Upgrade

De la tecnofobia a la tecnosustitución

Por Emiliano Fernández

Que la ciencia ficción está en crisis no es precisamente una novedad, sobre todo porque buena parte de lo que en otras épocas era un maravilloso revoltijo de ideas y conceptos de barricada hoy en gran medida se reduce a una fórmula postapocalíptica por demás quemada y toda esa basura de los superhéroes, cuyo infantilismo y cuya redundancia -una y otra vez el mismo planteo bobo, homologando retro televisión con el séptimo arte- subrayan que la movida de marketing de fondo le gana a cualquier tipo de esquema artístico renovador o siquiera valioso. Upgrade (2018) viene a salvar las papas: esta segunda película como realizador de Leigh Whannell, conocido especialmente por haber sido el guionista de James Wan en El Juego del Miedo (Saw, 2004), Silencio Mortal (Dead Silence, 2007) y La Noche del Demonio (Insidious, 2010), es un thriller futurista brillante que nos presenta un combo narrativo de lo más inusual, aunando la típica premisa de “hombre común reconvertido en vigilante” de El Vengador Anónimo (Death Wish, 1974), aquellos implantes biomecánicos y cibernéticos de RoboCop (1987) y hasta el ansia de una inteligencia artificial por “nacer” en un cuerpo humano en consonancia con La Generación de Proteo (Demon Seed, 1977).

 

La historia se centra en Grey Trace (Logan Marshall-Green), un mecánico tecnófobo que vive en un futuro -precisamente- dominado casi por completo por dispositivos tecnológicos digitales, los cuales por cierto no resolvieron ninguno de los “problemitas” históricos del capitalismo como la coexistencia de magnates multimillonarios y enormes bolsones de pobreza alrededor de los suburbios citadinos: especializado en lo que se consideran autos vintage a motor de combustión interna y casado con Asha (Melanie Vallejo), una ejecutiva de Cobolt, una de las compañías fundamentales en la fusión de la tecnología con la vida cotidiana de las personas, Grey gusta de trabajar en su casa y considera -con toda la razón del mundo- que cada nuevo juguete digital o virtual que se lanza al mercado genera más y más desempleo. Una noche, a la vuelta de entregarle un vehículo a un cliente llamado Eron Keen (Harrison Gilbertson), un joven pionero a cargo del imperio tecnológico rival Vessel, Trace y su esposa son atacados por cuatro hombres que hackean su auto autónomo para que se estrelle, matan a Asha y dejan tetrapléjico al protagonista, condenándolo a una silla de ruedas de allí en adelante mientras la Detective Cortez (Betty Gabriel) investiga el episodio.

 

Como el caso policial no prospera y la depresión de Grey se acrecienta y su madre Pamela (Linda Cropper) tampoco sabe qué hacer más allá de instalarle a su hijo en su hogar un surtido de dispositivos electrónicos que lo ayudan en su suplicio, Trace eventualmente intenta suicidarse y como no lo consigue acepta una oferta que le hace Keen sobre la posibilidad de implantarle quirúrgicamente en la espina dorsal un chip denominado Stem (Simon Maiden) que funciona como una inteligencia artificial muy de vanguardia símil un segundo cerebro al servicio de su anfitrión, el cual de inmediato le restituye la capacidad motora a sus miembros con el “efecto colateral” de que puede hablarle dentro de su cabeza en tanto dispositivo biotecnológico relativamente independiente. Obligado a mostrarse en público como un tetrapléjico por un acuerdo de confidencialidad firmado con Eron, Grey utiliza a Stem para dar con los asesinos de su esposa y se sorprende no sólo de la buena predisposición de su flamante compañero sino también de la velocidad de sus movimientos cuando lo deja “tomar posesión” del cuerpo y de su frialdad al momento de hallar, torturar y matar a quien sea en pos de progresar en esta misión de justica que ambos se impusieron.

