Eden Lake

De generación en generación

Por Emiliano Fernández

Las mismas idénticas columnas pueden derivar en un edificio muy distinto y todo depende de la imaginación del arquitecto de turno: el terror ejemplifica esta idea una y otra vez porque es un género con un surtido limitado de recursos -como todos los géneros, a decir verdad, ya que hablamos de estructuras narrativas estandarizadas para la previsibilidad del consumo masivo- que sin embargo hace gala de su capacidad de extraer agua de las piedras cuando nos topamos con algún mago con el talento suficiente para tales menesteres. James Watkins en Eden Lake (2008), su maravillosa ópera prima y obra maestra del extremismo europeo, nos tira en la cara todos los benditos estereotipos habidos y por haber del rubro “parejita de burgueses que encara una escapada de fin de semana hacia comarcas bucólicas y termina corriendo por su vida bajo el acecho de los animalizados habitantes locales”, no obstante el desarrollo retórico posterior, la extraordinaria construcción del suspenso y sobre todo el tono narrativo elegido, uno brutal y despiadado que no baja los brazos ni por un minuto, elevan la experiencia de modo escalonado hasta redondear una propuesta en verdad dolorosa e incómoda como pocas lo han sido en el horror del nuevo milenio, palabras que por cierto equivalen a un elogio mayúsculo tratándose del cine contemporáneo en general y su permanente pobreza cualitativa tanto en el campo de las ideas novedosas, otrora una dimensión que constituía el horizonte de todo film, como en lo que atañe a la ejecución concreta de premisas subyacentes que pueden estar a priori más que quemadas aunque con la potencialidad de revivir, precisamente como ocurre en la película que nos ocupa de la mano del conocimiento de los engranajes del género del artífice máximo y su destreza para moverlos a gusto y generar tensión, ese Santo Grial en el terreno de los sustos y los gritos.

 

Watkins roba de las mejores fuentes y lo sabe perfectamente, pero no cae en pavadas posmodernas como la cita explícita y bien cínica a sabiendas de que el mejor homenaje siempre fue, es y será reconstruir con corazón y garra los manantiales cinematográficos de los que se bebe, léase el cataclismo turístico de Deliverance (1972), de John Boorman, la violencia gregaria primitiva de El Señor de las Moscas (Lord of the Flies, 1963), de Peter Brook, el apocalipsis cortesía de unos purretes descontrolados de ¿Quién Puede Matar a un Niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador, la defensa psicopática pequeñoburguesa contra el acoso y sadismo campesino de Perros de Paja (Straw Dogs, 1971), de Sam Peckinpah, y finalmente aquel problemilla que se presenta cuando un victimario termina en la casa de la familia de sus víctimas, correspondiente a La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left, 1972), de Wes Craven. Jenny (la pelirroja celestial Kelly Reilly) es una maestra de jardín de infantes que accede a la petición de su novio Steve (el siempre genial Michael Fassbender) de abandonar Londres durante el fin de semana para “veranear a la inglesa” en las playas de una cantera inundada símil lago de un área suburbana bastante alejada de los núcleos habitacionales clásicos, a su vez una zona boscosa a la que le queda poca vida en estado salvaje ya que pronto será utilizada para erigir un complejo inmobiliario/ barrio cerrado llamado Eden Lake y destinado a la alta burguesía. La batalla en cuestión se librará entre los turistas eventuales y un reducido grupo de jóvenes autóctonos liderados por el cruento e hiper puteador Brett (Jack O’Connell), con prontuario penal a cuestas como su padre albañil Jon (Shaun Dooley), y compuesto asimismo por Paige (Finn Atkins), Harry (James Burrows), Mark (Jumayn Hunter), Ricky (Tom Gill) y Cooper (Thomas Turgoose).

 

Lo que comienza como una disputa por el territorio, la playa, con música a todo volumen, basura, penes al descubierto y algo de excremento gracias a la rottweiler de Brett, Bonnie, se transforma en guerra lisa y llana una vez que los chicos le roban a la pareja un bolso con las llaves de su camioneta y después directamente el vehículo, al que conducen con tufillo amenazante por el bosque, provocando una confrontación nocturna en la que la perra -el único ser vivo que realmente quería Brett- termina muriendo de un navajazo accidental. Luego de la persecución reglamentaria, el cabecilla de la pandilla ata al malherido Steve y chantajea a sus cofrades mientras Paige los graba con su teléfono uno a uno acuchillando, cortando o destrozándole la lengua a la víctima, luego de lo cual prenden fuego al cadáver y se ganan de sopetón una feroz contrincante porque Jenny a la par que huye también lucha por su vida cuando la atacan. Decir que la película se sirve de los prejuicios de la burguesía para con las clases populares y la hoy cada vez más en crisis clase obrera no es del todo preciso debido a que el film trabaja a dos puntas el tema de la violencia de raigambre comunal, recordemos para el caso la premisa de base vinculada a la destrucción del enclave bucólico popular para el beneficio y regocijo de los ricos londinenses, planteo usurpador/ parasitario que despierta -ahí sí- el odio de los lúmpenes, la constante agresión que destilan en pantalla y esta noción de bastardear a los turistas en plan de venganza tácita. Watkins parece señalar que el odio, a diferencia de los sectarismos del amor, es muy aglutinante y no conoce fronteras, así tenemos en la manada adolescente a una hermosa muchacha, Paige, un negro, Mark, y hasta a un purrete de ascendencia hindú, Adam (James Gandhi), que se “muere” por ingresar en la pandilla, traiciona a Jenny y termina en llamas cortesía de Brett.

