Cuando Sopla el Viento (When the Wind Blows, 1986), obra maestra animada de Jimmy T. Murakami, rankea en punta como una de las películas más deprimentes y sinceras de la historia del séptimo arte por más que el film en sí cuente con unas innegables intenciones satíricas que abarcan el miedo internacional a un holocausto nuclear durante la Guerra Fría, la confianza naif o ignorante del vulgo hacia las figuras de autoridad, el sustrato gagá implícito y en ocasiones hasta explícito de los ancianos, la misma dinámica lambiscona de todos los oficialismos sociales, políticos, económicos o militares, los delirios de aquellos que pretendiendo presumir conocimiento terminan autodenunciando su estupidez, el poco sentido común en el campo de la supervivencia de la mayoría del pueblo y finalmente esas mentiras que llegan desde las cúpulas estatales maquiavélicas y que en el relato de turno toman la forman de un folleto perteneciente a un programa verídico británico de defensa civil, Proteger y Sobrevivir (Protect and Survive), campaña gubernamental que se extendió entre 1974 y 1980 y que además de panfletos incluía también publicidades en periódicos, radios y salas de cine destinadas a instruir a la población acerca de las medidas a tomar en caso de la caída masiva de bombas neutrónicas sobre el territorio del Reino Unido. El poderío dramático de la película se explica por su minimalismo, apenas centrado en una pareja de veteranos que enfrentan a la debacle atómica en su casa de la zona rural de Sussex durante mediados de los 80, y por su metamorfosis discursiva escalonada a medida que avanza la trama, pasando precisamente de los apuntes sarcásticos, siempre cortesía de los hilarantes intercambios entre los protagonistas y sus actitudes ante lo que se asoma como una crisis general muy aguda, a una tragedia cada vez más angustiante porque cuando caen los misiles se hace evidente que ambos están solos en serio ya que el olvido institucional es un hecho y el hipotético rescate una quimera, desnudando no sólo la torpeza, la necedad y el desfasaje cultural de los ancianos sino los sentimientos de uno para con el otro, en esencia amor y compañerismo fruto de muchos años de convivencia que llegan a su punto final de repente, a raíz de un absurdo bélico que es asimismo administrativo y filosófico.
Murakami fue un creador muy particular y heterogéneo, un norteamericano de ascendencia nipona que fue confinado junto a su familia en un campo de concentración estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial dentro de la política xenófoba y paranoica de entonces, el eufemísticamente bautizado Centro de Reubicación de Guerra del Lago Tule, y que comenzaría a trabajar en el rubro de la animación en la década del 50, combinando desde memorables encargos en live action para Roger Corman, Humanoides de las Profundidades (Humanoids from the Deep, 1980) y Batalla más allá de las Estrellas (Battle Beyond the Stars, 1980), esta última una remake algo camuflada de Los Siete Samuráis (Shichinin no Samurai, 1954), de Akira Kurosawa, hasta adaptaciones de novelas gráficas del ilustrador y caricaturista inglés Raymond Briggs, en especial la que nos ocupa, inspirada en el libro homónimo de 1982, y El Muñeco de Nieve (The Snowman, 1982), legendario corto basado en el álbum ilustrado del mismo nombre de 1978, amén de epopeyas adicionales como Heavy Metal (1981), adaptación en formato de antología cinematográfica de los cómics de la popular revista del título, Las Tortugas Ninja (Teenage Mutant Ninja Turtles, 1987-1996), exitosísima serie de televisión producida por Murakami junto a su socio Fred Wolf, y Cuento de Navidad (Christmas Carol: The Movie, 2001), traslación de la conocida novela de Charles Dickens de 1843. Cuando Sopla el Viento es sin dudas lo mejor del acervo artístico de Murakami, opus que se engloba en la tradición de la supervivencia atómica del ciudadano común y corriente de Testamento (Testament, 1983), de Lynne Littman, El Día Después (The Day After, 1983), de Nicholas Meyer, Hilachas (Threads, 1984), de Mick Jackson, La Noche del Cometa (Night of the Comet, 1984), de Thom Eberhardt, La Tierra Tranquila (The Quiet Earth, 1985), de Geoff Murphy, y Miracle Mile (1988), de Steve De Jarnatt, a su vez inspiradas en obras muy secas como Cinco (Five, 1951), de Arch Oboler, Un Muchacho y su Perro (A Boy and His Dog, 1975), de L.Q. Jones, El Síndrome de China (The China Syndrome, 1979), de James Bridges, y Silkwood (1983), recordada faena de índole testimonial de Mike Nichols protagonizada por Meryl Streep, Kurt Russell y Cher.
