E.T. el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial)

Debe regresar a su casa

Por Emiliano Fernández

Realizada justo en el medio entre aquel período lúdico y luminoso de 1941 (1979) y Los Cazadores del Arca Perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), la primera un experimento cómico fallido y la segunda un mega clásico del folletín refritado de aventuras, y la fase extremadamente oscura de Al Filo de la Realidad (Twilight Zone: The Movie, 1983) e Indiana Jones y el Templo de la Perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984), la segunda sin duda la propuesta más lúgubre de Steven Spielberg y la primera eje de un accidente fatal en el rodaje responsabilidad de su colega John Landis, E.T. el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, 1982) fue una obra de quiebre en la trayectoria del legendario director y guionista porque generó diversas consecuencias, algunas cruciales, en sintonía con el nacimiento de ese Spielberg productor, mecenas y magnate que fundaría Amblin Entertainment en 1981 y DreamWorks Pictures en 1994 e impulsaría la carrera de gente como Joe Dante, Robert Zemeckis, Kevin Reynolds, Don Bluth, Tobe Hooper, Matthew Robbins, Jan de Bont, David Koepp, Barry Sonnenfeld, Rob Marshall y J. J. Abrams, entre muchos otros, y algunas sinceramente banales, como la división ya definitiva y tajante entre el público y la crítica entre aquellos que aman al señor y los que lo odian, los primeros por lo general espectadores conservadores y bien estúpidos que defienden el antiintelectualismo hollywoodense promedio y los segundos unos amargados y egocéntricos que desdeñan el pathos en favor del logos y el ethos de la enunciación. La historia en sí cuenta con tres fuentes, hablamos primero de la costumbre del Spielberg niño de llenar el vacío que dejó el divorcio de sus padres con un amigo alienígena imaginario, en segunda instancia un mítico guión no producido del hindú Satyajit Ray, trabajo intitulado El Alienígena (The Alien, 1967) que en esencia estaba destinado al aparato de los grandes estudios norteamericanos, y finalmente otro proyecto no realizado aunque del propio Steven en sociedad con un bisoño John Sayles, Cielos Nocturnos (Night Skies, 1979), intento de continuación mucho más terrorífica de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo con ideas que a posteriori irían a parar no sólo a E.T. el Extraterrestre sino también a Poltergeist (1982), de Hooper, Gremlins (1984), de Dante, El Hermano de Otro Planeta (The Brother from Another Planet, 1984), de Sayles, Señales (Signs, 2002), de M. Night Shyamalan, y por supuesto Guerra de los Mundos (War of the Worlds, 2005), la incursión apocalíptica del mismo Spielberg, cuyo pesimismo nunca es reconocido por el vulgo ni la intelligentsia y en E.T. el Extraterrestre queda muy en primer plano en materia de la posibilidad de la “transmisión natural” de los sentimientos aunque no así de la razón, un tesoro hiper elusivo que se va con las estrellas.

 

