El cine ha retratado bajo distintas acepciones la epidemia de heroína del Siglo XX, una centrada generalmente en el Primer Mundo por el alto costo de la droga y porque las rutas de distribución planetaria solían volcarse a los mercados de mayor poder adquisitivo, así tuvimos desde el enfoque hollywoodense símil film noir de la fundacional El Hombre del Brazo de Oro (The Man with the Golden Arm, 1955), gran joya de Otto Preminger, hasta la perspectiva cuasi documentalista de clásicos como Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, 1971), de Jerry Schatzberg, y Christiane F. (Christiane F.- Wir Kinder vom Bahnhof Zoo, 1981), de Uli Edel, y la fanfarria posmoderna videoclipera de Trainspotting (1996), de Danny Boyle, y Réquiem para un Sueño (Requiem for a Dream, 2000), del imponderable Darren Aronofsky. Schatzberg, un director perteneciente a la generación del Nuevo Hollywood que como tantos otros colegas de su tiempo terminó hundiéndose en el olvido pasada la década del 70, había dirigido una película antes de Pánico en Needle Park, la correcta y no mucho más Entre la Fama y la Locura (Puzzle of a Downfall Child, 1970), correspondiente a la primera etapa de la carrera de Faye Dunaway, y el señor haría algo similar aunque mucho más extremo al elegir a Al Pacino, por entonces un actor ignoto que sólo había trabajado en un rol secundario de Yo, Natalie (Me, Natalie, 1969), de Fred Coe, como protagonista de sus dos opus siguientes, el que nos ocupa y la mítica Espantapájaros (Scarecrow, 1973), en esta última colaborando además con Gene Hackman, siendo en especial Pánico en Needle Park la principal responsable de que el amigo Al consiguiese el papel de Michael Corleone en El Padrino (The Godfather, 1972), de Francis Ford Coppola, eje crucial para su despegue profesional definitivo luego de años de penurias en la escena teatral neoyorquina de los 60, jugada que derivaría en el estrellato gracias a obras maestras venideras como El Padrino: Parte II (The Godfather: Part II, 1974), asimismo de Coppola, y Sérpico (1973) y Tarde de Perros (Dog Day Afternoon, 1975), ambas de Sidney Lumet.
La propuesta está basada en la novela de 1966 del mismo título de James Mills y fue escrita por el matrimonio de Joan Didion, célebre figura de la cultura y el periodismo de Estados Unidos, y John Gregory Dunne, hermano del aquí productor Dominick Dunne y tío del intérprete Griffin Dunne, ese protagonista de Un Hombre Lobo Americano en Londres (An American Werewolf in London, 1981), de John Landis, y Después de Hora (After Hours, 1985), de Martin Scorsese, un equipo que a su vez fue responsable de las variopintas Una Mujer sin Mañana (Play It As It Lays, 1972), de Frank Perry, Nace una Estrella (A Star Is Born, 1976), de Frank Pierson, Confesiones Verdaderas (True Confessions, 1981), de Ulu Grosbard, y Algo muy Personal (Up Close & Personal, 1996), de Jon Avnet. Helen (Kitty Winn) es una dibujante que vive con el artista plástico Marco (ese jovencísimo y querido Raul Julia) y se somete a un aborto en condiciones insalubres, lo que despierta la piedad y el interés del dealer del pintor, Bobby (Pacino), un ladronzuelo y traficante de poca monta que está muy enganchado en la heroína que circula en Sherman Square, una plaza marginal de Nueva York apodada “Parque de las Agujas” por el generoso volumen de drogadictos que la frecuentan. Helen se muda con el dealer y ambos se enamoran al punto de que ella también termina mutando en heroinómana y planificando un casamiento, por ello consigue un trabajo de mesera aunque pronto lo abandona y Bobby comienza a robar con su hermano Hank (Richard Bright), un ladrón de casas y pirata del asfalto. Luego de una sobredosis el personaje de Pacino es arrestado en un robo y Helen se acuesta con Hank para conseguir droga y así comienza a prostituirse, desencadenando estallidos de furia en la pareja, que el dealer empiece a trabajar para un mafioso importante, Santo (Vic Ramano), y que la chica sea extorsionada por un policía de narcóticos, Hotch (Alan Vint), para que delate a su novio después de ser arrestada por comprarle droga al afroamericano Freddy (Arnold Williams) y hurtarle dinero a un cliente de la alta burguesía, Samuels (el cuasi debutante Paul Sorvino).
