Aquí me Siento como en Casa (Itt Érzem Magam Otthon)

Del condicionamiento a la complicidad

Por Emiliano Fernández

Aquí me Siento como en Casa (Itt Érzem Magam Otthon, 2025), conocida entre la fauna cinéfila por su título en inglés, Feels Like Home, es la excelente ópera prima del húngaro Gábor Holtai luego de un surtido de videoclips, cortos, encargos televisivos y alguna que otra participación en un film ómnibus turco, En el Mismo Jardín (In the Same Garden, 2016), sin duda una obra que restituye la fe en los márgenes del cine global contemporáneo y su capacidad para ofrecer opus inteligentes de calidad, en esta ocasión coqueteando en simultáneo con el horror, el thriller de encierro, la comedia negra y sobre todo la parodia adusta social en una época saturada de bobos que obedecen órdenes internalizadas mientras se creen muy libres y muy distinguidos. La historia es minúscula y se concentra en las peripecias de Rita Szabó (Rozi Lovas), una mujer solitaria y casi cuarentona que se queda sin sustento, cuando cierra la zapatería deportiva en la que trabajaba, y que al regreso a su hogar es secuestrada por dos sujetos que como distracción incendian un automóvil en plena noche. Atada en un cuarto lúgubre, la protagonista se topa con un tal Marci (Áron Molnár) que afirma ser su hermano y le dice que su nombre verdadero no es Rita sino Szilvi Árpád y abandonó tiempo atrás a su familia a pesar de ser la hija favorita de Papá (Tibor Szervét), precisamente el patriarca de un clan delirante que instruye a Marci para que ayude a la fémina a “recordar” su identidad, por ello regula el agua y la comida, la desata a discreción y la insta a que lea detenidamente un cuaderno al que presenta como el diario íntimo de Szilvi, siempre con algún detalle sádico suplementario como prohibirle dormir en una cama reluciente ubicada delante de ella y pegada a una lámpara digna de una sesión de tortura.

 

Papá es un oligarca dictatorial con mucho dinero que posee diversas propiedades y vive en un departamento con su “familia”, un grupete de raptados como Rita que aceptan oficiar de miembros del clan en cuestión a cambio de la seguridad económica que brinda el patriarca, así nos topamos con el Tío Rudi (István Znamenák), que interpreta a un borracho cuando en realidad no toma vino sino jugo de arándanos, una hermana menor llamada Anna (Bettina Józsa), quien le comenta que si quiere sobrevivir lo mejor es atenerse a su rol, un hermano mayor que responde al nombre de Miklós (Kornél Simon), contador que protagonizó un romance con la Szilvi previa, la esposa de Miklós, Juli (Dorka Gryllus), una arpía a más no poder, y el vástago supuestamente producto de este matrimonio ficticio obligado a fornicar sin conocerse ni gustarse, Istvánka (Soma Simon), esquema que en algún momento generó una beba que nació muerta y de la que está prohibido hablar, Pannika. El espanto original de la protagonista, cuya única ocupación asignada pasa por escribir poemas que a su vez roba de las letras de canciones de bandas húngaras y polacas de rock pesado, de a poco se transforma en acostumbramiento e interés porque descubre que no puede escapar, ya que el vejete es propietario de varias cuadras a la redonda y todos le deben obediencia, y porque comienza a comprender y aceptar la dialéctica de poder dentro del domicilio, con Papá de capa caída, su matón y verdugo sintiéndose no reconocido lo suficiente, Marci, y en esencia la posibilidad de alcanzar una posición de preeminencia entre los Árpád con el simple gesto de acatar órdenes, ganar confianza y después rebelarse, algo que el resto de la fauna jamás hizo porque son unos conformistas tremendos cuya única respuesta eterna en la pasividad.

 

