Keoma

Cuchillo mestizo contra los fascistas

Por Emiliano Fernández

Keoma (1976), palabra de los pueblos nativos americanos que significa “muy lejos”, es uno de los spaghetti westerns más insólitos jamás filmados y su excepcionalidad supera por mucho el lugar que se le suele conceder dentro de la historiografía cinematográfica del género, eso de simbolizar el punto final del western europeo por ser uno de los mejores y últimos producidos en Italia, ya en una etapa en la que menguaba la demanda comercial del formato y el mercado volvía a estar concentrado bajo el signo de las producciones yanquis: en primer lugar, hablamos de un western protagonizado por un personaje mestizo, mitad indígena y mitad hombre blanco, por supuesto ese Keoma titular en la piel de Franco Nero, jugada retórica que nos remite a una tradición iconoclasta dentro del western que va desde Apache (1954), dirigida por Robert Aldrich y protagonizada por Burt Lancaster como Massai, hasta Renegado Vengador (Chato’s Land, 1972), de Michael Winner y con Charles Bronson en el rol de Pardon Chato, otro aborigen híbrido, en segundo término la película que nos ocupa se sirve de una banda sonorosa de Guido y Maurizio De Angelis -muchas veces reconocidos por su seudónimo anglosajón en conjunto, Oliver Onions- que en vez de limitarse a la música incidental de siempre, opta por incluir una serie de canciones vocales que comentan/ describen/ relatan los acontecimientos de turno tanto con una voz femenina melodiosa como con una masculina en línea con el dejo cavernoso de Leonard Cohen, y finalmente la epopeya nos propone una combinación muy inusual de drama fratricida shakesperiano a lo Hamlet (1603), cámaras lentas tan preciosistas como despiadadas para subrayar determinados chispazos de violencia símil el querido Sam Peckinpah de Mayor Dundee (Major Dundee, 1965), La Pandilla Salvaje (The Wild Bunch, 1969), Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), La Fuga (The Getaway, 1972) y Tráiganme la Cabeza de Alfredo García (Bring Me the Head of Alfredo García, 1974), y un antihéroe misterioso, solitario y ultra marginado que remite directamente al personaje más famoso de Nero, el titular de Django (1966), obra maestra fundamental del género a cargo del genial Sergio Corbucci.

 

De hecho, se supone que en algún momento Keoma, dirigida por el siempre tremendo Enzo G. Castellari, empezó como un proyecto destinado a ser una secuela oficial del opus de Corbucci -en realidad se acumularon 30 continuaciones no oficiales- pero luego adquirió un tamiz propio y se independizó de cualquier asociación, en esencia naciendo de una historia muy rudimentaria de Luigi Montefiori alias George Eastman que a posteriori se transformó en un guión firmado por Mino Roli y Nico Ducci, dos señores especializados en policiales y múltiples dramas y con poca experiencia valiosa en el rubro de los spaghetti westerns, por ello mismo el realizador, la estrella y el productor Manolo Bolognini decidieron en gran medida descartar lo escrito y empezar a improvisar sobre la marcha -ya iniciado el período de rodaje- con sucesivas reescrituras cortesía de Castellari, el actor John Louis Loffredo alias Joshua Sinclair y el propio Nero, mejunje estrafalario del que -otra curiosidad absoluta de semejante periplo- salió un trabajo muy coherente que no acusa recibo de lo que podría haber sido un verdadero caos creativo producto del apuro por no desperdiciar recursos de filmación y el mismo hecho de no tener un guión férreo sobre el cual basarse en el día a día. Terminada la Guerra de Secesión (1861-1865), Keoma regresa a su pueblito luego de haber luchado por la Unión y descubre que el lugar está dominado por un tirano llamado Caldwell (Donald O’Brien), ex jerarca confederado y hoy ricachón con milicia propia que compró la mina de la región y de a poco va expulsando a todos los habitantes mediante la excusa de una plaga difusa e hiper contagiosa que no deja de extenderse, permitiéndose tomar prisioneros a la mayoría de los lugareños y confinarlos -a la espera de su pronta muerte- en un campamento improvisado de su mina sin medicamentos, víveres o cuidado alguno. El protagonista es hijo mestizo de una indígena y de un blanco ranchero de buen corazón, William Shannon (William Berger), quien lo adoptó y lo llevó a vivir a su hogar cuando su progenitora cayó muerta en una de las tantísimas masacres que los caucásicos encaraban contra los pobres aborígenes que luchaban con gran tesón por las mismas tierras que ellos.