A diferencia de otras faenas futuras sobre la drogodependencia y estados varios semejantes del cuerpo y el alma, Pánico en Needle Park mantiene casi siempre un tono y un marco retórico digno del melodrama romántico fatalista ya que se centra no sólo en la degradación física, psicológica y moral del adicto en cuestión, en materia de convertirse en un zombie, ser discriminado por la sociedad y/ o consagrarse a un masoquismo que lo transforma en víctima sistemática de su entorno y de la poca comprensión, simpatía o ayuda de éste, sino también en la escalada de traiciones que lo acercan peligrosamente al rol de victimario ya despiadado que considera a sus afectos desde nuestro pragmatismo urbano habitual en tanto “medios para un fin”, planteo que curiosamente se saltea la corrección política y abarca en partes iguales al personaje masculino, ese Bobby que en cierta forma inicia en el lenocinio a Helen al enviarla a comprar heroína ante Freddy con poco dinero para que se acueste con el susodicho por el faltante, y a su homólogo femenino, esa Helen que no sólo le roba droga a Bobby, tiene sexo con su hermano, hace de la prostitución su medio de vida y finalmente lo denuncia a la policía, todo porque Hotch pretende utilizarlo de “puente” para amenazarlo con el presidio y arrestar a Santo, sino que en última instancia sitúa muy en primer plano el declive humano y ético de la dupla mediante los episodios de los amigos de la familia de ella que llegan de visita a la metrópoli, esos que la mujer dice recibir cuando en realidad se encuentra con otro cliente, y del cachorro, uno que Bobby y Helen compran en un contexto bucólico cual ensayo de una futura familia y que termina cayendo al agua desde la borda de un ferry por no cuidarlo mientras se inyectaban heroína en un baño, fábula adicional sobre la responsabilidad truncada producto de la adicción y de un parasitismo emocional cruzado en la pareja que deriva en una dependencia insistente, en simultáneo cariñosa y algo nociva, a pesar de los conflictos, las mentiras, el egoísmo, los gritos, la sutil fragilidad corporal, los delirios de índole caníbal, cierta estupidez, mucha autoindulgencia y esta perfidia de fondo.
Por supuesto que la carrera futura de Pacino es harto conocida y por ello no sorprende tanto su magnífico desempeño en este, su primer protagónico hecho y derecho en el séptimo arte, panorama que no aplica a la hoy poco recordada Winn, una profesional muy talentosa que ganó el premio a la Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cannes por Pánico en Needle Park y que se retiraría a fines de la década del 70 después de un largo derrotero en televisión y teatro y de algunas participaciones en films como El Caso de Justin Playfair (They Might Be Giants, 1971), de Anthony Harvey, El Exorcista (The Exorcist, 1973), de William Friedkin, Un Detective Curioso (Peeper, 1975), de Peter Hyams, El Exorcista II: El Hereje (Exorcist II: The Heretic, 1977), de John Boorman, y Sueños Macabros (Mirrors, 1978), de Noel Black, su último papel hasta una serie de regresos en el ambiente televisivo durante los años 80. Schatzberg, quien como decíamos antes eventualmente se desplomaría hacia una clara meseta cualitativa de la mano de trabajos algo mucho anodinos en línea con Escalera al Poder (The Seduction of Joe Tynan, 1979), Honeysuckle Rose (1980), Amor en Foco (No Small Affair, 1984) y Un Periodista Astuto (Street Smart, 1987), aquí cae apenas por debajo de Espantapájaros, sin duda su mejor opus, porque el desarrollo de Pánico en Needle Park es por momentos demasiado automatizado a nivel dramático e incluso está muy pegado a la fragmentación de unas viñetas un poco inconexas, sin embargo el director aprovecha con maestría la ausencia de música, la actuación de los protagonistas y la genial fotografía de Adam Holender y logra anticipar los horrores infantiles de Christiane F., aquí no tanto analizando el olvido estatal para con los adictos sino la cacería en sí por parte de un aparato represivo público personificado en el manipulador de Hotch, cara visible de esta cultura de la delación incentivada desde las cúpulas y sostenida en el pánico del título, léase el miedo de los enfermos a caer presos porque la falta de drogas, el síndrome de abstinencia o el chantaje de la policía obligan a amigos y a parejas a traicionarse los unos a los otros…
Pánico en Needle Park (The Panic in Needle Park, Estados Unidos, 1971)
Dirección: Jerry Schatzberg. Guión: Joan Didion y John Gregory Dunne. Elenco: Al Pacino, Kitty Winn, Alan Vint, Richard Bright, Kiel Martin, Michael McClanathan, Warren Finnerty, Marcia Jean Kurtz, Raul Julia, Paul Sorvino. Producción: Dominick Dunne. Duración: 110 minutos.