68° Cannes

Día 8

Por Emiliano Fernández

El festival continúa avanzando y de a poco comienza a percibirse una merma en el volumen de público asistente a las salas y de curiosos/ turistas en general, esos que hasta hace unos días atiborraban las tardes de La Croisette. La segunda semana del evento, como en el caso de casi todo certamen que se prolonga a lo largo de un período considerable de tiempo, ve disminuir el fervor de la novedad pero aún conserva el brío suficiente para alborotar las noches y permitir el renacimiento cinéfilo del día siguiente. Hoy pudimos ver Les Cowboys (2015) de Thomas Bidegain y Youth (2015) de Paolo Sorrentino.

 

Les Cowboys, de Thomas Bidegain

QUINCENA DE LOS REALIZADORES

El único momento de paz de Les Cowboys es el inicio, caracterizado por una versión francesa de una “country party” norteamericana, con sombreros puntiagudos, bailes típicos y banderitas incluidas. A continuación -y sin ningún preámbulo- desaparece la hija adolescente de Alain (François Damiens), quien a partir de ese momento se embarca en una búsqueda tortuosa que le llevará muchos años y que desencadenará una enorme angustia en todo su entorno familiar. El debut en la dirección de Thomas Bidegain, guionista habitual de Jacques Audiard, está repleto de citas a la cultura estadounidense y la parafernalia existencial de las road movies de la década del 70. Con ecos de Paul Schrader y Wim Wenders, y una segunda parte de índole aventurera que coquetea con Henri-Georges Clouzot cuando el hijo de Alain toma la posta de la obsesión de su padre, la película examina sutilmente las causas del porfiar masculino y los corolarios del dolor que exuda el no rever las decisiones tomadas desde el apuro o la inmadurez.

A pesar de que el film respeta continuamente la dinámica del thriller con solvencia, la distancia estilística en materia de intensidad dramática entre la primera y la segunda parte de la historia se siente con fuerza, haciendo que el relato decaiga un poco en su desenlace (en este sentido, debemos responsabilizar a los desvaríos finales -un poco trasnochados- alrededor de la paranoia en los países centrales luego del ataque a las Torres Gemelas). Así y todo, el realizador da muestras sobradas de talento para el apuntalamiento de la tensión y el desarrollo de personajes arrinconados por sus propias expectativas y/ o utopías.

 

Youth, de Paolo Sorrentino

COMPETENCIA OFICIAL

El cine de Sorrentino nos coloca en un aprieto en tanto críticos porque si bien resulta encomiable su interés por el Federico Fellini posterior a La Dolce Vita (1960), lamentablemente gran parte de su obra a la fecha sabe a rancia, al igual que sus observaciones sobre la crisis de la cultura tradicional italiana y el advenimiento de la pedantería televisiva, ese diapasón vacuo y carente de toda conciencia constructiva. Este círculo vicioso ya podía verse en propuestas como Este es mi lugar (This Must Be the Place, 2011) y La Grande Bellezza (2013), ejemplos claros de un devenir florido a nivel visual pero redundante y muy elemental en lo que hace al acervo discursivo. En esta ocasión la decadencia artística/ social aparece bajo la forma de la metáfora de dos amigos de toda la vida, el director de orquesta retirado Fred Ballinger (Michael Caine) y el realizador cinematográfico Mick Boyle (Harvey Keitel), quienes pasan sus últimos días en uno de esos palacios del relax que pululan entre los Alpes suizos.

En esencia el relato está estructurado nuevamente alrededor de una serie de viñetas tragicómicas acerca del paso del tiempo, los fantasmas psicológicos familiares, la sombra ascendente de “la parca” y por supuesto -como cabía esperar en una especie de exploitation fellinesco- la colección de alucinaciones y seres bizarros que deambulan en torno a los protagonistas. El preciosismo visual de Sorrentino es más videoclipero que barroco, y para colmo el napolitano no consigue darle nueva vida a aquellas ironías amargas de su máximo referente: esta doble paradoja va enterrando progresivamente las buenas intenciones del autor bajo el peso lustroso del lujo y la pomposidad más intrascendente.