Divididos, de Divididos

Dignidad de resistencia

Por Emiliano Fernández

Divididos, la célebre banda argentina del cantante y guitarrista Ricardo Mollo y el bajista Diego Arnedo tantas veces apodada La Aplanadora del Rock, ya lleva la friolera de más de dos décadas de crisis creativa que se suelen atribuir a latiguillos de la crítica de rock como el aburguesamiento de la mediana edad, el bloqueo del escritor, la preferencia de los shows en vivo por sobre el trabajo de estudio y la infaltable presencia de las adicciones y de alguna figura femenina que termina dominando -y en última instancia secando- a alguno de los integrantes fundamentales, en este sentido las sospechas recaen sistemáticamente en la uruguaya Natalia Oreiro, pareja de Mollo desde 2001 luego de separarse de la también vocalista Érica García, y en el alcoholismo de larga data de Arnedo, el cual le valió la fama de golpeador luego de una denuncia judicial a raíz de una paliza contra la ex del bajista, Andrea Joga alias Ioja, otra cantante mediocre del montón. Para comprender cómo se llega a este punto debemos repasar brevemente la génesis profesional del grupo y sus diversas fases, así las cosas Divididos surge de las cenizas de Sumo (1981-1988), agrupación legendaria de la Primavera Democrática en Argentina conformada en su etapa más estable y famosa por Luca Prodan en voz, Germán Daffunchio en guitarra, Roberto Pettinato en saxofón y Alberto Troglio en batería más los citados Mollo y Arnedo, alineación que luego de estallar por el fallecimiento de Prodan en 1987, a sus 34 años por una cirrosis hepática, asimismo generaría otra banda que pronto escalaría en popularidad, Las Pelotas, en este caso encabezada por Daffunchio, Troglio y el querido Alejandro Sokol en voz, quien formó parte de la camada inaugural de Sumo como bajista primero y baterista después.

 

Los cuatro períodos artísticos cruciales de Divididos se condicen con el siempre conflictivo puesto de baterista porque como en muchos power tríos de la historia del rock, el elegido de turno suele ser considerado prescindible/ intercambiable desde una soberbia que no mide consecuencias a corto plazo. El primer batero fue Gustavo Collado entre 1988 y 1990, ex de La Sobrecarga, y el segundo Federico Gil Solá entre 1991 y 1995, el cual arrastraba una importante experiencia en el circuito rockero de California de los años 80, a su vez un preámbulo para el arribo de Jorge Araujo, que hegemonizó los parches entre 1995 y 2004, y finalmente de Catriel Ciavarella desde aquel año hasta nuestros días, hablamos de un ex integrante de MAM (Mente, Alma, Materia), el grupo del hermano mayor de Ricardo, Omar Mollo. La fase inaugural cubre el único disco con Collado, 40 Dibujos Ahí en el Piso (1989), un trabajo de transición en el que el post punk y la new wave iconoclasta de Sumo todavía estaban muy presentes. El salto a la popularidad y la verdadera autolegitimación se produce con la asistencia de Gil Solá en Acariciando lo Áspero (1991) y La Era de la Boludez (1993), dos obras maestras que terminan de patentar la fórmula que sería la marca registrada de Divididos, esa mixtura de rock pesado setentoso, reggae, folklore cuasi irónico, blues, acid rock no tan psicodélico y algo de funk. El gigantesco éxito que movilizó ¿Qué ves?, hit radial con letra de Gil Solá perteneciente a La Era de la Boludez, llevó al alejamiento de este último por peleas insalvables que trajeron a Araujo, ex baterista de Monos con Navajas al que Mollo y Arnedo efectivamente le deben el ciclo discográfico más experimental del colectivo, aquel de Otro le Travaladna (1995), Gol de Mujer (1998), Narigón del Siglo (2000) y Vengo del Placard de Otro (2002), trabajos en los que apuntalaron su sonido estándar y en simultáneo lo expandieron incorporando una obsesión con el pop barroco de impronta beatlesca. Es de hecho a principios del Siglo XXI cuando todo comienza a caerse a pedazos porque expulsan a Araujo y lo reemplazan con una especie de “fan sumiso”, Ciavarella, a quien los otros dos miembros conocían de muy joven, con el objetivo de garantizarse de que no fuera “respondón” como los anteriores bateros, además es en ese momento en el que la vida privada de ambos se cuela feo en el devenir profesional y con el tiempo empiezan a caer acusaciones superpuestas -desde el público y la prensa- de castración, Oreiro y el alcoholismo mediante.

