Si bien en la época de Roy Ward Baker era muy común la heterogeneidad profesional, tanto como opción de la propia voluntad como imposición de la industria cultural para sobrevivir, el realizador británico llevó el asunto al extremo mediante constantes golpes de timón que fueron modificando de manera pronunciada su perfil: Baker comenzó su derrotero a fines de la década del 40 especializándose en thrillers y dramas agitados de distinta tesitura, un largo período que se extiende hasta principios de los años 60 y su salto a la televisión en el que se destacan Octubre me Condena (The October Man, 1947), un clásico menor del film noir inglés, El que se fue (The One That Got Away, 1957), inusitada maravilla bélica sobre las aventuras de un piloto alemán durante la Segunda Guerra Mundial, y La Última Noche del Titanic (A Night to Remember, 1958), la película más famosa sobre el hundimiento del RMS Titanic antes del mega blockbuster de 1997 de James Cameron, amén de una breve incursión hollywoodense que nos dejó con dos faenas criminales más que interesantes, Almas Desesperadas (Don’t Bother to Knock, 1952), protagonizada por Richard Widmark, Marilyn Monroe y Anne Bancroft, e Infierno (Inferno, 1953), convite en 3D con Robert Ryan y Rhonda Fleming, en suma una etapa que ofició de preámbulo para su regreso al cine en las postrimerías de los 60 de la mano de sus dos primeros trabajos para la Hammer Film Productions, Quatermass y el Pozo (Quatermass and the Pit, 1967), continuación de El Experimento Quatermass (The Quatermass Xperiment, 1955) y Quatermass 2 (1957), ambas de Val Guest, y El Aniversario (The Anniversary, 1968), legendaria comedia negra con tintes de thriller escrita por Jimmy Sangster -a partir de la puesta teatral homónima de 1966 de Bill MacIlwraith- acerca del “peso muerto” a largo plazo de los hijos cual prole boba, aburrida o chupasangre. Este giro hacia la fantasía y el suspenso se confirmaría con sus otras colaboraciones con la productora, desde Luna Cero Dos (Moon Zero Two, 1969), una mixtura deslucida de ciencia ficción y western clásico, hasta aquella serie de horror variopinto que incluyó las sorprendentes Las Amantes del Vampiro (The Vampire Lovers, 1970), eslabón crucial de la Trilogía Karnstein junto a Lujuria para un Vampiro (Lust for a Vampire, 1971), de Sangster, y Las Hijas de Drácula (Twins of Evil, 1971), de John Hough, y El Dr. Jekyll & su Hermana Hyde (Dr. Jekyll & Sister Hyde, 1971), insólita relectura en modalidad transexual de la famosísima novela corta de 1886 de Robert Louis Stevenson.
En términos de la memoria cinéfila hoy en día a Baker se lo suele homologar en primera instancia a La Última Noche del Titanic y Almas Desesperadas, en lo que respecta a la primera fase de su trayectoria, y en segundo lugar a su ciclo terrorífico de la madurez, el cual a su vez se subdivide entre por un lado el marco algo mucho errático de la Hammer, para la cual además realizó las flojas Las Cicatrices de Drácula (Scars of Dracula, 1970), quinta secuela de Drácula (1958), de Terence Fisher, y Los Siete Vampiros de Oro (The Legend of the 7 Golden Vampires, 1974), delirio absoluto codirigido por Chang Cheh y cofinanciado por los Shaw Brothers de Hong Kong que funcionó como la octava -y última- secuela de la hazaña inaugural de Fisher y que combinó el horror gótico con el cine de artes marciales, y por el otro lado el sustrato bastante más parejo de los trabajos de Baker para Amicus Productions, la igualmente célebre productora británica de Milton Subotsky y Max Rosenberg que se especializó en propuestas ómnibus que copiaban el formato de Al Morir la Noche (Dead of Night, 1945), dirigida por Alberto Cavalcanti, Charles Crichton, Basil Dearden y Robert Hamer, esa compañía que se encargó de la amena ¡Ahora Empiezan los Gritos! (And Now the Screaming Starts!, 1973), exponente de influjo gótico