Nadie 2 (Nobody 2)

Descomprimiendo la tensión

Por Emiliano Fernández

Nadie (Nobody, 2021), film insulso de Ilya Naishuller con Bob Odenkirk como un asesino gubernamental misterioso cuya fachada de padre de familia terminaba explotando por la típica presión del exterior, se movía entre una acepción para tontitos de Una Historia de Violencia (A History of Violence, 2005), joya de David Cronenberg, y un exploitation para nada sutil de la saga comenzada con John Wick (2014), obra dirigida por Chad Stahelski, estelarizada por Keanu Reeves y precisamente escrita por el mismo guionista de Nadie, un Derek Kolstad que hizo muy poco por fuera de estas dos franquicias, en especial un par de bodrios con Dolph Lundgren, Asesinos en la Mira (One in the Chamber, 2012), de William Kaufman, y Entrega Explosiva (The Package, 2012), de Jesse V. Johnson. Condimentada con diversas escenas de acción que robaban a mansalva a gente variopinta como John Woo, Luc Besson, Gareth Evans y Yuen Woo-ping, la historia en esencia recuperaba la dualidad identitaria de El Extraño Caso del Doctor Jekyll y el Señor Hyde (Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, 1886), la famosa novela corta del escocés Robert Louis Stevenson, y asimismo retomaba la premisa de la cotidianeidad mediocre como tapadera de actividades non sanctas de Retorno al Pasado (Out of the Past, 1947), todo un clásico del film noir a cargo de Jacques Tourneur con un Robert Mitchum que, de hecho, inspiraría a lo lejos a los personajes de Reeves, Odenkirk y Viggo Mortensen en Una Historia de Violencia, Joey Cusack/ Tom Stall, otro sicario que pretendía dejar atrás sus andanzas vía un clan burgués.

 

La secuela ultra innecesaria de turno, hoy con guión de Kolstad y Aaron Rabin, es Nadie 2 (Nobody 2, 2025), del indonesio Timo Tjahjanto, todo un especialista en bodrios histéricos de acción y terror tanto en solitario como trabajando con Kimo Stamboel bajo el seudónimo colectivo de The Mo Brothers, pensemos por ejemplo en La Noche nos Persigue (The Night Comes for Us, 2018), Los 4 Grandes (The Big 4, 2022) y Fuera de las Sombras (The Shadow Strays, 2024), su trilogía apestosa al servicio de Netflix. Aquí Hutch Mansell, la criatura del tremendo Bob, intérprete fundamentalmente conocido por ese James Morgan “Jimmy” McGill alias Saul Goodman de Breaking Bad (2008-2013) y su spin-off, Better Call Saul (2015-2022), está aceptando misiones varias de El Barbero (Colin Salmon), un jefazo previo al retiro, para pagar el dinero quemado a la mafia rusa en el opus anterior, cuando se enfrentó al temible Yulian Kuznetsov (Aleksei Serebryakov), algo así como el tesorero de un fondo común del hampa que recibe el nombre de Obshchak. Decidido a tomarse vacaciones para -otra vez- limar problemas de convivencia familiar con su esposa, Becca (Connie Nielsen), y sus dos vástagos adolescentes, el mayor Brady (Gage Munroe) y la menor Sammy (Paisley Cadorath), Hutch organiza una visita a Plummerville, un centro de diversiones con parque acuático que conoció siendo un mocoso cuando su progenitor, el agente del FBI retirado David (Christopher Lloyd), lo llevó junto a su hermano adoptivo afroamericano, Harry (Robert Fitzgerald Diggs alias RZA, mandamás de Wu-Tang Clan).

 

