Sabata

Desfile de sicarios fallidos

Por Emiliano Fernández

La idea detrás de Lee Van Cleef, genial canción de Primus perteneciente al álbum Green Naugahyde (2011), pasaba por rescatar de la memoria cinéfila estándar al legendario actor del título, casi siempre relacionado con el spaghetti western y opacado por su colega Clint Eastwood, estrella y carilindo que trabajó con el susodicho en los dos eslabones finales de la llamada Trilogía del Dólar o del Hombre sin Nombre, Por unos Dólares más (Per qualche Dollaro in più, 1965) y El Bueno, el Malo y el Feo (Il Buono, il Brutto, il Cattivo, 1966), ambas dirigidas por Sergio Leone. Les Claypool, compositor del tema en cuestión y líder, vocalista y bajista de Primus, tenía toda la razón del mundo en eso de compararlos y de concluir que casi todos los espectadores, al mirar las películas de ambos, eventualmente deseaban parecerse a Clint, quien acaparaba todos los roles de antihéroe, y terminaban olvidando que Eastwood sólo podía brillar con tanta intensidad porque tenía enfrente a Van Cleef, poseedor también de una presencia escénica esplendorosa como ninguna otra. El señor tuvo una carrera en esencia vinculada al western en términos generales, desde el clásico de derecha de propuestas como Un Tiro en la Noche (The Man Who Shot Liberty Valance, 1962), de John Ford, La Conquista del Oeste (How the West Was Won, 1962), de Ford, Henry Hathaway, George Marshall y Richard Thorpe, y Los Depravados (The Bravados, 1958), de Henry King, hasta el clásico de izquierda en línea con las queridas Cabalgar en Solitario (Ride Lonesome, 1959), de Budd Boetticher, Venganza Mortal (The Tin Star, 1957), de Anthony Mann, Duelo de Titanes (Gunfight at the O.K. Corral, 1957), de John Sturges, y A la Hora Señalada (High Noon, 1952), de Fred Zinnemann, de hecho su debut en la gran pantalla; amén de algunos exponentes varios que se salen del molde conceptual y están vinculados con los campos del film noir, el terror, la ciencia ficción, las películas bélicas y hasta la comedia como por ejemplo Kansas City Confidential (1952), de Phil Karlson, El Monstruo de Tiempos Remotos (The Beast from 20.000 Fathoms, 1953), de Eugène Lourié, Gángsters en Fuga (The Big Combo, 1955), de Joseph H. Lewis, Déjame Solo (Pardners, 1956), de Norman Taurog, El Conquistador del Espacio (It Conquered the World, 1956), de Roger Corman, Las Puertas Rojas (China Gate, 1957), de Samuel Fuller, Los Dioses Vencidos (The Young Lions, 1958), de Edward Dmytryk, y Escape de Nueva York (Escape from New York, 1981), estupenda obra maestra del talentoso John Carpenter.

 

