Cuando se estrena El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, 1992), neoclásico de fines del Siglo XX de James Foley sobre un guión de David Mamet que a su vez adaptaba la célebre puesta teatral homónima de 1983 del dramaturgo, por cierto ganadora del Premio Pulitzer, Mamet estaba atravesando la mejor etapa de su carrera cinematográfica porque además de haber comenzado a dirigir mediante esa estupenda Trilogía del Engaño, léase Casa de Juegos (House of Games, 1987), Las Cosas Cambian (Things Change, 1988) y Homicidio (Homicide, 1991), ya había firmado guiones de muy distinta envergadura para películas variopintas y casi siempre interesantes como El Cartero Llama Dos Veces (The Postman Always Rings Twice, 1981), de Bob Rafelson, El Veredicto (The Verdict, 1982), de Sidney Lumet, ¿Te Acuerdas de Anoche? (About Last Night, 1986), de Edward Zwick, Los Intocables (The Untouchables, 1987), de Brian De Palma, y No Somos Ángeles (We’re No Angels, 1989), de Neil Jordan, las cuales sirvieron de preludio para trabajos posteriores en sintonía con Hoffa (1992), opus de Danny DeVito, Vania en la Calle 42 (Vanya on 42nd Street, 1994), de Louis Malle, American Buffalo (1996), de Michael Corrente, Al Filo del Peligro (The Edge, 1997), de Lee Tamahori, Mentiras que Matan (Wag the Dog, 1997), de Barry Levinson, Ronin (1998), del inefable John Frankenheimer, Lansky (1999), de John McNaughton, Lakeboat (2000), de su actor fetiche Joe Mantegna, Hannibal (2001), de Ridley Scott, Edmond (2005), de Stuart Gordon, y ¿Qué Pasó Anoche? (About Last Night, 2014), de Steve Pink. Sin embargo es El Precio de la Ambición, de entre todos sus guiones para terceros, la propuesta que más ha penetrado y sobrevivido en el inconsciente cinéfilo mundial porque sintetiza de manera brillante el estilo de escritura del señor, enrevesado e irónico a más no poder aunque también humano virulento, y esos diálogos en simultáneo bombásticos, viscerales, callejeros, puteadores, entrecortados, líricos y siempre fascinantes.
Toda la trama gira en torno a un equipo de cuatro vendedores del complejo de especulación inmobiliaria Mitch & Murray, hablamos de Sheldon “La Máquina” Levene, otrora agente eficaz que está atravesando una mala racha que lo lleva a la depresión porque su hija está en un hospital y urge el dinero para solventar la internación, Dave Moss (Ed Harris), sujeto que denuncia lo evidente, el hecho de que los datos suministrados por la empresa sobre posibles clientes son basura inútil porque los susodichos no tienen un centavo ni el deseo fundamental de comprar un terreno o propiedad para inversión, George Aaronow (Alan Arkin), clásico varón de personalidad débil que se deja influir por el anterior en su plan de robar la oficina de la compañía para llevarse la información más jugosa sobre supuestos interesados, la correspondiente a una futura urbanización para la alta burguesía bautizada Glengarry, para vendérsela a la competencia, un tal Jerry Graff que empezó como ellos y luego se independizó formando su propia mafia de ventas, y finalmente Richard Roma (Al Pacino), el vendedor estrella de este colectivo de depredadores inmobiliarios que hacen de las mentiras, el maquiavelismo y los engaños más groseros sus principales herramientas cotidianas. Mientras que el gerente de la triste sucursal de Mitch & Murray en cuestión, el inexperimentado y mediocre John Williamson (Kevin Spacey), celebra la llegada de Blake (Alec Baldwin), un excremento con patas que da una “charla motivacional” que consiste en insultos y la amenaza de despidos para los dos vendedores menos eficaces del mes, a la vez que el otro par se ganaría un Cadillac El Dorado y un insólito juego de cuchillos, Moss y Aaronow conspiran para llevar adelante el asalto, Levene trata de apalabrarse en su hogar a un poco interesado Larry Spannel (Bruce Altman), víctima junto a su esposa del acoso del telemarketing, y el temible Roma hace lo propio con James Lingk (Jonathan Pryce), varón pollerudo con el ego deshecho por la influencia de su esposa y la subordinación de turno.
