Así como muchas veces se suele citar como una de las mejores y más originales propuestas de la historia del cine a Contacto en Francia (The French Connection, 1971), faena dirigida por William Friedkin y escrita por Ernest Tidyman a partir de un libro de no ficción de 1969 de Robin Moore sobre aquella investigación de los detectives Eddie Egan y Sonny Grosso -Jimmy “Popeye” Doyle (Gene Hackman) y Buddy “Cloudy” Russo (Roy Scheider) en pantalla- para desbaratar una red de importación de heroína a Nueva York que ingresaba desde Francia, a decir verdad el clásico de Friedkin de original no tiene absolutamente nada porque retoma casi al pie de la letra primero el documentalismo testimonial y semi intuitivo de Z (1969), el legendario trabajo de Costa-Gavras sobre el asesinato del político griego Grigoris Lambrakis (interpretado por Yves Montand) por parte del aparato represivo del Estado en los años previos a la infame Dictadura de los Coroneles (1967-1974), y segundo la pirotecnia retórica visceral del Kinji Fukasaku de los 60, previa a Batallas sin Honor ni Humanidad (Jingi naki Tatakai, 1973), joya del cine de yakuzas que desmitologizó el aura de forajidos honrosos de los criminales para enfatizar su faceta más enajenada, sádica y/ o imprevisible, lo que por supuesto también abarcaba a los esbirros de la ley, una contraparte con la que se confunden en la praxis metropolitana porque ambas facciones comparten reglas y estilo de vida. Quizás la repercusión más urgente de Contacto en Francia, obra de todos modos muy importante en todo el planeta ya que anticipó el generoso nihilismo de la década del 70 y aquella violencia siempre fascistoide del “todo vale”, es posible encontrarla en Italia, donde inmediatamente después del estreno de la odisea estadounidense surgió un género muy específico, denominado poliziottesco, que trabajó desde un marco narrativo documentalista y exploitation pomposo una serie de motivos paradigmáticos del film noir, las gestas de mafiosos y el thriller cercano al cine de acción como por ejemplo los robos, los secuestros, las persecuciones, las balaceras, el desquite, la corrupción política y policial, los vigilantes, el tráfico de drogas y armas, los atentados terroristas, la codicia y el choque entre militancia de izquierda y el neofascismo de los Años de Plomo en Italia (1968-1988).
Una de las consecuencias más exóticas de Contacto en Francia fue El Hombre en el Tejado (Mannen på Taket, 1976), diminuta maravilla escrita y dirigida por el sueco Bo Widerberg que por un lado efectivamente recuperaba el latiguillo de las cámaras en mano intimistas, la investigación de dos agentes, la brutalidad policial, el fetichismo callejero angustiante y un desenlace seco y repentino, todas características que Friedkin a su vez había tomado de Costa-Gavras y realizadores japoneses como el mencionado Fukasaku o el también crucial Seijun Suzuki, y por el otro lado se nutría de una tradición muy propia de Suecia y de toda la región escandinava como el noir nórdico, una relectura de la novela policial apuntalada en la crítica social de izquierda y un entramado institucional/ comunal/ económico/ cultural lúgubre en donde dominan el homicidio, el racismo, la corrupción, el supremacismo y los crímenes sexuales. De hecho, la realización de Widerberg estaba inspirada en el séptimo volumen, El Abominable Hombre de Säffle (Den Vedervärdige Mannen från Säffle, 1971), de la saga de novelas que parieron el noir nórdico, esa de diez títulos alrededor del oficial Martin Beck que supieron escribir Maj Sjöwall y Per Wahlöö, una pareja en la vida real que revolucionó el policial procedimental recuperando las historias detectivescas de Salvatore Albert Lombino alias Evan Hunter alias Ed McBain e influyendo franquicias literarias por venir como la de Henning Mankell alrededor del Inspector Kurt Wallander y aquella otra póstuma de Stieg Larsson sobre el personaje de la hacker veinteañera Lisbeth Salander, eje de la ultra popular Saga Millennium que comenzó con Los Hombres que no Amaban a las Mujeres (Män som Hatar Kvinnor, 2005), novela adaptada a la gran pantalla en 2009 por Niels Arden Oplev con Noomi Rapace y en 2011 por David Fincher con Rooney Mara. Cuando se estrena El Hombre en el Tejado Beck ya había aparecido en otras dos películas, Roseanna (1967), del cineasta sueco Hans Abramson, y Asesinato en Masa (The Laughing Policeman, 1973), del yanqui Stuart Rosenberg, interpretado por Keve Hjelm y nada menos que Walter Matthau, respectivamente, sin embargo el trabajo de Widerberg sería de aquí en más la principal encarnación cinematográfica de la efigie por antonomasia del noir nórdico.
