La Soledad del Corredor de Fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner)

Dignidad es rebelarse

Por Emiliano Fernández

Tony Richardson fue una figura central tanto del Free Cinema, movimiento de raigambre documentalista que abogaba por el no embellecimiento y la no manipulación típicamente cinematográficas de la cruda realidad, como de la Nueva Ola Británica, rótulo que la calzó como anillo al dedo a un conjunto de directores y guionistas de los 50 y 60 que analizaron sin tapujos la mojigatería sexual en el Reino Unido, su estructura de clases sociales, los mecanismos disciplinadores del Estado, las sonseras del chauvinismo imperial/ político/ militar en decadencia y el rol banalizador y complaciente de los deportes masivos y de la industria del espectáculo en general, en sí aportando el cineasta a la pata documental la célebre Mamá no lo Permite (Momma Don’t Allow, 1956), cortometraje codirigido junto a Karel Reisz sobre un recital de jazz en un local nocturno londinense de la banda de Chris Barber con la participación de Ottilie Patterson, y sumando a la Nueva Ola Británica y el “realismo de fregadero de cocina”/ “kitchen sink realism” de la época joyas como Pasión Prohibida (Look Back in Anger, 1959), El Animador (The Entertainer, 1960), Un Sabor a Miel (A Taste of Honey, 1961) y La Soledad del Corredor de Fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962), esta última la película que nos ocupa y cierre práctico de la primera y mejor etapa de la trayectoria de un Richardson que ya había coqueteado con Hollywood en ocasión de la olvidada Santuario (Sanctuary, 1961) y que sería galardonado por el todopoderoso emporio norteamericano con motivo de Tom Jones (1963), recibiendo los Oscars a Mejor Película y Mejor Director. Antes de que abandonase en buena medida el obrerismo contracultural de los inicios y se dedicase a un formalismo de corte experimental que coqueteaba con los resortes de los géneros clásicos, el cual pudo verse en sus mejores propuestas posteriores, Los Seres Queridos (The Loved One, 1965), Mademoiselle (1966), La Carga de la Brigada Ligera (The Charge of the Light Brigade, 1968), La Frontera (The Border, 1982), Secretos de Hotel (The Hotel New Hampshire, 1984) y la póstuma Cielo Azul (Blue Sky, 1994), el siempre errático Tony entregó en La Soledad del Corredor de Fondo uno de los retratos más viscerales y honestos de la discriminación comunal dentro de una sociedad plutocrática que trata a la clase media baja y a los estratos proletarios y/ o los cuentapropistas marginales como ciudadanos de segunda que deberían vivir con ingresos paupérrimos, bajo el tutelaje represivo del Estado y apartados del resto de la colectividad.

 

Uno de los últimos exponentes de la Nueva Ola Británica junto con El Cuarto Indiscreto (The L-Shaped Room, 1962), de Bryan Forbes, Billy Liar (1963), de John Schlesinger, y la querida y en parte semejante Esta Vida Deportiva (This Sporting Life, 1963), de Lindsay Anderson, el opus de Richardson, su número cinco después de un prolífico paso por el teatro y la televisión, contó con un guión del renombrado Alan Sillitoe que a su vez estaba inspirado en su cuento homónimo de 1959, siendo Sillitoe asimismo responsable de Todo Comienza el Sábado (Saturday Night and Sunday Morning, 1960), obra de Reisz, y uno de aquellos escritores, dramaturgos y guionistas que fueron englobados durante los 50 bajo el mote de “jóvenes enojados”/ “angry young men”, un grupo de literatos de izquierda que denunciaban el statu quo, las injusticias sociales y la alienación, angustia y desamparo de los trabajadores populares y que también incluía a gente como Harold Pinter, John Braine, Kingsley Amis, John Wain, Arnold Wesker y John Osborne, con quien Tony se asoció para llevar a la pantalla grande dos de sus puestas teatrales en Pasión Prohibida y El Animador, ambas con libreto de Nigel Kneale, más allá del guión de Tom Jones y su colaboración no acreditada en la historia de La Carga de la Brigada Ligera. El núcleo de La Soledad del Corredor de Fondo es Colin Smith (Tom Courtenay), un adolescente que es condenado a pasar un tiempo en un reformatorio estatal, Ruxton Towers, luego de robar una panadería, lugar donde llama la atención del Gobernador (Michael Redgrave), la máxima autoridad y él mismo un atleta cuando joven, debido a que Smith cuenta con un talento natural para las carreras de larga distancia o de fondo, parte crucial de un futuro ciclo de competencias entre el reformatorio y un colegio privado para muchachos de clase alta, Ranley, lo que provoca que Colin se transforme en el nuevo favorito del Gobernador, desplace al anterior, Stacy (Philip Martin), y gane privilegios como por ejemplo trabajar en el jardín, entrenar en soledad -sin custodia oficial- en el exterior de este presidio camuflado y no recibir castigo alguno cuando Stacy desencadena una pelea y termina fugándose y recibiendo cadenazos de parte de los guardias cuando es recapturado. La disposición rebelde de Smith, muy vinculada a su dignidad individual anticonformista y a la solidaridad implícita para con sus compañeros, choca con la comodidad que le trae su carrera improvisada como maratonista bajo la protección de la autoridad por antonomasia del redil institucional, el Gobernador.