 

La película entrega un cóctel extraordinario en el que las paradojas y un pulso aguerrido son las principales herramientas: tenemos todo un sustrato frankensteiniano por el vínculo entre Keen y su criatura por un lado y entre el chip y el cuerpo/ mente de Trace por el otro, a lo que se suman el proceso de deshumanización que atraviesa Grey, de hecho un defensor de su propia humanidad en contra de la avanzada digital, vía una revancha que tiene su precio en sangre derramada, y la misma tecnodependencia hiper ridícula de una sociedad que renunció a la privacidad, de la mano de drones que patrullan/ filman las calles 24 horas al día, y hasta a su propia esencia orgánica ya que los homicidas, con Fisk (Benedict Hardie) a la cabeza, tienen armas implantadas en sus brazos, entre otras sorpresas varias. La trama va complejizando con maestría y enorme dinamismo la simple gesta de venganza porque lo que pretende es sopesar el rol que vienen jugando la tecnología y la virtualidad en nuestras vidas, con la presencia adicional de -primero- un bajo fondo suburbano plagado de ex militares reconvertidos en sicarios al servicio de la alta burguesía y -segundo- jugadores perpetuos en entornos irreales que buscan escapar a la dolorosa realidad que los circunda.

 

Whannell asimismo condimenta todo el asunto con ingeniosas secuencias de acción que desparraman gore y ferocidad como hace mucho tiempo no veíamos en el mainstream anglosajón, un panorama más acorde con la iconografía impiadosa del cyberpunk que con la estupidez lavada contemporánea de los superhéroes y derroteros pueriles semejantes: hasta se podría decir que la propuesta juega a conciencia con esta faceta anti banalidad comiquera ATP porque la “versión mejorada” del protagonista a la que apunta el título nada tiene del sustrato simplón e inverosímil de los tanques hollywoodenses actuales ya que aquí adquieren preeminencia dramática el dolor y un realismo/ visceralidad sucios por encima de cualquier diálogo cool, pose canchera o catarata de CGI, invirtiendo en términos prácticos la fórmula por antonomasia del Hollywood de nuestros días centrada en el estilo por sobre la sustancia. Incluso así el guión del propio director incorpora algunos momentos de humor negro vinculados con el choque entre la naturaleza campechana de Grey y la destreza homicida y para la investigación que demuestra Stem, sin jamás descuidar la tragedia que motivó la pesquisa en un primer momento y el mismo hecho de que hablamos de un tetrapléjico que puede moverse sólo a través de la intervención de una máquina que avanza sin frenos hacia la “insubordinación” y la autonomía definitiva con respecto a los humanos.

 

Si bien el film coquetea fiero con el terror y la acción, en ningún momento se aparta de su corazoncito hermanado a la ciencia ficción, lo que pone el acento en la necesidad en el rubro de un mayor número de films destinados a adultos pensantes en línea con una suerte de adaptación cinematográfica de los excelentes capítulos de Black Mirror, la serie del británico Charlie Brooker sobre la trabazón entre tecnología consuetudinaria y existencia prosaica. Upgrade no sólo ejecuta a la perfección su premisa de base e incluye uno de los finales más oscuros del género de la década, sino que además sabe cómo analizar -dentro de una narración agridulce y sin recurrir a atajos tontos o sobreexplicaciones- el trecho que va desde la tecnofobia de Trace a su tecnosustitución, confirmando sus peores temores en torno a los embates del enclave biónico y cibernético sobre una cognición humana que no puede seguir el ritmo de los avances y termina paradójicamente subordinada/ postrada frente a un canibalismo inducido por esa misma colección de prótesis materiales o virtuales que supuestamente venían a hacernos la vida más fácil, ahora transformadas en “amos” que o esclavizan aún más a una humanidad condenada a la eterna inequidad del capitalismo, o se ponen a entera disposición de una nueva oligarquía de la información que destruye todo rasgo de identidad individual bajo reduccionismos comerciales, políticos y tecnocráticos…

 

Upgrade (Australia/ Estados Unidos, 2018)

Dirección y Guión: Leigh Whannell. Elenco: Logan Marshall-Green, Harrison Gilbertson, Simon Maiden, Melanie Vallejo, Benedict Hardie, Betty Gabriel, Linda Cropper, Christopher Kirby, Renah Gallagher, Richard Cawthorne. Producción: Jason Blum, Kylie Du Fresne y Brian Kavanaugh-Jones. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 10