La película empieza con una insólita secuencia de raigambre gore, escenificada con sangre verdadera de porcinos, que definitivamente no tiene nada que envidiarle al giallo de Mario Bava, Lucio Fulci, Dario Argento y Sergio Martino, un género que se desarrolló en paralelo al poliziottesco y estaba atravesando un auge en el mercado italiano y europeo en general: el Teniente Stig Nyman (Hadar Johansson) es un paciente del Hospital Sabbatsberg, de Estocolmo, que muere destripado con una bayoneta después de que un hombre se colase en su cuarto y le clavase el arma blanca en la boca para callarlo, un episodio que deja litros y litros de sangre en el piso y en todo el mobiliario. La pesquisa cae en manos del Teniente Beck (Carl-Gustaf Lindstedt, por entonces un actor cómico), el mandamás meticuloso y parco de la División de Homicidios que tiene bajo su ala a su mano derecha, el narcoléptico Einar Rönn (Håkan Serner), y a dos oficiales que se detestan aunque se ven obligados a trabajar juntos, los detectives Gunvald Larsson (Thomas Hellberg) y Lennart Kollberg (Sven Wollter), el primero un sujeto rudo que odia a la plana mayor del aparato represivo sueco y el segundo un padre de familia que conocía a Nyman por su estadía en el ejército, dando testimonio de la brutalidad del finado y de su costumbre de cortarle la lengua a los cerdos antes de desmembrarlos para que no chillen. Beck y Rönn pronto descubren que la víctima acumulaba una enorme cantidad de quejas por maltrato a civiles que quedaron en la nada por su fama tenebrosa y el corporativismo policial, colección en la que se destaca Åke Eriksson (Ingvar Hirdwall), un ex policía y tirador de elite que denunció sistemáticamente a Nyman ya que diez años atrás éste provocó la muerte de su esposa Marja, una diabética con la que Åke tenía una hija, Malin, debido a que dos oficiales al mando de Stig arrestaron a la mujer creyéndola borracha o golpeada cuando en realidad se había olvidado su insulina y estaba agonizando, por ello al meterla en un calabozo sin ayuda médica desencadenaron su rápido fallecimiento. Eriksson, presionado por la reciente pérdida de la custodia legal de Malin por su comportamiento errático, se sube a un techo con un fusil Mauser, una pistola Hammerli y un rifle automático Johnson para asesinar al mayor número posible de policías.
Widerberg respeta con mano maestra los lineamientos del policial procedimental, siguiendo cada uno de los pasos de la investigación desde el descubrimiento del cadáver hasta repasar las quejas contra el diletante de la “mano dura” o hablar con figuras cruciales varias como su esposa, la Señora Nyman (Birgitta Valberg), el único amigo que atesoraba Stig dentro de la fuerza, el igualmente salvajón y veterano Palmon Harald Hult (Carl-Axel Heiknert), o los padres de Eriksson (Gus Dahlström y Bellan Roos), quienes charlan tranquilamente con Beck y Rönn mientras Åke inicia su cruzada como francotirador improvisado reventando desde las alturas con su cuasi ametralladora a un par de oficiales y obligando a Kollberg y Larsson a refugiarse en un edificio de las inmediaciones, con este último para colmo con una herida en su cabeza por una bala que lo rozó y lo condujo a detener la hemorragia vía un semi turbante. Sirviéndose de la cruda fotografía de Per Källberg y Odd-Geir Sæther, siempre con ese look áspero y feroz de los 70, y del glorioso desempeño de todo el elenco, con el cuarteto principal de Lindstedt, Hellberg, Serner y Wollter llevándose gran parte de las palmas, el director y guionista le asigna la misma importancia a las secuencias de desarrollo de personajes del comienzo y al agite terrorista del amigo Åke y su fortaleza en un tejado de Estocolmo, “broche de oro” luego de cargarse a Nyman alias El Abominable Hombre de Säffle, su apodo del ejército, no obstante en el último acto también tiene lugar una igualación tácita porque la célebre caída del helicóptero de la policía o la fuga de los detectives disfrazados de médicos guarda el mismo peso que los encontronazos de Larsson con el Comisionado Stig Åke Malm (Torgny Anderberg), el inútil a cargo del operativo para detener a Eriksson, o las cuidadosas poleas de Kollberg para salvar a Beck una vez que éste recibe un disparo en el pecho cortesía del antihéroe, Åke. Este emparejamiento general que propone el opus a lo Sidney Lumet, entre el acervo estándar del film noir y los tiempos muertos que el mainstream hollywoodense trata compulsivamente de obviar por más que la praxis cotidiana esté llena de ellos, le suma precisamente una pátina de realismo descarnado a una gesta fascinante en la que un apóstata policial pretende ajusticiar a su propia calaña…
El Hombre en el Tejado (Mannen på Taket, Suecia, 1976)
Dirección y Guión: Bo Widerberg. Elenco: Thomas Hellberg, Carl-Gustaf Lindstedt, Sven Wollter, Håkan Serner, Ingvar Hirdwall, Bellan Roos, Gus Dahlström, Birgitta Valberg, Carl-Axel Heiknert, Torgny Anderberg. Producción: Per Berglund. Duración: 112 minutos.