 

La película, condimentada con algo de cámara rápida bien farsesca a lo cine mudo, no sólo funciona como una ridiculización tácita del acervo deportivo promedio hollywoodense, ese en el que el protagonista/ héroe/ atleta no muestra signos de la insurrección anarquista de Smith, quien en la carrera del final se deja ganar, y sube en cambio la pendiente profesional hasta un éxito homologado al hecho de acoplarse al mainstream o “crème de la crème” del deporte masivo capitalista o a lo que se espera de él en tanto producto dócil del rubro de turno, sino que además incluye el derrotero obrerista estándar de las faenas de la Nueva Ola Británica porque el guión de Sillitoe condimenta el presente en Ruxton Towers con la vida mundana previa de Smith en un vecindario pobre de Nottingham mediante flashbacks, así descubrimos que Colin tiene otros tres hermanos, todos menores, y que su padre (Alec McCowen) sufrió una enfermedad ignota por sus décadas como empleado en una fábrica local que le destrozó la salud, para colmo negándose a recibir tratamiento alguno por no querer convertirse en conejillo de Indias de la lacra médica. Las peleas entre el personaje de McCowen y su adusta esposa (Avis Bunnage) eran habituales porque ésta le era infiel y se la pasaba quejándose porque el salario de ambos no alcanzaba para mantener a los cuatro vástagos, situación que prosigue hasta que el hombre termina en cama y con el tiempo fallece sufriendo serios dolores que podrían haberse evitado si la arpía egoísta le hubiese suministrado al enfermo un calmante líquido con hierbas que Colin descubre sin usar en una repisa de la casa prefabricada del clan. Inmediatamente después del fallecimiento del padre de los purretes, la ahora matriarca trae a su amante a vivir con la familia y gasta en pavadas las míseras 500 libras que el seguro laboral le otorga como viuda, todo mientras el protagonista y su mejor amigo, Mike (James Bolam), se dedican a delitos menores, como robar un auto o sacar el dinero de una tragamonedas, y a pasear y tener sexo por primera vez con dos chicas, Audrey (Topsy Jane), pareja de Colin, y Gladys (Julia Foster), pareja de Mike. Una noche se produce un altercado entre el amante de la madre y el hijo mayor del hogar y así la mujer echa a su vástago, momento en el que él y su cofrade entran por la ventana abierta de una panadería y sacan una caja con 71 libras en su interior, robo que lo pone bajo el radar de un insistente detective (Dervis Ward) que durante una clásica lluvia inglesa descubre que los billetes sustraídos fueron escondidos en una cañería de desagüe.

 

Desde ese legendario soliloquio en off del personaje del genial Courtenay, intérprete que aquí debutaba en cine y luego se volcaría mucho más al teatro, “en nuestra familia siempre hemos corrido, sobre todo huyendo de la policía, es difícil de entender, sólo sé que hay que correr sin saber por qué, por el campo y por el bosque, y ser el ganador no es el final aunque la gente anime hasta enloquecer, así es la soledad del corredor de fondo”, hasta un desenlace en el que Smith primero sobrepasa al maratonista estrella de Ranley, Gunthorpe (nada menos que James Fox), y luego se detiene faltando unos pocos metros de la línea de meta mientras le clava una mirada desafiante al Gobernador para indicarle que no sólo no se dejó someter sino que se burló furiosamente de él y de toda la hipocresía institucional que representa, esa del palabrerío de la reinserción social y de castigos desalmados contra los sediciosos como el otrora aliado Stacy y prebendas para la fauna pusilánime y cómplice que hace lo que se le dice, la película toma a las carreras de larga distancia y al deporte en términos generales como una metáfora contradictoria que según el acento y la disposición del individuo puede ser sinónimo de conformidad, casi siempre en el ámbito público porque éste implica respetar las reglas del entramado comercial y/ o de poder consuetudinario, o por el contrario de desobediencia, en este caso haciendo las veces de un tesoro ético del enclave particular/ íntimo que no acepta la corrupción estupidizante, banal o simplemente invasora de un afuera que desvirtúa la esencia de una disciplina deportiva -en ocasiones homologada a sus pares artísticas- que está para satisfacer la vocación del sujeto y no la mirada ajena del todo colectivo que lo rodea. La inmediata pérdida de privilegios de Colin en las postrimerías del metraje, ya lejos de la sombra del Gobernador y reincorporado en el reformatorio como “uno más” de los internos, asimismo trae a colación la paradoja de su relación con los otros jóvenes, quienes en primera instancia condenan la dedicación de Smith a los entrenamientos y después lo alientan para que llegue a la meta olvidándose del conflicto moral de fondo y del dolor acumulado hasta entonces, tanto en el ámbito familiar como comunitario, algo que el corredor no puede hacer y por ello mismo manda a la mierda en simultáneo a todos negándoles el clímax celebratorio idiota que tanto desean, el de la amnesia consciente de los deportes del vulgo para con los disgustos de la existencia diaria, esos que ahora no pierden su condición determinante ni siquiera en el ocio competitivo…

 

La Soledad del Corredor de Fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, Reino Unido, 1962)

Dirección: Tony Richardson. Guión: Alan Sillitoe. Elenco: Tom Courtenay, Michael Redgrave, Avis Bunnage, Alec McCowen, James Bolam, Dervis Ward, Topsy Jane, Julia Foster, James Fox, Joe Robinson. Producción: Tony Richardson. Duración: 104 minutos.

Puntaje: 10