La primera mitad cuenta con ecos de aquellos cautiverios bastante intensos de 5150, Calle de los Olmos (5150, Rue des Ormes, 2009), obra de Éric Tessier, y Encadenado (Chained, 2012), de Jennifer Lynch, por ello se acumulan pivotes interconectados como por ejemplo el conductismo, la sustitución, el absurdo, la claustrofobia, la asimilación y la parentela compuesta o más bien impostada, en este sentido la memoria colectiva en la realización aparece como una farsa caprichosa y el castigo como un fin en sí mismo del que se extrae placer, típico ciclo del sadismo porque las reglas y sus correlatos pretenden retroalimentar la sumisión del prójimo. El maravilloso guión de Attila Veres, hasta ahora un profesional del montón que no había conseguido escapar del triste ecosistema cinematográfico europeo, equipara a la familia con una máquina en palabras de Miklós, al cual por cierto se le entrega una típica tarea kafkiana como la de buscar pérdidas/ fugas de dinero en unos balances anuales que son puros números aleatorios, así la seguridad y el bienestar constituyen ítems que deben producirse en el hogar y que no surgen por generación espontánea, incluso si los cimientos de la dinámica vincular no son verdad ya que la convivencia puede sostenerse tanto en la honestidad como en la artificialidad más bizarra, como bien retrata la odisea que nos ocupa y su confabulación de mentiras. La epopeya mundana de Holtai, sin duda muy bien actuada por todo el elenco y en especial por Lovas y Molnár, puede leerse como una parábola tanto del campo de concentración estadounidense de Guantánamo o de la Hungría comunista como de las dictaduras latinoamericanas o de los recovecos más pesadillescos y obtusos de las administraciones públicas y privadas del rubro/ gremio que sea del planeta.

 

Recordando en parte la reciente Heel (2025), esa joya de Jan Komasa sobre otro secuestro pero más volcado al adiestramiento con aires de redención, Aquí me Siento como en Casa asimismo trae a la mente el absolutismo doméstico de Es una Buena Vida (It’s a Good Life, 1961), célebre episodio escrito por Rod Serling para La Dimensión Desconocida (The Twilight Zone, 1959-1964), el afamado Tratamiento Ludovico de lavado de cerebro de La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange, 1971), de Stanley Kubrick, y aquellas familias un tanto “disfuncionales” que atravesaban una serie de cambios en Teorema (1968), de Pier Paolo Pasolini, y Canino (Kynodontas, 2009), de Yorgos Lanthimos. La película señala que el poder económico/ financiero/ capitalista más difuso, en pantalla desde ya Papá, de quien nada sabemos en relación al origen de sus cuantiosos recursos, fabrica su propia realidad y controla a los imbéciles que confunden confort con paz mental cuando en verdad son esclavos patéticos del amo psicopático de turno, algo que tranquilamente puede extenderse a la sociedad digital del Siglo XXI y a esa oligarquía tecnológica que hace de la vigilancia, el control, la segmentación, el individualismo y las penalidades sus principales banderas, lo que implica que la identidad se convierte en todo un campo de batalla y la soledad muta en garantía de docilidad acomodaticia. Si bien al film le lleva un tiempo considerable llegar a destino, léase a la metamorfosis de Rita/ Szilvi durante la segunda mitad de la propuesta en función del mandato de Papá, que adora “diseñar” a su familia en un cuadernito, vinculado al matrimonio de la mujer con un ingeniero informático desempleado que está pronto a ser secuestrado para que nazca -de nuevo- Pannika, Tamás (Máté Szalay-Dimitrov), lo cierto es que los últimos 45 minutos de metraje son magistrales ya que exploran cómo una cultura en común puede reproducirse sola más allá de la figura de autoridad, especialmente cooptando al engranaje más díscolo de la cadena para transformar su vehemencia en ortodoxia con respecto a la causa grupal, jugada que efectivamente suele desencadenar el surgimiento de otro esbirro del régimen a puro fundamentalismo y obediencia ciega (por lo menos hasta que surja la posibilidad de volver a trepar en la estructura piramidal, ya conociendo todos y cada uno de sus vericuetos). El desenlace trae a colación conceptos adicionales como la mentalidad de secta, la solidaridad entre criminales y la venganza de influjo catártico, ya dejando atrás la abulia, por ello en algún punto se asemeja al final de Heel aunque con un tono más nihilista porque aquí no hay nada de lo que redimirse y además se enfatiza que a veces los roles o lugares en el organigrama familiar/ empresarial/ autoritario fagocitan al sujeto al llevarlo desde el condicionamiento inicial hacia la complicidad hecha y derecha…

 

Aquí me Siento como en Casa (Itt Érzem Magam Otthon, Hungría, 2025)

Dirección: Gábor Holtai. Guión: Attila Veres. Elenco: Rozi Lovas, Áron Molnár, Tibor Szervét, Bettina Józsa, István Znamenák, Kornél Simon, Dorka Gryllus, Soma Simon, Kati Zsurzs, Máté Szalay-Dimitrov. Producción: Zoltán Mártonffy, Péter Fülöp y Ádám Farkas. Duración: 124 minutos.

Puntaje: 9