fantasmagórico a lo Hammer, y de las tres estupendas antologías del amigo Roy, léase El Asilo del Terror (Asylum, 1972), La Bóveda de los Horrores (The Vault of Horror, 1973) y la tardía e hiper socarrona El Club de los Monstruos (The Monster Club, 1981), producción de Subotsky en solitario que sería lo último que dirigiría Baker para el séptimo arte. Ahora bien, dos de sus películas más disfrutables siguen siendo aquellas del regreso a posteriori de los encargos televisivos para series como Los Vengadores (The Avengers, 1961-1969), El Barón (The Baron, 1966-1967) y El Santo (The Saint, 1962-1969), hablamos de Quatermass y el Pozo, evidente inspiración nunca reconocida del todo para Fuerza Siniestra (Lifeforce, 1985), de Tobe Hooper, y El Aniversario, una propuesta muy inusual para su época porque en vez de acoplarse a la celebración ingenua de la juventud del hippismo sesentoso, en detrimento de generaciones previas que en el cine del período eran vistas como violentas e hipócritas, el film opta por un nihilismo exuberante democratizador que empareja en cinismo, idiotez y malacia a todos los seres humanos y explora el Complejo de Edipo en contraposición al quid putañero tácito o explícito de las mujeres y a la competencia femenina por el macho.
Así como el guión de El Aniversario es literalmente uno de los mejores de los años 60, sin duda un trabajo de una complejidad y picardía extraordinarias, la presencia de Bette Davis sería fundamental en el resultado final porque no sólo impuso a Sangster, quien había escrito para ella La Niñera (The Nanny, 1965), genialidad de Seth Holt, sino que hizo echar al director original por peleas varias durante las primeras jornadas del rodaje, Alvin Rakoff, e intentó reemplazar a una de las actrices principales, Sheila Hancock, por su amiga Jill Bennett, con quien había compartido cartel en La Niñera, algo que no pudo darse porque la susodicha estaba muy ocupada filmando La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1968), opus de Tony Richardson. La trama, apuntalada en la mordacidad, los golpes bajos sutiles y las fantasías homicidas pensadas como una montaña de diminutos ataques cotidianos, no lo es tanto porque el grueso del asunto se resume en una verborrea apasionante orientada al desarrollo de personajes cual capas de una cebolla que esconde el vacío ideológico de cada sujeto o más bien su tendencia a definirse por oposición, nunca por autoafirmación identitaria: el aniversario del título hace referencia a los 40 años desde el casamiento entre la Señora Taggart (Davis) y su marido, ya fallecido hace una década, ocasión que motiva una reunión de todos los integrantes de esta familia de constructores y mercaderes inmobiliarios, el hijo mayor, Henry (James Cossins), un travesti y cleptómano que se la pasa robando ropa interior femenina para vestirla en la intimidad, el vástago del medio, Terry (Jack Hedley), un carpintero casado con una hembra que le dio cinco hijos, Karen (Hancock), e inútil total que bajo la influencia de la mujer planea emigrar a Canadá, y finalmente el más jovencito y soberbio del grupo, Tom (Christian Roberts), encargado de la instalación eléctrica de las casas que construyen y un mujeriego extremo que pretende contraer matrimonio con su novia embarazada, Shirley Blair (Elaine Taylor), a la que invita al evento necrológico sin consultarlo antes con el resto. La película crea con paciencia y diálogos muy cáusticos la idiosincrasia caníbal de entrecasa de cada uno, desde el carácter autoritario, posesivo y manipulador de la matriarca, jefa de la empresa familiar en eterna guerra contra Karen al punto de que le pasa mil libras a Terry por cada nuevo purrete con la esperanza de que su nuera fallezca por un supuesto problema cardíaco, hasta el trasfondo pollerudo de los tres hijos, a veces prepotentes aunque incapaces de independencia alguna.
