El Sirviente (The Servant)

Dependencia, sinónimo de manipulación

Por Emiliano Fernández

El Sirviente (The Servant, 1963), obra maestra fundamental de la larga carrera de Joseph Losey, es la película por antonomasia de los juegos de poder, decadencia y enajenación que tienen al ámbito hogareño como su coyuntura preferida, un film extraordinario en donde un intruso no sólo va tomando posesión de manera progresiva de la casa sino que se propone explícitamente intercambiar roles con el propietario de la residencia y hasta hacer lo propio con la pareja de turno, reemplazando a la del dueño -esa que se siente con igual derecho de dirigir todo lo que acontece en el lugar- por otra que responda a los intereses del forastero que ha ingresado con la venia original de la supuesta autoridad y se ha instalado cómodo para desplegar sus diversas elucubraciones maquiavélicas. La película, que responde al extenso período/ exilio europeo de la trayectoria del director norteamericano luego de ser catalogado como comunista e incluido en la execrable lista negra del mccarthismo durante la década del 50, sin duda demuestra también la enorme capacidad de adaptación de Losey a la idiosincrasia del viejo continente en general y al entorno social inglés en particular, enclave donde transcurre la narración y que aquí es analizado desmenuzando las miserias, prejuicios y antagonismos comunales involucrados desde un planteo muy vanguardista para su época que sólo resulta equiparable a las realizaciones del Free Cinema o la New Wave Británica, con autores de la talla de Lindsay Anderson, Tony Richardson y Karel Reisz.

 

A diferencia de los directores citados, cuyas primeras obras solían centrarse en la clase obrera y sus problemáticas, el excelente guión de Harold Pinter, Premio Nobel de Literatura en 2005, a partir de un trabajo literario de Robin Maugham de 1948, tiene por eje la fauna aristocrática londinense y la facilidad con la que su petulancia y autocomplacencia se pueden transformar en sus puntos débiles, casi en herramientas para controlarlos como niños indefensos -o un tanto mucho retrasados mentales- en su vida privada: Tony (James Fox), un joven rico y presumido que acaba de llegar de África, contrata a Hugo Barrett (el genial Dirk Bogarde) como su sirviente para la casa que compró y necesita acondicionar con el objetivo de mudarse lo antes posible. Barrett posee mucha experiencia como criado de distintos miembros de la nobleza y definitivamente considera que trabajar para un muchacho que vive solo y sueña con que participará en un proyecto urbanístico faraónico en Brasil será algo muy fácil, lo que efectivamente es así aunque un detalle en particular, léase el maltrato y el ninguneo que sufre de parte de la novia de Tony, Susan Stewart (Wendy Craig), de a poco hará florecer en él su faceta más psicopática. El as en la manga que utiliza el tremendo Hugo para comenzar a torcer la estructuración de fuerzas a su favor se llama Vera (Sarah Miles), una chica tontuela y bien banal que Barrett introduce en la vivienda como su hermana y que termina trabajando como empleada doméstica de Tony.

 

Así las cosas, el sirviente comenzará a erotizar a Vera a ojos de su jefecito preguntándole al paso si no le parece que la falda de la chica está demasiado corta u ofreciéndole a ella el baño privado de Tony para que lo utilice a gusto, una estrategia que termina de surtir efecto cuando en ocasión de una supuesta enfermedad de la madre de ambos en Manchester, Hugo se ausenta de la casa de Londres y Vera termina regresando antes para estar sola con Tony, lo que deriva en un affaire en el que el hombre se enamora perdidamente de la mujer bajo la sombra sensual/ peligrosa de ser “atrapados” por su hermano. Todo marcha bien hasta que el propietario y Susan eventualmente descubren a Barrett y Vera teniendo sexo en la habitación del mandamás al caer de forma repentina en el lugar a posteriori de un mini retiro vacacional, circunstancia que provoca que ambos sean despedidos entre carcajadas burlonas y Susan dé por terminada la relación con su novio porque deduce rápido el vínculo sentimental de éste con la chica por su pesar al enterarse de que sus empleados son amantes y no hermanos. Tiempo después Tony se encuentra en un bar con Hugo y vuelve a caer en su red de mentiras cuando Barrett le cuenta que Vera se marchó con todo el dinero que tenía para casarse con ella y ahora vive con un corredor de apuestas, en función de lo cual le ruega por una nueva oportunidad como su lacayo, a lo que el aristócrata accede sin saber que esa será su perdición final porque paulatinamente la hegemonía pasará a estar del lado de un criado reconvertido en una suerte de “amigo” ventajista que lo lleva al aislamiento, la paranoia, el alcoholismo, el marasmo y una sumisión emocional/ psicológica/ práctica de una gigantesca magnitud. Una vez más echando mano de Vera, a la que trae al domicilio para de inmediato echarla y hacerse pasar como un compañero fiel frente al derruido Tony, Hugo se siente libre para organizar fiestas de impronta orgiástica y hasta para besar a una reaparecida Susan que pretende en vano recuperar a su ex, quien se queda inmóvil mientras ella lo abandona y el sirviente y su amante se instalan ya definitivamente en la residencia.

