La Carta que no se Envió (Neotpravlennoe Pismo)

Diamantes en Siberia

Por Emiliano Fernández

Si la comparamos con las otras tres obras maestras de aquel período final de la carrera de Mikhail Kalatozov, esas que se abren camino por brío, desparpajo y méritos propios dentro de un largo derrotero en el ecosistema cinematográfico que comenzó con el señor rodando documentales, opus propagandísticos y faenas más o menos fastuosas cercanas a un cine popular relativamente olvidable que supo beneficiarse de los cargos políticos que el director ocupó luego de la Segunda Guerra Mundial en lo que se refiere al séptimo arte en concreto, La Carta que no se Envió (Neotpravlennoe Pismo, 1960), quizás el mejor y más intenso drama de aventuras de toda la historia, continúa aquel motivo del calvario en nombre de las huestes gerenciales nacionales de Pasaron las Grullas (Letyat Zhuravli, 1957), uno de los clásicos absolutos tanto del melodrama exasperado como del acervo antibélico mundial, anticipa los floreos visuales que terminarían de explotar con todo en la siguiente película del realizador, Soy Cuba (1964), colección de viñetas del lento camino hacia la Revolución Cubana de 1959 y el colonialismo, maltrato, explotación y despotismo de la dictadura de Fulgencio Batista en connivencia con los Estados Unidos, y en última instancia funciona como una suerte de preludio con respecto a la epopeya amarga que cerraría la trayectoria de Kalatozov, La Tienda Roja (Krasnaya Palatka, 1969), primera coproducción entre la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y un país occidental, Italia en este caso, que retrataba el desastre de la expedición en dirigible de 1928, liderada por el Comandante Umberto Nobile (Peter Finch), hacia el Polo Norte, una región poco explorada para entonces, lo cual derivaría en caída, muchas muertes y la inoperancia de los fascistas italianos. Vale recordar que el éxito y la difusión global de Pasaron las Grullas y La Carta que no se Envió, ambas compitiendo en el Festival Internacional de Cannes, la primera ganando la Palma de Oro y la segunda retirada a último minuto del certamen aduciendo una supuesta necesidad de refilmar secuencias aunque dejando la sospecha de censura por parte de las autoridades soviéticas, no muy contentas con la imagen funesta que Kalatozov ofrecía en el film de los “sacrificios patrióticos” exigidos por el Estado a la población civil, tienen que ver con el relajamiento sutil aunque evidente de la mano de hierro del régimen comunista gracias al fallecimiento en 1953 del autócrata Iósif Stalin, hecho que debilitó la ortodoxia proselitista cultural pero no el férreo y triste control de las autoridades sobre los artistas en actividad.

 

El guión de Grigoriy Koltunov, Valeri Osipov y Viktor Rozov es muy simple ya que nos presenta el viaje de exploración a lo largo de distintas zonas de la taiga o bosque boreal de Siberia de un grupo de cuatro integrantes/ especialistas/ rastreadores que trabajan para el Estado buscando yacimientos de diamantes en la enorme y peligrosa región del continente asiático, hablamos del guía de la comitiva, Sergey Stepanovich (Evgeniy Urbanskiy), la cabeza oficial del grupo, Konstantin Sabinin (Innokentiy Smoktunovskiy), y una pareja de geólogos de corta edad que están enamorados y se conocieron en el instituto de educación terciaria donde estudiaron, Andrey (Vasiliy Livanov) y Tanya (la sublime y bella Tatyana Samoylova, ya vista en Pasaron las Grullas). El título hace referencia al rol de narrador en off de Konstantin porque durante buena parte del metraje se la pasa escribiendo una carta símil diario de viaje a su esposa, Vera (Galina Kozhakina), que empezó en el avión y no llegó a enviar por los nervios y por la confusión del traslado aéreo hacia Siberia durante la primavera, estación que pretenden dedicar, junto al verano, a la búsqueda exhaustiva de esas piedras preciosas que brindarán un importante “impulso” al régimen socialista. Los cuatro trabajan durante meses sin resultados positivos, primero escudriñando algunos ríos y después comenzando una multitud de excavaciones que los fatigan, y para colmo surgen tensiones porque Sergey está enamorado de una fémina que quiere a otro macho y existe la apremiante posibilidad de que la señorita en cuestión sea Tanya, por ello Stepanovich primero golpea al burgués idiota de Andrey, quien le suelta un sermón moral sobre el hecho de no desear a la mujer del prójimo, y luego se acerca al anhelo de poseerla vía una rauda violación, cuando los dos comparten la soledad de un pozo. Tanya eventualmente descubre el yacimiento de diamantes y el grupo le comunica el hallazgo a sus superiores por radio, no obstante un gigantesco incendio forestal les complica la vida cuando por fin pretendían regresar a la civilización con el mapa del yacimiento, así Sergey muere aplastado por un árbol en llamas, un Andrey malherido se suicida alejándose del resto para ya no ser una carga en el páramo ardiente y hasta la mujer termina sucumbiendo debido al frío y la nieve del implacable invierno. Konstantin se topa con la vía de escape, un río, y es rescatado ya agonizante por los ocupantes de un helicóptero a posteriori de una infinidad de intentos de comunicarse a través de la radio y de hacerse ver a ojos de los aviones que los buscaban.