La película, convite que se mueve con una comodidad envidiable entre el drama identitario, la comedia negra y el cine testimonial sobre el capitalismo salvaje y cómo éste destroza la psiquis de cuasi esclavos que hacen lo posible para autoconvencerse de la promesa falaz del progreso al final del arcoíris, reproduce el esquema anímico de toda venta, desde el jolgorio y la confianza inicial a la decepción, y por ello está dividida en dos partes muy claras, una primera mitad en la que el director de fotografía español Juan Ruiz Anchía utiliza luces de neón y entonaciones rojas y azules para retratar el recorrido intermitente de los personajes por lo que parece ser una Chicago o quizás Nueva York de noche, período en el que los diversos proyectos simulan ser posibles y aún hay esperanzas de mejoría, y una segunda parte, esa que retrata la mañana del día siguiente en la oficina compartida, en la que domina el gris más estéril y anodino que enfatiza que nada cambió y las vejaciones corporativas de Blake ahora son reemplazadas por aquellas estatales del Detective Baylen (Jude Ciccolella), quien se encuentra en el lugar sometiendo a los empleados a un interrogatorio furioso que nunca vemos, porque se lleva a cabo a puertas cerradas en el despacho de Williamson, pero del cual nos enteramos a través de las críticas furibundas de los vendedores, paradigmática estrategia retórica indirecta de Mamet que se ubica a la par de la bella verborragia machista, racista, ciclotímica, antiinstitucional y misógina y de la burla solapada a la inconsistencia masculina o rauda debilidad tendiente a la perfidia según la coyuntura, algo aquí remarcado mediante el personaje del glorioso Lemmon, ese Levene que tiene una relación hiper tóxica con Williamson porque continuamente pasa de alabarlo o incluso lisonjearlo a condenarlo, amenazarlo, denigrarlo y hasta sobornarlo, homoetorismo de la dependencia tácita de por medio en ocasión de los preciados datos de Glengarry y después por el descubrimiento de que La Máquina desvalijó la oficina en complicidad con Moss por la cobardía de Aaronow.
Muy pocas realizaciones cuentan con un ritmo narrativo tan crispado y adictivo, en especial considerando el sustrato teatral del film, y con semejante catarata de detalles y secuencias maravillosas, como la del nefasto discurso de Blake, la charla entre explotados de Dave y George, los sucesivos y dolorosos manotazos de ahogado del siempre patético Sheldon, la “seducción” de Lingk a instancias del memorable Roma de Pacino, la humillación cruel y sistemática de Williamson -en la oficina, al día siguiente- por parte del vendedor estrella, las peroratas orgullosas banales de Levene por haber vendido por 82.000 dólares ocho unidades en una urbanización, Mountain View, a dos payasos sin fondos, Bruce y Harriett Nyborg, la reaparición de Lingk para cancelar la operación y recuperar el cheque luego de hablar -oh, sorpresa- con su mujer, la metida de pata de Williamson cuando Roma trataba de manipular al susodicho para que no le preste atención alguna a la hembra, los instantes que demuestran la influencia que sí posee el personaje de Spacey sobre bocones “marca registrada” como Aaronow y Moss, y por supuesto el duelo verbal final entre el jefazo y un Sheldon que se autoincrimina a pura soberbia, sadismo y estupidez y termina denunciado por John ante el detective en plan de venganza y odio recíproco. Este trasfondo permanente de víctimas y victimarios de todos los protagonistas, siendo violentados por la empresa y asimismo violentando con argucias baratas a los clientes y compañeros, juega con la idea de la reproducción de la dinámica predatoria y extorsiva en el capitalismo, eje insistente de la producción artística de Mamet, y le deja todo servido a un Foley históricamente errático para que redondee su única obra maestra, muy superior a trabajos de por sí exquisitos como Hombres Frente a Frente (At Close Range, 1986) y Hasta la Noche, mi Amor (After Dark, My Sweet, 1990), sus otras dos joyas de la mejor etapa de su carrera, justo antes de que se embarque en una serie de thrillers muy olvidables durante los años 90 y el nuevo milenio…
El Precio de la Ambición (Glengarry Glen Ross, Estados Unidos, 1992)
Dirección: James Foley. Guión: David Mamet. Elenco: Al Pacino, Jack Lemmon, Alec Baldwin, Ed Harris, Alan Arkin, Kevin Spacey, Jonathan Pryce, Bruce Altman, Jude Ciccolella, Paul Butler. Producción: Stanley R. Zupnik y Jerry Tokofsky. Duración: 100 minutos.