Mi Tío Tira Tiros (Les Tontons Flingueurs)

Dinamita, ametralladoras y pastis

Por Emiliano Fernández

El eterno Lino Ventura constituyó el prototipo de hombre rudo europeo de la gran pantalla durante cuatro décadas, desde los 50 hasta los 80, hablamos de un actor italiano que se crió en Francia y cuyos intereses profesionales en un principio estuvieron volcados al boxeo y la lucha libre hasta que una lesión accidental finalizó su carrera en materia de los combates cuerpo a cuerpo, permitiéndole saltar al cine -en una de las metamorfosis más insólitas posibles- cuando un amigo le sugirió su nombre al realizador Jacques Becker, quien estaba buscando un intérprete con semblante italiano para componer a Angelo, un jefe mafioso y principal contrincante de Max (Jean Gabin), a su vez protagonista de la legendaria Grisbi (Touchez pas au Grisbi, 1954), basada en la novela homónima de 1953 de Albert Simonin. Para el momento de la realización y el exitoso estreno de Mi Tío Tira Tiros (Les Tontons Flingueurs, 1963), de Georges Lautner, sin duda uno de los roles más famosos del actor y su más célebre y festejado dentro de la propia Francia, Ventura ya había trabajado en otros clásicos del cine local como por ejemplo Razzia (Razzia sur la Chnouf, 1955), de Henri Decoin, El Comisario Maigret (Maigret Tend un Piège, 1958), de Jean Delannoy, Ascensor para el Cadalso (Ascenseur pour l’Échafaud, 1958), de Louis Malle, Los Amantes de Montparnasse (Les Amants de Montparnasse, 1958), también de Jacques Becker, Cena de Acusados (Marie-Octobre, 1959), de Julien Duvivier, A Todo Riesgo (Classe Tous Risques, 1960), de Claude Sautet, y Taxi para Tobruk (Un taxi pour Tobrouk, 1961), de Denys de La Patellière, entre otras muchas faenas dentro de una trayectoria en verdad extensa en la que supo componer a diversos policías, gangsters y personajes adustos así como trabajar junto a su querido amigo Gabin, otro de los monstruos sagrados del cine galo de su tiempo que eran muy populares en la taquilla pero en diversas ocasiones injustamente ninguneados por la crítica necia de siempre y los directores por demás petulantes de la naciente Nouvelle Vague, movimiento obsesionado con el acervo hollywoodense más conservador y remanido e incapaz de celebrar a los genios que tenían de vecinos en materia de un cine de género a todas luces irrepetible, muy inteligente y cargado de una honestidad y un talento gloriosos.

 

Mi Tío Tira Tiros en sí funciona como el último eslabón de una trilogía de adaptaciones de novelas policiales de Simonin, escritas entre 1953 y 1955 en un argot marginal francés muy particular, alrededor del personaje de Max, el Mentiroso (Max, le Menteur), un criminal avejentado siempre al borde del retiro o ya directamente semi jubilado que interpretó Gabin en la citada Grisbi, respetando el nombre original de Max, el Mentiroso, y en El Rey de los Falsificadores (Le Cave se Rebiffe, 1961), opus de Gilles Grangier, ahora rebautizando al protagonista como Ferdinand Maréchal alias Le Dabe. En esta oportunidad es Ventura quien toma la posta de Gabin aunque bajo el nombre en pantalla de Fernand Naudin, lo que nos lleva a aclarar que las tres realizaciones son completamente independientes las unas de las otras, que no siguen a personajes recurrentes como sí sucede en las tramas del papel y que únicamente la primera, la de Becker centrada en asesinatos y secuestros en torno a un cargamento de oro robado, respeta el tono serio del libro original de Simonin debido a que tanto El Rey de los Falsificadores, la cual gira alrededor de una operación de fabricación de billetes falsos y las clásicas traiciones superpuestas del film noir, como Mi Tío Tira Tiros, epopeya acerca de una herencia criminal no buscada y una batalla abierta subsiguiente con una rama del sindicato parisino del hampa, son de hecho comedias negras y/ o de enredos que toman determinados elementos de los libros, casi siempre el catalizador narrativo y algunos rasgos de los personajes fundamentales, para expandirlos y reinterpretarlos desde la farsa, los engranajes de la ironía y hasta desde cierto costumbrismo socarrón y en parte sutilmente desenfrenado, dejándonos con una situación bastante curiosa y de lo más paradójica en lo que atañe a la larga historia de las traslaciones desde la literatura hacia el séptimo arte porque la primera propuesta, Grisbi, es fiel a la novela de 1953 en lo referido al devenir y la severidad de fondo pero no tanto al lenguaje empleado por Simonin, y por el contrario sus dos “secuelas conceptuales”, El Rey de los Falsificadores y Mi Tío Tira Tiros, sí recuperan aquella jerga en los diálogos de antaño pero tergiversan prácticamente todo lo demás, incluidas las ramificaciones del relato y la idiosincrasia del cúmulo de secundarios.

