The Hunting Party

Desde cierta distancia

Por Emiliano Fernández

La hermosa simplicidad del western siempre le ha permitido construir parábolas que en otros géneros se sentirían demasiado desnudas y/ o sencillas, circunstancia que se ve generosamente magnificada cuando hablamos de la vertiente revisionista del formato o de los queridos spaghettis de las décadas del 60 y 70, esos que reemplazaron el sustrato derechoso de las propuestas yanquis previas del rubro con una algarabía minimalista y de izquierda que repercutió -y mucho- en propio suelo estadounidense al punto de readaptar los engranajes retóricos por antonomasia. Uno de los films más radicales de su tiempo fue The Hunting Party (1971), concretamente una mixtura entre por un lado la vieja premisa “vamos de cacería a reventar a otros seres humanos, la mejor presa del planeta”, esquema que se remonta a la recordada The Most Dangerous Game (1932), y por el otro la furia y violencia semi documentalista de obras recientes que apostaron a retratar la vida de los pueblos originarios y/ o a denunciar las diversas masacres de las huestes gubernamentales norteamericanas contra los indígenas en claro plan de exterminio total, muy en sintonía con Soldier Blue (1970), Little Big Man (1970) y A Man Called Horse (1970), sin embargo la presente película más que tener una agenda proindígena lo que hace es retomar aquella arquitectura aguerrida y reinterpretarla dentro de los parámetros más clásicos del género.

 

Si bien The Hunting Party de hecho nos presenta en los papeles una historia tradicional de secuestro y venganza, su enfoque en términos prácticos no podría distanciarse más de los westerns del pasado porque aquí la brújula moral maniquea de antaño está completamente rota, el nihilismo altisonante lo domina todo y en especial el nivel de gore de las carnicerías es inusitadamente elevado tanto para el género en cuestión como para lo que podría ser el horror, aquí la influencia innegable en las sombras: precisamente, este opus de Don Medford, un artesano del ámbito televisivo con una enorme trayectoria y muy pocos films para la gran pantalla, constituye uno de los exponentes más salvajes y desconcertantes que haya dado el Hollywood de su tiempo, una obra que funciona como la gran madre de lo que luego sería la combinación de terror y western, amalgama que derivaría en películas tan diferentes como la cercana The White Buffalo (1977), las ya más lejanas Grim Prairie Tales (1990), Vampires (1998) y Ravenous (1999) y otras muchas que llegan hasta nuestros días, en línea con The Burrowers (2008), Bone Tomahawk (2015), Brimstone (2016) y The Wind (2018); una colección de lo más agitada en la cual sin duda sobresalen las excelentes Ravenous, Bone Tomahawk y Brimstone, trabajos que llevarían la inusual mezcla formal hasta sus últimas consecuencias pero desde distintas ópticas, tonos e intereses narrativos.

 

El catalizador macro del relato rankea como uno de los más mundanos de los que tengamos memoria: Frank Calder (Oliver Reed), líder de una banda de ladrones nómadas en tiempos de la construcción nacional estadounidense, decide secuestrar a una maestra rural con vistas a que le enseñe a leer, no obstante confunde a Melissa Ruger (Candice Bergen), esposa del poderoso hacendado Brandt Ruger (Gene Hackman), por una docente y se la lleva cuando la mujer simplemente estaba visitando a una amiga maestra, Mary (Marian Collier), en un colegio bucólico, su lugar de trabajo. Mientras Frank la salva de repetidos intentos de violación por parte de sus hombres para luego terminar teniendo sexo/ violándola él mismo, con la mujer eventualmente enamorándose de su captor y aceptando enseñarle, Brandt se entera del secuestro justo cuando marchaba en una expedición de caza con su mujer amigo, Matthew Gunn (Simon Oakland), y otros tres cofrades de la oligarquía empresaria más concentrada y soberbia, contingente que viaja en tren con sus caballos y un lindo surtido de prostitutas (Ruger en particular es un sádico tremendo que gusta de arañar, torcer manos y brazos y quemar a las mujeres, sean éstas su esposa o meretrices). Amparados por rifles con mira telescópica y un alcance muy infrecuente para entonces, unos 700 metros, los propios oligarcas saldrán de cacería y asesinarán uno a uno a los miembros de la banda de Calder.

