2x1 de Martin Rosen

Dignidad de barricada y restitución natural

Por Emiliano Fernández

A pesar de que la concepción dominante durante las últimas tres décadas en lo que atañe a la animación cinematográfica suele dividir tajantemente la vertiente infantil y la enfocada al público adulto, una partición que por cierto significó una preeminencia casi absoluta de la primera por sobre la segunda a nivel de la producción anual, en realidad hubo una época en la que la frontera entre ambas comarcas no estaba tan delineada porque los espectadores eran un poco más maduros y sensatos que los actuales y porque la industria del séptimo arte en general no apostaba tanto como hoy a los productos destilados de toda referencia sexual, violencia explícita o temática relativamente compleja o “polémica” que pudiese alejar a los films en cuestión de la presunta “mina de oro” según los autómatas del marketing y la publicidad, léase el segmento familiar, los adolescentes y los palurdos que jamás maduraron. Ahora bien, Martin Rosen fue un hijo pródigo de aquella etapa gloriosa de la animación contracultural, entre la década del 70 y fines de los 80, imponiéndose en tanto artesano consagrado a una furia conceptual/ visual maravillosa: hablamos de un director y guionista británico -de ascendencia estadounidense- que sólo realizó dos películas a lo largo de su carrera, ambas adaptaciones animadas de novelas de Richard Adams. Watership Down (1978), su ópera prima, es una de las obras maestras indiscutibles del cine de animación europeo, y The Plague Dogs (1982), su segundo trabajo, se abre camino como una gema aún por descubrir por el gran público. El talento, la pasión y la virulencia que Rosen demostró en su acotada aunque fascinante producción nos invita a sopesar sus características y contribuciones principales en el ámbito del análisis del costado menos feliz del proceder humano a través de unas parábolas animistas que giran alrededor de una naturaleza que no permite la cosificación que le prodigan los humanos y lucha en cambio por su supervivencia bajo sus propios términos, construyendo un hábitat acorde con sus preceptos y necesidades en pos de restituir un equilibrio natural destrozado por el hombre.

 

Watership Down (1978):