 

Retomando lo que decíamos antes, la carrera de Losey fue de lo más heterogénea e incluye joyas de distinto tenor y calibre cualitativo como por ejemplo El Forajido (The Lawless, 1950), M (1951), El Merodeador (The Prowler, 1951), El Criminal (The Criminal, 1960), Los Condenados (The Damned, 1962), Por la Patria (King & Country, 1964), Accidente (Accident, 1967), Ceremonia Secreta (Secret Ceremony, 1968), Figuras en un Paisaje (Figures in a Landscape, 1970), El Mensajero del Amor (The Go-Between, 1971), Galileo (1975), El Otro Sr. Klein (Mr. Klein, 1976), Don Giovanni (1979) y Los Baños Turcos (Steaming, 1985); no obstante El Sirviente es por lejos su mejor película porque consigue sintetizar sus preocupaciones de siempre vía un esquema incluso más complejo que el de sus otras estupendas colaboraciones con Pinter, Accidente y El Mensajero del Amor: aquí se unifican el minimalismo meticuloso y porfiado del realizador, su obsesión con la dialéctica sadomasoquista entre los personajes, aquella predisposición al enigma y especialmente el fetiche con las tomas oblicuas, los diálogos crípticos, una sensualidad siempre a punto de explotar, la mascarada social, la multidimensionalidad de los espacios retóricos y una sofisticación general que no deja de lado el carácter más prosaico y/ o vulgar de aquello que se está analizando, signo de que las capas de sentido son muchas y jamás se limitan a la uniformidad empobrecedora de buena parte del mainstream hollywoodense promedio y sus duplicados a lo largo y ancho de las cinematografías del planeta. Otro rasgo muchas veces presente en su cine, el tópico del doppelgänger sutilmente desfigurado, en esta oportunidad asimismo es llevado al extremo mediante la constante presencia de espejos que deforman a los protagonistas del mismo modo en que la superficie que exhiben al resto de los mortales oculta intenciones por demás egoístas que se revelan de a poco con el correr del metraje y de sus acciones/ reacciones ante los principales focos de disputa, léase el dominio sobre el inmueble, las mujeres cosificadas y la contraparte laboral/ comunal/ económica/ cultural.

 

El carácter parasitario de las clases altas para con los sectores bajos y medios es parodiado por Losey y Pinter mediante la arquitectura de un drama de suspenso plagado de elipsis y actitudes hirientes que van explorando todos los ingredientes del caso, especialmente la venganza tácita social, el peligro que representa el prójimo, la violación de la confianza entre los individuos, la incomodidad frente al extraño, la fascinación homoerótica, esa denigración que aparece de forma escalonada, el ego muy malherido/ ridiculizado desde la crueldad, el escapismo vía el repliegue solipsista o la autodestrucción, y finalmente la convivencia basada en arcanos compartidos y una sensación de conocer en serio a la otra persona que por cierto termina estallando por los aires debido a las sorpresitas que ese otro en algún momento inoportuno tiene para nosotros. Como si se tratase de una tetralogía de especímenes de las sociedades posmodernas, la película nos presenta un Tony presuntuoso, abúlico y tan ingenuo como para nunca poder prescindir del todo de los servicios de un Hugo que a su vez se abre camino como la superación cabal del trepador de clase media que considera que siendo un eterno “perro fiel” del amo de turno conseguirá ascender en la pirámide de los escalafones férreos y la inequidad ad infinitum, porque lo que Barrett pretende es entablar una dependencia homologada a la manipulación e invertir sin medias tintas la ecuación de poder utilizando la misma pedantería de las capas privilegiadas para camuflarse y preparar la estocada crucial cuando su empleador tenga la guardia baja; a lo que se suman una Vera símil prostituta al servicio del criado y una Susan que encarna en el relato el manojo del odio apenas disimulado y las suspicacias varias que los aristócratas europeos y la alta burguesía a nivel macro sienten hacia el resto del colectivo humano que los rodea (personajes secundarios como el veterano matrimonio de la nobleza compuesto por Willie y Agatha Mounset, interpretados por Richard Vernon y Catherine Lacey, amigos de Susan y su pareja, simbolizan la ignorancia solemne, baladí y patética del enclave, sobre todo en función del hilarante intercambio en el que los vejetes confunden “gaucho” con “poncho” en relación a los llamados “vaqueros sudamericanos”, cuyo adverso por supuesto es la utopía brasileña del protagonista y la misma condición de la susodicha de representar un propósito vital que nunca llega, por ello Tony prefiere reposar apático al completo cuidado de Hugo). Fábula sobre la triste necesidad de los bípedos de regentar cualquier cosa, entidad o vida que su capricho considere propia, El Sirviente asimismo es un retrato de una serie de catalizadores casi imperceptibles que ponen de relieve las injusticias, los delirios, la esclavitud consuetudinaria, la hipocresía de fondo y unas maquinaciones a mitad de camino entre la reparación comunal urgente, ironizando acerca de la autoproclamada “posición de autoridad” en el capitalismo de las oligarquías y elites profesionales asociadas, y el placer que produce el ver humillado al enemigo, hoy bajo el halo de una ferocidad que abarca tanto la faceta sentimental de los sujetos como el despojo material más pedestre…

 

El Sirviente (The Servant, Reino Unido, 1963)

Dirección: Joseph Losey. Guión: Harold Pinter. Elenco: Dirk Bogarde, James Fox, Sarah Miles, Wendy Craig, Richard Vernon, Catherine Lacey, Ann Firbank, Doris Nolan, Patrick Magee, Jill Melford. Producción: Joseph Losey y Norman Priggen. Duración: 116 minutos.

Puntaje: 10