Jugando con una idiosincrasia triple en tanto metáfora sobre la desintegración familiar, la condición de exiliado forzado y la crueldad del mundo, el guión del film fue un encargo muy específico del realizador a Melissa Mathison, quien estaba acompañando a su por entonces novio y futuro marido Harrison Ford en el set de filmación de Los Cazadores del Arca Perdida, una mujer con una carrera poco prolífica y bastante errática que incluye además a El Corcel Negro (The Black Stallion, 1979), de Carroll Ballard, El Maestro de la Fuga (The Escape Artist, 1982), de Caleb Deschanel, La Llave Mágica (The Indian in the Cupboard, 1995), de Frank Oz, Kundun (1997), de Martin Scorsese, y El Buen Amigo Gigante (The BFG, 2016), su otra colaboración con Spielberg junto al capítulo del señor de la antología Al Filo de la Realidad, amén de haberse encargado del guión en inglés para la versión internacional de Ponyo (Gake no ue no Ponyo, 2008), de Hayao Miyazaki. Steven le pidió a Mathison un libreto que pudiese ser rodado en poco tiempo y sin las enormes complicaciones del opus inaugural de la franquicia de Indiana Jones ya que Melissa había quedado impresionada por una pequeña subtrama de Cielos Nocturnos que involucraba a un ser extraterrestre amigable, Buddy, el único de un grupo bastante tenebroso, entablando una relación más que cordial con un purrete autista, planteo que se unificó con los intereses de siempre de Spielberg, casi siempre homologados a su colorida infancia, con el guión citado de Ray, influencia nunca reconocida por el cineasta estadounidense, y con su sociedad con el italiano Carlo Rambaldi, quien ya había trabajado con Spielberg en aquel diseño de los visitantes del espacio de Encuentros Cercanos del Tercer Tipo, un genio que toma la posta de los animatronics de E.T. el Extraterrestre una vez que se desvanece el proyecto de Cielos Nocturnos y se produce una fuerte pelea entre el director y el especialista previo en efectos especiales, el también famosísimo Rick Baker. El relato en sí es minúsculo y abarca el olvido accidental del protagonista (voz de Pat Welsh) por parte de sus pares en el Valle de San Fernando, en Los Ángeles, criatura inteligente y con habilidades telequinéticas que contrastan con su aspecto grotesco y dificultades para caminar. El niño de diez años Elliott Taylor (el sublime Henry Thomas) será quien adopte a E.T., joven que viene de padecer el divorcio entre su abandónico progenitor, quien aparentemente se fugó con su amante hacia México, y su ahora madre soltera, la bella y entristecida Mary (Dee Wallace), feminidad vista a la distancia porque es parte fundamental del descreimiento de los mayores en lo que atañe a la bondad y habilidades del forastero, una figura por momentos mesiánica y con un dejo lírico que revive plantas y nos regala milagros como las inefables bicicletas voladoras.

 

En cierta medida E.T. el Extraterrestre puede ser leída como una odisea de terror invertida y minimalista en la que la presencia del agente del espanto en lugar de traer paranoia y desunión individualista en la comunidad de turno desencadena una suerte de amalgama de inadaptados que a su vez da paso a la comedia de enredos, la denuncia antiinstitucional, el revolucionario motivo del “monstruo bueno” símil peluche humanista y hasta un rasgo en común inesperado con Tiburón (Jaws, 1975), la condición de protagonista absoluto del muñeco del título, ese cuya dulzura es tan empalagosa como horroroso y desproporcionado era aquel escualo homicida del opus anterior, paradoja profesional que abarca también el repliegue en ambición de un Steven que pasó de filmar en el océano con títeres gigantescos a regresar a sus suburbios deprimentes de la adolescencia, aquellos de una paradigmática clase madia caracterizada por la comida chatarra, los niños precoces y solitarios y los matrimonios destruidos por infidelidades, para este cuento de hadas con claras influencias de El Mago de Oz (The Wizard of Oz, 1939), de Victor Fleming, pensemos en este sentido que la pandilla que acompaña a Elliott en la misión explícita de fondo de esconder a la criatura y en lo posible facilitarle las cosas, sobre todo para que construya un dispositivo de comunicación que le permita llamar a los suyos y retornar a su ignoto planeta, es su propia parentela, una que representa hasta la médula la concepción spielbergiana del afecto debido a que está compuesta por un hermano mayor algo engreído a lo pichón de adulto, Michael (Robert MacNaughton), y por una hermana muy menor, bastante insoportable y tendiente a traicionar a los dos varones al contarle desde el vamos el asunto a la madre, Gertie (Drew Barrymore), esquema retórico que le sirve al cineasta para regodearse en el aprendizaje en conjunto entre E.T. y los animales y niños, basta con tener presente el hecho de que el perro del clan, Harvey, y los mocosos son los únicos que perciben y entienden la indefensión y la magia del alienígena mientras que los adultos, representados por los parásitos del gobierno que pretenden capturarlo como show circense de la ciencia y las corporaciones, adquieren un sesgo muy negativo en la trama, además E.T. está vinculado a la fauna terrestre porque grita como animal ante el peligro y es atraído por Elliott con comida e incluso se podría decir que es nuestro planeta, bajo el control de seres humanos en su mayoría de edad y con críos, el que enferma al diminuto bicharraco porque éste sólo mejora cuando sus paisanos se acercan con su nave espacial, agonía del marginado cual campeón narrativo de antaño de Walt Disney y/ o proto antihéroe de Pixar, un estudio de animación que retomaría hasta el hartazgo la fórmula en cuestión centrada en la edulcoración de lo a priori fútil o siniestro.