 

Al llegar al lugar Keoma se topa no sólo con la complicidad muda de su padre ya mayor, quien se muestra impotente ante la avanzada absolutista de Caldwell y los suyos, y de George (Woody Strode), un negro que supo desempeñarse como asistente de William y que crió de niño al protagonista con cariño y respeto, hoy un alcohólico sin hogar al que sólo le quedan tres cuerdas en su banjo, sino con la cooperación activa y maquiavélica de esos tres hermanastros que siempre se burlaron de él y lo marginaron y golpearon por su condición de mestizo y/ o simple vástago introducido cual competencia en la estancia, Butch (Orso Maria Guerrini), Sam (Loffredo/ Sinclair) y Lenny (Antonio Marsina), ahora sicarios al servicio del maldito de Caldwell. Para apuntalar los ecos shakesperianos modelo familiar/ sobrenatural/ alegórico, la historia echa mano de la presencia de una bruja avejentada (Gabriella Giacobbe) que acompaña constantemente al protagonista en plan de ángel de la guarda mefistofélico aunque bondadoso, un detalle estupendo que calza a la perfección con la figura del antihéroe que no teme matar de Keoma y con el tono melancólico y de “última cabalgata” del film, a lo que se suma la obsesión con salvar a una mujer embarazada, Liza Farrow (la bella Olga Karlatos), a la que los esbirros del déspota acusan de estar contagiada de la peste con vistas a recluirla en cuarentena en el campamento de la mina, donde seguro se infectará por el generoso volumen de enfermos desamparados. Luego de que los tiranos vernáculos matasen al marido de la fémina, Keoma toma a Liza bajo su cuidado y se propone informar al gobierno central de lo que ocurre en el pueblo y traer medicinas para los moribundos, por ello planifica con George y el médico de turno (Leonardo Scavino) engañar a los guardias que custodian la salida/ entrada de la región haciendo pasar al negro como un cadáver y después reingresando con cajones de medicamentos, lo que a su vez enfurece a Caldwell. Mientras que los hermanitos blancos Shannon se comen una buena paliza por parte de Keoma y anhelan sacarse de encima tanto a su hermanastro reaparecido como a Caldwell, éste deberá enfrentarse a una alianza entre el mestizo, George y William.

 