Sin embargo la verdadera oportunidad de conseguir papeles protagónicos, más allá de sus innumerables participaciones televisivas en yanquilandia, llegaría efectivamente de la mano de los italianos mediante el refulgente y exitoso spaghetti western de las décadas del 60 y 70, así Van Cleef luego de sus trabajos con Leone se convertiría en una figura muy popular en el Viejo Continente y pasaría a protagonizar diversas joyas del rubro en sintonía con las recordadas Ajuste de Cuentas (La Resa dei Conti, 1966), de Sergio Sollima, La Muerte Viaja a Caballo (Da Uomo a Uomo, 1967), opus de Giulio Petroni, Días de Ira (I Giorni dell’Ira, 1967), de Tonino Valerii, Más allá de la Ley (Al di là della Legge, 1968), de Giorgio Stegani, Barquero (1970), de Gordon Douglas, El Gran Duelo (Il Grande Duello, 1972), de Giancarlo Santi, Los Buitres (Take a Hard Ride, 1975), de Antonio Margheriti, y Diamante Lobo (1976), de Gianfranco Parolini. Es precisamente con Parolini que llega a una de las cúspides innegables del spaghetti, hablamos de la hiper adictiva Sabata (1969), también conocida por su hilarante título original Oye Amigo… es Sabata, ¡Estás Muerto! (Ehi Amico… c’è Sabata, Hai Chiuso!), uno de los westerns europeos más histéricos, delirantes, libres, cruentos y vertiginosos jamás filmados y asimismo el catalizador de una trilogía en torno al personaje titular, un cazarrecompensas que en este primer eslabón, el mejor de todos por cierto, está compuesto por el amigo Lee, quien sería reemplazado por Yul Brynner en Adiós, Sabata (Indio Black, Sai che ti Dico: Sei un Gran Figlio di…, 1970) debido a que ya estaba comprometido para filmar La Furia de los Siete Magníficos (The Magnificent Seven Ride!, 1972), de George McCowan, a su vez tercera y última secuela de Los Siete Magníficos (The Magnificent Seven, 1960), admirable película de John Sturges y remake norteamericana de Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa, lo que con el tiempo dejaría el terreno despejado para que Van Cleef retomase el papel en ocasión del último capítulo de la trilogía, Regreso de Sabata (È Tornato Sabata… Hai Chiuso un’Altra Volta!, 1971), epopeya dirigida y escrita como las dos anteriores por Parolini, todo un artesano del séptimo arte de la época especializado en péplum, comedias, propuestas bélicas y hasta sagas como las iniciadas con Sartana (Se Incontri Sartana Prega per la tua Morte, 1968) y con Comisario X (Kommissar X: Jagd auf Unbekannt, 1966), la primera otro gran clásico del spaghetti y la segunda un ejemplo del olvidado euroespionaje.

 

La película que nos ocupa es de una simpleza absoluta y comienza con el robo al banco del pueblo de Daughtery, en el Estado de Texas, donde un grupo de ladrones disfrazados de militares y unos artistas circenses cómplices se llevan la caja fuerte ayudados de caballos que eliminan las rejas y de un carro sobre rieles improvisados. Mientras que los ineptos representantes institucionales no dan con la carreta que transporta el botín Sabata sí halla a los malhechores en el desierto y los revienta uno a uno con su rifle, devolviendo la caja y aceptando cinco mil dólares de recompensa por parte de la milicia local. El protagonista, quien además atesora una pistola tuneada que dispara por el mango, eventualmente se da cuenta de que para ingresar al banco utilizaron a los acróbatas de circo, los Hermanos Virginia, y cuando la banda responsable del atraco los manda a matar para eliminar testigos el personaje de Van Cleef, ayudado por un borrachín vernáculo, ex soldado confederado y experto lanzador de cuchillos, Carrincha (Ignazio Spalla), identifica a los sicarios como esbirros de un terrateniente local, Stengel (Franco Ressel), verdadero cerebro detrás del robo y líder de una pandilla que incluye a un ejército personal y socios de renombre como Ferguson (Antonio Gradoli) y el Juez O’Hara (Gianni Rizzo), con quienes planeaba utilizar los cien mil dólares de la caja fuerte para comprar tierras que pronto multiplicarán su valor porque forman parte del tendido inevitable del ferrocarril. Ni lento ni perezoso, Sabata le exige diez mil morlacos a Stengel para evitar entregar la carreta de los Hermanos Virginia a las autoridades o denunciar su participación en el asunto, pero como el oligarca en el “cara a cara” comienza a disparar contra un maniquí que conducía el vehículo el precio sube a 20 mil. Stengel se niega a pagar y ofrece un desfile de sicarios fallidos que incluyen a unos futuros cadáveres que quieren emboscar a Sabata en el hotel donde se aloja, provocando que el monto aumente a 30 mil, el pistolero bobalicón Sharky (Marco Zuanelli), quien vive con su madre mandona (Ana María Noé), un par de matones de negro de Ferguson, a los que también acribilla en el hotel/ cantina/ telo, un clérigo llamado Padre Brown (Luciano Pigozzi), quien escondía su arma en un pañuelo y lleva a que crezca el monto pedido a 60 mil dólares, y hasta un aparente socio del cazarrecompensas, Banjo (William Berger), un bardo que esconde un rifle en su instrumento y que se acuesta con una bella prostituta, Jane (Linda Veras), sujeto que traiciona a Sabata en ocasión de la supuesta entrega del dinero.