 

Nociones mayormente complementarias también se dan cita en el film como la curiosidad existencial -y no el turismo irresponsable/ prejuicioso de los adultos- en tanto guía de esta aventura del conocimiento compartido, algo relacionado a la exploración alienígena en pantalla y la solidaridad o inmediata aceptación de los niños para con la criatura, y como la fragilidad de la inocencia, simbolizada en la atrofia motora de E.T. y lo que parece ser -por aquel susto frente a la heladera, cuando se derrama la leche y el enigmático animalucho sale corriendo luego de abrir un paraguas- una debilidad coronaria de Taylor, en oposición con respecto al sadismo y a la brutalidad del statu quo de la sociedad capitalista terrícola, una ferocidad apuntalada en el uso de armas de fuego por parte de los agentes federales y en la célebre secuencia de la disección de las ranas en el colegio, cuando ya está entablado el vínculo telepático/ corporal/ psicológico entre Elliott y un E.T. que se emborracha y lo impulsa a liberar a los pobres anfibios antes de que sean viviseccionados. Spielberg, quien por cierto aquí se consagra a una economía narrativa magistral basada en la fotografía semi gótica de Allen Daviau y una puesta en escena muy meticulosa y sin sobreexplicación alguna más allá de cierta redundancia ocasional a instancias del compositor John Williams, no sólo analiza la importancia de la comunicación, el respeto mutuo y la cultura propia para sobrevivir y no caer en la alienación social, sino que asimismo sopesa todos los pros y los contras correspondientes a la masculinidad en familia y especialmente la amistad varonil, recordemos por ejemplo la mentada conexión entre el nene y el petiso bizarro del espacio, ese núcleo luminoso en el pecho de E.T., los secretos compartidos -incluso ante los ojos ciegos de una Mary que convive con el monstruito- y desde ya el sacrificio del último acto, cuando el alienígena opta por morir para que su compadre de poca altura siga viviendo al “desconectarse” psíquicamente del muchacho. Así como E.T. para curarse “debe regresar a su casa”, palabras de Elliott al único adulto que no se olvidó de su infancia, Keys (Peter Coyote), aunque sin llegar a la inmadurez crónica a lo Peter Pan de los lelos de nuestros días, al irse en sí el visitante señala la cabeza/ cerebro de Taylor -y no el corazón- como el lugar en el que estará de allí en más, despedida que subraya la típica contradicción general spielbergiana, rubro que abarca la horrenda reedición con retoques digitales por el vigésimo aniversario y la retirada de circulación cuando después el cineasta se arrepiente de lo hecho. La moraleja de la película, en suma, radica en el detalle de que no hace falta una “space opera” colosal a lo George Lucas para ponderar un viaje que valga la pena ser vivido, sino apenas una hazaña contracultural en los suburbios por parte de un puñado de chiquillos…

 

E.T. el Extraterrestre (E.T. the Extra-Terrestrial, Estados Unidos, 1982)

Dirección: Steven Spielberg. Guión: Melissa Mathison. Elenco: Henry Thomas, Robert MacNaughton, Peter Coyote, Dee Wallace, Drew Barrymore, K.C. Martel, Sean Frye, C. Thomas Howell, Erika Eleniak, Richard Swingler. Producción: Steven Spielberg y Kathleen Kennedy. Duración: 115 minutos.

Puntaje: 10