La trayectoria del siempre inquieto Oliver Stone es una de las más bizarras del entramado hollywoodense por el volumen de metamorfosis paradójicas que experimentó, empezando por su labor como director en el enclave del horror vía las desconcertantes Seizure (1974) y La Mano (The Hand, 1981) y por su rol de guionista por encargo/ para terceros, faceta que se extendería a films variopintos como Expreso de Medianoche (Midnight Express, 1978), de Alan Parker, Conan, el Bárbaro (Conan, the Barbarian, 1982), epopeya de John Milius, Caracortada (Scarface, 1983), de Brian De Palma, Manhattan Sur (Year of the Dragon, 1985), del querido Michael Cimino, Morir Mil Veces (8 Million Ways to Die, 1986), de Hal Ashby, y Evita (1996), también de Parker. Todo cambiaría con aquel díptico explosivo del mismo año de mediados de los 80, hablamos de Salvador (1986) y Pelotón (Platoon, 1986), la primera su intento inicial de clon del cine testimonial -a posteriori cuasi irónico político o ultra lunático- de Costa-Gavras, Gillo Pontecorvo, Francesco Rosi, Ken Loach, Lindsay Anderson, Rainer Werner Fassbinder y Lina Wertmüller, entre otros, opus centrado en la cruenta Guerra Civil de El Salvador (1979-1992), y la segunda la catalizadora de su futuro relativismo ideológico -con elementos intermitentes de izquierda y derecha- y el comienzo de su Trilogía de Vietnam, esa que se completaría luego con las muy inferiores Nacido el Cuatro de Julio (Born on the Fourth of July, 1989) y Entre el Cielo y la Tierra (Heaven & Earth, 1993), lo que dejaría todo servido para su período de gloria como sultán de las gestas satíricas nacionales y la polémica a todo trapo de la mano de obras en verdad memorables como Wall Street (1987), La Radio Ataca (Talk Radio, 1988), The Doors (1991), Asesinos por Naturaleza (Natural Born Killers, 1994) y Camino sin Retorno (U Turn, 1997), serie de trabajos efervescentes que demostraron la capacidad de choque e imaginación altisonante de un artista a la par chapucero, facilista y por momentos bastante sensato que pretendiendo ofrecer reflexiones profundas casi siempre se quedaba en la superficie más estrambótica de cada temática en cuestión o quizás adoptaba un enfoque demasiado parcial y/ o maniqueo.
Mucho antes de sus desniveles profesionales de fines del Siglo XX y el nuevo milenio, esos que abarcan bodrios como Un Domingo Cualquiera (Any Given Sunday, 1999) y Alexander (2004), propuestas fallidas en línea con Nixon (1995) y Wall Street 2: El Dinero Nunca Duerme (Wall Street: Money Never Sleeps, 2010), bazofia chauvinista o demagógica símil Las Torres Gemelas (World Trade Center, 2006) y W. (2008) y hasta opus dignos como por ejemplo Salvajes (Savages, 2012) y Snowden (2016), Stone entregó su film más redondo e interesante, JFK (1991), puntapié inaugural para la denominada Trilogía de los Presidentes, una que reproduce lo ocurrido con la Trilogía de Vietnam ya que las dos obras posteriores son visiblemente inferiores con respecto a la original, Nixon, una propuesta caótica y algo soporífera sobre el mandatario homónimo eje del Escándalo Watergate, y W., retrato muy leve/ cobardón del también genocida George W. Bush como si fuera un retrasado mental al que no se le puede culpar por la invasión norteamericana a Irak del 2003. Basándose en dos libros, Fuego Cruzado: El Complot que Mató a Kennedy (Crossfire: The Plot that Killed Kennedy, 1989), trabajo de Jim Marrs, y Tras la Pista de los Asesinos (On the Trail of the Assassins, 1988), del fiscal de distrito de Nueva Orleans entre 1962 y 1973 Jim Garrison, el señor en JFK recrea la investigación de Garrison (Kevin Costner) alrededor del homicidio de John Fitzgerald Kennedy del 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas, junto con los asesinatos en 1968 de Martin Luther King y Robert Francis Kennedy, hermano de John, y la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962 uno de los hechos más sonados de su tiempo, lo que derivó en un proceso judicial contra un tal Clay Shaw alias Clay Bertrand (Tommy Lee Jones), oligarca homosexual dedicado a la importación que aparecía vinculado al supuesto verdugo, Lee Harvey Oswald (Gary Oldman), a un anticastrista y anticomunista exaltado de nombre David Ferrie (Joe Pesci) y a un testigo de un debate privado, en el contexto de una fiesta, de un hipotético plan acerca de un “triángulo de fuego cruzado” sobre Kennedy en Texas, ese Perry Russo rebautizado Willie O’Keefe en nuestra gran pantalla (Kevin Bacon).