 

El guión del propio Lautner y el genial Michel Audiard, colaborador habitual del director, arranca cuando Naudin, ex gangster y hoy cabeza de un negocio legítimo de venta de tractores, palas mecánicas y materiales para la construcción y la obra pública, recibe un telegrama de Louis, el Mexicano (Jacques Dumesnil), un amigo de sus días de criminal, para que lo visite en París, donde descubre que el susodicho está en su lecho de muerte y encima lo declara de manera compulsiva heredero universal de todos sus “negocios” y en especial tutor de allí en más de su única hija, la adolescente revoltosa Patricia (Sabine Sinjen), una chica que vive siendo expulsada de todos los colegios, organizando fiestas repentinas en la mansión de su padre y noviando con un burgués muy payasesco con el que planea casarse, Antoine Delafoy (Claude Rich), muchacho extrovertido, siempre afectado o en pose, diletante del arte y la superioridad intelectual, compositor de musique concrète e hijo de nada menos que el flamante vicepresidente del Fondo Monetario Internacional, Adolphe Amédée Delafoy (Pierre Bertin). Sin embargo incluso peor que tener que lidiar con la parejita de nenes privilegiados y caprichosos es enfrentarse a la rebelión y a las pretensiones de independencia inmediata que le llegan de parte de los cuatro lugartenientes del jerarca fallecido, léase Tomate (Charles Regnier), encargado de un bowling y un garito, Madame Mado (Dominique Davray), administradora de un burdel, el alemán Théo (Horst Frank), quien controla una destilería clandestina especializada en pastis, un anís típico de Marsella, y los hermanos Raoul (Bernard Blier) y Paul Volfoni (Jean Lefebvre), ambos a cargo de otro garito símil casino de la capital francesa. Asistido por el que fuera el sicario principal de Louis, Pascal (Venantino Venantini), el mayordomo de la casona de Patricia y su padre, el ex ladrón Jean (Robert Dalban), y el notario/ contador tácito de la organización delictiva, el Maître Folace (Francis Blanche), Naudin deberá luchar en paralelo en dos frentes porque la jovencita demostrará en serio ser insoportable y Théo pretenderá ganarse su autonomía con reiterados intentos de asesinato contra Fernand aunque inculpando al despistado de Raoul Volfoni, el cual recibe muchos puñetazos por parte del protagonista.

