La representación de la comunidad negra en el acervo mainstream estadounidense ha ido cambiando dramáticamente con el correr de los años desde aquellos inicios del séptimo arte, época en la que era retratada como una minoría peligrosa o alegremente sometida a los blancos, en este sentido pensemos que la producción artística de la primera mitad del Siglo XX en general se la pasó ninguneando a los afroamericanos salvo algunos intentos aislados de utilizarlos como personajes simpáticos o pueriles de relleno. Es a partir del movimiento por los derechos civiles de las décadas del 50 y 60 que comienza un paulatino proceso de humanización que en la gran pantalla tiene a un adalid muy claro, ese Sidney Poitier que va desde Semilla de Maldad (Blackboard Jungle, 1955), de Richard Brooks, Fuga en Cadenas (The Defiant Ones, 1958), de Stanley Kramer, París Vive de Noche (Paris Blues, 1961), de Martin Ritt, y La Escuela del Odio (Pressure Point, 1962), opus de Hubert Cornfield, hasta Cuando Sólo el Corazón ve (A Patch of Blue, 1965), de Guy Green, Adivina Quién Viene a Cenar (Guess Who’s Coming to Dinner, 1967), también de Kramer, Al Maestro, con Cariño (To Sir, with Love, 1967), obra de James Clavell, y Al Calor de la Noche (In the Heat of the Night, 1967), de Norman Jewison, todas películas que construyeron una imagen “amigable” del morocho -la otredad en cuestión- para el público blanco promedio, quien empezaba a tomar conciencia del sufrimiento detrás de la segregación. Justo en la vereda opuesta con respecto a la pasteurización de la militancia negra de entonces que proponía Poitier, sin duda la primera estrella de color de Hollywood, el blaxploitation de los 70 abogó por un discurso más combativo que durante las décadas siguientes se transformó en un estereotipo castrado porque el aparato industrial incorporó a todos los negros dentro de la arquitectura narrativa de los films, a veces de manera sincera y en muchas otras ocasiones dentro del tokenismo de la corrección política posmoderna/ marketinera/ woke, lo que por supuesto nos deja con un nuevo milenio siempre nostálgico que insistentemente trata de recuperar algo del discurso de barricada de antaño cual tesoro de la arqueología, ya sea aquel lavado mainstream de los 60 o el militante terrorista y ampuloso del Black Power de los años 70.
Nada más que un Hombre (Nothing but a Man, 1964), joya sorpresiva del proto indie, es una rara avis en esta coyuntura porque el film, en sí una obra de un dúo ya que Michael Roemer ofició de realizador, productor y guionista y aquel Robert M. Young de productor, director de fotografía y coguionista, le escapa tanto a la “doctrina Poitier” de moda símil Oreo, negro por fuera y blanco por dentro para no complejizar el asunto y para que nadie se sienta demasiado culpable u ofendido, como a las caricaturas de lo que más adelante sería el blaxploitation y los relatos retro integracionistas burdos de los años 80 en adelante, fase bastante patética que -como decíamos antes- arrastramos hasta el Siglo XXI porque la gran industria adora la comodidad del terreno político ganado en eso de buscar mártires blancos y negros de la causa abolicionista, todo con los morochos ya incorporados a la sociedad sin mayores rispideces desde los últimos años de la centuria pasada mientras que nada se dice de otros colectivos aún discriminados en yanquilandia, como los latinos y los asiáticos. Cuando Young y Roemer cranearon la película, dupla que ya había colaborado en Cortile Cascino (1962), mediometraje documental televisivo sobre la pobreza en Palermo, Italia, que fue cancelado por la NBC debido a su contenido extremo y la escenificación de algunas secuencias, la segregación era moneda corriente y por ello llama muchísimo la atención la paciencia y sabiduría de la propuesta a la hora de retratar la vida de los afroamericanos del período, por un lado recuperando la profesionalidad todo terreno de Hollywood, aunque dejando de lado la redundancia y la manipulación sentimental maniquea, y por el otro lado retomando cierta impronta neorrealista que le escapa a las típicas desprolijidades del primer cine independiente y las vanguardias filodocumentalistas de los 60, recordemos para el caso el extraordinario desempeño del elenco de Nada más que un Hombre, el gran trabajo en fotografía de Young, la potencia dramática del desenlace y desde ya la riqueza en general de la dimensión retórica e ideológica de la faena, todo el tiempo indagando en las paradojas de la dignidad y el sustento cotidiano y superponiendo capas de análisis en lo que respecta a lo familiar, lo racial, lo laboral, lo sexual, lo sindical, lo comunal y lo generacional o etario.