 

Más allá de la típica ciclotimia de una obra masiva realizada en plena dictadura que debe contentar a los monigotes institucionales y decir por lo bajo lo que desde el vamos se desea transmitir al público, nos referimos a por un lado convalidar “la difícil ruta de los pioneros” a la que apunta el prólogo, unos comunistas que buscan riquezas como cualquier capitalista del montón, y por el otro lado sumergirse en un humanismo paradójicamente pesimista, ahora mediante el burguesito maltrecho transformándose en lastre en medio del fuego y el humo y el baqueano golpeando al potencial cornudo de la comitiva y pretendiendo violar a la hembra para no andar perdiendo el tiempo con galanteos, celos o pavadas semejantes de una sociedad inexistente en Siberia, sin duda alguna la gran vedette de La Carta que no se Envió es la fotografía del genial e irremplazable Sergey Urusevskiy, también colaborador de Kalatozov en Soy Cuba y Pasaron las Grullas, un entramado visual complejo y muy rico que incluye constantes travellings, planos aéreos prolongados, muchas tomas oblicuas, momentos semi subjetivos de éxtasis y/ o emoción pura, una catarata de cámaras en mano, una luminosidad poética basada en los claroscuros o las penumbras plenas, despampanantes primeros planos, un dejo documentalista permanente, diversas sobreimpresiones de llamas, unos cuantos fundidos entre escenas, movimientos caóticos o frenéticos imprevistos, tomas de un gigantismo alegórico muy propio de la época, algunas superposiciones etéreas para las ensoñaciones y anhelos de los protagonistas y finalmente un trabajo eisensteiniano en materia del montaje y las implicancias anímicas en recepción del collage de imágenes. A diferencia de otras películas del período y del aluvión de clones y propuestas semejantes correspondientes a la posmodernidad, en el film de Kalatozov el maravilloso formalismo y todo este cuidado maniático de la presentación visual no se comen a la dimensión prosaica de la historia gracias al desarrollo de personajes y a la idea de dirigir todos los truquillos ópticos hacia la debilidad de las criaturas de carne y hueso que tenemos frente a nosotros, por ello mismo Sabinin vive muy obsesionado con el cariño hacia su esposa y no identifica como líder los problemas psicológicos del cuarteto, Sergey acumula diez expediciones en su haber y se transformó en un misántropo en función de la soledad necesaria para recorrer y conocer la taiga, y finalmente la pareja de turno, esa de Andrey y Tanya, hace gala de una inocencia también alarmante y hasta contraproducente en un contexto de amenaza perpetua.

 

A la realización se la suele comparar con el otro mojón ineludible del séptimo arte de las aventuras fatalistas en la espesura semi desértica siberiana, Dersu Uzala (1975), joya de Akira Kurosawa, no obstante en ésta la naturaleza daba tanto como quitaba debido a que el objetivo de aquel grupo era más neutral o menos nocivo, apenas topografiar el terreno, y además predominaba en el relato un humanismo más tradicional basado en una amistad que se salteaba todos los prejuicios culturales del caso, la memorable entre el cazador de etnia nanái / hezhen del título (Maksim Munzuk) y el jerarca máximo del equipo soviético, el Capitán Vladímir Arséniev (Yuriy Solomin), algo que no ocurre en La Carta que no se Envió porque en pantalla tenemos un mega monólogo de los rusos que no deja espacio en su etnocentrismo y egolatría a cualquier otra manifestación cultural o siquiera al devenir en paz de la madre natura, víctima de una rapiña por parte de estos cuatro intrusos que a su vez ofician de representantes de toda una legión de imbéciles destinados a erigir una futura “Ciudad Diamante”, por ello el ecosistema que los rodea se muestra de modo intermitente impasible, ajeno, vengador y hasta eje de frustraciones y angustias vinculadas con deseos arrastrados, un afán animal/ visceral y la misma fe ciega, naif y chauvinista en un progreso de tipo plutocrático que sólo considera el bienestar de las cúpulas sociales y se caga en el vulgo y más aún en la flora y la fauna. Kalatozov sitúa a las consecuencias destructoras del extraccionismo predatorio fuera de campo y se concentra en la furia del bioma agredido mediante unas llamas que todo lo consumen y que terminan de aislar a los protagonistas del facilismo del rescate mágico, de allí se explica tanto el suplicio que deben atravesar como la presencia de escenas agresivas subrepticias para con la mafia socialista en el poder y la sonsera de los geólogos de creer que ellos serán “partícipes” de las riquezas descubiertas, recordemos la secuencia en la que pretenden avisar por radio sobre la muerte de Sergey y el interlocutor se encierra en arengas propagandísticas patéticas y aquella otra en la que los protagonistas directamente abandonan la radio, su único contacto con la frágil civilización que personifican. Como harían después John Boorman, Peter Weir, Nicolas Roeg, Werner Herzog, Alejandro González Iñárritu y Terrence Malick, entre otros adeptos a la etnografía, Kalatozov nos pinta un mundo de contrastes donde la fastuosidad libertaria de lo natural originario se opone a las miserias reduccionistas fanáticas de los bípedos y su narcisismo…

 

La Carta que no se Envió (Neotpravlennoe Pismo, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, 1960)

Dirección: Mikhail Kalatozov. Guión: Grigoriy Koltunov, Valeri Osipov y Viktor Rozov. Elenco: Innokentiy Smoktunovskiy, Tatyana Samoylova, Vasiliy Livanov, Evgeniy Urbanskiy, Galina Kozhakina, Boris Kozhukhov. Producción: Viktor Tsirul. Duración: 96 minutos.

Puntaje: 10