El Efecto de los Rayos Gamma sobre las Margaritas (The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds)

Desintegrando el átomo

Por Emiliano Fernández

Si hay algo que hoy por hoy se extraña del séptimo arte de otras épocas es la fuerte presencia de epopeyas de alcoba y familiares en general, esas que antaño constituían más de la mitad del acervo de lo que se consideraba “cine popular” y en nuestros días están reducidas a un puñado que suele acumularse en el período de entrega de premios -fin y principio de cada año- y/ o obedecer a la dialéctica severa de los productos para festivales internacionales, los cuales apuestan más a una suerte de sofisticación orientada al shock que a la rimbombante arquitectura melodramática del pasado: hasta podría decirse que la desaparición paulatina de las tragedias domésticas tradicionales tiene mucho que ver con la decisión para nada disimulada de la industria cultural, en consonancia con el aumento de la pobreza, el desempleo y la precarización laboral a escala planetaria, de enfocar la producción hacia géneros más alejados de la realidad concreta -esa cuyo ecosistema por antonomasia es el hogar, el barrio y los demás ámbitos de socialización- y más cercanos a mundos imaginarios e indudablemente cada vez más abstractos, segmentados y delirantes.

 

El Efecto de los Rayos Gamma sobre las Margaritas (The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds, 1972) es un claro ejemplo de lo que fue la última verdadera camada de melodramas cinematográficos -la correspondiente a la década del 70- porque unifica de manera magistral esa perpetua impronta a la Tennessee Williams del cine indie estadounidense (angustia contenida, desordenes existenciales varios, el fantasma del fracaso, secretos que en algún momento se exteriorizan a viva voz, etc.) con un pequeño cataclismo familiar que es retratado desde el minimalismo y la crudeza que tanto le gustaban a su director, nada menos que el gran Paul Newman (como casi todo actor reconvertido en realizador, el susodicho en su momento decidió enfatizar el fluir dramático de base por sobre cualquier virtuosismo técnico o formal, lo que acrecienta la idea de desnudez emocional escalonada que nos presenta el film desde el inicio). Aquí el señor se vale de la legendaria obra teatral homónima de 1965 de Paul Zindel, adaptada a la pantalla por Alvin Sargent, para desmenuzar la crisis de un clan de clase baja que supo ser burgués.

 

Tres mujeres conforman el núcleo de la película, la madre de mediana edad Beatrice Hunsdorfer (Joanne Woodward, esposa de Newman desde 1958 hasta el fallecimiento del hombre en 2008) y sus dos hijas, la adolescente Ruth (Roberta Wallach) y la más jovencita Matilda (Nell Potts, una de las hijas de Newman y Woodward): mientras que la epiléptica y extrovertida Ruth es de por sí un duplicado de su madre con arrebatos verbales y diversos caprichos incluidos y Matilda una niña muy tímida que prefiere concentrarse en sus estudios, su conejo mascota y su amor platónico con uno de sus profesores, el Señor Goodman (David Spielberg), Beatrice por su parte es una mujer profundamente frustrada por no haber podido desarrollar una carrera laboral, por vivir en una casa mísera y destartalada en los suburbios y por haber elegido de pareja a un hombre que la abandonó junto a sus hijas para después morir. La peor faceta de la matriarca se va manifestando de a poco a lo largo del metraje, primero por la necesidad de alquilar una habitación a una anciana senil e hiper dependiente llamada Annie (Judith Lowry), a su vez progenitora de una burguesa que pretende desentenderse de la mujer, la Señorita McKay (Carolyn Coates), y segundo por su proyecto de abrir un “salón de té” cuyo fuerte serían las tartas de queso, para el cual no consigue financiación ni bancaria ni por parte del que otrora fue su cuñado.