Como decíamos previamente, la primera mitad de los escuetos 84 minutos de metraje está consagrada a retratar la influencia decisiva que tienen un par de folletos, uno de Proteger y Sobrevivir impreso por las elites políticas nacionales y el otro craneado específicamente por un ayuntamiento metropolitano cercano, en la vida de dos veteranos, el jubilado Jim Bloggs (John Mills) y su esposa ama de casa Hilda (Peggy Ashcroft), y la segunda parte de la historia indaga en las consecuencias de no sólo mantenerse en la desinformación, confiar ciegamente en el gobierno o los mass media y recibir datos erróneos a montones, muy en sintonía con aquellos cortos ridículos de propaganda de la administración norteamericana que podían verse en El Café Atómico (The Atomic Cafe, 1982), joya documental de Jayne Loader y los hermanos Kevin y Pierce Rafferty, sino también de ser víctimas de un ataque nuclear frente al cual no existen verdaderas chances de supervivencia porque la doctrina de la Destrucción Mutua Asegurada, como toda la estrategia de las armas nucleares, es de suma cero debido a la aniquilación inmediata de ambos bandos, lo que en general asegura un buen margen de disuasión en materia de impedir la rauda utilización del arsenal nuclear aunque la posibilidad de embates por nimiedades o caprichos geopolíticos siempre está presente. Jim es un adalid del optimismo que cree en la dirigencia estatal sin saber quién la encabeza e Hilda vive obsesionada con las tareas domésticas, por ello cuando escuchan por radio que faltan tres días para una ofensiva contra el Reino Unido por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas comienzan a prepararse construyendo un refugio muy precario con las puertas de la casa, un colchón y algo de alimentos y pertrechos, esperando que su hijo Ron, un muchacho casado con una tal Beryl y padre de un bebé que vive en otra región del país, deje de lado su cinismo e intente poner a resguardo a su familia. Desde ya que las instrucciones de los panfletos para nada sirven, como pintar las ventanas de blanco o meterse en bolsas de papel, y luego de la caída de los misiles el envenenamiento por radiación va destruyendo sistemáticamente el cuerpo de los abuelos al provocar vómitos, la pérdida del apetito, diarrea con sangre, manchas en las extremidades y la caída del cabello.
El director maquilla el núcleo desesperanzador del relato, hablamos de la lenta agonía de dos viejitos tontos pero muy simpáticos que hacen las veces de álter egos de los padres de un Briggs aquí incluso guionista, mediante un verdadero calidoscopio de recursos formales y temáticos que incluyen registros documentales para secuencias ilustrativas, chispazos de surrealismo para las fantasías de Hilda, caricaturas grotescas reservadas a los desvaríos del bastante cobardón Jim, stop motion destinado al hogar campestre del matrimonio Bloggs y los objetos que lo componen, animación tradicional para los protagonistas y los paisajes/ inmediaciones de su inmueble, un poco de 3D dedicado a la fanfarria tecnológica bélica y una banda sonora genial que quedó en manos del querido Roger Waters, quien aporta la canción de créditos finales, Folded Flags, así como David Bowie hace lo propio con la de la apertura, la asimismo estupenda y visceral When the Wind Blows, y otros artistas suman composiciones varias, pensemos por ejemplo en The Brazilian, de Genesis, What Have They Done?, de Squeeze, The Shuffle, de Paul Hardcastle, y Facts and Figures, de Hugh Cornwell, el cantante y guitarrista de The Stranglers. Cuando Sopla el Viento, referencia a las mortíferas partículas radiactivas que flotan en el aire después del estallido atómico, contrapone todo el tiempo el pragmatismo fatalista en fuera de campo de Ron, ese que considera inútil toda preparación para el ataque, con las intentonas esquemáticas de Jim y su esposa, representantes consumados de las flema y soberbia británicas, en lo que atañe a erigir un refugio y mantenerse con vida hasta ser