 

La película explora el absurdo del poder caníbal contemporáneo y está repleta de momentos muy hilarantes que se exacerban por la cara de piedra del elenco, la mundanidad naturalista con la que todos se enfrentan a la posible muerte y el argot florido vernáculo que utilizan los personajes de manera permanente, basta con recordar el primer intento de homicidio de Naudin mientras visitaba a Tomate con Pascal, cortesía de unos sicarios arriba de un auto y con una ametralladora, el encuentro inicial con Folace, Jean y Patricia en la mansión, el primero deseoso de sacarse de encima a la adolescente para delegar su custodia en Fernand, la reunión con los “gerentes” del sindicato en la que presentan sus excusas para dejar de pagar las sumas fijas prepautadas con el líder, ocasión del primer golpe contra el personaje del estupendo Blier, el segundo intento de asesinato de parte del alemán, cuando convence a Naudin de transportar un camión cargado de pastis y gasolina para luego hacerlo estrellar con clavos miguelitos y nuevamente ametrallarlo sin piedad -ayudado por Tomate- hasta que todo explota, la mítica escena de la fiesta de la chica en la que el protagonista, Folace, Jean y los hermanos Volfoni terminan borrachos con whisky ilegal y llorando el pasado en la cocina del caserón, adorable homenaje a Cayo Largo (Key Largo, 1948), clásico absoluto de John Huston con Humphrey Bogart, Edward G. Robinson y Lauren Bacall, la graciosa visita de Naudin al departamento de Antoine siguiendo a la fugada Patricia, donde descubre que va en serio lo de casarse con Delafoy, el tercer intento de homicidio con motivo del día de cumpleaños de Fernand, jornada en la que recibe una bomba de regalo con remitente de los Volfoni que en realidad fue enviada por Théo, el episodio posterior con la dinamita que Raoul pretende colocarle en el automóvil en plan de desquitarse por los golpes gratuitos, eje de una nueva paliza que lo manda al hospital, la estupenda balacera entre las huestes del germano y las del personaje de Ventura en la residencia del Mexicano, todo con sonidos ridículos en ocasión de los disparos y para colmo durante el arribo del padre de Antoine para pedirle la mano de Patricia al “tío”, y desde ya el desenlace con la boda, otro tiroteo ahora en la destilería y la explosión justo afuera de la iglesia del coche de Théo a instancias del siempre raudo Pascal y su primo hermano Bastien (Mac Ronay), matón al servicio de los Volfoni que se une tácitamente a la cruzada de nuestro antihéroe y le gana una balacera a sus jefecitos. Lautner, quien a posteriori trabajaría de nuevo con el amigo Lino en joyas de la comedia gala como Los Barbudos (Les Barbouzes, 1964) y No nos Enojemos (Ne nous Fâchons pas, 1966), exprime el simpático y muy conocido leitmotiv de Michel Magne y aquí demuestra su maestría de la mano de estupendas secuencias paródicas que jamás dejan de lado el sustrato de base de film noir ni mucho menos lo sabotean, heterogeneidad y eficacia artística que asimismo quedan en evidencia en sus recordadas colaboraciones con Jean Gabin, Pachá (Le Pacha, 1968), con Alain Delon, Muerte de un Corrupto (Mort d’un Pourri, 1977), y con el gran Jean-Paul Belmondo, hablamos de Policías y Ladrones (Flic ou Voyou, 1979), El Rey del Timo (Le Guignolo, 1980), El Profesional (Le Professionnel, 1981) y Felices Pascuas (Joyeuses Pâques, 1984), maravillas que anticipan por mucho la humanización de los criminales, estafadores, uniformados, agentes y adalides variopintos del policial, la acción y el espionaje del cine masivo en general por venir, hoy subrayando que todos los amantes de la dinamita, las ametralladoras y el alcohol a borbotones también pueden ser padres postizos que se angustian por el destino de sus vástagos y/ o allegados…

 

Mi Tío Tira Tiros (Les Tontons Flingueurs, Francia/ Italia/ República Federal de Alemania, 1963)

Dirección: Georges Lautner. Guión: Georges Lautner y Michel Audiard. Elenco: Lino Ventura, Bernard Blier, Francis Blanche, Claude Rich, Robert Dalban, Jean Lefebvre, Horst Frank, Charles Regnier, Venantino Venantini, Sabine Sinjen. Producción: Irénée Leriche y Robert Sussfeld. Duración: 111 minutos.

Puntaje: 10