Toy Story 5

Dilemas de la socialización temprana

Por Emiliano Fernández

Toy Story 5 (2026), dirigida por Andrew Stanton y ya sin ninguna participación del creador John Lasseter luego de las denuncias de acoso sexual de 2017 y 2018, ratifica el hartazgo que genera la franquicia de los juguetes parlantes y la fórmula en general de una Pixar que desde que fuera fagocitada por Walt Disney Pictures, dos décadas atrás, ha experimentado un descenso cualitativo lento aunque implacable, ejemplo evidente de cómo una cultura empresaria orientada a la creatividad es absorbida por otra cultura empresaria orientada al conservadurismo, el marketing y la lisa y llana estupidez de la venta de chorizos idénticos y sin alma. Ya no queda nada por explorar en la saga de Toy Story y la redundancia todo lo cubre, por ello hoy nuevamente tenemos el tema de la obsolescencia en el mercado infantil aunque encarado desde otro lugar, concretamente la preeminencia de las pantallas en la “no educación” contemporánea de los mocosos debido a la enorme influencia de la oligarquía tecnológica del Siglo XXI, el retiro del Estado en cuestiones de regulación, la bancarrota moral de los colegios primarios/ secundarios y en especial la vagancia e irresponsabilidad de los padres, quienes no sólo no estimulan a sus hijos sino que tienden a sacárselos de encima con televisores, tablets y smartphones, así las cosas los lúmpenes reniegan de sus vástagos y los burgueses suelen sobreactuar en público la maternidad/ paternidad para en la intimidad del hogar asimismo entregarle al niño la pantallita de turno, convirtiéndolo en uno más de los tantos tarados o insensibles de los que está compuesta la sociedad apática y cobarde del nuevo milenio. Aquí la historia, precisamente, se centra en la sustitución de la cowgirl Jessie (Joan Cusack) y el astronauta/ superhéroe espacial Buzz Lightyear (Tim Allen) por una tablet con look de rana bautizada Lilypad alias Lily (Greta Lee), el nuevo fetiche de una niña de ocho años, Bonnie (Scarlett Spears), a quien le cuesta hacer amigos reales y por ello se vuelca a chats con mocosas tontas de su edad adictas a la virtualidad y negadoras de los juguetes prosaicos, representantes de una humanidad en vías de extinción.

 

La líder de este grupete que vive en el marasmo de lo virtual sin frenos, Chelsea, invita a Bonnie a pasar la noche en su casa y por ello Jessie y su caballo, Bullseye, se esconden en la maleta para luego ser obligados a regresar al hogar en manos de los padres de la nena, ya que Chelsea y las otras chiquillas se burlan de ella por seguir jugando con muñecos. Jessie y su compinche se escapan y terminan siendo encontrados por un par de ancianos que los dejan en una casona rural por el domicilio de una antigua dueña de la cowgirl escrito en su ropa, Emily, donde ahora vive una niña de color llamada Blaze (Mykal-Michelle Harris) que también está desencantada con las amigas banales y egoístas que encuentra en Internet. Mientras un cargamento de ejemplares ultra avanzados de Buzz Lightyear termina en una isla desierta y comienza un viaje hacia el pueblo de las mocosas y sus juguetes, el Buzz original, que está enamorado de Jessie y espera el momento oportuno para comunicárselo, se sorprende ante la desaparición de su amada y comienza una búsqueda con el cowboy Woody (Tom Hanks), quien anda en el vecindario -ya sin dueño- tratando de encontrar hogar para los juguetes rechazados a raíz de la dictadura de las pantallas, sin olvidarnos de una Jessie que se asocia con un dispositivo que enseña a ir al baño, Smarty Pants (Conan O’Brien), para comunicarse con los suyos. Ya todo está devaluado y ello incluye primero la presencia de actores con voces rasposas que no se condicen con la supuesta jovialidad de la primera edad de sus respectivos personajes, sobre todo Hanks, Allen y Cusack, y segundo el propio director y guionista de cabecera, un Stanton que sinceramente está lejísimo de joyas como Buscando a Nemo (Finding Nemo, 2003), WALL-E (2008) y Buscando a Dory (Finding Dory, 2016) y se acerca peligrosamente a obras que van desde la categoría de fallidas hasta el rótulo de bodrios, como esas Bichos: Una Aventura en Miniatura (A Bug’s Life, 1998), John Carter (2012) y En un Abrir y Cerrar de Ojos (In the Blink of an Eye, 2026), estas dos últimas sus lamentables intentos de epopeya mainstream en live action.

 