El título hace referencia al protagonista, Duff Anderson (Ivan Dixon), un trabajador negro del ferrocarril que recorre el país con una cuadrilla de colegas y adora una libertad que esconde un par de traumas, primero el abandono al que fue sometido por parte de su padre, Will (Julius Harris), alcohólico amargado y abusivo que perdió la movilidad de su brazo izquierdo por un accidente en el aserradero donde trabajaba, y segundo el nacimiento de un vástago al que definitivamente no quería porque no estaba enamorado de la progenitora, James Lee, mocoso de hoy cuatro años que quedó a cargo de una tal Effie Simms (Helen Lounck) porque la madre, Wilma, lo abandonó y formó otra familia en Detroit. Es en un pueblito de las afueras de Birmingham, en el Estado de Alabama, donde conoce a Josie (Abbey Lincoln), una docente negra y tímida de una escuela primaria de la que se termina enamorando a pesar del raudo desprecio clasista de su madrastra (Gertrude Jeannette) y especialmente su progenitor, el Reverendo Dawson (Stanley Greene), típico afroamericano complaciente/ hipócrita que siempre se llevó bien con el establishment regional blanco y ve con recelo las actitudes desafiantes de Duff contra toda discriminación pasiva y activa, mediante condescendencia y persecución, respectivamente. La pareja se casa y él decide abandonar el trabajo en el ferrocarril, en suma consagrado al mantenimiento de las vías, para conseguir una estabilidad hogareña que sueña estará en el aserradero, lo que deriva en frustración porque al pretender organizar sindicalmente a sus colegas se gana la fama de “problemático” entre la lacra dirigencial caucásica. Despedido, incorporado a las “listas negras” laborales, negándose a terminar en los campos esclavistas de algodón y sin poder recurrir a su padre, a su vez dependiente económicamente de una pobre mujer que limpia casas de blancos, Lee (Gloria Foster), Anderson recibe ayuda a regañadientes de su suegro, el cual le consigue un trabajo en una gasolinera pero el dueño (Richard Webber) también opta por echarlo cuando no se queda callado ante la soberbia y amenazas de energúmenos racistas del montón. La angustia lo lleva a empujar al piso a su esposa embarazada, quien en varias oportunidades se ofreció a adoptar al nene eternamente ninguneado, James Lee.
Más allá de la idiosincrasia naturalista, despojada y muy sincera del planteo romántico y los múltiples obstáculos que el susodicho atraviesa, la película explora con mano maestra las familias desmembradas de los menesterosos, el esquema de reproducción generacional del abandono y sobre todo las diferencias existentes entre Duff y Josie sin convertirlos en clichés como haría el mainstream, así él forma parte de un lumpenproletariado que intenta algún tipo de organización para la defensa de sus intereses y ella representa a una burguesía profesional acomodada que no ha sufrido las penurias de las labores manuales y la opresión asociada, además al varón los blancos lo ven como peligroso mientras que a la fémina la consideran muy inofensiva no sólo por criterios sexistas sino por una cuestión actitudinal y doctrinaria, en este sentido la hembra no puede pasar de ese gesto rebelde intra familiar de contraer matrimonio con un obrero inculto y el macho, en cambio, ventila su parecer en la arena social ante la mirada entre temerosa y de desconcierto del resto del plantel en trabajos racialmente mixtos como el aserradero, en oposición a oficios dominados por los negros como el del ferrocarril. Lincoln, una cantante de jazz, y Dixon, un actor televisivo luego célebre por su rol del Sargento James Kinchloe en Los Héroes de Hogan (Hogan’s Heroes, 1965-1971), ofrecen actuaciones de una enorme meticulosidad como pocas veces se ha visto en el cine norteamericano y por ello se acoplan de maravillas a la idea de base -léase la explotación capitalista está homologada a la complicidad de los sometidos- de Young y Roemer, este último un judío alemán que escapó del nazismo en el Kindertransport de 1938 y 1939 hacia el Reino Unido y que completaría una sola película más, la amena El Complot contra Harry (The Plot Against Harry, 1969), y el primero un futuro especialista en el tema de la marginalidad social como lo demuestran joyas como Ojos Cortos (Short Eyes, 1977), ¡Alambrista! (1977), La Balada de Gregorio Cortez (The Ballad of Gregorio Cortez, 1982) y Dominick & Eugene (1988) y opus fallidos aunque relativamente interesantes como por ejemplo Acorralada (Extremities, 1986) y El Triunfo del Espíritu (Triumph of the Spirit, 1989), entre otras odiseas que pusieron el acento en el ciclo de la crueldad y la exclusión…
Nada más que un Hombre (Nothing but a Man, Estados Unidos, 1964)
Dirección: Michael Roemer. Guión: Michael Roemer y Robert M. Young. Elenco: Ivan Dixon, Abbey Lincoln, Julius Harris, Gloria Foster, Stanley Greene, Gertrude Jeannette, Helen Lounck, Richard Webber, Yaphet Kotto, Leonard Parker. Producción: Robert M. Young, Michael Roemer y Robert Rubin. Duración: 92 minutos.