 

La tendencia a vivir de la nostalgia, algo paradigmático de la posmodernidad y su memoria selectiva oportunista vinculada al pastiche, quedó reflejada en la innecesaria y a veces directamente vergonzosa seguidilla de registros en directo cada vez más y más redundantes, pensemos en Viveza Criolla (2000), Vivo Acá (2003), Audio y Agua (2011), En Vivo en el Teatro Flores (2016), En Vivo en el Teatro Coliseo (2016), En Vivo en Pinamar (2017), 22/12/18 Flores (2019), Tilcara: El Recital (2022), Agradecer y Seguir (2023) y Divididos en Argentinos Juniors (2024), sin embargo lo realmente preocupante fue el sustrato anodino del regreso al estudio luego de ocho años, Amapola del 66 (2010), placa que confirmó las peores sospechas de decadencia al incentivar el costado más ortodoxo y previsible de la banda, por un lado abandonando casi por completo el reggae y el folklore, dos condimentos básicos del esquema sonoro, y por el otro lado volcándose de manera hiper trasnochada al rock progresivo y jazzero de los 70, incluso tapando la veta psicodélica caricaturesca de siempre (la debacle artística encuentra su espejo maximizado en Las Pelotas en el período posterior a la muerte en 2009 de un paro cardiorrespiratorio de Sokol, líder carismático irremplazable cuya ausencia los condenó a la condición de zombies musicales implícitos). Los años se fueron acumulando y lo único que apareció en calidad de “novedad” fueron dos álbumes cien por ciento intrascendentes, Haciendo Cosas Raras (2018), regrabación de 40 Dibujos Ahí en el Piso para hacerse de los derechos de las canciones a lo Taylor Swift, y Experiencia 432 (Bulín Finoli) (2022), zapada/ jam session de índole muy descontracturada con Marcelo “Gillespi” Rodríguez en la que el trío repasa temas propios y de Sumo, idea autoindulgente que surge en el programa radial que conduce Gillespi en Nacional Rock/ FM 93.7 MHz, La Hora Líquida.

 

Divididos (2025), noveno disco de estudio con composiciones nuevas y primero en tres lustros desde Amapola del 66, generó un chiste entre la comunidad de melómanos rockeros que resulta injusto aunque también esconde algo de verdad, eso de que lo mejor de la flamante obra es su tapa, dos pedazos de tela con colores que reproducen los de la bandera argentina, el celeste y el blanco, unidos con una sutura precaria que en conjunto tienen que ver con la polarización política del país y un deseo optimista de fondo de que se arrimen las posiciones enfrentadas, en suma un conflicto entre el progresismo berreta y frívolo que fue expulsado del poder, aquel de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, y el neonazismo/ neofascismo liberal de Javier Milei, otro payaso pero mucho más peligroso porque está exacerbando las injusticias sociales, o transferencia de riqueza hacia las oligarquías del campo, las finanzas y la minería, y destruyendo lo poco que queda de la red de contención social ante el hambre, la pobreza, el individualismo y la desesperación/ recesión generalizada. No hay que confundir el título homónimo con un signo de impersonalidad porque el trabajo incluye diversos dardos contra la lacra hambreadora, corrupta, ridícula, mafiosa y represora del mileismo aunque lejos estamos del ataque astuto y mordaz contra el menemato de La Era de la Boludez, joya que sí le pegaba con virulencia y un maravilloso sarcasmo a los antepasados de la administración estatal en funciones, en términos prácticos la cuarta intentona neoliberal fallida luego del Proceso de Reorganización Nacional (1976-1983), el menemismo (1989-1999) y el macrismo (2015-2019). Musicalmente el disco, producido por Arnedo, Mollo y el ya fallecido Jorge “Killing” Castro, aquel de Amapola del 66, manager y sustituto de gente como Afo Verde, Gustavo Santaolalla o Aníbal Kerpel, supera lo hecho en ese mismo trabajo previo, como decíamos antes sinónimo de un umbral de calidad bastante bajo, ahora entregando canciones mucho más poperas e interesantes y puliendo el sonido setentoso fundamentalista con la excelente producción y algunos de los floreos del último tramo con Araujo, léase Narigón del Siglo y Vengo del Placard de Otro, no obstante varios temas continúan alargándose demasiado y honestamente se extrañan pivotes cruciales de antaño como el humor, los chispazos de folklore/ reggae/ funk y en general letras más inspiradas o memorables que las presentes, en promedio correctas aunque dejándole todo servido a los que históricamente acusaron a Divididos de desparramar versos surrealistas/ tangueros/ contraculturales muy parecidos a los del Indio Solari para Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, pero inferiores en inventiva e insolencia desde el lunfardo.

