Poema

Dido (fragmento)

Por Emilia Carabajal

Que Italia es tu patria, me dices

Que allí te aguardan las colinas del Lacio

Los campos de olivo

Las costas espejadas del Tirreno

 

Que allí desposarás a una princesa

Que allí has de volver a empuñar la espada

 

Dices, Eneas, que Italia es tu destino

Que esa tierra de imperios venideros

Que han de poblar césares

Y vates memorables

Es la que debes a tus vástagos

 

¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?

¿O es la divinidad que ayer te visitara

Ese dios obsecuente

Que siempre cumple los encargos

Que otra deidad le ordena?

Han de ser de ese dios subalterno las palabras

Que inspiran las tuyas

 

Que Troya es tu patria, me dices

Que allí impulsaron tu barca las aguas del Helesponto

Que allí desposaste a una princesa

Que allí empuñaste por primera vez la espada

 

Dices, Eneas, que Troya es tu anhelo

Que ese imperio de glorias evocadas

Es el que debes a tus manes

 

¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?

¿O es tu padre, al que otrora cargaras

Ese pastor jactancioso

Que amó a una diosa

Y que hoy descansa solitario en las costas de Sicilia?

Ha de ser de este anciano la nostalgia

Que inspira la tuya

 

Dices, Eneas, que en los navíos

Has de llevar tus lares

Para construirles sagrarios en Italia

Y elevar plegarias

Y ofrecer sacrificios

 

Que así has de culminar, hermoso mío

El círculo de tu estirpe

Y nacerá un hijo de tu sangre

En la tierra de tus ancestros

 

¿Eres tú, Eneas, quien lo dice

O es acaso ese poeta laureado

Aquel que nos consagra a un imperio futuro

En una lengua que los dos desconocemos?

Ha de ser de este funcionario elocuente

La dialéctica que inspira la tuya

 

 

Callas ahora

Los dioses te han hecho juicioso

Y rehúsas, por tanto, malgastar tus palabras

Sabes bien, hermoso mío, que no podría creerte

Podrá acaso el poeta imperial

Ese que sentirá la patria como un suelo firme

Como el centro expansivo de una conquista irrevocable

Que abarca a vástagos y ancestros

Él ha de complacerse ante tu doble devoción ciudadana

A él ha de contentar tu obediencia a dioses y difuntos

Él, hermoso mío, nunca ha de conocerte

 

 

Él no ha de recibirte en tu zozobra

Ni ha de velar por tu sueño intranquilo

Él no sabrá de las febriles visiones que lo asaltan

 

Fui yo, ingrato mío, quien te ofreció un palacio

Cuando las olas te privaron de tu porte de rey

 

Si a tu sueño retornaban las hogueras de Ilión

Era yo quien procuraba disiparlas

 

Yo, y no el ilustre mantuano, adiviné en tus brazos las fatigas de los remos

Y te brindé mi alcoba para que reposaras

Sin importar que le infundieras tu esencia salobre

Esa tristeza oceánica que exhalan tus ropas y tu pelo

 

Era yo quien te estrechaba

Aunque en tu abrazo presintiese el estupor de los naufragios

Y en tus gemidos la queja inagotable del mar

 

Yo, Dido, y no el célebre lombardo

Me abrí a los rigores de tu exilio

Y vi en ellos un espejo invertido de mi suerte

¿Qué son los mares estériles que surcaste

Sino hermanos húmedos de mis desiertos?

 

Y es por eso, hermoso mío

Por haber palpado la extensión y la hondura de tu pena

Que no puedo creerte

 

¿Cómo consentir en que es tu patria

Una región ignota

Donde te esperan cien tribus hostiles?

 

¿Cómo admitir, ahora que una tierra te cobija

Que reanudes los suplicios del mar y de la guerra

Por designio inescrutable de los dioses?

 

No hallo más que insensatez en tu obediencia

 

¿Acaso una patria se designa?

¿Qué saben los dioses de la patria?

Ellos existen sin apremios

Ajenos al tiempo y sus vejámenes

 

¿Qué ha de señalarles el límite de un suelo?

A ellos les fue dado

Surcar cielos y países

Y adoptar otras voces y otras pieles

Ser niño

Anciano

Suplicante

Volverse toro

Cisne

Lluvia

 

Has de saber, Eneas

Que la patria es dominio de los hombres

 

¿Qué es la patria sino un báculo

Donde apoyar la vejez

Y el dolor de ser uno

Y de perderse?

 

Podrá ser nuestro báculo el cetro que te extiendo

Por él han de ser tuyos mis dominios

(Esos que gané con jirones de cuero)

Y allí has de aquietar tus barcas y tu sangre

 

¿Cómo concebir que desdeñes tal amparo

Y retomes tu martirio de aguas y contiendas

Por decreto inexpugnable de tus muertos?

 

Señal de desquicio es que lo acates

 

¿Acaso una patria se decreta?

¿Qué saben los muertos de la patria?

Ellos olvidaron la acechanza de la duda

Ajenos al devenir y sus desmanes

 

¿Qué ha de serles el nombre del suelo que los cubre?

Les fue dado prescindir de fronteras y palabras

Y habitar el silencio rotundo de las cosas

Ser tierra

Piedra

Ceniza

Volverse árbol

Sombra

Viento

 

 

Has de entender, Eneas

Que la patria es asunto de los vivos

 

¿Qué es la patria sino un lecho

Donde aliviar la inquietud

Y la costumbre de esperar

Y preguntarse?

 

Fue nuestro lecho la gruta que habitamos

Ungidos de deseo e intemperie

Iguales a las bestias en la cópula y el miedo

 

Yo te obsequio, Eneas, aquel recodo umbrío.

 

Pero rechazas mis presentes

Reniegas por igual de cetro y gruta

E invocas frente a ellos un destino mayor:

Trazar el surco con que unir dos patrias imperiales

Retornar tu sangre a su cauce inaugural

 

¿Eres tú, Eneas, quien lo dice?

 

Comprenderás, hermoso mío

Que no puedo creerte

 

Sabes bien que no existen las patrias que celebras

¿Qué es Ilión más que las urnas de tus lares?

¿Qué Italia, más que los grabados de un escudo

Que un dios renco ha de forjar?

 

Sabes también, aunque lo niegues

Que un azar antiguo nos dispersa

Y nos priva de origen y destino

 

¿Dónde fijar el inicio de un linaje? ¿Dónde su meta?

Es incesante el periplo de los hombres

Maraña insondable

De senderos

Y puertos

Y riberas

 

Podrán ignorarlo algunos hombres

Los que no huyeron de su solar derrotado

 

Pero tú, aunque te empeñes, no has de olvidar

Aquello que el exilio nos enseña:

Son frágiles las patrias

No hay suelo firme y triunfal que nos aguarde

No hay imperio que no se desvanezca más presto que una gruta

Ni se deshaga en menos jirones que una tela

 

Hemos de cargar esta verdad como una herida

Más íntima que todos los ultrajes

Llaga secreta con que el mar nos horadó

 

Has de saber, hermoso mío

Que aunque partas

Y navegues

Y luches

Y conquistes

Nunca habrá patria más cierta

Que una cueva

Y que has de constatar tu exilio imprescriptible

Cada vez que vislumbres

La breve majestad de las rompientes

 

Fragmento de Dido (2021), primer poemario de Emilia Carabajal, aquí disponible el primer capítulo en PDF: https://www.editorialdetodoslosmares.com/dido/