 

Así como Matilda aprovecha a la escuela para instruirse y Ruth utiliza al colegio como un lugar para conocer chicos y entretenerse ensayando las rutinas de las porristas, la soledad de Beatrice la lleva a quejarse continuamente de todo -en especial de las deposiciones del conejito- y a maltratar a la sumisa Matilda, quien a diferencia de Ruth no suele responderle empardando el nivel de agresión, segura en eso de ser la “mimada” por sus recurrentes ataques de epilepsia. El hermoso título del film resulta fundamental para comprender no sólo el desarrollo sino la intención retórica detrás de la faena: el mismo responde a un trabajo que Matilda presentó en la feria científica anual de la institución educativa, basado en unas semillas de margaritas que fueron expuestas a rayos gamma vía Cobalto 60 y luego controladas/ estudiadas según el nivel de exposición y las mutaciones que presentan las plantas al crecer y desarrollarse. Si bien su hija gana el concurso en cuestión, Beatrice no puede renunciar a su alcoholismo, su depresión y un ostracismo que en esencia resulta ser proporcional a la “popularidad” de la que gozó cuando era más joven, por ello no acompaña a sus dos hijas en ninguna de sus necesidades -ni afectivas ni materiales- y ella misma, junto con las dos pequeñas, se transforma en una más de esas margaritas irradiadas que presentan cambios más o menos pronunciados según su cercanía a la fuente de la aflicción.

 

Del mismo modo en que las plantas funcionan como una metáfora de las tres protagonistas y los rayos gamma de la pobreza en la que viven, el planteo en su conjunto también analiza el sueño de volver a ser parte de esa pequeña burguesía -representada en el colegio- que las margina ya sea por su condición menesterosa o por el catálogo de problemas emocionales que se hacen evidentes cada vez que la matriarca habla con quien sea, poniendo en primer plano por un lado la pantomima de la “respetabilidad” de la clase media (los silencios hirientes, una condescendencia patética y el basurear por detrás a pura cobardía son los principales hobbies de los burguesitos) y por otro lado la sinceridad autodestructiva de Beatrice para con ella y su progenie (a pesar de que parece estar condenada a repetir los pasos de su madre, la hija más chica es una gran idealista ya que reflexiona sobre las posibilidades que abren las mutaciones, los contextos de crisis, la belleza enigmática que esconden los átomos y finalmente esa curiosidad imprescindible para seguir aprendiendo en la vida y tratar de salir de la burbuja autoimpuesta y/ o inducida por una sociedad a la que no le importamos y a la que nunca llegaremos a entender del todo). La carga metafórica de la propuesta también se siente fuerte en la comparación entre el amor que Matilda siente por su conejo, el esperable arranque asesino de Beatrice y la actitud de una compañera de la nena, Janice Vickery (Ellen Dano), algo así como el “modelo” de perfección burguesa, que presenta en la feria de ciencia el esqueleto de un gato al cual desolló vivo, símbolo de la falta de piedad y la locura antihumanista del enclave de los cerdos (con perdón del pobre animal, mil veces más sensato y respetuoso que cualquier ser humano). Tanto un pantallazo sin alicientes ni corrección política en torno a la desintegración de una familia como una descripción honesta de las paradojas de nuestro círculo íntimo y la necesidad de cortar lazos cuando éstos corrompen y se muestran presos de la autoindulgencia sin hacer pagar a los verdaderos responsables de la exclusión de fondo, El Efecto de los Rayos Gamma sobre las Margaritas en primera instancia recupera con astucia aquella represión de Rachel, Rachel (1968), la ópera prima de Newman, y anticipa la sutil angustia de El Zoo de Cristal (The Glass Menagerie, 1987), la última película del señor como director y en la que por fin se decidiría a adaptar a Tennessee Williams, y en segundo término asimismo homologa el rol paterno a un Estado norteamericano que brilla por su ausencia o acude a posteriori de los hechos, cuando el daño ya está más que consumado y la reconstitución resulta utópica…

 

El Efecto de los Rayos Gamma sobre las Margaritas (The Effect of Gamma Rays on Man-in-the-Moon Marigolds, Estados Unidos, 1972)

Dirección: Paul Newman. Guión: Alvin Sargent. Elenco: Joanne Woodward, Nell Potts, Roberta Wallach, Judith Lowry, David Spielberg, Richard Venture, Carolyn Coates, Will Hare, Estelle Omens, Ellen Dano. Producción: Paul Newman. Duración: 100 minutos.

Puntaje: 8