rescatados, algo claramente en vano en medio de un baldío nuclear aunque en sí adorable por su impronta humanista quijotesca vinculada a la dignidad hasta el último estertor, además frente a la verborragia presuntuosa y hueca del hombre, a veces coqueteando con la conciencia de la debacle y la necesidad de confortar o tranquilizar a Hilda, se oponen las paradojas de la abnegada mujer, por un lado atacando a los comunistas y los beatniks pero elogiando a Iósif Stalin y por el otro lado señalando con toda la razón del mundo que los medios de comunicación sólo hablan de política y deportes y que ese gobierno que Jim tanto defiende desde la ignorancia no logró impedir la guerra y la carnicería tácita subsiguiente. Otro núcleo crucial del neoclásico de Murakami es la incapacidad para adaptar perspectivas de antaño, muy enquistadas en el intelecto y en el corazón de los sujetos, a una nueva realidad que ya no se condice con el pasado y su estructura asociada de pensamiento, por ello una y otra vez la pareja de viejitos confunden en sus charlas a los rusos con los alemanes, deliran con ser internados en un campo de concentración, o con una invasión soviética a gran escala que nunca llega o con el hecho de tener que matar para defenderse, y se concentran maniáticamente en figuras como Winston Churchill, Franklin Delano Roosevelt, Bernard Law Montgomery, Adolf Hitler y el propio Stalin, todo debido a que aún tienen patente el recuerdo de una Segunda Guerra Mundial que los agarró siendo apenas unos niños e incluso hasta disfrutándola desde la misma ingenuidad e irresponsabilidad con la que ahora enfrentan la catástrofe de la radiación, los cuerpos incinerados, la lluvia contaminada y la muerte de la flora y la fauna que los rodea. A medida que el aislamiento prolongado, el deterioro físico, la confusión y el hambre y la sed hacen mella en la pareja, también va quedando en evidencia que la película abandona de a poco la mordacidad antiinstitucional para consagrarse a una situación en verdad desesperada en la que confluyen la improvisación, el desconocimiento, la ortodoxia cultural, la negación, la falta de ayuda, la necesidad de apoyo recíproco y una fe puesta en las instituciones occidentales que termina hecha añicos y hasta reconvirtiéndose en fervor religioso tardío. Más allá del magnífico desempeño vocal de John Mills y Peggy Ashcroft, ambos famosos por sus colaboraciones con David Lean, y la idea de denunciar la muerte cotidiana y silente de inocentes o quizás responsabilizar al pueblo por elegir a psicópatas como sus representantes y eventuales verdugos, esos que formulan sus dictámenes desde sus respectivas torres de marfil, Cuando Sopla el Viento es un excelente ejemplo de un cine tan pacifista como furioso, de una especie de lirismo costumbrista de la devastación y de lo que ocurre cuando se pretende trasladar aquellos criterios de la guerra clásica, finiquitados simbólicamente vía las masacres mecanizadas de mediados del Siglo XX y los bombardeos salvajes cruzados como el Blitz, a los nuevos paradigmas de destrucción masiva vinculados a los artilugios apocalípticos a distancia que convierten en innecesaria la presencia en sí de antaño del ser humano frente a su supuesto enemigo, mediación y esclavitud para con una fragilidad tecnológica homicida que bloquea el sol y provoca una densa niebla al extremo de hacer imposible la vida y dejar más perdidos que nunca a estos mortales que lejos están de seguirle el ritmo a la dictadura del capitalismo técnico del óbito, la especulación, el espionaje y las prebendas del poder y la manipulación, eje caníbal por antonomasia que los aplasta sin piedad porque los juzga insectos o los cosifica creyéndolos medios para un fin…
Cuando Sopla el Viento (When the Wind Blows, Reino Unido, 1986)
Dirección: Jimmy T. Murakami. Guión: Raymond Briggs. Elenco: John Mills, Peggy Ashcroft, Robin Houston, James Russell, David Dundas, Matt Irving. Producción: Iain Harvey y John Coates. Duración: 84 minutos.