 

Aliados en un Viaje, un muy buen tema, abre el disco desde la esperanza de la portada en lo que respecta a un futuro mejor que se equipara, precisamente, a la metáfora de un periplo que debería estar marcado por la sensatez y no por la locura y la estupidez de hoy en día, todo en el contexto de un rock melodioso con una producción cristalina y llena de eco de típica cadencia power pop, amén de alguna que otra referencia a los imbéciles que votaron a Milei y después se quedaron sin trabajo, se transformaron en repartidores precarizados de plataformas o no tienen dinero para comer y pagar el transporte y los servicios públicos, “habrá que andar despacio, habrá que estar alerta/ entre el viento y la prisa, en la calma y la orilla/ que lo que te demora es lo que te traiciona/ llevándote los pasos adonde no hace pie tu corazón”. La poderosa Monte de Olvidos se ubica en el rock guitarrero setentoso de siempre, entre Jimi Hendrix y Jimmy Page por el lado anglosajón y Norberto Aníbal Napolitano alias Pappo y aquel Luis Alberto Spinetta de Pescado Rabioso por el lado argentino, este último en especial retomado en un letra poética y algo naif abstracta que apunta a un proceso creativo homologado a la pintura y a “un arco iris en movimiento y en expansión” que permite ironizar sobre las mentiras, el ejército de trolls y el negacionismo para con los crímenes de la última dictadura cívico militar del presidente y su vice, Victoria Villarruel, “no temas, va a estar bien/ traza el camino tu pincel/ no es espejismo, es tu visión/ cantan sirenas la otra canción/ tiran Canaros desde el balcón/ son los vampiros de clonación/ montes de olvido, sin amor/ lustrando héroes de esta pasión”. En ocasión de Bafles en el Mar el álbum baja sutilmente la intensidad porque la composición logra destacarse por su espíritu bluesero, el estupendo trabajo de guitarras de Mollo y un puente que se repite dos veces y unifica a Manal con Black Sabbath para invitarnos a esquivar la saturación informativa o comunicacional del nuevo milenio, “volver al centro, volver al silencio/ como abrir el gran portal/ verás que no pasa nada, nada”, sin olvidarnos de otros versos que hablan en primera persona pero también pueden aplicarse a la Argentina en su conjunto, “por esas cosas que nos hace el tiempo/ por laberintos de rosales voy/ cae la flor sobre su propia espina/ no hay sueño que no lleve cicatriz”.

 

Doña Red, reformulación poco imaginativa del hard rock modelo Deep Purple con un segmento intermedio símil impasse dreampopero, apunta a los adolescentes y adultos infantilizados del Siglo XXI que se vuelven adictos al porno, las redes sociales y los casinos on line de la Internet contemporánea repleta de chatarra y algoritmos destinados a generar largos períodos de permanencia por parte de los usuarios, esos que corporizan la virtualidad patológica como lo indica la letra, “la que queda es continuar en este mundo veloz/ donde la Luna será canción, donde el enemigo está en vos”. El Faro empieza como una típica relectura de Mollo y Arnedo de Pappo’s Blues y Billy Bond y La Pesada del Rock and Roll y luego sorprende con una desviación soulera festiva a lo Sly and the Family Stone que oficia de puente conceptual, para a posteriori cerrar el asunto con recursos varios dignos de Color Humano o el primer Invisible, otra de las bandas de Spinetta, todo en el contexto de una letra que repite el mismo latiguillo autoafirmante empardando al rock con la visceralidad de la base rítmica y con La Balsa (1967), temazo de Tanguito y aquel Litto Nebbia de Los Gatos, “el faro que encendió este camino/ sonidos que marcarán nuestro destino/ el bombo es lo ancestral, lo primitivo/ el golpe que te abrazó en noches de frío/ naufragando, ¿a cuántas balsas creo que estoy?/ Hombre anfibio, cree en tu balsa interior/ y a la mar, insistí en lo que sos/ ese bombo golpea, es tu corazón”. La bluesera Mundo Ganado, quizás el ataque más directo contra la bazofia mileista en el poder, unifica musicalmente a Hendrix y el Eric Clapton de Cream con unos solos épicos de guitarra que en el tramo final también recuerdan a David Gilmour, de Pink Floyd, gran excusa para versos cercanos a La Máquina de Hacer Pájaros o Sui Generis circa Pequeñas Anécdotas sobre las Instituciones (1974) que denuncian la cleptocracia neoliberal y cipaya y la ingenuidad de una población cada vez más ignorante, egoísta o lobotomizada, “hoy llegó la carroza del cielo trayendo pociones para este mal/ el cochero sonriente y amable le abre la puerta al virrey actual/ con su estirpe joven, hambriento, no notarás que no trae nada y que sólo viene a llevar/ un banquete de hoy por un hambre a futuro es el trato, es lo que vendrá/ con valijas de piel de otros tu sueño, tu anhelo, se llevarán/ con palabras serias, pausadas, aceptarás, es el mundo ganado la frase que te engañará”.