A diferencia del relativismo ideológico de barricada promedio de los spaghetti westerns del período, ese que denunciaba el quid fascista y discriminador del western clásico para con los aborígenes y los afroamericanos al abrazar una anarquía lúdica polirubro que señalaba las contradicciones e hipocresía de la construcción nacional yanqui y -por elevación- de prácticamente todas las sociedades modernas, el opus de Castellari y compañía se juega de manera explícita por la postura política rebelde sin necesidad de un contexto símil zapata western de Porfiriato y Revolución Mexicana, basta con pensar en el hecho de que Keoma no sólo convence a cada uno de sus compañeros en la cruzada libertadora -el doctor, el negro, su padre, etc.- sino que además acusa al resto de los habitantes mierdosos del pueblo de ser agentes pasivos de una connivencia tácita y repugnante con el dictador Caldwell, incluso llevando el planteo al extremo de señalar el pancismo acrítico y cobarde del pueblo en su conjunto cuando los tres Shannon se cargan a su jefecito no tanto para vengar el cruel fusilamiento de William sino para reemplazar a Caldwell en términos prácticos como los flamantes “dueños” del lugar, aunque ya no bajo el ritual del miedo, las reclusiones y las balas voladoras sino bajo una sombra legal/ jurídica/ policial tracción a un fariseísmo con pretensiones de convertir a Butch en un sheriff todopoderoso y rubricado por esos mismos ciudadanos que pasaron de ponderar la embestida de Keoma -autonomía y medicamentos en el horizonte- a condenarla siguiendo los embustes de Sam, el cual lo acusa de ser responsable de las carnicerías en secuencia, de traicionar a su progenitor y de traer a la embarazada supuestamente infectada al pueblo. Este traspaso del poder de la sinceridad de la barbarie a la clásica colección de mentiras de la estructura burocrática/ estatal moderna, en apariencia “civilizada” y cortés, constituye uno de los ejes conceptuales paradigmáticos de los zapata westerns en la tradición de ¿Quién Sabe? (1967), de Damiano Damiani, El Mercenario (Il Mercenario, 1968) y ¡Vamos a Matar, Compañeros! (1970), ambas faenas de Sergio Corbucci, y Los Héroes de Mesa Verde (Giù la Testa, 1971), de Sergio Leone.

 

El maravilloso protagonista, que heredó de su padre la rapidez para desenfundar el revólver pero también adquirió por cuenta propia una prodigiosa destreza con el cuchillo que lo emparenta con sus antepasados nativos americanos, constituye un antihéroe de izquierda al cien por ciento porque literalmente se identifica con todos los marginados de la faena, pensemos en la tez oscura de George, la vejez de William, la condición de “no enferma” de Liza, el olvido que padece el hijo no nato de la anterior por parte de todos a su alrededor y hasta esa bruja espectral en la piel de Giacobbe, sin duda toda una hereje en el contexto cristiano fundamentalista de aquella etapa histórica. Castellari, un director muy heterogéneo y casi siempre cercano al trash que se pasearía por el giallo, la comedia, la ciencia ficción, el poliziotteschi, el horror de tiburones, las aventuras, el cine de acción y las propuestas bélicas más desquiciadas, ya contaba antes de Keoma con una cuantiosa experiencia en los spaghetti westerns y se nota mucho en pantalla gracias a la estilización exacerbada de las secuencias y el talento del señor a la hora de una puesta en escena meticulosa plagada de flashbacks tan crudos como preciosistas que llegan al nivel del surrealismo de la mano de la exquisita fotografía de Aiace Parolin, la muy buena edición de Gianfranco Amicucci, la inigualable banda sonora de los hermanos De Angelis -núcleo de eternas polémicas irrelevantes ya que cumple su función, orientada al extrañamiento melancólico freak a lo parábola de un ocaso existencial- y el laconismo y la estampa guerrera, rústica y justiciera ferviente de Franco Nero, uno de esos actores de vieja cepa con una presencia capaz de posicionarlo como una figura más grande y más trágica que la vida misma. La obra maestra de Castellari en un único movimiento cierra la etapa de oro del spaghetti western como género y termina de dar paso a la eclosión decisiva e inmediatamente posterior del western crepuscular estadounidense, algo así como el rubro que recibe la antorcha de los westerns europeos para ya nunca jamás regresar a los westerns clásicos y edificar un Viejo Oeste mucho más realista, complejo y mugriento que el industrial maniqueo y naif de antaño…

 

Keoma (Italia, 1976)

Dirección: Enzo G. Castellari. Guión: Enzo G. Castellari, Franco Nero, Joshua Sinclair, George Eastman, Mino Roli y Nico Ducci. Elenco: Franco Nero, William Berger, Olga Karlatos, Woody Strode, Orso Maria Guerrini, Gabriella Giacobbe, Antonio Marsina, Joshua Sinclair, Donald O’Brien, Leonardo Scavino. Producción: Manolo Bolognini. Duración: 101 minutos.

Puntaje: 10