 

El guión de William W. Norton, Gilbert Ralston y Lou Morheim ofrece un balance certero y en gran medida prodigioso entre la crueldad de la estrategia de Brandt y compañía (la matanza siempre es “desde cierta distancia” -como afirma el personaje de Hackman- con el propósito de obligar a las víctimas a huir y volver a acorralarlos/ sorprenderlos con más disparos en función de la comodidad pusilánime de una atalaya improvisada lejana, con Ruger para colmo perdonándole la vida una y otra vez a Calder para torturarlo viendo cómo todo se derrumba a su alrededor) y el amor que nace entre la cautiva y un Frank bastante rústico pero de buen corazón (ya la primera escena del metraje establece el contrapunto entre los dos hombres, con Brandt ejerciendo violencia en la cama sobre Melissa y Frank matando a una vaca para alimentar a los suyos, a lo que se suma el hecho de que Ruger en realidad no le importa su esposa sino que se siente humillado porque le robaron “algo” de su propiedad y encima considera que si la recupera volverá embarazada, tendrá que pagar un elevado rescate para ello y deberá eliminar al hijo bastardo de lo que él augura serán violaciones en grupo). A diferencia de otros westerns similares, aquí el margen de respuesta de los forajidos es bajo y apenas si el propio Calder puede matar a un integrante de la banda de Ruger, forzando a que el resto -salvo Gunn- lo abandone por el desinterés ante el finado.

 

Ya en su época, como gran parte de los westerns revisionistas, la película apuntaba a una metáfora bien explícita en torno a la desaparición de los héroes y antihéroes del territorio indómito y caótico, representados en la anarquía de Frank, frente al avance del capitalismo oligopólico, parasitario y deshumanizador que en esta oportunidad no sólo está encarnado en Brandt sino también en sus rifles de vanguardia de largo alcance, esos por los que dice haber pagado la friolera de 700 dólares por unidad y que les regala a sus amigotes, todos enriquecidos a costa de terceros, consagrados a pasarse por el traste a sus respectivas familias para una maratón de orgías en el tren y sobre todo dispuestos a asesinar a sus presas con toda la cobardía esperable del caso. Este insólito trasfondo tecnológico -o mejor dicho, de superioridad armamentista- incrementa la brutalidad de las masacres y trae como consecuencia adicional el poner a la vista del espectador el nulo margen de defensa que tienen estos hombres que hacen las veces de animales cuya única justificación existencial a ojos de los psicópatas de turno es servir de blancos/ objetivos sobre los cuales disparar para el divertimento de latifundistas y burgueses varios de lo más patéticos. Asimismo Medford consigue un desempeño muy parejo del enorme Reed, Bergen y Hackman, este último un especialista en personajes inmundos y hoy luciéndose con una de las coronas de su carrera.

 

El desenlace en el desierto, ya con Gunn dejando solo a un Ruger que se cargó hasta el último del grupo de acólitos de Calder, arrastra un pesimismo esplendoroso porque no sólo corta de raíz a los tres protagonistas centrales sino que también destruye toda posibilidad de paz o entendimiento en lo que atañe a una cruzada de venganza capitalista que en algún punto se transformó en melodrama de adulterio debido a este atribulado triángulo entre los dos varones y la mujer, con la fémina definitivamente prefiriendo a Frank y sus sueños de abandonar la vida delictiva, para lo cual el aprender a leer y escribir constituía el primer paso, antes que a ese Brandt cuya única fuente de placer parece ser el ejercer su dominio sobre otros, los indefensos, y mancillarlos a pura impunidad siempre que tenga la chance. La imagen congelada en sepia símil fotografía del final es de un nihilismo surrealista digno de los legendarios acid westerns de Monte Hellman y Alejandro Jodorowsky, The Shooting (1966) y El Topo (1970), amén de la generosa profusión -como decíamos al inicio- de sangre y tomas específicas de cuerpos destruidos por las balas y en sus últimos estertores, mega indicio de que por estas comarcas artísticas no queda atisbo alguno de pantomimas reduccionistas industriales de otros períodos y/ o finales felices destinados a satisfacer al espectador blandito criado por el mainstream de cartón pintado y mentiras en cadena…

 

The Hunting Party (Estados Unidos/ Reino Unido, 1971)

Dirección: Don Medford. Guión: William W. Norton, Gilbert Ralston y Lou Morheim. Elenco: Oliver Reed, Gene Hackman, Candice Bergen, Simon Oakland, Ronald Howard, L.Q. Jones, Mitchell Ryan, William Watson, Rayford Barnes, Marian Collier. Producción: Lou Morheim. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 9