El film de Baker, como decíamos con anterioridad, entrega un retrato catastrófico de la humanidad porque nadie se salva de ser un esperpento risible y las estrategias de dominio de la Señora Taggart pintan al asunto de pies a cabeza: a Terry suele extorsionarlo a nivel emocional con el hecho de que siendo pequeño le disparó al rostro con una pistola de aire comprimido y la dejó tuerta del ojo izquierdo, lo que generó una culpa insistente, en lo que atañe a Tom gusta de destrozarle cada una de esas “prometidas” con las que se aparece año a año cual intento de amargarle el aniversario de casados con el difunto y endiosado a conveniencia Señor Taggart, efectivamente logrando que las ninfas salgan huyendo tanto por la agresividad de los embates como por la promiscuidad del muchacho, y en materia de Henry, el travesti, lo tiene a su merced gracias a la prohibición de la homosexualidad en el Reino Unido de entonces, una práctica que había sido despenalizada de manera parcial en Inglaterra y Gales mediante la Ley de Delitos Sexuales de 1967, norma que de todos modos continuaba habilitando el histórico acoso policial ya que sólo permitía los encuentros gays en privado y criminalizaba las muestras de afecto en público -o en hogares de más de dos personas- bajo acusaciones de indecencia. Las mujeres no son mejores para nada porque arrastran el mismo parasitismo cruzado y el mismo dejo patético que los varones, Shirley por ser una tarada con orejas grotescas y Karen por su condición de bruja tan maquiavélica y homofóbica como las otras dos hembras, las tres en conjunto considerando al travesti un pervertido que habría que internar en un psiquiátrico y peleándose con los hombres en torno a quién se hace cargo de los coqueteos con la ley del maricón por andar robando prendas íntimas a las vecinas. El también productor Sangster, un secuaz histórico de la Hammer que escribió muchas joyas de Fisher con Peter Cushing y Christopher Lee, una exquisita trilogía de thrillers para Freddie Francis que se movían entre Alfred Hitchcock y Henri-Georges Clouzot, Paranoico (Paranoiac, 1963), Pesadilla (Nightmare, 1964) e Histeria (Hysteria, 1965), y los dos grandes clásicos de Holt, La Niñera y El Sabor del Miedo (Taste of Fear, 1961), le regala misiles verbales cruzados a un elenco perfecto con la inconmensurable Davis a la cabeza, por entonces en su “fase hagsploitation” Clase B posterior a ¿Qué Pasó con Baby Jane? (What Ever Happened to Baby Jane?, 1962) y Cálmate, Dulce Carlota (Hush Hush, Sweet Charlotte, 1964), ambas de Robert Aldrich, ciclo que abarca además ¿Quién Yace en mi Tumba? (Dead Ringer, 1964), de Paul Henreid, la citada La Niñera y desde ya la propuesta que nos ocupa, uno de los últimos films atractivos de la veterana junto con Sembrando Ilusiones (Lo Scopone Scientifico, 1972), obra de Luigi Comencini, Pesadilla Diabólica (Burnt Offerings, 1976), de Dan Curtis, Muerte en el Nilo (Death on the Nile, 1978), de John Guillermin, Los Ojos del Bosque (The Watcher in the Woods, 1980), de Hough, y Las Ballenas de Agosto (The Whales of August, 1987), opus de Lindsay Anderson, más allá de intervenciones en las tontuelas aunque simpáticas Regreso de la Montaña Embrujada (Return from Witch Mountain, 1978), otra de Hough, y La Madrastra Malvada (Wicked Stepmother, 1989), atribulada odisea de Larry Cohen. La claustrofobia que construye Baker en pantalla es a la vez graciosa y ultra hiriente, un buen ejemplo de esa pestilencia revanchista y cuasi deportiva que se vive en tantas parentelas cuyos miembros gustan de destriparse los unos a los otros sin otro motivo que el anhelo banal y contagioso de imponerse sobre el prójimo para doblegarlo desde el sadismo y la rauda lucha de egos…
El Aniversario (The Anniversary, Reino Unido, 1968)
Dirección: Roy Ward Baker. Guión: Jimmy Sangster. Elenco: Bette Davis, Jack Hedley, James Cossins, Christian Roberts, Sheila Hancock, Elaine Taylor, Timothy Bateson, Sally-Jane Spencer, Arnold Diamond, Albert Shepherd. Producción: Jimmy Sangster. Duración: 95 minutos.