 

Parolini, hoy filmando bajo su seudónimo favorito, Frank Kramer, en sí evita cualquier lógica realista tradicional y lleva al extremo del surrealismo y el kitsch la típica destreza sobrehumana de los pistoleros del spaghetti western, aquí con el antihéroe de Van Cleef colocándose a conveniencia de un lado o el otro de la ley pero prefiriendo en suma estar amparado por las instituciones porque así se evita la verdadera masacre que lleva adelante en pantalla eliminando a los mercenarios inmundos de Stengel y su cofradía de barones del pueblito feudal con destino de ciudad caníbal moderna gracias al tren tácito del futuro, suerte de estrategia narrativa orientada a una hipérbole constante que está apuntalada en la edición hiperquinética de Edmond Lozzi, los permanentes zooms y primeros planos desquiciados de la fotografía de Sandro Mancori, el muy florido diseño de producción de Carlo Simi y la maravillosa música de Marcello Giombini, combinación de pasajes pomposos, unos cuantos socarrones satíricos a lo Ennio Morricone, otros más minimalistas para el banjo de Berger e incluso momentos vanguardistas en verdad semejantes a los sintetizadores de ese giallo aún por venir. El tono caricaturesco del film nunca cae en el ridículo explícito porque mantiene con astucia y sentido de la oportunidad esta dialéctica coherente de la desproporción altisonante y enérgica símil cine de acción que queda en evidencia de manera muy clara primero en los compinches de Sabata, desde los nombrados Carrincha y Banjo hasta el insólito Gato Callejero (Aldo Canti), un indígena fantasmal, mudo, acróbata y amigo del personaje de Spalla, y segundo en la monumental batalla del desenlace, cuando después de perdonarle la vida a Banjo y encerrar con dinamita en un cañón a buena parte de los hombres de Stengel, Sabata y los suyos encaran una arremetida contra el rancho ultra fortificado del villano con un montón de explosiones y una balacera de antología cargada de suspenso, acrobacias, falsas muertes, decenas de esbirros del poder que pasan a mejor vida y por supuesto el fin del maldito Stengel, un afeminado que escondía su pusilanimidad vía trampas maquiavélicas, criterios ampulosos de darwinismo social y hasta un refinamiento verbal bastante payasesco y bizarro, para colmo citando a esclavistas como el execrable Thomas Roderick Dew. El eterno Van Cleef asimismo se luce en el duelo definitivo con Berger por el botín, donde los pistoleros simulan la muerte de Sabata para llevarse los 60 mil del protagonista y los 20 mil que recibiría su adversario, todo aportado por la sanguijuela judicial de O’Hara inclinada a comprar el silencio antes que ver manchada su reputación, pero como Banjo una vez más pretende traicionar a Sabata llevándose el efectivo éste lo detiene en plena huida, le deja los mugrosos cinco mil morlacos originales del ejército y encima lo obliga a juntarlos del piso y desperdigados por el furioso viento de Texas, bella alegoría que sintetiza el núcleo de buena parte del periplo italiano de Lee y del spaghetti western en general, eso de escenificar permanentes peleas por dinero, libertad, sueños camuflados, justicia cual castigo reparador, supervivencia ante las inclemencias naturales y en especial un futuro mejor que siempre queda fuera del relato debido a que es el conflicto mismo el propulsor morboso de la historia y no los instantes de tranquilidad y/ o mediocridad biempensante, esos de los que estaban llenos los exponentes del western clásico en su acepción más derechosa, fofa y carente del encanto de Sabata

 

Sabata (Ehi Amico… c’è Sabata, Hai Chiuso!, Italia, 1969)

Dirección: Gianfranco Parolini. Guión: Gianfranco Parolini y Renato Izzo. Elenco: Lee Van Cleef, William Berger, Ignazio Spalla, Aldo Canti, Franco Ressel, Antonio Gradoli, Linda Veras, Gianni Rizzo, Marco Zuanelli, Luciano Pigozzi. Producción: Alberto Grimaldi. Duración: 106 minutos.

Puntaje: 9