Stanton es el único hilo conductor de la franquicia que todavía subsiste -dejando afuera a la inmunda Lightyear (2022), de Angus MacLane- porque colaboró en todos los guiones, hoy sin saber remontar lo hecho en las también mediocres Toy Story 3 (2010), de Lee Unkrich, y Toy Story 4 (2019), de Josh Cooley, díptico ya bastante por debajo de las dos propuestas originales, Toy Story (1995) y Toy Story 2 (1999), aquellos productos de Lasseter que tampoco eran una maravilla porque el período de oro de Pixar abarca a Buscando a Nemo y WALL-E más Monsters, Inc. (2001) y Up (2009), ambas de Pete Docter, y Los Increíbles (The Incredibles, 2004) y Ratatouille (2007), dos joyas de Brad Bird. El conflicto detrás de Toy Story 5, como decíamos con anterioridad, pasa por la premisa “zombies de pantallas táctiles versus niños que continúan jugando con muñecos y semejantes”, todo gracias a la cooptación capitalista de las identidades y las billeteras de los consumidores, sumado a los mismos problemas psicológicos de siempre en el ámbito de los juguetes como el trauma del abandono, la idea cosificadora de la ineficiencia a largo plazo y esa negativa a aceptar una madurez en purretes que con el tiempo llegan a la adolescencia, con la tecnología calando muy hondo en el mercado de los productos pueriles y suprimiendo un esquema lúdico que debería ser anarquista y termina condicionado por los tecnomafiosos del Siglo XXI, lacra adepta a la vigilancia, el control y el condicionamiento paulatino de los individuos. Si bien se reconoce en la trama del realizador y una tal Kenna Harris, cuyo único trabajo previo como directora y guionista fue Ciao Alberto (2021), cortometraje que complementaba a Luca (2021), de Enrico Casarosa, que los muñecos son sólo para jugar y los dispositivos electrónicos supuestamente abarcan otras áreas, como educar y comunicarse, al mismo tiempo se señala que las pantallas deshumanizan y sabotean la imaginación, reduciéndola a comportamientos, reacciones y casilleros estancos que sólo les sirven a los fabricantes y programadores, léase la oligarquía de la alta tecnología volcada a hegemonizar la conducta y la idiosincrasia de las personas para venderles productos y servicios. Lamentablemente ya nada sorprende ni siquiera en cuanto al desarrollo de personajes y detalles varios, hablamos de un Woody con menor presencia en el metraje que vuelve a homenajear a Clint Eastwood y Sergio Leone, un Buzz Lightyear multiplicado por decenas y enamorado de Jessie y esta última, a su vez, ocupando el lugar del vaquero maniático -y por momentos insoportable, de personalidad bien tóxica- con la voz de Hanks. La presencia de ciervos, caballos, tortugas, cerdos y ardillas, entre otros animales, refuerza la idea de regreso a una naturalidad perdida que también se enfatiza con el permanente contraste entre la necesidad de baterías de los artilugios eléctricos y la existencia autocontenida de los juguetes clásicos, lo mismo ocurre con la subdivisión dentro del rubro de la chatarra tecnológica ya que por un lado están los más antiguos con funcionalidades muy específicas y por el otro lado tenemos las tablets y teléfonos inteligentes que condensan una pluralidad de opciones superpuestas o absurdas.

 

A pesar de que se agradece la denuncia de los vínculos endebles virtuales en contraposición a los reales basados en la amistad del “cara a cara”, incluso la relación que se establece con un cerdo mascota como en el caso de Blaze, lo cierto es que el latiguillo retórico de Jessie perdida y Bonnie no prestándole atención por la aparición de una competencia de ínfulas omniscientes, en esta oportunidad Lily, se siente muy gastado a esta altura del partido al igual que los diálogos excesivamente psicologistas para forzar aquel cliché sensible marca registrada de Pixar. Quizás lo mejor del lote sea la breve secuencia surrealista del juego de Blaze, ese modelo espionaje aristocrático, y la subtrama del pelotón de duplicados de Buzz Lightyear buscando el Comando Estelar como si se tratase de unos pacientes psiquiátricos fugados del manicomio o copias del excrementicio Javier Milei, no obstante en el último acto estos astronautas en miniatura se convierten en drones de aspecto militarizado porque Hollywood nunca puede dejar de ser chauvinista e imperialista del todo, como yanquilandia en su conjunto. Aquí regresan viejos vicios de la saga en línea con la sobreabundancia de personajes secundarios, una fuerte histeria que pretende compensar los baches del relato y finalmente la redundancia conceptual de siempre en torno a los lazos rotos, el edadismo, la necesidad de buscar a gente que nos valore de verdad y el arte de definir una “misión” que justifique la vida cotidiana o algo así. La película narrativamente es demasiado caótica pero por lo menos intenta pensar la tensión entre la identidad individual y el mandato comunal de adaptación, en esta ocasión a través del constante dilema de Bonnie entre recuperar sus juguetes como tanto desea o abandonarlos para incorporarse al grupo de burguesitas cínicas adictas a las tablets de Chelsea, típico planteo de la socialización temprana de los sujetos. El sentimentalismo de Pixar se da cita especialmente en la escena en la que Jessie descubre que su antigua propietaria, Emily, bautizó a su hija con su nombre, jugada que sirve para que acepte de manera tardía que su función como juguete se condice con un momento en particular de la existencia que puede sembrar su legado aunque sinceramente no va más allá. Toy Story 5 para colmo adolece de un villano verdadero debido a una Lily inofensiva, inconveniente que se arrastra desde las secuelas anteriores, y además la escena de acción del final resulta caprichosa y tiende a morderse la cola en términos identitarios/ ideológicos, nos referimos al operativo de los muñecos destinado a convertir sí o sí en amigas a Blaze y Bonnie, cayendo en la misma manipulación de los dispositivos tecnológicos sustentada en la inmadurez o inexperiencia de las niñas. Los flamantes productos de Pixar, acumulando ya veinte años de una corrección que fue transformándose progresivamente en decadencia como afirmábamos más arriba, desde la compra en 2006 por parte de Disney, ponen en primer plano la nostalgia acrítica -y la graciosa genuflexión digna de los esclavos felices- de la crítica de cine y buena parte de los espectadores, dos gremios que chorrean materia gris por sus narices mientras acuden a las salas frente a cualquier llamado de sus amos…

 

Toy Story 5 (Estados Unidos, 2026)

Dirección: Andrew Stanton. Guión: Andrew Stanton y Kenna Harris. Elenco: Joan Cusack, Tim Allen, Greta Lee, Tom Hanks, Conan O’Brien, Scarlett Spears, Mykal-Michelle Harris, Shelby Rabara, Craig Robinson, John Hopkins. Producción: Lindsey Collins y Jessica Choi. Duración: 102 minutos.

Puntaje: 4