 

Condimentada con la gaita de Santiago Molina, San Saltarín es otra de las joyas del lote y opta por coquetear tanto con la mítica Crua Chan, canción de Prodan basada en la Batalla de Culloden de 1746 e incluida en el último y exquisito disco de Sumo, After Chabón (1987), como con Jumpin’ Jack Flash (1968), single que terminó no siendo incluido en Beggars Banquet (1968) y que constituyó el regreso de The Rolling Stones al rock furioso luego de la aventura psicodélica de Their Satanic Majesties Request (1967), basta con tener presente unos versos vitalistas que niegan la cultura de la manipulación u odio maquiavélico de la lacra mileista/ macrista, “se encienden viejas chimeneas, vamos lavando las remeras/ no importa tanto ya morir, mejor te enciendes al gritar/ ¡qué bien te queda el saltarín!/ ¡Saltarín, san saltarín!/ Imaginemos lo mejor, piruetas desde el trampolín/ no importa tanto ya morir, remera al viento y mucho amor/ ¡qué bien te queda el saltarín!/ ¡Saltarín, san saltarín!”. Vos ya Sabrás, suerte de acepción según Divididos del folk y el soft rock, es un tema olvidable que sufre de una paradigmática letra spinetteana un tanto mucho boba o más bien hueca, algo que fuese parodiado por Virus en la brillante Caricia Azul o si no Soledad Carmesí, canción del álbum Recrudece (1982), esquema en el que sólo sobresalen una referencia a las adicciones de antaño y la sinceridad de influjo romántico del estribillo: “estrellita que luces esta noche un disfraz/ recordando pastillas para empezar/ las manos se juntan, se desviste el amor/ te acerco un poco de mí, vos ya sabrás”. Revienta el Mi Mayor recupera mucho del trabajo de guitarras de Skay Beilinson en Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota e incluso se permite citar en su letra a Madre-selva, uno de los temas más recordados de Pescado 2 (1973), de hecho el segundo trabajo discográfico de Pescado Rabioso luego de Desatormentándonos (1972) y antes de Artaud (1973), este último un disco solista maquillado de Spinetta, lo que allana el camino para que Mollo se despache primero con algo de nostalgia que invita al autodescubrimiento, “revienta el mi mayor, acordes de mejores tiempos/ caída libre ayer, doradas canciones de hoy/ si entiendes la razón ya no me lo preguntarás/ si entiendes el por qué ya no me lo cuestionarás”, y luego con un nuevo regreso a la paz y el silencio, ahora desde un marco discepoleano en guerra con la ansiedad y cercano a la introspección, “este gran momento para escuchar/ calmate cambalache, calmá tu tempestad/ o el que no afana es gil”.

 

