiel (En Kongelig Affære, 2012), y como una de las peores de este mismo nuevo milenio, La Torre Oscura (The Dark Tower, 2017), una situación que pone de manifiesto la naturaleza inconsistente y absurda del mercado cultural contemporáneo.
Si bien Arcel antes de La Reina Infiel, un drama histórico siempre fascinante acerca de los entretelones de la corte danesa del Siglo XVIII y el triángulo amoroso entre el monarca de tendencias esquizofrénicas Cristián VII (Mikkel Følsgaard), su esposa Carolina Matilde de Gran Bretaña (Alicia Vikander) y el mítico médico real Johann Friedrich Struensee (Mads Mikkelsen), había dirigido otra propuesta atendible, el thriller político El Juego del Rey (Kongekabale, 2004), y un par de odiseas muy inferiores, la fantasía familiera La Isla de las Almas Perdidas (De Fortabte Sjæles Ø, 2007) y la comedia La Verdad sobre los Hombres (Sandheden om Mænd, 2010), el film del 2012 opacó al resto de su heterogénea producción artística y le abrió las puertas a un Hollywood que -como suele ocurrir, dicho sea de paso- lo engulló, lo digirió y después lo descartó durante el lamentable episodio alrededor de La Torre Oscura, intento de adaptación de una serie de nueve novelas de Stephen King que empezase a principios de los 80 hasta eventualmente derivar en el proyecto cinematográfico aludido, obra incoherente en la que el danés quedó preso del parecer del estudio de turno, Sony Pictures, y los dos verdaderos jerarcas del convite a nivel creativo, el guionista Akiva Goldsman y el productor excluyente Ron Howard, quien a su vez había heredado semejante revoltijo de J.J. Abrams. Por suerte La Tierra Prometida, título que hace referencia a su homólogo para el mercado internacional, The Promised Land, y que se diferencia mucho del original, Bastarden/ El Bastardo, nos retrotrae al nivel de calidad de La Reina Infiel y El Juego del Rey porque el realizador vuelve a administrar con mano maestra el suspenso, el maquiavelismo y el melodrama en las esferas del poder público e incluso regresa al Siglo XVIII de la primera para regalarnos una epopeya diametralmente opuesta, por un lado reemplazando aquellas cúpulas con las bases de la pirámide plutocrática y por el otro lado acercándose a lo que sería un western crepuscular brutal de combate entre David y Goliat, en este caso entre dos figuras históricas verídicas que hoy por hoy reciben un tratamiento ficcional muy libre según las necesidades del relato, el Capitán Ludvig von Kahlen (1700-1774) y el terrateniente pendenciero y juez del condado Frederik Schinkel (1719-1794).
En pantalla Kahlen (Mikkelsen de nuevo) se jubila en 1755 luego de 25 años de servicio en el ejército alemán y pide a la corona danesa, su patria natal, que lo autorice a cultivar el territorio más árido de la Península de Jutlandia, un páramo que el soberano en funciones, Federico V, pretende civilizar mediante la fundación de una pequeña colonia una vez que, precisamente, alguien consiga hacer crecer lo que sea en la zona, misión casi imposible en la que muchos ya han fracasado. El protagonista jamás consigue una audiencia con el rey en sí y debe conformarse con el Canciller Paulli (Søren Malling), un soberbio monumental que opina que el grueso de Jutlandia no es más que arbustos, piedras y arena, no obstante pronto autoriza el proyecto de cultivo de Ludvig con la sola idea de quedar bien a ojos del monarca en lo que atañe a una nueva intentona civilizatoria, algo que será financiado por el propio capitán con su magra pensión y supuestamente incluiría, en caso de éxito, un título de nobleza y una casa señorial como recompensas. Kahlen mantiene en secreto lo que desea plantar, papas, y se hace amigo del comisionado del condado, Trappaud (Jacob Lohmann), y en especial del clérigo de la zona, Anton Eklund (Gustav Lindh), muchacho que le ofrece como mano de obra inicial a una pareja, Ann Barbara (Amanda Collin) y Johannes Eriksen (Morten Hee Andersen), en esencia un par de fugitivos que hasta hace poco trabajaban para Schinkel (Simon Bennebjerg), terrateniente infantiloide y muy sádico que solía violar a la primera, una sirvienta suya, y que juró venganza cuando se casó con Eriksen, obligándolos a huir de inmediato. De hecho Schinkel, siempre escudado por su lacayo polirubro Bondo (Thomas W. Gabrielsson) y el mercenario Preisler (Olaf Højgaard), también se abalanza contra Ludvig porque no quiere el asentamiento de colonos ya que su tiranía perdería peso en el extremo más inhóspito de Jutlandia, una posición de privilegio basada en su cargo de juez regional y en su condición de propietario de 130 granjas, por ello espanta a los peones varios del capitán, asesina con agua hirviendo a Johannes y realiza sucesivos intentos de humillarlo o comprar su partida, lo que implicaría que Kahlen renuncie al sueño de toda su vida, esta “promoción social” desde un esfuerzo que bordea el masoquismo más porfiado.