En la tradición de Rebelión en la Granja (Animal Farm), aquella inmortal novela de 1945 de George Orwell que examinaba en primer lugar la corrupción de las cúpulas gubernamentales y en segunda instancia la transformación progresiva de las utopías comunistas de la Revolución Rusa de octubre de 1917 en el totalitarismo estalinista, Watership Down (1978) pone en tela de juicio los basamentos de las sociedades occidentales contemporáneas vía un engranaje narrativo que retoma el motivo de los animales campestres antropomorfizados, ahora reemplazando a los cerdos por conejos, los cuales poseen una mitología propia sustentada en la presencia de Frith, una deidad homologada al sol, y de El-ahrairah, el Príncipe de los Conejos y primer representante de la especie. En el prólogo, algo así como el contexto cultural del film, se aclara que la multiplicación de los susodichos y la escasez de alimento derivaron en una advertencia de Frith para con El-ahrairah orientada a que controle a su pueblo pero como éste no acusó recibo, la divinidad creó a los depredadores. Aprendida la lección, Frith también les concedió características que le permitirán sobrevivir a todos los hijos de El-ahrairah de allí en adelante: la velocidad, la astucia y la capacidad de esconderse en prácticamente cualquier sitio. La historia propiamente dicha comienza poco después, cuando el pequeño conejo Fiver (Richard Briers) tiene una visión centrada en la destrucción de la madriguera en la que vive, con los campos lindantes cubiertos de sangre y muerte. A pesar de que su hermano mayor Hazel (John Hurt) le cree, las autoridades de la conejera desestiman de lleno su premonición, lo que a su vez genera que ambos abandonen el lugar junto a un grupo de seis conejos más, entre los que se encuentra Bigwig (Michael Graham Cox), un ex miembro de la guardia militarizada de la madriguera, conocida como Owsla. Así comienza un peregrinaje en pos de fundar una nueva conejera que los llevará a perder a la única hembra del grupo en las garras de un halcón, a conocer a un grupo de conejos hospitalarios que guardan un secreto, a padecer la brutalidad de los humanos, a toparse con las amenazas que esconden las granjas -gato y perro incluidos- y a terminar descubriendo que efectivamente los presagios de Fiver tenían un sustento real, ya que el eventual encuentro con un sobreviviente de la masacre de turno los pone al tanto de lo sucedido (la madriguera original estaba en un terreno en construcción y cuando las palas mecánicas taparon con tierra los agujeros, los conejos se asfixiaron en un mar de desesperación y cadáveres apilados). A partir del punto en que los protagonistas, con Hazel y Bigwig a la cabeza, descubren la colina del título de la película, esa que funcionará como su hogar de allí en más porque la generosa altura permite visualizar todo el valle y la llegada de posibles depredadores, la trama se vuelca hacia la odisea de conseguir hembras para afianzar el futuro de la comunidad, circunstancia que los lleva por un lado a trabar amistad con Kehaar (Zero Mostel), una gaviota que los protagonistas cobijan mientras se cura de las heridas producidas por el ataque de un gato, y por el otro lado a infiltrarse en otro grupo cercano de conejos, los Efrafrans, para despertar una sedición entre los ejemplares disconformes con el mando absolutista y cruel del General Woundwort (Harry Andrews), el avejentado líder de los susodichos. La obra de Rosen va muchísimo más allá del mote que se ha ganado con el transcurso del tiempo, ese que la pinta como el opus de animación “más sanguinario” de la historia del cine, principalmente porque cada una de las atrocidades que padecen y cometen los conejos son una parábola de las barbaridades en las que incurren las sociedades humanas, esas cofradías del delirio cuyo fetiche principal es fundar y refundar un sistema que divide al mundo entre aquellos que están destinados a luchar para sobrevivir de las maneras más precarias y aquellos otros que controlan el poder dirigente y hacen uso y abuso del mismo, eternizándose a caballo de una colección de injusticias, prebendas, atropellos y crímenes de la más variada naturaleza. Watership Down es en este sentido tanto una fábula ecológica y antiimperialista como un retrato de los sacrificios que implica vivir en colectivos sociales aparentemente estables pero con una estructura de clases que reproduce inequidades y holocaustos cual máquina de picar carne. La riqueza del naturalismo del director pone en primer plano la efervescencia del gore, los ultrajes y el castigo ritual, y a la vez la complementa con los ingredientes paradigmáticos de un cine de aventuras francamente prodigioso, plagado de detalles surrealistas/ oníricos que responden a la idiosincrasia de la especie y a su “lenguaje lapino” particular, ideado por Adams, ecos asimismo de la inocencia, la manipulación y esa necesidad de “cierre lógico” que cohabitan en la humanidad. La hermosa animación tradicional constituye el marco perfecto para este análisis de barricada, sin tibiezas ni clichés ni moralinas baratas a la Walt Disney, en torno a una cultura y un régimen político que bordean constantemente el apocalipsis por su falta de apego a la vida,  por el egoísmo y la corrupción de sus líderes, por la banalización de la dimensión espiritual y finalmente por la utilización de la violencia -simbólica y física- para ratificar privilegios que nada tienen que ver con el bienestar de la población. El film está repleto de semblanzas y escenas extraordinarias que dejan sin aliento al espectador en un trayecto que va desde la génesis del inicio hasta la carnicería del desenlace y la elevación etérea del epílogo, atravesando en todo momento la dinámica de lo imprevisible del vivir cotidiano y mirando de frente tanto a las alegrías como a las tristezas con toda su carga de dolor, porque aquí lo que predomina es el trajín detrás de la creación de un paraíso terrenal.

 

Watership Down (Reino Unido, 1978)

Dirección y Guión: Martin Rosen. Elenco: John Hurt, Richard Briers, Michael Graham Cox, Zero Mostel, Harry Andrews, John Bennett, Ralph Richardson, Simon Cadell, Terence Rigby, Roy Kinnear. Producción: Martin Rosen. Duración: 91 minutos.

 

The Plague Dogs (1982):