Casi un homenaje al Tony Iommi de Black Sabbath pero filtrado por Hendrix, Insomnio exuda potencia para otra de esas letras clásicas de Divididos en las que todo cae en la licuadora sin demasiada coherencia, desde el divagar nocturno del título, el alcoholismo rockero y la pérdida del sentido del humor del grupo hasta la bohemia o “locura de los poetas” y la vuelta de la alegoría pictórica para hablar del arte de componer canciones, pasando por una autorreferencia fugaz a Ala Delta, obra maestra de Acariciando lo Áspero que Ricardo le dedicó a Érica García, y la necesidad de quietud de tracks previos, pensemos en versos como “le abrí la puerta a los fantasmas y a la cocina los llevaré/ quieren coparme el monasterio, pero es mi templo en Yerevan”. La disfrutable Cabalgata Deportiva ofrece en paralelo blues y sensibilidad pop porque se propone sintonizar con Led Zeppelin IV (1971), Houses of the Holy (1973) y Physical Graffiti (1975), sin duda el período más conocido de Page, Robert Plant y compañía, y seguir pegándole a la apatía y el cinismo del gobierno de Milei y los oligofrénicos de mierda que lo legitiman con el voto, amén de una ratificación del carácter mugriento y contracultural del rock en el contexto ferroviario de Paisano de Hurlingham, himno de La Era de la Boludez: “despojado del ser arranca esta vida hoy/ a pesar de un desinterés social/ voy corriendo, voy corriendo hacia mí/ atravieso la jungla de miradas que no ven/ la gloriosa semilla: sonidos, barro y piel/ tu guitarra olvidada en el andén/ voy corriendo en la lluvia, barro y tren”. Grillo, con cuerdas a cargo de Nicolás Sorín, hijo del director y guionista Carlos Sorín, es un homenaje despojado, acústico símil León Gieco, a Pablo Grillo, el fotógrafo que fue herido en su cabeza de manera brutal con una granada de gas lacrimógeno de Gendarmería -específicamente disparada por el cabo Héctor Guerrero- durante una marcha de jubilados el 12 de marzo de 2025 en la zona circundante al Congreso de la Nación, en la Ciudad de Buenos Aires, una de las muchas víctimas de la represión y la violencia institucional de Milei y su por entonces ministra de seguridad, la excrementicia/ psicopática Patricia Bullrich, en esencia un tema sensible y muy bello que cierra la placa con el mismo optimismo con el que empezó aunque ahora de impronta más meditabunda, “resuenan ecos de la inmensidad, el silencio despide al dolor/ despejando al viento los restos de sal, las ventanas del mundo/ y el cuerpo queda/ quisiera ser un grillo más/ y ver desde ese lugar veranos de dulce cantar/ a la Luna y los pastos silbarán/ y hamacado en la hoja fui la estrella fugaz”.

 

La placa que nos ocupa, sin duda lo mejor que puede entregar la versión 2025 de Divididos, de hecho sobrepasa por mucho prácticamente cualquier disco de la enorme mayoría de las bandas argentinas y sobre todo latinoamericanas y españolas del presente, una colección de muertos en vida cuya producción artística resulta intercambiable o patética, y por suerte deja en el pasado el traspié de Amapola del 66 y los triviales a más no poder Haciendo Cosas Raras y Experiencia 432 (Bulín Finoli), sin embargo seguimos a años luz de la fase de gloria con Gil Solá, en concreto Acariciando lo Áspero y La Era de la Boludez, e incluso un poco por debajo de las sorpresas que supo depararnos esas colaboraciones en estudio con Araujo anteriores al frenesí de registros en vivo del nuevo milenio, nos referimos al revulsivo Otro le Travaladna, el mucho más amigable Gol de Mujer y aquel díptico decididamente barroco, Narigón del Siglo y Vengo del Placard de Otro. Divididos como álbum en general puede no estar a la altura del pasado más ilustre del grupo pero es un trabajo que a escala artística cumple con dignidad por el generoso bagaje de Mollo y Arnedo, en realidad sirviendo mucho más como alegato de resistencia -resistencia light, aburguesada, pero resistencia al fin- contra la mafia neofascista que hoy por hoy saquea el Estado Argentino y lo utiliza para hacer negocios privados y garantizar la exclusión social vía la transferencia de riqueza desde las masas populares hacia los sectores más concentrados u oligopólicos, reprimarizando la economía al destruir el consumo, la industria y la construcción en pos de favorecer el capitalismo extractivista, los pools del campo y la timba financiera/ especulativa vinculada al ministro de economía, Luis Caputo, un endeudador serial y amigote del Fondo Monetario Internacional que jamás tuvo plan productivo alguno y para colmo ya había fracasado durante el macrismo, otra experiencia vendepatria de la derecha local como el siempre redundante mileismo. El disco, como aseverábamos al principio, retoma la filosofía popera tácita de los álbumes de Divididos de comienzos del Siglo XXI y las postrimerías de la centuria previa e incluye temas prodigiosos como Aliados en un Viaje, San Saltarín y Grillo que rankean entre lo mejor de la carrera de los señores, lo que lamentablemente oculta un promedio muy bajo de canciones buenas comparándolo con el de la década del 90 y más teniendo en cuenta que dedicaron unos demenciales quince años a amasar el flamante repertorio.

 

Divididos, de Divididos (2025)

Tracks:

  1. Aliados en un Viaje
  2. Monte de Olvidos
  3. Bafles en el Mar
  4. Doña Red
  5. El Faro
  6. Mundo Ganado
  7. San Saltarín
  8. Vos ya Sabrás
  9. Revienta el Mi Mayor
  10. Insomnio
  11. Cabalgata Deportiva
  12. Grillo