 

Quizás la faceta más interesante de Eden Lake se condense en esta misma vehemencia y lo difícil que resulta pararla una vez que se desató, mucho más teniendo en cuenta el desprecio y encono acumulados entre los proles por las frustraciones que les ofrece la sociedad británica y que se trasladan de generación en generación sin que medien alicientes entre la angustia psicológica y el puño que golpea a los infantes y/ o púberes (más allá de los castigos de los padres a los hijos y de éstos hacia animales pequeños, en primera instancia, y luego a los burgueses tontuelos del exterior, en segundo lugar, desde nuestro cono sur bien podemos identificar un devenir de clase media que los ingleses consideran marginal y que aquí sería más que privilegiado, sobre todo considerando el aumento dramático de la miseria, el desempleo y la precarización laboral en Latinoamérica y todo el Tercer Mundo). El realizador prolonga inteligentemente la agonía de un semi deshecho Steve pero no convierte a Jenny en una heroína automática hollywoodense o feminista de cartón pintado, más bien prefiere subrayar el patetismo de la violencia porque entre los pequeños son los más inofensivos -en términos prácticos- los que mueren, léase el tarado de Adam, ese Cooper con eterna cara de constipado y con un pedazo de vidrio cual cuchillo clavado en el cuello por Jenny, un Harry sensibilizado por las barrabasadas de Brett que quería dar aviso a las autoridades y finalmente esa Paige que pasa de hacerse la marimacho a huir cuando el líder revienta a patadas y golpes al anterior, terminando asimismo atropellada por Jenny en el vehículo del hermano de Ricky. Mientras que la formalmente similar Ellos (Ils, 2006), de David Moreau y Xavier Palud, jugaba con el acoso lúdico azaroso, Eden Lake en cambio se sirve del realismo sucio inglés y el gore más profuso para pensar el sentir social conflictivo.

 

Ella es un complemento de Steve, de quien desconocemos su profesión metropolitana y sólo tenemos conciencia de su gusto por el buceo y su intención de proponerle casamiento a la mujer, principales razones para visitar la cantera desde el vamos: como buen burgués con el ego inflado y ese fetiche de civilidad superficial, el novio de Jenny es un experto en quejarse cuando algo no le gusta pero si recibe un “no” tajante, un poco de ninguneo o una embestida furiosa de la otra parte tiende a quedarse calladito y a retirarse con la cabeza baja apelando a la autovictimización más colorida y pusilánime, algo similar ocurre en el caso de las mujeres y especialmente dentro del estrato singular de la protagonista, una burguesía profesional que no es tenida en gran estima por nadie porque todos la consideran de por sí mediocre y de transición hacia la vida académica superior o universitaria, nos referimos por supuesto a la rama educativa de infantes y de niveles primario y secundario, de allí se extrapola la ironía narrativa/ ideológica de fondo ya que son esos mismos chicos en los que ella deposita su confianza y a quienes dedica su vida laboral -cual futuro de la sociedad de turno- los que la martirizan, la persiguen en calidad de testigo a eliminar y en el desenlace la entregan a sus padres, esos que aportan una versión diez veces peor de la violencia de sus hijos ya que mientras que la de estos últimos es honesta y demencial en su brutalidad, la de los progenitores es hipócrita, está llena de secretos e incluso se mueve con un sutil sadismo de puertas adentro, como lo demuestra el asesinato del final de Jenny en el baño a manos de Jon y otros adultos (las palizas que reciben los críos, modeladoras de su crueldad, terminan siendo más mortíferas a la larga por esto de reproducir las frustraciones y engendrar nuevos monstruos comunales). Los estupendos Fassbender y Reilly brillan a pura intensidad aunque en esta oportunidad la gran sorpresa es Jack O’Connell, él mismo poseedor de un generoso prontuario relacionado con el alcohol y las peleas y quien después se destacaría en las muy interesantes Starred Up (2013), ’71 (2014) y Trial by Fire (2018), amén de su recordada participación en la miniserie Godless (2017). Watkins, por su parte, no volvería a alcanzar el nivel de Eden Lake ni en La Dama de Negro (The Woman in Black, 2012) ni en Atentado en París (Bastille Day, 2016) ni tampoco en su capítulo de 2016 de la tercera temporada de Black Mirror, Shut Up and Dance, todos trabajos sumamente dignos de todas formas que reforzaron la certeza de que estamos ante un artesano con unas preparación y ambición mucho más amplias que las de la enorme mayoría de sus colegas de hoy en día…

 

Eden Lake (Reino Unido, 2008)

Dirección y Guión: James Watkins. Elenco: Kelly Reilly, Michael Fassbender, Jack O’Connell, Finn Atkins, Jumayn Hunter, Thomas Turgoose, James Burrows, Tom Gill, Shaun Dooley, James Gandhi. Producción: Richard Holmes y Christian Colson. Duración: 91 minutos.

Puntaje: 9