El Día del Fin del Mundo: Migración (Greenland 2: Migration)

Destino manifiesto

Por Emiliano Fernández

Sopesándola en términos del cine contemporáneo de temática apocalíptica, ese mediocre a más no poder como sus homólogos de zombies y superhéroes sin que importe de dónde vengan los films porque todos están cortados con la misma tijera boba de la globalización en crisis del Siglo XXI, la verdad es que El Día del Fin del Mundo (Greenland, 2020), del director estadounidense y ex doble de riesgo Ric Roman Waugh, no estaba tan mal porque se las ingeniaba para entregar un rip-off escuálido pero plausible del latiguillo conceptual favorito del rubro de Steven Spielberg y M. Night Shyamalan, eso de la familia en crisis tratando de sobrevivir a una debacle que se queda como telón de fondo y nunca llega a comerse del todo la tragedia mundana. El film de Waugh, un artesano insípido que suele derrapar en torpeza narrativa y una catarata de clichés, cámaras movedizas y actuaciones desparejas, por un lado aprovechaba la cara de piedra del también productor Gerard Butler, algo así como el actor fetiche del realizador porque también colaboró con el escocés en las tontas Presidente bajo Fuego (Angel Has Fallen, 2019) y Escape bajo Fuego (Kandahar, 2023), y por el otro lado efectivamente nos presentaba un escenario catastrófico estándar, el arribo a cuentagotas de un cometa llamado Clarke destinado a extinguir el 75% de la vida en nuestro planeta, pero nunca se alejaba del devenir de la parentela de la alta burguesía en cuestión, encabezada por el ingeniero estructural John Garrity (Butler) y su esposa, Allison (Morena Baccarin), con la que tuvo un vástago, el diabético Nathan (Roger Dale Floyd).

 

Hollywood es experto en ofrecer secuelas que nadie pidió para películas que ya casi nadie recuerda, por ello luego de un lustro y unas jornadas ahora nos topamos con El Día del Fin del Mundo: Migración (Greenland 2: Migration, 2026), una vez más dirigida por Waugh y con un guión de un Chris Sparling que ahora recibe asistencia de Mitchell LaFortune, en esencia un trabajo que hace mal lo poco que la propuesta original hacía bien al extremo de arruinar la evidente idea de fondo, la construcción de una franquicia que vendría a sumarse al océano de las sagas aburridas y estúpidas del cine y la TV de hoy en día. Si la primera faena sobrevivía al tedio gracias al viaje detallista del clan Garrity desde Atlanta hacia un búnker en Groenlandia, excusa para la caída de meteoritos, diversos contratiempos y la reconciliación de la pareja porque el ingeniero había sido infiel, en la continuación el relato se mueve con pies de cemento y cae en un sinfín de redundancias del acervo apocalíptico porque el periplo es desde ese mismo búnker en Groenlandia hacia una “tierra prometida” en Francia en donde la vida supuestamente volverá a surgir luego de toda la devastación provocada por el cometa al final del capítulo previo, un planteo intercambiable con el de cualquier otra epopeya del montón y para colmo aquí exacerbado porque los dos recursos narrativos principales no generan los efectos deseados, primero la agonía melodramática de John por la radiación y segundo el surtido, de hecho, de cataclismos que padece la Tierra como terremotos, tsunamis, meteoritos, lluvia radioactiva y tormentas electromagnéticas.

 

El inglés Roman Griffin Davis, aquel protagonista de Jojo Rabbit (2019), de Taika Waititi, que asimismo dijo presente en La Última Noche (Silent Night, 2021), de Camille Griffin, y Camina o Muere (The Long Walk, 2025), de Francis Lawrence, ahora compone a la versión adolescente de Nathan y se abre camino como lo mejorcito del elenco porque ni Baccarin, brasileña conocida por su rol de Vanessa en esa franquicia para idiotas que empezó con Deadpool (2016), de Tim Miller, ni Butler, al cual venimos soportando desde que alcanzase la fama en ocasión de su Leónidas de 300 (2006), opus de Zack Snyder, logran salvar una realización que se siente muy desganada y sin ideas propias, quedando en evidencia -ya por décima vez- las limitaciones de Butler como actor en función de sus dos semblantes por antonomasia, el de enojado que utiliza para los bodrios de súper acción trasnochada y el otro rostro de sufrido/ preocupado/ estreñido que suele emplear para las películas que requieren “un poco más” de su parte, justo como la que nos ocupa. Basta con pensar en la seguidilla de infortunios que atraviesa la parentela para descubrir el trasfondo delirante y su nula imaginación: el búnker se viene abajo por un terremoto, luego los Garrity se adueñan de una lancha tuneada mientras el resto de sus ex vecinos mueren durante un tsunami, de milagro llegan a Liverpool -sin combustible, agua y comida- y pronto se dirigen a Londres para finalmente acercarse a su destino, lo que los lleva a cruzar un precipicio con puentes improvisados y a esquivar una semi guerra civil entre distintas facciones de sobrevivientes.

 

Más allá primero del sustrato meloso magnificado, antes condensado en el desenlace y ahora presente a lo largo y ancho de toda la narración, y segundo del surtido de personajes secundarios que pasan sin pena ni gloria por la pantalla, como el nigeriano que lleva a la familia en su camioneta y muere durante una lluvia de meteoritos, Obi (Ken Nwosu), la especialista rutinaria en “cosas del cometa Clarke” que termina con un tiro en la cabeza cortesía de unos bandidos, la Doctora Casey Amina (Amber Rose Revah), o ese francés de Calais que los ayuda a llegar al cráter símil edén donde todo empezará de nuevo por arte de magia, Denis Laurent (William Abadie), quien se queda con su esposa moribunda por la radiación, Julia (Susan Eljack), y les entrega a su hija púber para que la depositen en el Paraíso en la Tierra, Camille (Nelia Da Costa), quizás el principal problema del film sea lo poco simpática que resulta la parentela protagónica, estos Garrity que provocan la muerte directa o indirecta de todos a su alrededor desde cierta idiosincrasia clasista burguesa que sobrepasa al simple desvarío caprichoso de Hollywood, algo que incluso funcionaba como catalizador del opus original porque de la nada -se supone que por su profesión- John era elegido por el gobierno yanqui para sobrevivir con los suyos en el arca subterránea, por ello la odisea desde la mansión en Atlanta generaba bastante asquito, en este sentido el episodio inicial de la lancha de El Día del Fin del Mundo: Migración cumple la misma función a lo “destino manifiesto” de supervivencia por ser ricos, blancos, anglosajones y protestantes…

 

El Día del Fin del Mundo: Migración (Greenland 2: Migration, Estados Unidos/ Reino Unido, 2026)

Dirección: Ric Roman Waugh. Guión: Chris Sparling y Mitchell LaFortune. Elenco: Gerard Butler, Morena Baccarin, Roman Griffin Davis, Amber Rose Revah, Ken Nwosu, William Abadie, Susan Eljack, Nelia Da Costa, Trond Fausa, Gina Gangar. Producción: Ric Roman Waugh, Gerard Butler, Brendon Boyea, Basil Iwanyk, Sébastien Raybaud, Erica Lee, Alan Siegel y John Zois. Duración: 98 minutos.

Puntaje: 3