Como tantos otros realizadores antes que él, desde Sergei Eisenstein y Werner Herzog a Jean-Luc Godard y el argentino Fernando “Pino” Solanas, aquí Stone se sirve de toda la pirotecnia audiovisual posible a lo largo de los 206 minutos del Corte del Director, el mejor y más popular hoy por hoy, con el objetivo de transmitir su mensaje mediante un frenesí de flashbacks y flashforwards que saltan del color al blanco y negro y de la ficción al registro documental de modo maniático, un combo -digno de los videoclips, el lenguaje publicitario y el videoarte de influjo iconoclasta- basado en la genial fotografía de Robert Richardson y la hiperquinética edición de Joe Hutshing y Pietro Scalia, rubros siempre obsesionados con ganar la confianza de un espectador escéptico y mantenerlo crispado de principio a fin de este mamut del planteo discursivo. Si bien es cierto que el cineasta abusaría del formato tiempo después, especialmente en Asesinos por Naturaleza, Nixon y Camino sin Retorno, en JFK la propuesta retórica está aceitada al extremo, precisamente, primero porque genera adicción con su pulso de thriller político setentoso símil Alan J. Pakula o Sidney Lumet aunque con esteroides, esquizofrenia que incluye la pesquisa de Garrison, la recreación del asesinato en sí, el pasado contradictorio de Oswald -después asesinado por el mafioso de poca monta Jack Ruby (Brian Doyle-Murray)- y los datos del misterioso informante militar X (Donald Sutherland), y segundo debido a que trasmite con eficacia su enrevesada pero factible teoría de la conspiración para el magnicidio, crimen que se explica por decisiones de Kennedy como el retiro del apoyo a los exiliados cubanos en el contexto de la desastrosa invasión de Bahía de Cochinos de 1961, el motivo de la CIA, el plan del mandatario para retirarse de Vietnam antes de 1965, motivo del Estado Mayor Conjunto y el Pentágono, y la adhesión a aquel Tratado de Prohibición Parcial de Ensayos Nucleares de 1963, motivo del complejo castrense/ armamentista/ industrial estadounidense, amén de la participación de la Casa Blanca y del sucesor Lyndon B. Johnson en este Golpe de Estado por los intentos de finiquitar la Guerra Fría, acercarse a los rusos y descabezar a varios sectores del gobierno.
A la manera de sus modelos confesos a la hora de construir esta épica fascinante y con un elenco de estrellas a lo diagrama del homicidio institucional impune que no descuida la dimensión melodramática hollywoodense, léase Z (1969), de Costa-Gavras, y El Día más Largo del Siglo (The Longest Day, 1962), mega odisea de Ken Annakin, Andrew Marton y Bernhard Wicki, lo mejor de JFK pasa por la invaluable sensación de ser testigos de un rompecabezas en constante transformación que se sirve de pivotes simplificados para su eficacia narrativa, pensemos para el caso en la confrontación entre la izquierda y la derecha incluso dentro de la comitiva investigativa de Garrison, Lou Ivon (Jay O. Sanders) y Bill Broussard (Michael Rooker), respectivamente, el lugar como perpetuo “significante vacío” de Oswald, apareciendo vinculado tanto a la CIA como a los soviéticos, la decadencia en sí del personaje del maravilloso Jones, un Shaw/ Bertrand que simboliza la soberbia del poder aunque también sus estupideces y torpezas de todo tipo por pensarse intocable, el papel de Ferrie en todo este embrollo como otro de los tantos “imbéciles útiles” de las operaciones encubiertas de los fascistas norteamericanos, en esencia un peón fundamentalista que se usa cuando se lo necesita y luego se lo descarta mediante otro asesinato disfrazado de suicidio, accidente o lo que sea, y la aparición del infaltable agente de la sabiduría oculta, aquel X de Sutherland que unifica a militares soplones como Richard Case Nagell y Fletcher Prouty y le permite al fiscal salir de Nueva Orleans y mirar de frente a esos chanchullos millonarios de Washington D.C. y la argucia de inventar enemigos para mantener en funcionamiento el complejo bélico. A Sissy Spacek le tocó el cliché de la esposa quejosa que acepta al final la cruzada de su marido y Costner cumple muy bien en los zapatos de un Garrison idealista que no se parece en casi nada al real, en suma un fiscal algo oportunista que no tenía caso alguno contra el único acusado, Clay, y por lo menos ayudó a hacer pública la película de Abraham Zapruder y todas las mentiras patéticas de la Comisión Warren como esa ridícula “teoría de la bala mágica” y sobre todo la intervención solitaria del francotirador Oswald…
JFK (Estados Unidos, 1991)
Dirección: Oliver Stone. Guión: Oliver Stone y Zachary Sklar. Elenco: Kevin Costner, Donald Sutherland, Tommy Lee Jones, Kevin Bacon, Gary Oldman, Joe Pesci, Sissy Spacek, Walter Matthau, John Candy, Jack Lemmon. Producción: Oliver Stone y A. Kitman Ho. Duración: 206 minutos.