Arcel y su coguionista, aquel Jensen de Jinetes de la Justicia, se basan en la novela El Capitán y Ann Barbara (Kaptajnen og Ann Barbara, 2020), de Ida Jessen, y retoman no sólo el canibalismo político/ palaciego de La Reina Infiel y El Juego del Rey, ese basado en una conveniencia que primero le da la mano al militar retirado y luego se la suelta cuando la disputa con el aristócrata escala a mayores, sino además el melodrama a toda pompa del opus del 2012, ahora a cuatro puntas porque tenemos al taciturno Kahlen, la prometida y prima de Schinkel, Edel Helene (Kristine Kujath Thorp), la viuda de Eriksen que muta en pareja del capitán por una soledad compartida, Ann Barbara, y ese latifundista psicopático que gusta de autodenominarse De Schinkel en honor a los apellidos inflados escandinavos, un demente que llega a liberar a criminales para que aterroricen a la única masa laboral con la que cuenta Ludvig, unos gitanos liderados por Héctor (Magnus Krepper) entre los que se destaca Anmai Mus (Melina Hagberg), niña salvajona que ayudaba en el robo símil rapiña de los romaníes. La película, como toda gesta de época sustentada en emociones fuertes, nos presenta una obsesión, la colonia de Kahlen bautizada Kongenshus, y los sacrificios que conlleva, desde echar a la chiquilla para contentar a los campesinos alemanes racistas y supersticiosos que arriban, encabezados por Balzer (Felix Kramer), hasta reprimir las ganas de asesinar a Schinkel, personaje brillantemente interpretado por un Bennebjerg que iguala lo hecho por los otros genios del elenco, Collin, Hagberg, Lindh y nuestro imponderable Mikkelsen, sin dudas uno de los mejores y más carismáticos actores del nuevo milenio. El film desromantiza la avanzada colonial, aquí en manos de un hombre tenaz atrapado en una guerra que no pidió y usado de “carne de cañón” para la aventura migratoria, y analiza con astucia el sometimiento sexual en el feudalismo, por ello Ann Barbara muta en agente de venganza -por las violaciones y la cruel muerte de su esposo- y el propio Ludvig tampoco se queda atrás, él mismo fruto del abuso de un terrateniente sobre una cocinera/ criada, la madre ya fallecida de este Kahlen que entiende algo tarde -pero entiende- que la solidaridad y el afecto son más valiosos que las utopías de riqueza en sociedades injustas o violentas…
La Tierra Prometida (Bastarden, Dinamarca/ Suecia/ Noruega/ Alemania, 2023)
Dirección: Nikolaj Arcel. Guión: Nikolaj Arcel y Anders Thomas Jensen. Elenco: Mads Mikkelsen, Simon Bennebjerg, Amanda Collin, Gustav Lindh, Kristine Kujath Thorp, Magnus Krepper, Søren Malling, Morten Hee Andersen, Jacob Lohmann, Melina Hagberg. Producción: Louise Vesth. Duración: 127 minutos.