Por supuesto que los problemas no tardan en aparecer y llegan por un pelea entre Brady y un tal Max (Lucius Hoyos), quien resulta ser el hijo del propietario de Plummerville, Wyatt Martin (John Ortiz), a su vez conectado con los verdaderos villanos de la faena, el sheriff corrupto de la localidad en cuestión, Abel (Colin Hanks), y la dueña de un casino que opera una ruta de contrabando, Lendina (Sharon Stone), a la que -déjà vu de por medio, toma dos- nuestro adalid del bajo perfil fallido le incinera su dinero cuando la mujer secuestra a ese mismo Max que inició la guerra, todo porque Wyatt pretende dejar de trabajar para ella por las muchas deudas que heredó de su padre, “Wild Bill” Martin (Rodrigo Beilfuss). Si antes el catalizador era una pulsera que había perdido Sammy, ahora lo son unos tickets de arcade que Brady le regala a una señorita que resulta ser la novia de Max, a su vez un muchacho celoso que desencadena el conflicto reglamentario cual bola de nieve de nunca acabar. Nuevamente la epopeya trata de reflexionar sobre la paranoia burguesa en torno al peligro que llega desde afuera, ese marco social difuso que acumula todos los fantasmas habidos y por haber, y sobre la dificultad de balancear pasado y presente, parentela y trabajo, rutina y “hobbies”, compulsiones y anhelos de superación, sin embargo la aventura nunca se decide del todo entre refritar la fórmula previa o volcarse ya de lleno hacia una parodia del idiota familiero en vacaciones, un descerebrado que todo el mundo detesta, quiere estafar o invita a retirarse por turista irrespetuoso e individualista que suele banalizar la cultura vernácula.

 

En este sentido resulta interesante el regreso de Lloyd y la incorporación de una Stone de 67 años en una película no particularmente brillante con un leitmotiv temático digno de las comedias ochentosas, eso de las vacaciones que se descarrilan para mal como si se tratase de un slapstick del cine mudo, y con una banda sonora que vuelve a utilizar de manera irónica todas las canciones elegidas, siempre con la filosofía de fondo del jukebox musical paradigmático de Hollywood. El sarcasmo abarca la constante búsqueda de descomprimir la tensión acumulada por la violencia que le da sentido al personaje del también productor Odenkirk, una variación farsesca de aquel Sargento William James (Jeremy Renner) y su adicción a la adrenalina de Vivir al Límite (The Hurt Locker, 2008), de Kathryn Bigelow, relax homologado en simultáneo a las vacaciones en sí y a todas las carnicerías que le permiten a Mansell recuperar su personalidad original, Nadie, y arrojar por la ventana su rol de pater familias, uno que evidentemente le genera un aburrimiento insoportable por más buenas intenciones que tenga el sicario en materia de mostrarse interesado en su esposa e hijos. La propuesta sustituye la rusofobia bobalicona del primer film por un planteo de “ciudadano común y corriente versus representantes institucionales fascistoides” modelo Rambo (First Blood, 1982), de Ted Kotcheff, y en general supera al trabajo de 2021 de Naishuller, lo que por cierto no es decir mucho, reemplazando las coreografías a lo John Wick con una acción mucho más caricaturesca y golpes de efecto como ese meñique del protagonista cortado con un cuchillo en una escena en un barco que sustituye a la batalla del ómnibus de antaño, sin duda alguna el momento más recordado por el público. Aquí el desenlace suma a toda la parentela y no se concentra únicamente en el abuelo y los dos hermanos, Hutch y Harry, una masacre englobada en una idiosincrasia doblemente paródica porque a las trampas ridículas en sintonía con Se Acabó el Juego (3615 Code Père Noël, 1989), de René Manzor, y su remake yanqui jamás reconocida, Mi Pobre Angelito (Home Alone, 1990), de Chris Columbus, se agrega el contexto del asunto, el parque de diversiones de Wyatt, escenario que exacerba las payasadas macabras a lo Looney Tunes (1930-1969) y Fantasías Animadas de Ayer y Hoy (Merrie Melodies, 1931-1969). En el campo de los exploitations recientes de John Wick, como decíamos con anterioridad, Nadie 2 está más cerca de Contra Todos (Boy Kills World, 2023), opus mediocre de Moritz Mohr, que de Monkey Man (2024), ópera prima muy disfrutable del asimismo protagonista Dev Patel…

 

Nadie 2 (Nobody 2, Estados Unidos, 2025)

Dirección: Timo Tjahjanto. Guión: Derek Kolstad y Aaron Rabin. Elenco: Bob Odenkirk, Sharon Stone, Christopher Lloyd, John Ortiz, Connie Nielsen, Colin Hanks, RZA, Lucius Hoyos, Gage Munroe, Colin Salmon. Producción: Bob Odenkirk, Marc Provissiero, Kelly McCormick, David Leitch y Braden Aftergood. Duración: 89 minutos.

Puntaje: 5