Para The Plague Dogs (1982), sin duda una de las realizaciones más brillantes y dolorosas de la historia del cine de animación, Rosen reincide en la estructura narrativa de Watership Down, esa que se centra en una especie de road movie de impronta aventurera y con giros propios de los westerns crepusculares de las décadas del 60 y 70, un combo ahora tamizado por un tono narrativo más sombrío aunque igual de descarnado y sincero en su descripción demoledora de la condición humana y el rol relegado que los hombres le suelen asignar a las criaturas con las que comparten el planeta. Los protagonistas son dos perros que se fugan de una instalación de “investigación animal” amparada por el gobierno y situada en un parque nacional británico: Snitter (John Hurt) es un fox terrier al cual le han practicado vivisecciones experimentales en su cerebro que le provocan constantes alucinaciones y dolores de cabeza, y Rowf (Christopher Benjamin) es una cruza de labrador y retriever que ha sido sometido a una tortura interminable de ahogamientos y resucitaciones para medir el tiempo de resistencia frente a la muerte. El escape del emplazamiento, gracias al descuido de un centinela y a través del incinerador de cadáveres, funciona como catalizador del descubrimiento del dúo de que no están en una ciudad y que las inclemencias del campo son muy distintas a las de las grandes urbes, circunstancia que en un primer momento deriva en hambre y encuentros desafortunados con humanos y perros pastores, y luego en una sociedad explícita con The Tod (James Bolam), un zorro que los ayuda a adaptarse a la necesidad de cazar ovejas, patos y gallinas para alimentarse. Mientras los hombres a cargo del campo de concentración animal -entre cuyas víctimas se encuentran también monos, ratones y conejos- hacen lo posible para ocultar a los granjeros de las zonas aledañas que las muertes de animales se deben a los fugitivos de cuatro patas, Snitter por su parte accidentalmente mata a un hacendado al presionar el gatillo de su arma (lo que destroza sus deseos de volver a contar con un amo como alguna vez tuvo, un episodio que asimismo terminó en tragedia y su venta al laboratorio) y Rowf por el otro lado desconfía de las buenas intenciones de The Tod, un personaje mucho más ambivalente y misterioso que la gaviota Kehaar, algo así como su homóloga en Watership Down en el rol de “asistente/ colaborador” de los protagonistas (el zorro en general suele desaparecer cuando la estupidez de los hombres se da cita bajo la forma de ataques contra los animales, a quienes de a poco se les achaca todo lo ocurrido como un mecanismo para lavar culpas). De hecho, la película en todo momento desarrolla en paralelo el devenir de los perros y el entramado de mentiras, torpeza y paranoia de los seres humanos, ese mismo que provoca una especie de psicosis colectiva en torno a la posibilidad de que los pobres animales estén infectados con la peste bubónica, enfermedad aparentemente estudiada en las instalaciones de las que lograron huir. Las secuelas psicológicas del maltrato sufrido, más el arribo del invierno y la sombra de una cacería que llega a involucrar a los militares en su pretensión de hallar y asesinar a los perros, constituyen el marco de esta epopeya de supervivencia que denuncia de manera enfática las barbaridades cometidas en nombre de la ciencia, el mercado y/ o la defensa nacional en contra de los animales, aquí para colmo atravesando una metamorfosis que comienza en la docilidad y la esclavitud, pasa por el desconcierto ante las exigencias de la vida salvaje, y finalmente termina en una autosuficiencia siempre tambaleante por el accionar de los parásitos humanos y el egoísmo patético de los llamados “ciudadanos comunes”, para quienes la supuesta arremetida contra su propiedad -en este caso representada por la muerte de una oveja de su rebaño- es justificación suficiente para salir con armas a matar a los responsables sin sopesar o plantearse las penurias que atravesaron. Aquí la estrategia retórica de antaño, orientada al naturalismo y la alegoría de la antropomorfización, pone de manifiesto el calvario, el delirio y la exclusión que padecen los inocentes bajo la lógica tecnocrática de la eficiencia y la explotación programada, sin ningún tipo de miramiento moral de por medio (precisamente, el termómetro emocional del relato es un simio encerrado en un cilindro hermético del laboratorio en un “experimento” de privación social, un mono al cual vemos derrumbarse a medida que pasan los minutos del metraje). Aun así, The Plague Dogs no sucumbe del todo en el pesimismo porque -al igual que Watership Down– enarbola el carácter porfiado y la dignidad todo terreno de sus protagonistas, quienes continúan la lucha a pesar de los embates desproporcionados y homicidas de una humanidad execrable, capaz de las mayores atrocidades por acción u omisión. Antes de que clásicos de la animación hardcore como Cuando Sopla el Viento (When the Wind Blows, 1986) de Jimmy T. Murakami o La Tumba de las Luciérnagas (Hotaru no Haka, 1988) de Isao Takahata ayudasen a definir esta mixtura de realismo sucio, poesía, tragedia escalonada, horror, solidez narrativa y esperanza en un futuro mejor, Rosen en su segundo y último opus llevó al extremo los ingredientes de su ópera prima con el objetivo de redondear un trabajo inconformista y vehemente que se ubicase en la vereda opuesta con respecto al enclave “family friendly” del cine mainstream, el cual en aquel período recién estaba comenzando a virar hacia la parafernalia de los artificios visuales, el vaciamiento ideológico y una pobreza exacerbada. The Plague Dogs utiliza a la animación para retratar el espanto y la injusticia sin un gramo de sacarina aunque con la certeza de que la historia de por sí dejará un recuerdo imborrable en la memoria del espectador, subrayando que se debe respetar como iguales a la flora y la fauna que nos rodea y que sólo nosotros como representantes de la humanidad deberíamos pagar por nuestras barrabasadas.

 

The Plague Dogs (Reino Unido/ Estados Unidos, 1982)

Dirección y Guión: Martin Rosen. Elenco: John Hurt, Christopher Benjamin, James Bolam, Nigel Hawthorne, Warren Mitchell, Bernard Hepton, Brian Stirner, Penelope Lee, Geoffrey Matthews, Barbara Leigh-Hunt. Producción: Martin Rosen. Duración: 103 minutos.